domingo, 21 de abril de 2019

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa

Recuerdo mi peor momento como madre. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer a pesar de haber pasado ya un puñado de años. El recuerdo no es nítido porque los peores momentos, las peores versiones de nosotras mismas, normalmente proceden de nuestra parte más primitiva, menos racional, y el recuerdo que dejan es como el de una mañana de resaca: todo parece difuminado y tan sólo hay algunos trazos-flash, destellos recordatorios de la vergüenza.
Fue con un Paul hijo1 de 8 años y, tras sopesarlo, he decidido no contar aquí lo que pasó porque supondría contar detalles de Paul hijo1 que, con toda probabilidad, a Paul hijo1 le desagradaría que publicara. Así que voy a respetar su intimidad porque, en realidad, los detalles no afectan al tema del que quiero escribir hoy aquí:
¡Ay, la culpa! 
Son tantas las veces en las que he hecho alusión a la culpa en los posts que llevo escritos en este blog que hasta he creado una etiqueta.
El caso es que en el peor momento-madre, UNA, podéis adivinar, perdió los nervios: perdió por enfado el control de UNA misma. UNA desplegó la peor versión de sí misma.
Ahora, varios años y dos hijos más después, con la distancia que me otorgan el tiempo y la experiencia, puedo mirar atrás con serenidad y, no es que me encuentre con justificaciones, pero sí soy capaz de detectar las olas que desembocaron en el tsunami: la falta de sueño, el cansancio físico y la intensidad emocional de una UNA exhausta;  la falta de recursos, la soledad y el miedo de una UNA asustada...
¡Ay, el miedo!
Pero lo peor no es lo que vino antes de que UNA perdiera los estribos. Mirando atrás, de hecho, me doy cuenta de que ni siquiera lo peor fue la pérdida de los estribos. Lo peor fue la culpa que vino después que, literalmente, me paralizó y me hizo sentir enferma.

Paul hijo1 no lo recuerda, al menos no de forma consciente. Una vez se lo mencioné y no lo recuerda. Las mejores soldados de mi ejército de mujeres, con las que me desahogué en su momento, tampoco lo recuerdan. Ni Peter marido. Pero UNA no lo olvida. Los días que siguieron al incidente se tiñeron de culpa y de vergüenza. Perdí el hambre, perdí el sueño. Y lloré. Y luego lloré más. Un Peter comprensivo trataba de consolar inútilmente a UNA mientras el diálogo interior de UNA era algo parecido a... 


Soy una madre terrible
Horrible
Soy la peor madre del mundo
Me tendrían que quitar a los niños 
No los merezco
Mis hijos, desde luego, no merecen a una madre así... 

[Sí, ya sé que este diálogo tiene tintes dramáticos, el pseudónimo de UNA es Drama Queen, cosa que a estas alturas del blog creo que ya te habías dado cuenta... En cualquier caso, el drama es parte de mi encanto 😏, la parte apasionada.]

El caso es que la culpa me paralizó durante aproximadamente una semana en la que estuve flagelándome a mí misma y fui incapaz de funcionar con normalidad. Mi madre, quien seguramente tampoco recuerda el incidente, me reñía: no me reñía por cómo me había comportado en mi peor momento-madre, me reñía contundentemente por mi parálisis posterior, por la culpa que estaba impidiendo que la familiade5 retomara la normalidad y la conexión. UNA no estaba ayudando a nadie con la actitud de vergüenza, ni a Paul hijo1, ni a la familiade5, ni por supuesto a UNA misma. 
Mi hermana2, quien seguramente tampoco recuerda el incidente y quien para mí es una madre-perfecta, vino al rescate y me contó su peor momento-madre. El suyo. El peor momento-madre de una madre-perfecta. Nos reímos un rato con su recuerdo y el poder del yo-también funcionó de nuevo. Porque el yo-también tiene el poder de hacerle sentir a UNA vista y oída: 


Que sé por lo que estás pasando
Que sé por qué lo has hecho
Que yo he estado ahí
Que te entiendo... 
¡Y QUE NO PASA NADA! 

