lunes, 23 de diciembre de 2024

Tratarme bonito

Compartí en un grupo de whatsapp una canción del Kanka que es una suerte de parodia de los propósitos de año nuevo:

Tendré que empezar a fumar
Y ganar unos kilitos
Cuidarme menos, salir más
Voy a empezar ahora mismito
Quiero gastarme mucho más
En cosas que no necesito
Y voy a dejar de ir ya
A los martes de fulbito
En este año que vendrá
Tomaré menos potasio
Voy a tratar de no ahorrar
Y a quitarme del gimnasio
Voy a remar sin dirección
Desde enero hasta diciembre
Y a limpiarme el culo con
Mis propósitos del año que viene

Una amiga comentó: - Muy bueno....me identifico totalmente. Nunca he hecho propósitos de año nuevo...no le encontré el sentido jamás.

UNA no contestó pero se quedó pensando. ¿En serio? ¿Se puede vivir sin hacer propósitos de año nuevo? UNA tiene todo un ritual intencional de año nuevo, y aquella era una posibilidad que UNA no había contemplado. Empezar el año sin propósitos: ¡Qué novedad!

Luego UNA se quedó pensando más, pues UNA no sólo hace propósitos-de-año-nuevo, sino también propósitos-de-septiembre. De hecho, UNA va más allá: UNA hace bullet journaling (BuJo). Para los que no lo conozcáis, que seréis todos (la gente normal, jajaja), es un sistema de organización personal desarrollado por Ryder Caroll quien lo describe como un método para "rastrear el pasado, organizar el presente y planificar el futuro". Pues bien, el método incluye, además del ritual de año nuevo, rituales mensuales y semanales, incluso uno cada mañana y cada noche. Se trata de pausas reflexivas que incluyen momentos intencionales. 

¿De dónde le viene a UNA ese afán por organizarse la vida con intenciones? UNA tiene sospechas. Por un lado, en el cole de la primera infancia de UNA, cada lunes teníamos que hacer un dibujo con el lema de la semana, que no era otra cosa que un propósito que, si no cumplías, tendrías que llevar a confesión. Ya os conté en Lo sagrado los estragos de la confesión en mi sensibilidad infantil.

En el origen de tanto propósito-de-mierda -¡digo, de-enmienda!- está un acusado perfeccionismo parejo con una búsqueda vana de control. Se vislumbra también el deseo que expresé en el primer cuaderno de mi primer hijo, en aquellos primeros instantes de la maternidad: 

Quiero ser mejor persona para ser mejor madre para ti

Pero si UNA rasca debajo de esos deseos perfectos, de esos propósitos compulsivos, lo que encuentra es esa creencia de que UNA no es lo suficientemente buena: UNA como punto de partida no vale tal y como es. Por eso perseguimos una versión-mejorada-de-UNA. Hay que pulir a UNA.

¡Qué triste, ¿no?!- me invade el pensamiento. Ponerse tan poco en valor como para sentir una necesidad imperante de llevar al cabo de la vida un puñado ingente de medidas de mejora.

Así que este año UNA ha decidido que el único propósito de año nuevo que voy a contemplar es el de querer mucho a UNA, aceptar a UNA tal y como es UNA, con todas sus sombras, y también con todos sus brillos. Tratarme bonito. 

A los que, como UNA, tenéis también esa impresión de estar un poco rotos, os invito a hacer más de lo mismo: Quereos mucho que, como UNA-incoherente le dice a sus hijos, sois la única persona del mundo que va a estar siempre, en todo momento, con vosotros. Más vale llevarse bien.


Entradas relacionadas

El vídeo de El Kanka

sábado, 7 de diciembre de 2024

Días de ¿y si...?

Fui a desayunar con dos del gimnasio que son más jóvenes que UNA (lo cual a estas alturas empieza a ser relativamente fácil y común). Como apenas nos conocemos, la conversación tiende a parecer una clase de español A1: soy de Valladolid, estoy casada, tengo tres niños... Ninguna de las dos tiene hijos, ambas están ya en la cuarentena, y una de ellas confesó que a veces se pilla pensando: ¿Y si los hubiera tenido? 

UNA reconoció inmediatamente al ¿y si...? como a un fiel amigo. 

- Si los hubieras tenido,- le dije-, quizás te estarías preguntando: ¿Y si no los hubiera tenido? 

UNA siempre supo que quería tener hijos, pero ninguna decisión se toma al cien por cien, sobre todo después de tomarla. Cuando ves las consecuencias de la decisión tomada, hacen acto de presencia inevitablemente días-de-¿y-si...? 

Anoche salimos con otra pareja cuya vida es muy similar a la nuestra: tres hijos en plena adolescencia. Volvió a salir el ¿y si...? UNA puede contestar a esta pregunta: habríamos viajado más, tendríamos más dinero y menos discusiones, habríamos envejecido más lento pues las preocupaciones han pintado muchas canas. UNA, desde luego, no habría convivido tanto con esa culpa insidiosa que se agazapa a la maternidad.

Una de mis hermanas no tiene hijos pero tiene tres perros y CADA VEZ que vuelve a casa, le espera una fiesta de bienvenida. Mis hijos ni siquiera se levantan a saludarme y CADA VEZ es más estrecho el tiempo desde que entro por la puerta hasta que me apelan de pesada. Peter bromea en serio: ¿Y si hubiéramos tenido tres perros?

El comité de bienvenida de mi hermana

UNA, observadora de su voz interior, sabe que el ¿y-si? es una de las preguntas favoritas de la ansiedad, pues viene a hacerla cuando ya realmente no importa. Es rara la discusión con Peter en la que no me haya atormentado con el ¿y-si? ¿Y si no me hubiera casado? ¿Y si me hubiera divorciado a tiempo? UNA es así, la reina del drama. La ansiedad, que lo sabe, adereza el drama con ¿y-si?s.

