miércoles, 29 de mayo de 2019

El espacio dentro de la piel


Estábamos celebrando su 44 cumpleaños, el de mi hermAna1, en el comedor de casa de mamá, la primera celebración en el comedor después de que muriera papá. Había pasado ya un año de su muerte. Mi hermAna1 se miraba las manos y las abría y cerraba de manera insistente:
 - Se me han dormido y no se me despiertan. 
Unas horas después estábamos en urgencias. La espera fue divertida. Urgencias un sábado por la noche es lamentablemente pintoresco. Nos despacharon con un "no te preocupes pero vas haciéndote estas pruebas tranquilamente". Ella volvía a Madrid al día siguiente.
Unos días después la ingresaban con las piernas también dormidas. Se barajaron varios diagnósticos en esos primeros días, a cual más desolador. El diagnóstico definitivo tardó casi un año en confirmarse:
- Papá, hermAna1 tiene Esclerosis Múltiple.
Esta frase hacía eco en mi mente cuando me enteré. Necesitaba contárselo a papá y papá ya no estaba. Tenía urgencia de la figura paterna, paternalista, que viene a decirte: “ya verás cómo todo va a salir bien”. 
Y luego: “ya pasó”... 

Pero no pasó.
- Papá, hermAna1 tiene EM.
Papá ya no estaba. Y de hecho en esos primeros meses no parecía que todo fuera a salir bien. Todo lo contrario. El mazazo del diagnóstico disparaba imágenes mentales de sillas de ruedas y degeneración. 
Hubo lágrimas y rabia. 
Mucho miedo y mucha pena.

Para el que no la conozca, la esclerosis múltiple es una enfermedad autoimmune: eso significa que tu cuerpo ataca a tu cuerpo.

El enemigo está en el espacio dentro de la piel 

Entonces hermAna1 eligió. 

Podía haber elegido identificarse con la enfermedad (hermAna1 = EM) pero decidió que hermAna1 no es igual a EM.
Podía haber elegido el papel de víctima: decidió no hacerlo.

Esta fue su eLECCIÓN: 
el enemigo estaba dentro así que lo hizo su amigo.

No sé lo que hubiera sido la vida de hermAna1 sin la EM: lo que sí sé es que la EM que está en el espacio dentro de la piel de hermAna1 hizo que hermAna1 hiciera del espacio fuera de su piel un lugar mejor. Esa fue -es- su eLECCIÓN.
Contra todo pronóstico y a pesar del diagnóstico, hermAna1 cogió una mochila y se puso a escalar montañas, montañas que me pregunto si hubiera escalado de no ser por la EM. En una de esas montañas conoció al que es ahora su marido, un canario estupendo que nos ha descubierto la calma chicha.
HermAna1 ha llenado su estado de whatsapp de copas, trofeos que se ha ido regalando cada vez que ha completado una media maratón.
HermAna1 reorganizó su lista de prioridades poniendo la generosidad altruista en un lugar prominente y recolocando el trabajo en su puesto justo.

A estas alturas, todos esos años después, si te pongo a mis hermanas en una línea, no sabrías identificar cuál es la que tiene EM. O a lo mejor sí: a lo mejor detectas el esplendor en la mirada de la que ha echado un pulso a la enfermedad y finalmente ha decidido hacerla su aliada.

La lección aprendida tras la eLECCIÓN de Ana le ha servido a UNA para hacer aliados en el espacio dentro de la piel de UNA. Cuando hace entrada la ansiedad, BIENVENIDA pues traerá consigo dosis ingentes de sensibilidad y creatividad. Cuando hace acto de presencia la irritabilidad, BIENVENIDA  porque traerá consigo el mensaje de que necesito un rato de pipí-caballito. Cuando aparece la ira, BIENVENIDA porque viene a recordarme dónde están mis límites, a que dé un pasito p'atrás, a contarme cosas de mi subconsciente que mi consciente ignora.