La vida sigue

El tiempo me ha regalado la comprensión de un hecho fundamental: la culpa (=he hecho algo mal) se convierte en vergüenza (=soy la peor madre del mundo) cuando permitimos la identificación. La identificación consiste en creer que UNA es su peor momento-madre. Si creo que soy mi peor momento-madre, entonces me avergüenzo y la vergüenza me bloquea. 
Pero UNA es mucho, mucho más que ese momento lamentable: 
UNA es también la mejor versión de sí misma, 
UNA es también su mejor momento-madre
UNA es también sus muchos momentos-madre normales. 
Es más, sin necesidad de que me apures, te digo que ¡UNA es mucho más que madre!

El tiempo también me ha regalado la lucidez de que pedirle perdón a un hijo no es "bajarse los pantalones", sino mostrarle la vulnerabilidad de UNA, compartir una lección recién aprendida de manejo de las emociones. La lección que aprendí de aquel incidente, pero sobre todo de aquella resaca de culpa, la comparto siempre que alguien que está teniendo una crisis con su hijo: 


¿Tu hijo está de crisis? 
Cuídate
Cuídate tú
Urge que te cuides

Que haya olas pero que no haya tsunami: duerme, descansa, acepta TUS emociones con cariño y compasión para poder aceptar SUS emociones con cariño y compasión, pide ayuda, apóyate en tu ejército de mujeres y no temas: confía. 
Y si al final no despliegas la mejor versión de ti misma en esta ocasión, todos estos mandamientos se resumen en uno: 


No creas que eres tu peor-momento madre
Eres mucho mucho mucho más
Te veo
YO TAMBIÉN


lunes, 15 de abril de 2019

De hermanOs y bombas

Me la encontré en el supermercado. Hacía mucho que no nos veíamos, desde el colegio. Ahora ella tiene cuatro hijos, todos varones. Me gana por uno. Ella lo lleva fenomenal.
-¿Y tú qué tal?
-Lo que peor llevo son las peleas entre hermanos, le dije. La crueldad intolerable que despliegan entre ellos.

Y ella, que merece toda mi admiración y respeto porque está criando cuatro hijos y además no se ha perdido a sí misma en el camino, me dijo:

-Eso es porque son impares. 


No lo sé. 
Puede que sí.


-Cuando tienes dos, se entretienen el uno al otro. Pero cuando tienes tres, uno se queda siempre fuera. Cuando tienes cuatro, se entretienen por parejas.



La solución, pues, sería tener otro. Demasiado tarde para mí... además de completamente fuera de planteamiento para Peter.

Mi madre, que tiene una visión binaria del mundo en niñOs y niñAs, siempre me cuenta que su amiga-no-sé-quién, que tenía cinco hijOs, siempre decía que "los niñOs se tienen que pegar".


Tampoco lo sé. 
Puede que sí.


No sé la causa. Lo que sé es que es un rollo. Paul hijo1 se peleaba con Gusi hijo2. Ahora se adoran. Ahora Paul hijo1 se pelea con Dolfete hijo3. Dolfete hijo3 se adoraba con Gusi hijo2. Ahora Dolfete hijo2 también se pelea con Gusi hijo2. 
Las combinaciones son finitas pero van a rachones.


Y es un rollo.
Es un [palabro] rollo.