En el trabajo, más de lo mismo. Me encanta lo que hago, entro al aula como el que entra en un escenario, a darlo todo. Sin embargo, cuando alguien del público no responde, o cuando me topo con montañas de exámenes por corregir que me roban los fines de semana, me asaltan los ¿y-si?s. ¿Y si hubiera estudiado Hispánicas y no Inglesa, y hubiera dedicado mis días a escribir y a leer a mi JuanRamónJiménez del alma?

La ansiedad te hace creer que hay un montón de vidas alternativas mejores a la tuya, vidas que dejaste por vivir, puñados de ¿y-si?s que te distraen de lo que de verdad importa. Lo único que de verdad importa es lo que te traes entre manos. Esto es lo que hay. Estas son las cartas con las que tienes que jugar esta partida. La ansiedad con sus ¿y-si?s es como el contrincante que trata de despistarte sobre el tapete. La menopausia, esa gran transición que te acerca un poquito más a la muerte, te plaga de ¿y-si?s. Recientemente UNA recibió el gran consejo terapéutico: 

De lo que se trata es de intentar ser feliz con lo que se tiene, 
no con lo que se podría haber tenido. 

Como hábito mental, el ¿y-si? es un gran disruptor. 

Os dejo por aquí un vídeo de instagram maravilloso que me mandó otra de mis hermanas a raíz de una conversación en un día-de-¿y-si...? (Rather than waste your time being stressed about making the right decision, make the decision right). Dejo también constancia del amor que le tengo a mis tres reyes a pesar de los ¿y-si?s que me asaltan puntualmente en esta etapa adolescencia-menopausia: No cambiaría a mis tres monstruos ni por todo el oro del mundo que me juran los ¿y-si?s.


Entradas relacionadas
La vida robada
¡Pues no haberme tenido!


jueves, 21 de noviembre de 2024

Los menos

Doy mi clase de las cuatro en un aula al sol en este noviembre demasiado cálido. Me aseguro de vestir una manga corta debajo de ese suéter que me sobra y de llevar un abanico en el bolso. Pongo el aire acondicionado nada más entrar y una alumna adolescente se me queja: 

- Maestra, ¿tienes calor? 

- The teacher is always hot😉.

A los hombres en general les incomoda hablar de menopausia. A muchas mujeres curiosamente también. La palabra sofoco es una palabra fea.

So-fo-co.

Suena mal. Viene cargada de oes y de connotaciones negativas: vieja, bigote, sudor y orina. No me creerás cuando te digo que en una reunión social reciente oí hablar de nosotras, las menopáusicas, como "secas". 

- Están todas secas-, dijo un pobre gilipollas. 

La indignación se apacigua cuando caes en la cuenta de que este tipo de comentarios no dice nada de nosotras y, sin embargo, habla a gritos del pazguato que las emite en su ignorancia barata y arcaicamente machista desde su cerebro seco (así habla mi indignación apaciguada, imagínate cuando no lo está).

La propia palabra "menopausia" viene también con su mochila de sesgos negativos sobre los hombres hombros (un lapsus, lo siento) y, sin embargo, la palabra en sí es bella. Menopausia. Menopausa. Menos. Pausa. Eso es a lo que UNA aspira se convierta esta etapa de sofocos, en una P-A-U-S-A. Parar para ir aceptando los-menos, haciéndoles hueco en los recovecos de mis estrenadas arrugas en ese cuello que aloja ahora una garganta hecha nudo.

Los-menos que más me anudan el cuello son mis tres reyes, mis tres monstruos, que ahora me necesitan menos, me buscan menos, me acarician menos. A veces UNA piensa que no es tanto a ellos a los que echa de-menos sino al sentimiento de sentirme imprescindible, de que hubo un tiempo en que mis besos curaban y mis palabras, las mismas que ahora hacen rodar sus ojos en blanco, hacían magia. Pero no. No es sólo el sentimiento: se añora el olor de sus manos y sus pies, las voces de pito, las ocurrencias ingeniosas de la inocencia. Peter me dirá que idealizo. Lo sé. Tengo cientos de diarios escritos sobre la ambigüedad de la maternidad, pero el recuerdo afortunado siempre depura.

Hay otros menos que también pesan: menos ánimo ilusorio de muchas cosas que antes apasionaban, menos firmeza en la piel, menos memoria, menos tiempo de sueño, menos hormonas, menos ganas de sexo, ver menos, oír menos, menos salud...

El-menos que más atormenta es la certeza de que ya queda menos tiempo por vivir que el ya vivido. Es el-menos del envejecimiento repentino y la conciencia de la muerte. Es aquí, sin embargo, cuando UNA se detiene a pensar que quizás se trate de un menos-más ya que es este menos el que te apremia a tratar de llenar los años que te resten por vivir de sueños cumplidos, de valores ya no heredados sino deliberadamente elegidos, de presencia, de un nueva forma de saber estar con la incertidumbre tan innata a la condición humana y con la que estuve peleando inútilmente por más de cincuenta años.

Hay otros menos-más, menos que suman: menos amigos pues a estas alturas ya has hecho la criba y te has quedado únicamente con los auténticos; menos batallas pues eliges sólo aquellas dignas de lucha; menos (auto)censura; menos postergación; y, sobre todo, mucha menos paciencia ante los pobres gilipollas que nos tachan de secas sin siquiera coscarse del empeño que esta generación de mujeres estamos poniendo en que esta pausa vuelva los-menos en más: más recuerdos, más experiencia, más propósito vital, más creatividad, más serenidad, más intención, más atención, más conciencia. 

Mujeres que, tras el duelo por los-menos, estamos cambiando el vocabulario.