La película 100 metrosen la que Dani Rovira protagoniza a un paciente de EM, creó sensibilidad social de una enfermedad que cada vez es más común. El lema que aportó la película es que rendirse no es una opción. Otra lección que nos ha regalado hermAna1 a través de su eLECCION es ésa precisamente, que rendirse no es una opción.
A menudo, cuando al final del día UNA está cansada y harta de gritos y peleas, de desorden, de compras y cocina, de lavadoras y plancha, de niños que lanzan “mamá” al aire sólo por constatar que sigo al otro lado de la puerta del cuarto de baño en el que me he metido por respirar, me acuerdo de mi hermAna1 y me repito que rendirse no es una opción. No lo es.

La EM de hermAna1 nos ha regalado a la familia una cita anual ineludible. Año tras año nos juntamos para la carrera que organiza en Madrid la Fundación de la Esclerosis Múltiple. Año tras año en su meta somos testigos de historias de crecimiento y superación como la de mi hermAna1. Esa meta es tan emocionante que debería ser asignatura obligatoria en las escuelas, créditos en las universidades. Yo llevo todos los años a Paul hijo1 y a Gusi hijo2 y a Dolfete hijo3 a esa carrera para que aprendan, corriendo hacia esa meta, que 
el espacio dentro de la piel ha de ser siempre amigo, 
no importa quién o qué se instale a vivir allí.
Y para recordarlo UNA



martes, 21 de mayo de 2019

La belleza [La parada]



Uno de los himnos más bellos a la belleza, valga la redundancia, lo escribió Luis Eduardo Aute: una de esas canciones de mi adolescencia que todavía me canta por dentro y que escucho mientras escribo éste que pretendo sea otro himno a la belleza.

El fin de semana pasado Peter y UNA estuvimos de escapada: regalo de cumpleaños de Peter. Sin niños: Los niños con los abuelos. Paseábamos por las calles de una ciudad desconocida al atardecer y atardecía más tarde que de costumbre. La curiosidad alarga el tiempo. Sin prisas. Sin esas prisas que no te permiten pasear, sólo correr acelerado de ítem a ítem de la lista de cosas por hacer. En un momento de nuestro paseo escuchamos música. Venía del interior de una iglesia. Nos detuvimos. [La parada.] Entramos en la iglesia. Había un coro dando un concierto. Era un coro americano, de chicos y chicas jóvenes, veinteañeros. Nos sentamos a escuchar. [La parada.] La música era tan bella que no pude evitar emocionarme. Fue algo inusual. El coro nos deleitaba con pequeñas coreografías y cantaba música de muchos y diferentes estilos, desde gospel, hasta música negra de esclavos, pasando por temas famosos de musicales. Yo no había oído ni visto nunca nada igual: tan ecléctico, tan sorprendente. Salimos tarde de aquella iglesia. Encantados.

Pensé: 
Si no nos hubiéramos parado, nunca habríamos conocido este fenómeno del Viterbo University Concert Choir. 
[La parada]
La belleza es un bálsamo: suaviza, tonifica. Es como un cargador de móvil. Cuando tienes la batería baja, la belleza te la recarga. Es la mejor manera de describir cómo UNA se sintió después de salir de aquel concierto: recargada.

Hay un método poderoso para la creatividad que propone Julia Cameron en su camino del artista que incluye una cita semanal con la belleza. Es decir, el método te reta semanalmente a abrir un paréntesis en tus quehaceres diarios y dedicarlo a la belleza: escuchar un concierto de un coro americano en una iglesia ecijana, irte al otro lado del río a hacer fotos de la luna llena, sentarte en un banco a disfrutar del escaparate de gente que pasa e inventarte historias sobre de dónde vienen y adónde irán, ver una película no comercial, darte un masaje con la atención única en el sentido del tacto, leer poesía, hacer un viaje, disfrutar del arte de no hacer nada, hacer una manualidad sin los niños, cocinar sin prisas con música de fondo y una copa de vino al lado, irte a la meta de una carrera a emocionarte viendo sueños cumplirse, vagabundear por un mercado de segunda mano acariciando la vida pasada de las antigüedades a la venta... 
Tú decides lo que es para ti la belleza: a lo mejor es zamparte una bolsa de chuches a solas.