La teoría más popular en la literatura al respecto es que compiten por la atención de UNA. No estoy segura de hasta qué punto esta teoría tiene algo de científica o es simplemente una visión mágica de la vida. Yo más bien creo que a veces simplemente no se aguantan, se caen mal, han aterrizado en la casa de Peter y UNA con meses de diferencia y personalidades o muy distintas o demasiado parecidas, y en la prescripción de convivencia no figuraba la condición del gusto mutuo. 
Una vez dicho esto, lo que sí constato es que en el día a día a veces Paul hijo1 está recitándome el tema de sociales y a la vez Gusi hijo2 necesita que cronometre cuánto tarda en hacer el cubo de Rubik mientras Dolfete hijo3 precisa urgentemente la segunda merienda. 
Y, aunque UNA es bastante estupenda 😉, aún no ha encontrado la pócima de la multiplicación maternal y tiene que priorizar. En este caso, por si os muerde la intriga, le haría primero el bocadillo a Dolfete pues el chiquillo se pone insoportable cuando tiene hambre. Hungry + Angry = Hangry en inglés. 
Estas elecciones diarias, ¡horarias si me apuras!, de becas de atención crean roces inevitables que llevan a los hermanOs a insultos y peleas, insultos y peleas que me desbordan.

Porque UNA tiene tres hermanas y sí se peleaban cuando eran pequeñas y sí a veces incluso se clavaron las uñas o se llegaron a tirar de los pelos. Pero las peleas de mis hijOs están plagadas de palabros que a veces son más grandes que ellos mismos o alcanzan niveles físicos cuando menos desconcertantes.

He probado todas las estrategias, desde niveles de intervencionismo tipo americano, con la intención de control (¡ay! el control) sobre seres vivos que tienen voluntad propia e independiente de la mía, deseos propios e independientes de los míos, hasta la dinámica completamente opuesta de dejarles pelear a ver si sobreviven. O a ver quién sobrevive. Me sorprende comprobar que esta dinámica de no-intervención a veces es la que mejor funciona, porque los niños- al contrario que los adultos que se quedan colgados rumiando el conflicto- pueden estar odiándose mutuamente en un segundo para pasar a jugar juntos como si nada en el siguiente. A veces, si UNA interviene, sólo empeora.

A propósito de esta supuesta rivalidad por la atención de UNA, fragüé una idea hace unos años que comparto aquí con las multi-madres para que la hagan suya porque funciona y porque es uno de los placeres de mi maternidad: se llama LA BOMBA. Una vez al año, UNA deja a los dos hermanos con Peter y se lleva a su único hijo, su hijo único, con UNA a algún sitio, al sitio que el hijo único quiera. En ese tiempo especial juntos, UNA no está autorizada a reñir al hijo único, no puede increparle, no puede corregirle: esto no está permitido en LA BOMBA. UNA, en LA BOMBA, siempre dice . UNA no dice "ya veremos". No dice nunca NO.
¡ES LA BOMBA! 
El hijo único en LA BOMBA, créeme, es feliz. Y la felicidad, en parte, le viene de estar haciendo lo que le da la gana donde le da la gana. Dolfete hijo3 escogió ir a la piscina en invierno y ver una película para mayores de 12 cuando él tiene 8. Gusi hijo2 tiene la suerte de que su bomba dura una semana porque cuando acaba el cole sus hermanos se van a pasar una semana con los abuelos mientras él se queda aquí con UNA y vamos al cine de verano y a todos los restaurantes de comida-basura de la ciudad. Con Paul hijo1 estuvimos en la Ciudad de las Ciencias de Granada y hasta volamos un fin de semana a Canarias.
¡ES LA BOMBA!
Pero lo que más le gusta a esta gente no es lo que comen ni lo que ven ni adónde van: es que NO van sus hermanos, que están a solas con UNA, que no tienen que compartir la atención. Así lo expresan, sin tapujos. 
Luego se echan de menos. Dolfete hijo3 dice siempre: ¡Lo que se están perdiendo mis hermanos!

LA BOMBA tiene el beneficio añadido de ser una bomba para UNA también. El hijo único es la criatura más encantadora y más cariñosa del universo de la descendencia. Se abre, te cuenta, se deja ver. Habla, dice, expresa. Las bombas con mis hijos han sido y serán para UNA momentos sagrados en los que UNA no ha tenido que compartir a su hijo único con el resto de la familiade5, y esos momentos le han mostrado a UNA a una personita diferente, no peleona, con voluntad y deseos propios y válidos. Las bombas, con sus delicias, renuevan los votos de la maternidad de UNA.