Entradas relacionadas

La mentira del espejo
Las p***s hormonas
Nada que apriete
Yo sólo quiero
Con prisa pero con pausa


martes, 13 de agosto de 2024

Mujeres que hacen cosas con las manos

Ando buscando hobbie.

Vengo observando a las mujeres que adquieren aires-de-sabia con la edad, mujeres que se crecen con el paso del tiempo, que destilan esa serenidad que tanto anhelo, y casi todas ellas se traen algo entre manos.

Una hace arreglos florales, con la destreza de los tallos ensartados buscando la belleza. Se toma su tiempo. Propone una combinación de flores en colores, se aleja, las mira con amor, se acerca, las toca, las retoca. Las flores la mantienen sana, me cuenta. Sabe cuáles son las que combinan, crea ramos preciosos que lucen apenas unos días en algún salón ajeno, para luego morir dejando sólo decadencia en tonos pastel. Pero mi amiga ya anda canalizando su energía en otra composición de colores y texturas en jarro de cristal.

Esta otra hace croché. Mueve las manos con una rapidez que no hace sospechar que tuvo que aprender un día a tejer. Las agujas parecen una suerte de extensión de sus manos a lo eduardo-manos-tijeras. Siempre inventando, para ella todo puede ser croché: si existe, puede hacerse en tejido de gancho. Del ovillo van naciendo chismes como si siempre hubieran estado ahí enrollados a la espera de la magia de sus manos abracadabra para materializarse.

Esa otra hace ungüentos, pócimas, bálsamos y potingues. En su laboratorio de alquimia, va testando. Huele, prueba, mezcla, agita. Aceites, alcoholes, esencias. Espera y vuelve a agitar. Se unta las manos, se las lleva a la cara, te las ofrece a oler. Aprueba con la sonrisa. 

Aquella otra hace abalorios. Conecta perlas de colores en cadenas que cubren muñecas, escotes y lóbulos. Podría hacer una muralla con todas las cuentas que lleva enlazadas en la bisutería que luego va regalando por doquier pues no la necesita, ni siquiera tendría ocasión de lucirla. Lo hace por el puro deseo de crear cosas bonitas.

Recientemente leí que las actividades que conectan el ojo con la mano traen la mente al presente. Eso es, pensé, de ahí les viene la serenidad a estas magas.

Todas también tienen en común el haber sido madres en sus vidas pasadas. Las primeras etapas de la maternidad son en gran parte trabajo manual. El bebé en el regazo, pañales, biberones; luego después, legos, playmobil, puzzles, colorear, pintar... Pocas cosas he disfrutado tanto como hacer manualidades con mis hijos cuando eran chicos. Y esos paseos por el parque sujetando siempre una manita o dos. ¡Ay, las manitas! 

Luego poco a poco las manos se van quedando vacías. 
Casi huecas.

Es entonces cuando las mujeres sabias las ocupan con flores o lanas o perfumes o pulseras. Siguen creando, manteniendo la conciencia en ese presente creativo para que no las meza la melancolía. 

Pues eso, ando buscando hobbie ojo-mano. Se aceptan sugerencias. Quiero ser una de esas mujeres que hacen cosas con las manos. ¿Qué te traes tú entre tus manos?





Entradas relacionadas

 

miércoles, 5 de junio de 2024

Con prisa pero con pausa

 Existe en inglés un término, the Bucket List, que se refiere a la lista de cosas que hacer antes de morir (kick the bucket, en inglés coloquial, es algo así como estirar la pata). También hay una película con ese título, con Morgan Freeman y Jack Nicholson, que fue sutilmente traducido a su versión en español como Ahora o nunca.

Ahora o nunca. Esa es la sensación, el pensamiento, el aviso, la alerta. 


Llegas a la segunda mitad de tu vida. Si eres hombre, el proceso es gradual, a poquitos, como para ir digeriéndolo. Si eres mujer, no obstante, la llegada es de repente. Un torrente hormonal súbito de cambios se apodera de tu cuerpo al que empiezas a no reconocer. Nada más abrir la puerta a esa segunda mitad, te topas con la incertidumbre de la duración de la misma que se ve ahora amenazada por condiciones, desórdenes y síndromes a los que parecíamos inmunes en aquella primera (felizmente inocente) mitad y que, sin embargo, ahora parecen tenernos rodeadas por flancos varios. Allá donde mires, allí están.


El desasosiego hace mella.


Te acuerdas entonces de aquella bucket list, todas aquellas cosas que querías hacer antes de morir, cuando morir era sólo una sombra muy, muy lejana. Te acuerdas del libro que no has leído, del libro que no has escrito, del sitio al que no has viajado, de la transformación que no has atravesado, de la persona a la que no has llamado, del paisaje que no has visto, del perdón que no has nombrado. Te entra la prisa. Es ahora o nunca, porque no se sabe cuánto va a ser nunca. Ahora es ¡ya! Tu sistema nervioso se pone en alerta.


A esa lista de cosas por hacer antes de morir, se suma la lista de cosas por hacer ante el cuerpo que ya no reconoces: quieres hacer ejercicio de fuerza para frenar la pérdida de masa muscular, ejercicios de suelo pélvico para no acordarte de Concha Velasco, yoga facial porque ya no te gusta tu cuello. Más alerta para tu sistema nervioso.


Entre sofoco y sofoco, no sabes a qué lista atender antes, si a la bucket list o a la lista de retrasar el deterioro de ese cuerpo que se deteriora sin pausa. Amalgamas las dos listas en una lista nueva y necesitas imprimirla en papel continuo porque es casi eterna. 


¡Alerta máxima! 


Te entra la prisa de verdad, no te da tiempo, no llegas, es imposible que abarques a cumplir todos esos sueños, a marcar con una mano todos esos puntos de esa lista interminable mientras con la otra sujetas el muro de la incertidumbre que se cierne sobre ti.

