Days are getting longer
El cambio de hora señalaba antes muchas cosas: Las tardes de parque se alargaban. Empezaba la temporada de helados. Los niños daban la bienvenida con algarabía a que ahora se acostarían más tarde. Esta mañana UNA se levantó y ya no eran las siete, eran las ocho, y UNA pensó que el cambio de hora ya no tiene significado alguno. Ya no anuncia nada. Ha perdido todo su valor, todas las imágenes asociadas al cambio de hora, como lapas a la roca, se han desprendido de repente. Este pensamiento, cuando menos, me parece curioso: Las cosas, los eventos, no tienen significado alguno adjunto. Todo depende. Depende ¿de qué depende? de según como se mire, todo depende. Otra vez esta canción de Jarabe de Palo. Esta verdad, que en la teoría todos conocemos, sólo se nos revela sin miramientos ni cuidado en la práctica cuando viene un tsunami como éste del coronavirus y a su paso lo re-estructura todo. Y lo que pareciera inamovible, simplemente voló.
Fue en otro post hace mucho tiempo, Caos mundano y viceversa, cuando el mundo aún se sentía como un lugar seguro, que os conté un experimento social de ámbito doméstico que reproduzco aquí:
Vivíamos la familia-de-5 entonces en una casa con un largo pasillo, y a "alguien" se le habría caído un papel en el suelo en medio de ese pasillo. El papel no era un papelito, no. Era tamaño folio: un A4. Decidí no recogerlo por ahora, venciendo ¡imagínate! todas mis resistencias a favor de un proceso de curiosa investigación, y esperar, a ver qué pasaba... Aguanté 24 horas viendo a mis hijos y marido saltar encima del papel, sortearlo cuidadosamente por el flanco, o pisarlo supuestamente de manera inadvertida, pero nadie nunca se detuvo a recogerlo hasta que UNA suspendió el experimento por la obviedad de los resultados y se agachó a quitarlo de en medio.
[Este dramatismo es sintomático de que UNA lleva ya dos semanas confinada... Lo que va a dar de sí un peine en el suelo, ¿eh?]
El caso es que UNA, ¡inocente-UNA!, recordó la anécdota del folio en Caos mundano y viceversa, y decidió repetir el experimento con la infundada esperanza de que produjera resultados distintos. Os adelanto ya que reñir (nag-nag-nag)todos estos años intermedios entre ambos tests domésticos no parece haber tenido efecto alguno. Al sábado siguiente, antes de limpiar la entrada y disponerme a recoger el peine, los convoqué a todos alrededor del mismo por asegurarme básicamente de que no haya en la familia problemas oftalmológicos de base que UNA hubiera omitido percibir. Los niños se encogieron de hombros. Peter preguntó en voz alta si no sería un dibujo del suelo. Todos nos reímos.
Ahí estaba por fin la diferencia.
En su día la historia del folio en el suelo, que os conté en modo jocoso (la vida es como uno la cuenta, dice Isabel Allende) me produjo sin embargo una irritación supina. ¿¡Están todos ciegos o qué!? ¿¡Es que el orden sólo le importa a UNA!? Pero esta semana, cada vez que veía el peine, me despertaba cierta ternura al transmitirme la tranquilidad de que no todo haya cambiado, de que haya cosas que siguen igual y no van a cambiar nunca pase el coronavirus que pase. Los matices asociados al desorden de repente han cambiado de tonalidad.
La vida efectivamente es como uno la cuenta. Voy más allá: Como uno se la cuenta. Si algo ha traído esta pandemia es que ha venido a cambiarnos el cuento a todos. A todos. UNA ha dejado de irritarse por el tatuaje de un peine en una baldosa porque la prioridad ahora es otra: Es volver a abrazar más pronto que tarde a Paul hijo1 que está pasando la cuarentena en el campo con sus tíos y su ausencia me roba las noches. Es que la abuelAna no se ponga mala, por favor que no se ponga mala, en estos días de encierro. Es encontrar la energía para mantener la consistencia de ánimo durante esta cuarentena eterna porque los niños están mirando. Es volver al helado y al parque y al verano. Volver a sentirme segura en el mundo.
¡Que le den al peine!
Este vuelco en las prioridades, que ha traído de vuelta al frente lo-que-de-verdad-importa, es lo que rezo por que UNA no olvide cuando/si las cosas vuelven a la normalidad. ¡Es tan fácil olvidarse en la vorágine de la rutina de lo-que-de-verdad-importa! Que no lo hagamos: Que no volvamos a poner las cosas en su sitio, porque ése no era su sitio para empezar. ¿Tú me entiendes?
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Luego después de haberme pasado una hora y pico limpiando el salón como si me fuera la vida en ello, se pusieron a comer cacahueSes como si no hubiera un mañana, y ¿tú sabes las pelaíllas tono burdeos que rodean los cacahuetes una vez que les quitas la cáscara? Ésas: A modo de alfombra en mi salón. ¡A tomar por saco mi ZEN!
Pues eso: Que a ver si este virus, después de todo, no cambia nada.