Mi deseo es que, una vez pasado este rollo de las peleas que ahora en vacaciones se hace más obvio, mis tres hijos ya mayores tengan un grupo de whassapp juntos en el que echen a suertes quién se libra este domingo de ir a comer a casa de Peter y UNA. Mi deseo es que creen entre ellos una cofradía como la que yo tengo ahora con mis hermanas. Que de su infancia juntos recuerden al compañero de juegos, las tardes de fútbol, las películas de Harry Potter, leer juntos en la cama, las partidas de videojuegos, las duchas juntos y el día aquel que no se pelearon.

Dolfete hijo3 vino de una excursión de tres días con el cole en la que se lo había pasado fenomenal y, cuando vio a sus hermanos en el parque, rompió a llorar. Me confesó al oído que los había echado mucho de menos. Me enterneció. Media hora más tarde probablemente estarían de nuevo pegándose a torta limpia. 
Pero UNA sigue tierna.

viernes, 12 de abril de 2019

Los días a grito pelado

Cuando los niños eran pequeños y sólo tenía dos, un día estábamos en un perol (que para los del norte es un día de campo y paella) y se me acercó mi amiga MMar con una pregunta:

- ¿Tú no les gritas a los niños?

La pregunta, al estar formulada de forma negativa, me sorprendió por la implicación de que gritar entra dentro de lo normal. Yo no les gritaba a los niños. Los niños, como digo, eran pequeños y sólo tenía dos. Pero nótese que digo -aba y, aunque no se note, lo digo con vergüenza.


Yo confieso, ante vosotras hermanas, que ahora grito.

Ya he hecho mención alguna vez al poder catártico de la confesión.

He llegado a la conclusión de que el mundo de las madres se divide en tres tipos: 
las que no tienen el grito dentro, 
las que tienen el grito dentro y aprueban sacarlo, 
y las que tienen el grito dentro y condenan sacarlo.

Las que no tienen el grito dentro son las madres que no gritan, que no sólo no conciben el grito como parte del repertorio de estrategias en la educación de los hijos sino que a ellas es que no les saldría gritar. Estos fenómenos de la naturaleza -ellas, poquitas, saben quiénes son- son a las que yo envidio. Tengo algunas amigas así, alguna hermana, madres a las que he visto en situaciones en las que yo indudablemente hubiera sacado el grito y ellas, sin embargo, han mantenido la templanza sin alterarse, con gracia y elegancia. Éstas son las que me inspiran una gran admiración.

Luego hay otro grupo, creo que tampoco demasiado numeroso, que tienen el grito dentro y lo sacan y se quedan tan panchas. Éstas gritan porque de hecho creen en el grito. Es un acto de coherencia. No quiero hacer demagogia fácil pero muchas de estas madres son los padres. Peter, si grita, normalmente es porque lo considera necesario, es decir, recurre al grito porque el grito forma parte de su manual de herramientas educativas, probablemente heredadas, y lo considera apropiado, cuando no imprescindible. Si Peter pega un grito, lo único que ha pegado es un grito. No hay más allá.