 

No es tanto el miedo a la muerte, como el miedo a no haber vivido, a no haber llenado el tiempo que tuviste.


En ese punto, sólo queda aceptar. 

Aceptar que, como en todas esas otras vidas que ya no existen, se te quedarán cosas por hacer, cosas por decir, cosas por ver. 

Aprender a amar al nuevo cuerpo que ahora ocupas. 

Y rendirse ante la incertidumbre. ESTATE BIEN con no saber, me dijo mi abuela. ESTATE-BIEN-con-no-saber es mi nuevo mantra que reemplaza al ahora-o-nunca.


Esto, queridas, viene siendo -para UNA al menos- la menopausia. 


Una amiga nos dijo el otro día en un grupo de whatsapp: “Los malos ratos vienen solos, sé de lo que hablo, los buenos hay que buscarlos”. Pues eso, de la lista interminable, elige sólo aquellos ítems que vayan a convertirse en ratos buenos. Y, en cuanto al resto, no les permitas que te metan prisa.

Pues no es tiempo de prisa. Es, más bien, tiempo de pausa. 

No es ahora o nunca. 

Es ahora.










Entradas relacionadas

Envejecer: Dime, ¿qué piensas hacer con tu única, salvaje y preciosa vida?

A poquitos

De modo planes a Pléyades

El síndrome de demasiado

Sin filtros



miércoles, 22 de mayo de 2024

Yo sólo quiero

Entré en el baño de alumnas de un instituto de Secundaria y me sorprendió encontrarme la puerta por dentro llena de pintadas, como en mis tiempos. Pensé que estas chicas ya no tendrían la necesidad de dejar sus huellas indelebles en las puertas de los inodoros (palabra que delata desde qué década de mi vida escribo) teniendo como tienen ahora tanta red social para avergonzarles en su futuro con las marcas que en la nube dejará su embriaguez adolescente. Pero sí, allí estaban, todas esas pintadas dando fe de su paso por esos aularios, de que hay algunas cosas que- afortunadamente- no cambian y nos proporcionan esa sensación de seguridad, de todo-está-bien pues estamos todos hechos de lo mismo.

De entre todos los garabatos, me llamó la atención la siguiente frase: Solo quiero que papá esté orgulloso de mí. Me conmovió. Hice una foto. No sé por qué la hice. O quizás sí.


De camino a casa, iba pensando en el autor, la autora, de esa frase. Ese corazón 💙 al lado de papá, ese mohín 😕 debajo de la pintada. Quizás papá ya no está, quizás se ha ido, quizás nunca estuvo, quizás falleció, y esta cría lo único que busca es complacer a la imagen que mantiene de esa persona que falta en su vida.

O quizás el padre y la hija andan en constante discusión estos días de adolescencia, y el padre ha olvidado lo mucho que la hija lo quiere. Nos lo recuerda ese corazón pareja de la tilde. La hija no sabe cómo dejar de discutir pero tiene claro que su mejor mención sería que papá le dijera: "¡Qué orgulloso estoy de ti!", a pesar de las veces que la ha llamado "desastre" o "vaga" o "irresponsable" o "caso perdido".

Tal vez la hija ande compitiendo estos días con un puñado de hermanos que parecen merecer más el amor y la aprobación de ese padre que anda torpe repartiendo florituras sin saber ocultar sus preferencias y sin que eso signifique que quiera menos a nuestra pintora.

Nunca sabré quién hizo esta pintada. Sólo sé que podríamos haberla pintado muchos; desde chicos, buscando la aprobación de papá, o de mamá. Mi hijo, cada vez que coge una ola haciendo surf, no puede evitar mirar en nuestra dirección, a ver si lo hemos visto, y le hacemos un gesto con la mano🤘, un sí-te-he-visto.

Luego te haces mayor y sigues buscando que alguien te haga ese gesto con la mano. Papá ya no está, ya murió o está oculto detrás de ese-viejo-del-pelo-cano-y-la-cabeza-ida. Cada vez que logras algo, un logro de esos de los que él se sentiría orgulloso, te sientes huérfana pues no está ahí tu-referente para decirte "te he visto coger esa ola y me he puesto orgulloso". A veces buscas miradas sustitutas que se sientan orgullosas: una hermana, una amiga, tu pareja.

La madurez, vengo entendiendo estos días de esta segunda adolescencia que llaman menopausia, supone hacerte tú a ti misma ese gesto con la mano. La madurez es un "Yo sólo quiero que UNA esté orgullosa de UNA". Cuesta soltar la dependencia de la aprobación ajena. Cuesta coger esa ola y no mirar a la playa. Conozco a poca gente que esté tan sana que le baste su propia aprobación. Y dudo conocer a alguien que no hubiera firmado esa pintada. 


Entradas relacionadas


miércoles, 10 de abril de 2024

Dramones


Después de mi entrada anterior, un poema nostálgico dedicado a mis hijos adolescentes en añoranza de su infancia, tuvo Peter que viajar a Madrid una semana y a la vuelta me trajo un casi-regalo. Un casi-regalo es algo común en las relaciones de pareja con familia numerosa: casi-te-lo-compro pero era demasiado caro. Lo que importa es el detalle. La economía familiar agradece dejarlo en-estado-de-casi, pero en la relación el regalo se considera en-estado-de-hecho.

- Es el regalo perfecto para ti, me dijo. Es TU camiseta. 

La camiseta, por lo visto, era una camiseta del grupo Ramones (hey, ho, let's go) a la que habían añadido una D delante: DRamones. Peter se desternillaba mientras me lo contaba y UNA hacía como que no sabía de qué hablaba, a pesar de que ya en Inglaterra me bautizaran con el apelativo de drama queen, y mi padre de muy niña vaticinaba que UNA sería actriz dramática.