Personalmente creo que esta cita semanal debería recetarse en consulta pues, de ser investigado, probaría resultar un método eficaz contra la ansiedad y el estrés para venir a sustituir al tradicional bote de pastillas. ¿Pero quién se va a poner a investigar la belleza en el mundo en que vivimos? Quizás no investiguen la belleza, pero sí me consta que investigan [la parada], la meditación, y que los beneficios son incontables. Incontables, para los que investigan, porque no se pueden contar uno, dos y tres... Incontables, para UNA, porque no se pueden contar: tienes que ser tú quien lo experimente. Te animo a ello.

Estos días, que se avecina final de curso y que me falta la Fali de mi tribu, son de locos, y UNA va como loca: 
prepararbocadillos,laplancha,alcocheseleharotoelaire,larenta,prepararexámenes,aDolfetelehasalidounherpes,pagarelaulamatinal,Gusiquieresandía,laabuelacojea,Paulhasuspendidomatemáticas,olvidésacarlacarnedelcongelador,noquedaleche,operaciónbikini,hayqueinflarlasruedasdelabici,invitaralamiguitodeDolfeteacomeracasa,reunióndedepartmentoyclaustro,iraldentista...
¡La vorágine!
UNA no para. 
Si no paras, no hay lugar para la belleza. 
Si no hay lugar para la belleza, no recargas la batería. 
Y ya sabemos qué pasa cuándo no recargas la batería... Despuntan los peores momentos-madre.

Mi amiga Carmela dice siempre que la vida habría que vivirla al revés, como en la película de El curioso caso de Benjamin Button que, si no habéis visto, os recomiendo veáis. Carmela y UNA tenemos hijos de las mismas edades y, cuando miramos atrás y nos paramos [la parada] a repasar las fotos y los vídeos de cuando nuestros hijos eran mucho más pequeños, nos preguntamos cómo no estábamos entonces disfrutando de la belleza de aquellas criaturas, riéndonos a mansalva de sus ocurrencias, regocijándonos en sus gestos inocentes, en vez de ser las madres jóvenes y agobiadas que éramos. La vida efectivamente, como dice Carmela, tendría que vivirse al revés, porque si atravesáramos esa época con la sabiduría y la experiencia de la que gozamos ahora, no estaríamos tan agobiadas y casi con toda seguridad puedo afirmar que haríamos muchas MUCHAS más paradas para disfrutar de la belleza. Los primeros años de la maternidad son efectivamente años locos, pero ésos son los años... Y si no te paras a observar la belleza, 
la belleza- elusiva- escapará a tu mirada.

Se te escaparán los años más tiernos de la infancia de tus hijos. 

Es complicado darse cuenta de esto cuando UNA está en mitad de la vorágine. Es complicado. Nadie dice que la belleza sea fácil. No lo es precisamente porque
  precisa de la parada.

Y la parada, en estos tiempos que vivimos, es un lujo. Pero es un lujo que debería ser obligatorio permitirse. Para recargar la batería y poderse re-enganchar a la ola de la vorágine.

Que no se nos olvide, Carmela, en estos años de hijos preadolescentes, pararnos a disfrutar de la belleza.

lunes, 20 de mayo de 2019

La Fali de mi tribu

Hay un proverbio por lo visto africano, que yo conocí sin embargo de manera más prosaica a través del eslogan de una tienda británica de ropa de bebé, que dice así:
 Para criar a un niño hace falta una tribu entera
¡Qué gran proverbio y qué gran verdad!
Yo no podría criar a Paul hijo1 ni a Gusi hijo2 ni a Dolfete hijo3 sin mi tribu. En realidad sí podría. Pero entonces perdería la cabeza. Perdería la salud mental (no que tenga altos niveles de la misma, pero la que me queda a estas alturas).