Pero si UNA pega un grito, UNA ha cometido una incoherencia, porque UNA forma parte del tercer grupo. UNA grita pero UNA no cree en el grito. UNA es de las que tienen el grito dentro y lo sacan a pesar de que condenan severamente sacarlo. 
La condena está bien informada: UNA ha leído mucho. UNA ha reflexionado mucho sobre el tema.  UNA ha hecho cursos de educación respetuosa y de mindful parenting. UNA sabe el daño que el grito produce en la conexión con los hijos, cómo toxifica el ambiente en casa. UNA entiende que la obtención de la obediencia a base de gritos a largo plazo deteriora las expectativas de mutuo respeto. Incluso sin lecturas y sin cursos, UNA ha sentido mucho pues ha leído los ojos de sus hijos cuando grita. 
A las madres de este tercer grupo gritar no nos compensa porque luego viene el bicho que ya conocemos de otros posts: el [palabro] bicho de la culpa. ¡Ay, la culpa!
Entonces, ¿por qué se grita? ¿por qué grita UNA? Te lo cuento.
Las razones son dos y son muy poderosas: 
La primera, es de la que nos avisaba Fani, la peluquera del post sobre abrazar la ambigüedad: que los niños ponen muy nerviosa. Cuando UNA está nerviosa, el grito le sale de dentro, de la parte más reptiliana de su cerebro, de la más primitiva.
La segunda razón es que el grito funciona. ¡Sí! ¡funciona! Y el hecho de que funcione simplemente lo refuerza. Recuerdo un meme que vi en Facebook en el que una madre escribía algo parecido a esto: "Ahora que llega el buen tiempo y que dejamos las ventanas abiertas, quiero decirle al vecino que me está juzgando que, antes de gritar a mi hijo, se lo pedí cuatro veces por las buenas..."
Pues eso. Que cuando le dices a tu hijo que recoja el albornoz mojado del suelo del pasillo una vez por favor, y otra vez por favor, y una tercera más seria, y una cuarta irritada, y sigue sin hacerlo, UNA puede asegurarte por experiencia que, si a la quinta se lo dices gritando, lo recoge. Como éste, te podría poner mil y un ejemplos.
Está mal. UNA lo sabe. Sabe que está mal. Te estoy diciendo que UNA condena el grito pero grita. He ahí la incoherencia de la que te hablo. 


Está mal el grito pero está incluso peor la incoherencia.

¿Y sabes qué pasa, no? Que los hijos se van haciendo eco. Y, de repente un día, Gusi hijo2 le está explicando algo a Dolfete hijo3, y Dolfete no entiende, y Gusi se pone nervioso y es de cajón lo que va a hacer Gusi. Gusi le grita a Dolfete. 
Y UNA, en su línea de incoherencia, le riñe a Gusi que no se grita
O, peor escenario aún: Peter le grita a Gusi que no se grita y UNA le grita a Peter que no le grite a Gusi ¡que no se grita! 
¿Lo vas pillando? 
Que cada cierto tiempo tenemos que mudarnos porque los vecinos van necesitando treguas...

Hay una conclusión a la que he llegado después de muchos bichos de culpa, pues los bichos de culpa son los que al final la empujan a UNA a crecer y a retarse, y es ésta: 
Puede que el hecho de que el grito esté dentro o no lo esté dependa de la suerte: de tu genética, de tu carácter, de la manera en la que te educaron a ti, de tus creencias inconscientes, no lo sé; 
PERO que el grito salga o no salga no depende de lo que haga o no haga tu hijo. 
El hijo puede hacer algo venial, como derramar un vaso de agua encima de un plato recién servido, o algo no tan venial, como pegarle una patada a su hermano sobre una herida recién cosida y que acabéis en urgencias. 
Pero que el grito salga no depende de lo que haga tu hijo, depende enteramente de cómo estés tú, su madre. Si UNA está bien:

si UNA ha simplificado
si UNA ha priorizado el autocuidado (!)
si UNA ha bajado sus expectativas y exigencias con respecto a los hijos... y con respecto a una misma (!)
si UNA ha hecho por manejar sus niveles de estrés
si UNA se ha trabajado la conciencia de qué situaciones la ponen en el disparadero y ha tomado medidas para evitar esas situaciones o ha hecho planes sobre cómo responder para evitar la reacción automática en esas situaciones
si UNA practica la compasión por el hijo y por una misma (que esto es jodido y aquí sí me vais a permitir el palabro)
entonces UNA no grita.

Pero luego están los días a grito pelado. Los días en que UNA sobrevive. 

UNA sabe pedir perdón después de un día a grito pelado. Es sólo que es como pedir perdón a un plato roto: el plato ya está roto, por mucho que lo lamentes. 