- Venga ya, seguía riéndose Peter. - Ahí están todas las otras madres celebrando que sus hijos crezcan y se hagan mayores para poder respirar por fin, y tú andas escribiendo poemas y llorando por las esquinas.

Me casé con mi antónimo. No podemos ser más opuestos. El ying y el yang. Y menos mal...

A algunos la alegría les viene dada de serie, Peter entre ellos. Conozco más gente así. Son gente que, para empezar, está en el presente: tiene la mente donde tiene el cuerpo, no el cuerpo aquí y ahora, y la mente recitando nostalgia o en modo-planes. No es lo mismo, son dos paseos por la vida completamente diferentes: ya lo relaté en 57 minutos 55 segundos. Lo que tantos otros buscamos a través de la meditación y rara vez tenemos la suerte de encontrar, a esta gente le viene dado de fábrica.

Del mismo modo que mi mente detecta en el horizonte con increíble destreza razones para el drama, esta especie envidiable localiza razones para la alegría en lo más mundano. Tengo una amiga que, cada vez que dice una palabrota, se parte de la risa. Hablando precisamente del tema de mi poema, de la nostalgia de los hijos que crecen, esta misma amiga decía: pues yo tengo muchas ganas de lo-que-está-por-venir. ¿Ves la diferencia? Son dos paseos. Mis antónimos son disfrutones de nacimiento, fácilmente satisfechos, no necesitan demasiado para estar contentos. 

¿Sabes eso de que la vida te da limones? Pues bien, a esta gente la limonada le sale de manera natural. Luego estamos los que de manera natural lo que nos sale es rallar la cáscara del limón y ponérnosla debajo de la lengua, o tomarnos dosis ingentes de la capa blanca amarga que se esconde entre la piel y los gajos, o masticar las pepitas hasta que se nos hacen bola. Se me va la metáfora de las manos y acabamos todos salivando, pero ¿tú me entiendes? Las que hacemos dramones no los hacemos por gusto sino por disgusto.

Las-dramones tenemos que currarnos la alegría. No nos viene dada. Tenemos que andar proactivos en su búsqueda y corremos el peligro, en un momento de desidia en esa búsqueda, de escurrirnos hacia el drama. Las emociones incómodas son nuestra vida diaria si no hacemos el esfuerzo consciente de salir a buscar la alegría. De hecho, para UNA, el autocuidado por el que abogo desde el alba de este blog no es otra cosa que hacer espacio en mi vertiginosa rutina a hábitos que me permitan inclinar el péndulo desde el drama hasta la alegría, pues si no lo hago se me tiñe todo de drama.

Me regaló una amiga un post de instagram que os enlazo abajo con un poema divino que os copio y pego aquí (invito a los que no leéis inglés a dejar que una IA os lo traduzca, aunque se pueda perder el alma del poema en el proceso):

JOY
Joy does not arrive with a fanfare,
on a red carpet strewn with the flowers of a perfect life.
Joy sneaks in, as you pour a cup of coffee,
watching the sun hit your favourite tree, just right.
And you usher joy away,
because you are not ready for it.
Your house is not as it must be,
for such a distinguished guest.
But joy cares nothing for your messy home,
or your bank-balance,
or your waistline, you see.
Joy is supposed to slither through the cracks of your imperfect life,
that’s how joy works.
You cannot invite her, you can only be ready when she appears.
And hug her with meaning,
because in this very moment,
joy chose you.

Pues eso, que las-dramones tenemos que detenernos a diario, hacer el esfuerzo, hacer hueco en nuestra vida para estar preparadas para la alegría cuando llegue: las flores amarillas, rojas y malvas; el amanecer naranja y violeta; las amigas que regalan poemas; los casi-regalos.



El poema es de Donna Ashworth @donnaashworthwords.
En este post de instagram  está maravillosamente leído por @harrybakerpoet






Entradas relacionadas
Poema nostágico con hashtags y links
57 minutos 55 segundos: 2 paseos
A flor de piel
La belleza [La parada]

lunes, 11 de marzo de 2024

Poema nostálgico con hashtags y links

 

Echo de menos tu sonrisa
ancha
entusiasta
sin tapujos
sin complejos.
Esa sonrisa que habitaba todas las líneas que le venía en gana
sin consultarle al espejo
sin murallas
sin esa puerta de hierro entre el mundo y tú

que deja a UNA fuera, con el mundo.

Tu sonrisa emigrante y extranjera me anuda la garganta.


Extraño tus ojos abiertos
espontáneos
escaneando el mundo
buscando tesoros atrapados en escondrijos adultos
descubriendo milagros disfrazados bajo tez de rutina.
Allá donde UNA equivocada, ciega, hacía pereza,
TÚ veías puntitos de luz.

Los mejores años de mi vida están llenos de ti.

Allá donde UNA se ahogaba en charcos de barro,
TÚ anunciabas el cambio emocionado a esa manga larga.

Los mejores años de mi vida están llenos de ti.


Echo de menos tu brazo enredadera
abrazando mi cuello a modo de foulard
en medio de la noche.


Y #my-bed-in-the-morning
habitada por duendes
multiplicada por dedos-deditos en mi cama.



He cortado ochenta uñas
al filo de la fiesta nocturna de los cuentos
que primero leía UNA por dormirte
y que luego despierto me harías eco.


Mas, mi vida, mi amor,
lo que más añoro:
tu voz.
Esa voz polvorilla recorriendo
armarios y pasillos
Esa voz que no pide recompensa,
que sólo necesita,
que pide que UNA esté,
que no se vaya.