En mi tribu, yo confieso, hay pocos hombres y muchas mujeres. 

Está Peter, por supuesto. Peter es mi miembro favorito de la tribu. Y lo es por las miradas. Cuando Peter y yo nos miramos, sabemos lo que estamos sintiendo. No lo que estamos pensando, porque Peter y yo, ya lo he contado, pensamos muy diferente. Pero sí lo que estamos sintiendo sobre los tesoros que tenemos en común: ya sea orgullo o preocupación o frustración o caída de baba. Miramos al tesoro, luego nos miramos Peter y UNA, y ahí está: el milagro de la conexión. Eso no lo tengo con nadie más de mi tribu. Tampoco discuto tanto sobre cómo criar a los tesoros como discuto con Peter porque pensamos bien diferente.

Mi madre ocupa un lugar privilegiado en la tribu de la que hablo, el trono de la experiencia, ella que ha criado a cuatro hijas. La experiencia a veces se despliega de modo criticón y escuece un poco. Pero la mayoría de las veces viene para quedarse a modo de consejo inabarcable que pone perspectiva al día a día. Palabras que se convierten en cita. Como cuando me dijo en un momento de bajón: 
Tú siembra, que ya recogerás
Tardarás en ver los frutos, pero los recogerás
Tú sigue sembrando...
... y confía
En mi tribu está también el fenómeno-tita, esas titas que no tienen hijos y el diablo les dio sobrinos. Vienen a salvarle la vida a UNA de vez en cuando: a quedarse con los tesoros para que UNA pueda escaparse con Peter y mantener avivada la hoguera en el campamento; a hacer realidad sueños de los hijos que UNA no alcanzaría nunca a materializar; a darle respiro a UNA; a recordarle que hay vida fuera del tipi. 


Que no se te olvide que hay vida fuera del tipi, hermana.




También están las titas que tienen hijos propios. Éstas, junto con las amigas-madre, son las que vienen a ensalzar el poder del yo-también. Si UNA es madre terrible, yo-también. Si estos días el hijo de UNA le cae mal a UNA, a-mí-también. Si UNA quiere gritar y salir corriendo, yo-también
Son como mini-tribus dentro de la gran tribu. 

Consuelan. 
Te empujan a salir del barro. 
Cicatrizan.

También están las amigas que no son madre, las que te hacen valorar a los hijos cuando las prisas y la rutina te hacen olvidar los tesoros que te traes entre manos: añaden cAlor a la tribu. O te sacan del tipi para tomar un mojito: añaden cOlor a la tribu.

Pero a quien yo vengo a rendir homenaje hoy es a mi Fali. Ha tenido que faltar unos días para que la eche tanto de menos que UNA se detenga a escribirle un post en su vida mundana.

Fali entró en mi tribu hace ahora ocho años, los ocho que tiene Dolfete hijo3. Desde el minuto cero, se remangó e hizo de mis tesoros los suyos. Os cuento una anécdota del amor: Dolfete hijo3 lloraba el curso pasado los martes y los miércoles a la entrada del cole porque había una seño que le daba susto. Los martes lo llevaba UNA y hacía malabarismos en la puerta para lograr desenganchar a Dolfete de la pierna de UNA. Los miércoles lo llevaba Fali. Ni corta ni perezosa, un miércoles, Fali, conmovida por ver a su tesoro llorar una vez más, entró en el cole y habló con la seño en cuestión. Dolfete ya no lloró más: no sé que sintió el niño, si fue el ver a alguien de su tribu sacando la lanza por él, pero el día que Fali habló con la seño, ese fue el día en que se acabó el drama.