UNA viene a este blog no sólo con la catarsis en mente sino con el propósito de enmienda: confieso que me sentiría tremendamente crecida si en el próximo perol mi amiga MMar me preguntara: 
-¿Tú no les gritas a los niños? 
y yo pudiera responderle, sin incoherencias: 
-No, YA no les grito. 
Eso es algo que hacía en los días a grito pelado y que nunca me compensó.

lunes, 8 de abril de 2019

Yo pipí caballito

El título de esta entrada viene de años ha, cuando mi hermAna1, adolescente entonces, tuvo un intercambio con una chica americana quien, en su estancia en nuestra casa aquel verano del ochenta y tantos, no hacía otra cosa que quejarse de estar aburrida, a pesar del programa de actividades que mis santos padres habrían diseñado para su entretenimiento. Las amigas de mi hermAna1 le enseñaron, en su crueldad adolescente tolerable de entonces (broma que hoy posiblemente sería calificada de bullying), que I'm bored en español se dice yo-pipí-caballito (o sea, yo mea-burro).
Para UNA, todavía pequeña, aquella traducción ad hoc fue lo más divertido de toda la temporada estival.
El aburrimiento

Este post no resonará con muchas de vosotras, afortunadamente para vosotras, pero la lidia con el aburrimiento ha sido una constante en mi vida.
No siempre, sin embargo, he sido consciente de ello.
Tengo un recuerdo de una tarde de lluvia en casa. Estábamos mi padre y yo solos. Yo estaba ocupada, como siempre. Y mi padre, que siempre estaba ocupado -siempre ocupado- aquella tarde curiosamente no lo estaba. Estaba ocioso. Sin hacer. Vagabundeaba por la casa sin ánimo aparente de nada.
Aburrido
Estaba aburrido
Y UNA, testigo de esta escena, sintió tristeza. De hecho, este recuerdo pasó a mi memoria como profundamente triste.
Esta asociación insana entre aburrimiento y tristeza no se me hizo consciente hasta muchos años más tarde.
De hecho, se me reveló sólo hace un par de años en un curso de escritura expresiva. Nos propusieron un ejercicio en el que teníamos que contestar a la pregunta:
  ¿Quién soy yo cuando no estoy haciendo? 
para después compartir la respuesta con el grupo. Éramos muy poquitos en un ambiente muy cálido que favorecía desnudar el alma a través de la palabra. Yo sería la última en hablar pero, a medida que los demás iban compartiendo, me fui haciendo consciente de que UNA tenía un problema con esto.
En la diferencia nos identificamos.
Mientras los demás habían contestado de forma positiva a la pregunta, con bellas imágenes de relajación y de vacación, de tranquilidad y sosiego, de serenidad y silencio, la respuesta de UNA se ubicaba en el polo completamente opuesto. Cuando UNA no estaba haciendo ¡UNA no era!
Tuve lo que se llama en inglés un AHA moment, que es básicamente un momento revelación en el que te das cuenta de un patrón inconsciente que te ha acompañado toda la vida, que incluso puede que hasta cierto punto haya dictado tu vida. El AHA moment es cuando de repente dices: 
¡Anda [palabro]! 
y el patrón inconsciente se hace consciente como por arte de magia.
Y, como por arte de magia, me di cuenta de que la perfeccionista que hay en mí tenía una energía de hacer fuera de control, una necesidad imperiosa de estar constantemente haciendo, planificando lo siguiente, priorizando en UNA lo que es productivo. La cultura de la producción constante se había visto indudablemente reforzada por un entorno familiar y social donde el trabajo era, y de hecho sigue siendo, el valor más alabado.
Una de mis compañeras del curso de escritura expresiva me recomendó un libro, El arte y la ciencia de no hacer nada, que paradójicamente aún no he encontrado tiempo de leer.