Eso fue mucho antes del suspiro cansino adolescente
que ruega que me marche,
que me quede -callada- al otro lado de la puerta de hierro,
que no busque sonrisas ni miradas
en pasillos y armarios desolados por las voces ausentes.
Ya no hay dedos-deditos en mi cama.


Honrando mi tristeza,
que el futuro ha llegado antes de tiempo
y el pasado se ha ido a cruel destajo,
te escribo este poema
a sabiendas que nunca en muchas lunas,
hallarás el instinto de leerlo.


Te hice mío.
¿En qué momento absurdo
olvidé que eres tuyo?
Perteneces al mundo que creaste al otro lado de la puerta.


Dejarte ir, amor:
la única medida posible de lo mucho que te amo.


#lookingback





Entradas relacionadas

Mi blog de poemas:


miércoles, 14 de febrero de 2024

En huelga

Desde que los niños eran pequeños se acostumbraron a las reuniones familiares en las que se repartían las tareas de la casa que quedaban después plasmadas en un cuadrante con un imán en la nevera. Hijo1 hace tal, hijo2 hace cual, hijo3 hace tal y cual. Siempre les he dejado claro que UNA está sola, que Peter no está muchos días de la semana, y que UNA no puede hacerlo todo. La casa es la-casa-de-5, no la-casa-de-UNA. He tratado de ser siempre muy pulcra en el lenguaje, no se trata de "ayudar a mamá", sino de "hacer cada uno la parte que le corresponda", pues creo en el poder del lenguaje para configurar pensamientos, y en el poder de los pensamientos para configurar idearios, y en el poder de los idearios para configurar vidas. Cuando los niños eran pequeños, se involucraban en las tareas con entusiasmo y curiosidad envidiables. Para UNA merecía la pena a sabiendas de que tendría que rehacerlas después de que acabaran. Siempre pensé que estaba creando-hombres con idearios justos.


Pues bien podría haberme ahorrado el tiempo de rehacer y haberlo hecho UNA de primeras, ya que llega esta estación de la vida con hijos ya mayorcitos y me encuentro con que, para conseguir que hagan algo que harán bufando, hay que pasar por el peaje previo de estar encima de ellos y enfadada. UNA es una máquina de reñir, mamá-pesada, mamá-coñazo, mamá-amargada, y todo ello para que recojan un friegaplatos de mala gana. Mas a pesar de la resistencia, me sigo negando a hacerlo todo yo. Así que, en un momento en el que las tareas de la casa se complicaron sobremanera pues las lluvias habían provocado goteras y la casa estaba manga por hombro, me puse en huelga.

Se lo comuniqué. Estoy en huelga. No voy a hacer n-a-d-a hasta que vea una reacción por vuestra parte. Mis reivindicaciones: que el reparto de las tareas sea más equitativo. Puedo aceptar que la parte de UNA sea más grande que la de mis tres monstruos, pero no tanto como para que ellos vivan como reyes mientras UNA se esclaviza. Pero, sobre todo, reclamo que cada uno haga lo que le corresponde sin que UNA tenga que estar encima, lo cual me drena la energía. Nadie está encima mía para que yo haga mi parte, salvo UNA.

Tras el anuncio de mi huelga indefinida, se sucedieron los ojos en blanco. Para Paul hijo1, se trata de mi gen-rojo, como lo llama él: mi tendencia izquierdosa, mi lado hippie. Para Gusi hijo2, se trata de mi femi-nazismo, como lo llama él: en una casa de solo-hombres, todo lo que UNA hace lo identifica con el colectivo de mujeres. Tengo la responsabilidad de ser el modelo y, chicas, mucho me temo que no os estoy dejando en buen lugar. Mamá-loca.

Me tumbé a la bartola. En ebullición por dentro, pero a la bartola: nadie dijo que una huelga fuera relajante. Una amiga me hizo un comentario: 

-Uff, yo no puedo ponerme en huelga, porque se me acumula el trabajo, y luego me encuentro con todo lo que no he hecho por hacer. 

Sembró la primera semilla de duda en mi intención resolutiva, especialmente cuando miraba de reojo la cocina y veía las montañas de platos acumulándose. 

Otra amiga me hizo otro comentario: 

-¿Tú sabes que esto es lo que van a recordar, no? Van a recordar el tostón que les dabas con la limpieza y con el orden y con las tareas de la casa. Van a recordarte enfadada, gritando, quejándote, riñéndoles. Van a recordar esta huelga.

Este comentario me tambaleó pues quien haya seguido este blog sabe que, en parte, mi concepción de la maternidad se basa en la conciencia de estar creando-recuerdos. Mas no cedí.

A las 48 horas seguíamos sin progreso alguno. Le di un toque a Peter: 

-Vas a tener que hacer de sindicato y dirigir las negociaciones, pues como llegue el lunes y tres adolescentes hambrientos se planten en casa a las tres y media de la tarde después de una larga mañana de instituto y se encuentren con que no tienen qué comer, la cosa se complica. 

Peter los reunió, mamá va en serio, repartieron de nuevo las tareas, pusieron otro cuadrante en la nevera. Hasta los imanes bostezaron: Déjà vu. Déjà vu. Déjà vu.

Mis expectativas de cambio en un pozo. A los dos días ya está UNA encima de Paul hijo1 para que recoja la cocina y de Gusi hijo2 para que friegue el suelo, mientras tumbados en la cama o el sillón con el móvil dicen ya voy, ya voy, ya voy. Mamá-pesada.

Como las redes sociales nos espían, me saltó esta imagen que no sé a quién pertenece e hice pantallazo.
Imagen a cambio de espionaje

A UNA que un fenómeno tenga nombre la tranquiliza sobremanera ya que significa que existe, que es lo bastante común como para recibir una denominación. En inglés se dice "soiling the nest": los pollos "ensucian el nido" para que la mamá-pájaro esté deseando que vuelen, jajaja, y así su marcha no sea tan dolorosa. No contaban con que en España la edad media para independizarse es a los 30 años y esta gente empieza a ensuciar el nido a eso de los 13. No sé si UNA aguantará 17 años con el nido hecho una pocilga. 