Fali tiene la filosofía de la gente sencilla: la inteligencia de la simplicidad. Cuando UNA se asienta en la queja, Fali la sacude: 
No te hagas eso a ti misma
me dice, 
si lo tienes que hacer de todas formas, 
hazlo con una sonrisa


La sonrisa

Fali trae los lunes puesta la sonrisa que los demás sólo podemos articular a partir del jueves y aprovecha para contagiar a Gusi hijo2, que suele empezar la semana con pantalón de cuadros y pie izquierdo.

Fali escucha a los tesoros. Paul hijo1 me confiesa que le gusta hablar con Fali. Y es que Fali también está sentada en el trono de la experiencia de haber criado a sus tres hijas. No viene improvisando como UNA.

Nunca hasta ahora, que está doblada, nos ha faltado Fali. Siempre ha llegado temprano. Hace las cosas que UNA no ve que hace falta hacer. Se me adelanta. Me sustituye. Llena los huecos. Cuida del tipi y de los tesoros. Nos hace carrillada y ensaladilla y flamenquines y patatas a la brava y otras delicias: los niños agradecen la variedad que hay fuera del huerto de UNA.


Fali es testigo muda de mis peores momento-madre, y nunca me hace sentir juzgada.  Al contrario, salta al rescate. Fali me hace sentir madraza.

Tener a Fali en casa es un regalo. Ser consciente de la suerte que tuve al dar con ella es lo que me hace mandarle desde aquí un tributo para que se ponga buena. Que en una tribu no hay nadie imprescindible, no, pero los hay muy necesarios, y UNA y sus tesoros precisan de su Fali remangada.



La tribu es cobijo emocional.
Si vas a criar a un hijo, hazte con una tribu, mejor si tiene una Fali dentro: 
la vas a necesitar, créeme.
A la tribu.
Y a la Fali.

lunes, 13 de mayo de 2019

Mensajes de un pasado adolescente


At forty years old, she faced the seven-year-old girl she once was: “I’m really sorry I disappointed you”, the woman said, “I should have fulfilled your wish list, and I didn’t”. The little girl looked pensive for a while, then replied: “I’m willing to forgive you on one condition: that the old lady that is awaiting us at the other end won’t have to apologize to you”.
A los 40, pidió perdón a la niña que fue por haberla decepcionado. Ésta puso por condición que la anciana que las esperaba al otro lado no hiciera lo mismo.
Este es un microcuento que escribí hace tiempo (y su traducción abreviada al español) y que refleja un hábito que llevo practicando toda la vida: el envío de mensajes a la UNA-pasado o a la UNA-futuro. Momentos en los que UNA se dirige a UNA:
Que no se te olvide esto, 
Que recuerdes aquello...

Uno de estos mensajes que una UNA-adolescente le envió a una UNA-madre me viene repicando desde que Paul hijo1 cumplió 13 años. Versaba así:
Íbamos por la calle las amigas adolescentes de UNA y una UNA-adolescente. Íbamos alocadas, riéndonos, creyéndonos felices. Y una señora se tomó la molestia de darse la vuelta para mirarnos con desaprobación y disgusto. La mirada no nos cohibió, más bien nos retó. Pero recuerdo pensar:
¿Qué estamos haciendo mal? ¿Reirnos? ¿Pasarlo bien? ¿Ser felices? ¿Qué es exactamente lo que estamos haciendo que está molestando tanto a esta señora, a esta señora que ha tenido que tomarse la molestia de darle la vuelta a su cuello contracturado para poder mirarnos con desprecio?

Y me mandé este mensaje a través del tiempo:


Que no se te olvide esto, me dije, que no se te olvide nunca que una adolescente feliz no ha de ser motivo de molestia. Esa mirada de disgusto dice mucho de esa señora y nada de ti.

Cuando Paul hijo1 empezó a tener ramalazos adolescentes, UNA recibió el mensaje que UNA se había mandado a sí misma.
Si acaso se me olvida, Peter, que trabaja con adolescentes, me lo recuerda.