Me gustaría poder decir que una vez que te haces consciente del bicho, el bicho desaparece. Desafortunadamente no. Quizás sea el primer paso: la conciencia. Pero el bicho sigue ahí a pesar de la conciencia de su existencia.

Esta conciencia que me aportó el ejercicio de escritura expresiva vino mucho después de tener a mis hijos con lo cual, al principio de los tiempos de mi maternidad, el desasosiego que me producía el aburrimiento tenía tintes de contagiarse a la siguiente generación. De hecho, guardo copia de una carta que escribí en los primeros meses de Paul hijo1 a una amiga-madre y que ahora, con la cordura que me da el tiempo, releo con ternura hacia una más joven UNA, en la que confesaba no estar segura de estar dotando a mi bebé de suficiente estímulo. Mi amiga-madre me contestó tajante que a un bebé con darle de comer y dejarle dormir le vale. La experiencia me deja leer ahora entre líneas su sonrisa de soslayo. De hecho, ahora me pregunto si no hubiera sido mejor estimularlo menos. Insertad aquí el emoji que pone los ojos en blanco.

La conciencia del bicho que vino años después de aquella carta en el ejercicio de escritura expresiva que os he contado, si bien no me cambió a mí, sí me sirvió para tratar de evitar el trasvase del lastre entre generaciones. Así, cuando los niños se aburren, que no son pocas las ocasiones de mamá, me aburro, UNA ya no se siente responsable. En la descripción del contrato de maternidad de UNA, ha dejado de aparecer como obligatoria la cláusula de "organizadora del tiempo libre de sus retoños". He sustituido la asociación aburrimiento-tristeza por una nueva que me genera mucha más libertad, la de aburrimiento-creatividad, y cuando los niños están aburridos, mamá, yo pipí-caballito, siempre les digo que algo maravilloso está a la vuelta de la esquina, porque de verdad creo que las mejores ideas aparecen en el momento que cesa el hacer constante.

Puede que los niños hayan heredado mis patrones de manera inconsciente, a través de ese cordón umbilical invisible que nos une o a través del modelo que emano, porque Gusi hijo2 a veces dice, si está aburrido, que está perdiendo la tarde; y a Dolfete hijo3, ¡3º primaria!, una vez le oí decir que le gustaba que le pusieran tareas porque así tenía algo que hacer. Prueba de que no he superado la energía del hacer es ¡ay, la culpa! que me brota al oír estos comentarios, por no haberlos llevado esa tarde al parque, al cine, a la biblioteca, a la feria del libro, al teatro o a cualquier otro evento del repertorio de actividades de la organizadora del tiempo libre de sus retoños.

No se me escapa a estas alturas que la energía del hacer viene también de la conciencia que del paso del tiempo UNA tiene. A estas alturas creo que ha quedado establecido en mi vida mundana cuán diferentes somos Peter y UNA. Un día le pregunté si él pensaba a menudo en la muerte y me contestó !que no¡ sin disimular la sorpresa que le produjo la pregunta. 
Pues UNA sí. 
A menudo la muerte está: puede ser en reflexión o en pensamiento fugaz, pero se deja ver. Se deja sentir a modo recordatorio.
Después de esta conversación con Peter, como después de muchas conversaciones con Peter, UNA se preguntaba si UNA sería particularmente peculiar.
En la diferencia, recordemos, nos identificamos.
Hasta que un día estuve viendo a Rosa Montero presentando su última novela. Y habló de esto. Habló de cómo las personas que en su sensibilidad tienen la conciencia de la caducidad constantemente presente, entre las que se reconocía ella, viven con más intensidad. Ella no lo sabía, o quizás sí, pero hablando de sí misma estaba también hablando de UNA. La conciencia de la muerte, de la finitud del tiempo, efectivamente te hace vivir más intensamente, pero en mi caso, además de la ventaja indudable de la intensidad, está la desventaja añadida de no permitirme aburrirme sin culpa. Pues, cuando UNA está aburrida, UNA está pensando que la vida es corta y que UNA tiene muchas cosas que hacer, muchos planes que pasar a modo Pléyades. Esto, créeme, puede llegar a ser un auténtico suplicio, porque a veces, de hecho muchas veces, UNA lo único que realmente necesita es no hacer. 
Un poco de nada
Simplemente estar
Que esto también es vida
Mucha vida