Escribo aquí a la desesperada, buscando sugerencias que hayan funcionado, medidas menos drásticas que una huelga-pobre que ya te dice UNA que no sirve. Quizás una huelga-rica, en la que UNA haga la maleta y se vaya a un hotel un puñado de días sí funcionaría pero, además de no poder permitírmelo, tengo la sospecha de que mi escapada sería brutalmente celebrada. No debe de ser agradable tener a alguien encima todo el día diciéndote que hagas esto o aquello. Hasta UNA a veces se cansa de UNA.

Lo que tengo claro es que UNA no pertenece a la generación del sacrificio, se niega a pertenecer al gremio de la mujer-madre-entregada-sin-vida-propia. Mi madre tiene 89 años y sí perteneció a la generación-del-sacrificio. De vez en cuando, tiene momentos de una lucidez plena en la que me regala algunas perlas. Tomábamos café y me dijo:

- Si tuviera que vivir mi vida otra vez, me dedicaría más a cuidarme a mí misma y menos a cuidar a los demás.

Ahí quedaron las palabras, flotando en el aire, justificando mi huelga loca y roja.

miércoles, 7 de febrero de 2024

La mentira del espejo

Cada vez que veo al hombre de ojos azules tiene algo interesante que contar. No sé qué edad tiene exactamente, pero sospecho que unos cuantos años más que UNA. Hoy hablamos de envejecer, llegar a esa edad de transición en la que me encuentro, el final de la segunda juventud. Me dice: 

- En la madurez se gana clemencia. 

Clemencia, me dice. Te confieso que luego buscaré clemencia en el diccionario porque no sé cómo leerla aquí, pero hago como que sí lo sé, y asiento con la cabeza. Supongo que clemencia es lo que rebosa él, en su mirada color mar, en su hablar pausado de poeta.

Luego me contará una anécdota misógena, de esas que los hombres cuentan a las mujeres esperando que se rían, y que las mujeres recibimos con cara de gorila de discoteca. Estaba él en la barra de un bar escuchando a dos borrachos charlar. Uno le decía al otro: 

- Cuando eres joven, si viene un amigo y te pide mil euros, tú haces lo que sea para dárselos, los sacas de donde sea.

Hacía gestos sobre la barra, como para mostrar que soltaba allí mismo los mil euros, con generosidad impetuosa.

- Pero luego te haces mayor- decía el borracho-, y el mismo amigo te pide mil euros y tú le contestas: "Mira, es que no puedo, no me deja mi mujer".

Supongo que ése es su resumen de la madurez. La pasión peleona y comprometida se torna placidez perezosa y rendida según uno va cruzando décadas. Es cierto que, cuando UNA estudiaba literatura en la carrera, me llamaba poderosamente la atención que un porcentaje altísimo de escritores admirados parecieran haber sufrido una evolución de su ideario desde su juventud a su madurez, un aburguesamiento que conducía sus tendencias políticas y vitales muy de izquierdas en sus primeros años y escritos, hacia cierta calma gruñona y conformista de derechas en su madurez. Era como un patrón. Luego fui observando que ese patrón no se limitaba a la literatura, y que artistas y personajes de otras esferas también lo seguían. Supongo que asumí que eso es lo que va haciendo la vida contigo: apalancarte un poco, ir atocinando tu credo, hacerte resignar de tanta tontería.

Es por ello que me sorprendió cuando en la cerveza del viernes, hablando de cómo hemos cambiado, Peter me señaló que UNA ha seguido justamente el proceso contrario, se ha radicalizado con el paso de los años; que, cuando él me conoció, UNA usaba castellanos y pendientes de perla, y todavía recordaba los versos que se recitan en misa pero que, a medida que hemos ido sumando aniversarios, me he ido moviendo hacia un dial que él probablemente llamaría "izquierdoso". Me he "hippiado", dirían mis hijos. Lo cierto es que mi último tatuaje es menopáusico: me lo he hecho a los 52. UNA no había reparado en esta presunta evolución. No creo, por ejemplo, que mi feminismo se haya tornado más radical -como asegura Peter-; quizás es que ahora pienso en voz alta porque estoy más segura de mis valores, los abandero, mientras que, de jovencita, la inseguridad me hacía dudar de las ideas propias y prefería dejarme llevar por el vaivén de las mareas, que daba menos miedo aunque fuera incómodo. 

¡Ah! Pero el cuerpo no responde con la pasión de antaño. La ira que se sentía antorcha en el pecho, ahora ya no quema, huele descafeinada: si puede esquivar una pelea, el cuerpo la evita, donde antes se hubiera enrabietado por ganarla. Cuando ya han pasado décadas de la-primera-vez de todo, todo empieza a saber a sucédaneo. Volaron muchas mariposas del estómago. Los hitos de no hace tanto ahora parecen light. Mientras mi mente se radicaliza, mi cuerpo le va poniendo freno en forma de una mala resaca, un dolor articular, una contractura muscular, un me-acuesto-temprano, un uff-qué-pereza, un eso-no-me-sienta-bien. De nuevo, el espejo miente a la veinteañera en mi interior y le rebota una mujer mayor. ¿Es eso clemencia? 