Las generaciones conviven. Y en una familia las generaciones conviven bajo el mismo techo. Y la vida pasa tan rápido que de repente tú eres la señora del cuello contracturado y tienes uno o varios pequeños alocados en casa. Si se te olvida la adolescente que fuiste, es muy fácil sentirse molesta y dar la vuelta al cuello para mirar con desaprobación.

Pero si te paras a recordar, a recibir los mensajes de tu YO-pasado, te acordarás de la magia de unos años en los que aún era todo posible, unos años que no por encerrar tanto potencial en ellos eran menos difíciles, sino todo lo contrario:


La adolescencia es como un día de esos de abril que vas a la playa y, aunque hace sol, no hace aún mucho calor, así que no sabes si ponerte el bañador y bañarte o quedarte en manga larga y vaqueros. No sabes lo que tienes que hacer. Los demás, sin embargo, parecen tenerlo claro. 

Como madre, en esta etapa que comienza, quiero recordar que si le digo a mi hijo adolescente que se ponga el bañador y se bañe, probablemente tenga frío; y que si le digo que se quede en manga larga y vaqueros, probablemente tenga calor.

Pero que eso es lo que toca ahora. 
Y está bien. 
Lo importante es que esta señora de cuarenta y tantos no se olvide de aquella adolescente en esa playa de abril. 
Que esta señora de cuarenta y tantos no tuerza tanto el cuello para desaprobar y, en su lugar, recuerde la magia y la inseguridad, las promesas y los miedos.

Mensaje recibido, y una vez que el recuerdo de la playa de abril está presente en esta etapa, quepa decir que tampoco es absolutamente necesario recordar todo TODO lo que UNA hizo aquellos años, cosas que si las hiciera ahora el hijo de UNA, tú verás... A veces el olvido se hace indispensable.

miércoles, 8 de mayo de 2019

El poder de la palabra


Cuanto más escribo...
Cuanto más leo...
Cuanto más medito...

...más me sorprende el poder de las palabras.

Las damos por sentado. Nos levantamos por la mañana y en breve, un breve más breve para algunos y menos breve para otros, estamos verborreando. Como si nada, sin darnos cuenta del milagro que es poner una palabra detrás de otra hasta crear significados. Pero no es a este poder al que me refiero. 

Me refiero a la responsabilidad. 

Lo que decimos tiene consecuencias. 
A veces. 
No siempre: otras veces fluye y no se para, o bien cae en oídos rotos. 

Pero a veces, algunas veces, sin que podamos elegir qué veces, lo que decimos queda. Para siempre. Como un eco. Resonando en la mente de la persona a la que se lo decimos. 

Y esto, 
a veces es bueno, 
a veces es malo, 
pero, bueno o malo, crea cita.

Te lo digo. Hazlo ahora mismo. Rebusca en tu interior las citas. 
UNA tiene tantas... 
Estoy segura de que las personas que me crearon estas citas no recuerdan habérmelas creado. Estoy segura de que dijeron lo que dijeron y lo olvidaron segundos o minutos después. Sin embargo, UNA, muchos meses o años más tarde, aún las recuerda. 
Tus palabras habladas no cesan de reiterarse. Forman parte del repertorio de pensamientos que flotan en mi interior. Las veo pasar cuando medito. Están ahí cuando tomo una decisión o cuando dejo de tomarla. Se han quedado conmigo. 
Una vez sueltas, para bien o para mal, se hicieron mías a través de esa intuición subconsciente que atrapa y desecha lo que le da la real gana sin pararse a preguntar si nos conviene.

Así, están las citas que alimentan la autoestima, el ego, las que vinieron en forma de cumplido y ¡qué bien que se quedaron! Como cuando Merchi me dijo ¡qué completita eres! O Natalia me dijo que conseguiría todo lo que me propusiera. O Peter me dijo que era muy creativa.