Ése es el arte del que supongo habla el libro que todavía no he tenido oportunidad de leer. Es el arte de derogar, al menos temporalmente, los valores del trabajo y la productividad. El arte de no hacer. El arte de pipí-caballito que permita airear la creatividad. El arte de descansar. El arte de aplastar al [palabro] bicho de la culpa.

miércoles, 3 de abril de 2019

Verde que te quiero verde


Bajé a la tienda de abajo a por cuatro cosas.
-No me des bolsa, le dije.
-Se me olvida que tú eres de las ecológicas, murmuró con sorna.

La sorna.

"Ecológico", por razones que no alcanzo del todo a comprender, es sinónimo de perroflauta. Sinónimo de izquierdas. De rojo.
Eso es lo que pasa en este país. Valores universales, valores válidos, se politizan. El feminismo también es de izquierdas y de perroflautas y de rojas. La bandera, la religión y la tradición son de derechas. 
En una sociedad cada vez más políticamente correcta, que pierde la espontaneidad en el lenguaje, el maniqueísmo político gana sin embargo terreno y se apodera de valores que son simplemente humanos.

Pues no debería haber nada más humano que ser ecológico. A ti que estás sentado en tu sillón, en el salón de una casa de la que te quedan por pagar 25 años de hipoteca, te digo: el cariz que está tomando el tema del medio ambiente que veías ya en tus libros de sociales de BUP tiene carácter de URGENTE y requiere, SÍ requiere, TAMBIÉN de ti. No sólo de los políticos y sobre todo no sólo de los políticos de izquierdas.

Porque UNA no ha traído a Paul hijo1 al mundo ni a Gusi hijo2 al mundo ni a Dolfete hijo3 al mundo para que el mundo se les acabe a la mitad.

Así que te exijo, TE EXIJO, que tú también colabores para que mis hijos y los tuyos si los tienes tengan un mundo donde criar a sus hijos y tus nietos si los llegas a tener. Sin tener que vivir con el miedo en sus venas. Sin tener que renunciar a la belleza que la naturaleza nos regala.

El deterioro del medio ambiente es tan desolador que lamentablemente también hace distinción de clases y los episodios de catástrofes climáticas siempre acaban llevándose por delante a los que tienen poco o nada. Mientras, nosotros seguimos sentados en nuestro sillón con el aire acondicionado puesto bebiendo con pajita un refresco de ingredientes impronunciables y viendo en la tele las noticias de una sequía que hace estragos. 
Pero no nos afecta. 
Aún. 
En breve lo hará. 
En un breve cada vez más breve.

Adriene, de YogawithAdriene, nos ha mandado este mes un reto a todos los que hacemos yoga con ella (ya estás identificando yogui con ecológico, ¿lo ves?). El reto es comprometernos a dejar de utilizar un plástico de uso único en casa este mes. Yo me he comprometido a nunca jamás volver a comprar ni usar pajitas y cubiertos desechables, y a compartir este reto. Te ruego, te suplico por la casa de mis hijos, que tú te comprometas a dejar de usar un plástico desechable y a compartir este reto también. 




La casa de mis hijos. SU casa. MI casa. Pero no olvides, seas de derechas o de izquierdas, que esta casa que está en ruinas también es TU casa. 
Cuelga un cartel en tu cocina: 
EN ESTA CASA RECICLAMOS
Infórmate de lo que tú personalmente puedes hacer para educar a los que no tienen culpa de haber llegado a un mundo que ya estaba roto.

¿Qué plástico de uso único vas a dejar de usar este mes? 
Decide
Comprométete 
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