Gracias por la foto a 
https://tkz.one/@Leaesasin


Entradas relacionadas

domingo, 7 de enero de 2024

Perfectos des-conocidos

Me escribe Vanessa por Wallapop interesándose por unos libros que tengo a la venta de cuando los chicos eran pequeños, unos libros de educación emocional que ya no usamos. No estoy muy segura de si es que hubo un momento en que me rendí o es que ya no hacen falta. El caso es que Vanessa, una desconocida a 83 millas de mí, quiere regalárselos a su hija para reyes. Quiere trabajar las emociones con ella. Inmediatamente siento el vínculo formándose. De madre a madre.
Son preciosos -le digo-, ya lo verás, de tapa dura todos. 
Me encanta ver que hay otras madres educando en emociones.
Tu hija tiene suerte.
Le hablo de aquella entrada que escribí casi a comienzos del blog, en 2018:
La princesa está triste.
- Búscala en Google si tienes un ratito. Wallapop no me deja pegar enlaces.
Entonces me cuenta lo que tiene su princesa de 11 años: una hermanita pequeña con parálisis cerebral. Además, el año pasado murió su tía, la hermana de Vanessa. Me estremezco. La princesa está triste. Vanessa compra libros en Wallapop para acompañar las emociones de la princesa. Ahí estamos, dos madres desconocidas vaciando corazones en un chat de Wallapop.

UNA no encuentra tiempo todavía de ir al gimnasio a horas razonables así que hace ejercicio en casa. YouTube es una mina. He encontrado los vídeos de una irlandesa maravillosa que se han convertido en mi personal trainer. La irlandesa tiene grupos de seguidores en Facebook y me uní a uno por motivación. Fue allí donde una chica, Liliana, propuso formar un subgrupo por Messenger: Accountability significa básicamente añadirte un poquito de presión en forma de gente que está haciendo lo mismo que tú y así ser capaz de mantener la constancia. Somos 8 mujeres haciendo el mismo programa de ejercicio en YouTube desde distintas partes del mundo, levantándonos temprano para hacerlo pues sabemos que se lo tenemos que contar a las otras 7. Llevamos juntas desde principios de noviembre y nos vamos conociendo. Cada día echamos un ratito chateando.
No hables con extraños-, le diría UNA incoherente a mis hijos.
Una de estas extrañas se ha ido abriendo un huequito en mi corazón. Se llama Susan. En su foto de perfil queda claro que es bastante mayor que yo y el hecho de que una mujer de su edad haga ejercicio a diario me inspira. En la foto aparece con un caballero sonriente de pinta afable y barba blanca que la abraza. Luego nos contará que es su marido y tiene demencia. El día de Navidad él pensaba que estaban en Hawaii en su luna de miel. A mediados de diciembre Susan descubre una recidiva de su cáncer de pecho. El grupo está sobrecogido ante la noticia. Sending prayers your way. No pueden operarla porque en el pre-operatorio se ha revelado una condición en su corazón que impide la anestesia. Susan está desolada. ¿Y ahora qué? No puede seguir haciendo ejercicio, le han dicho, así que no tiene sentido que siga en el grupo. Susan se despide. Mas no se va. No se ha ido. Sigue en el grupo. Apoyando a las que sí podemos hacer ejercicio. Sintiéndose virtualmente acariciada, acogida por 7 desconocidas que hacen piña alrededor de su cáncer.

Si el puñado de lectores que me seguís en FacebookInstagram os vais al sitio del blog en Blogger y lo visualizáis en versión web, veréis que debajo de cada entrada suele haber un único comentario, el de Beauséant. No sé quién es. Es mi seguidor desconocido. Los demás sois amigos y familiares conocidos y muy amables. A Beauséant no lo conozco ni estoy segura de cómo encontró mi blog. Para mí descubrir el suyo fue en efecto un gran descubrimiento: un blog de fotografía que os enlazo abajo y al que ya he hecho alusión por aquí en más de una ocasión. Beauséant no sabe que uso sus fotografías de fondos de pantalla de mi ordenador, ni que forré la pared frente a mi escritorio con su serie de faros para recordar hacia dónde tenía que dirigirme en mitad de una oscuridad. Beauséant no sabe tampoco que me siento culpable por leer sus entradas a salto de mata y no encontrar el momento de comentárselas; no encontrar siquiera el momento de contestar a su comentario habitual en mis entradas. Todas las semanas me lo propongo: el jueves por la mañana que no tengo clase me voy a ir a la Tarterie, me voy a pedir un americano y voy a comentar y contestarlo todo. Luego llega el jueves, y Dolfete hijo3 se ha puesto malo y hay que llevarlo al pediatra, o tengo que llevar a mi madre a vacunar, o se ha complicado la comida. La vida pasa. El jueves pasa. De nuevo el comentario de Beauséant colgando en el vacío. Sin embargo, algunos de esos comentarios se han hecho cita en mi mente. Para agradecérselo, hace un tiempo le pedí su dirección y le mandé lo que para UNA es siempre el mejor regalo, un cuaderno. Para agradecérmelo, él o ella me mandó una fotografía revelada de las suyas en un papel que admiró el señor de la tienda de cuadros al que la llevé a enmarcar. Dos blogueros agradecidos. Ni siquiera sé si Beauséant es un él o una ella y me gusta no saberlo pues el desconocimiento estrecha el espacio del juicio. A esa fotografía siguió otra. Ambas ocupan un lugar especial en mi buhardilla. También se han hecho cita.


Este es mi Love Actually de esta Navidad. Vanessa. Susan. Beauséant. Podría seguir relatando anécdotas de perfectos des-conocidos con los que en un momento dado he llegado a sentir un destello de conexión más brillante que con algunos de los que me he sentado a cenar en la misma mesa en Navidad. UNA, que siempre anda despotricando de lo difícil que las nuevas tecnologías nos han puesto la tarea de la maternidad, agradece sin embargo a internet y sus secuaces estos personajes con los que me ha conectado en mi vida mundana.




Entradas relacionadas


El blog de Beauséant