Otras citas son más sofisticadas. Son las que vienen en forma de consejo. Quizás sean citas de citas. El caso es que, de estas citas-consejo, las que se quedan, se convierten en mandamientos de la filosofía privada de UNA. Como cuando Michi me dijo que no puedes estar bien en pareja si no estás bien contigo misma antes; como cuando Begoña me dijo que el respeto, una vez que se pierde, no se recupera; y cuando Carmela me hizo ver que es imprescindible ponerse en valor.

Luego están las citas-crítica. Las que insultan -a veces sin la intención de hacerlo, a veces claramente con ella- al ego, un ego que probablemente estaría previamente debilitado pues, de no ser así, no se habría empeñado en quedarse con estas citas-crítica. Con 15 años Carlos le dijo a UNA que bailaba fatal y UNA nunca más bailó, por lo menos no serena o sin sufrir un sentido del ridículo espantoso, hasta que hace muy poco UNA decidió que ya le daba igual:
Decidir que ya te da igual viene a ser básicamente la madurez. 

Pero creo que no me equivoco al decir que tristemente casi todos podemos localizar en nuestro catálogo alguna cita-insulto de eco atronador que la madurez quizás haya conseguido aplacar, pero nunca terminar de aniquilar.

Las citas de la infancia, las que te crean en el hogar de origen, las etiquetas, están ahí para quedarse. Las citas-cumplido y las citas-crítica se entremezclan en el contexto familiar: una cualidad puede usarse para reñir y una crítica para mostrar vulnerabilidad o valentía, que al fin y al cabo es lo mismo. Si te dicen repetidamente que eres muy inteligente y que ¡cómo puedes ser tan enfadique con lo inteligente que eres!, ahí la llevas: tu inteligencia será una carga de por vida que te hará enfadarte mucho.
Quitarse etiquetas no es como quitarse una tirita, que pegas el tirón y ya no duele. Quitarse etiquetas es largo y penoso, y requiere de mucha medida terapéutica.

De ahí la responsabilidad que mencionaba. 
El poder de la palabra.
Con nuestros hijos especialmente.

De las innumerables interacciones que tienes a lo largo del día con esas criaturas en proceso de construcción, no sabes con cuál se quedarán. 
Las citas repetidas seguramente perduren: cuando te repitas, vigila especialmente. Estás creando citas. 
Sobre esas joyas sueltas que a veces tus hijos retendrán, recuerda que tu parte de control se reduce al proceso de producción pero, de tus palabras, tú no serás la que elija con cuáles se quedarán. 

Los niños son expertos en sacar citas a relucir. Gusi hijo2 cambió el otro día de opinión de una forma poco conveniente y no pude ni osar a comentar porque enseguida me citó: 
Mamá, tú dijiste una vez que las personas tienen derecho a cambiar de opinión...
¡Habían pasado meses desde que UNA dijera aquello! De hecho, acababa de cambiar de opinión respecto a esta opinión.

Una cita de mi madre que retuve es que solía decir que las personas tienen un número limitado de palabras que emitir a lo largo de la vida y que, cuando se acaban las palabras, se acabó: ya no hay más palabras. Nunca he conseguido que me aclarara qué pasa entonces: ¿te mueres? ¿te quedas mudo? 😳 Entiendo ahora que seguramente era una manera de tratar de hacerme callar: con lo que UNA hablaba y la intensidad con la que lo hacía, la pobrecita tenía que estar hartica. 
Esta cita de mi madre con la que me quedé resume no obstante en parte lo que vengo a tratar de decir aquí: 


Seleccionemos lo que decimos

A veces, a menudo, no decir nada es la mejor de las citas. Nunca subestimes el poder del silencio.

Tengamos siempre presente que no es el que habla el que elige si la cita se queda o se va: es la intuición del que escucha. 
Del que retiene mucho después de que tú hayas olvidado.