miércoles, 25 de mayo de 2022

¡Los profes tenéis muchas vacaciones!

Llega ese momento del año en que los profes empezamos a ser increpados con la frase que da título a esta entrada por aquellos ajenos al gremio: 

¡Es que los profes tenéis muchas vacaciones! 

A todos los que abanderan esta letanía fácil les dedico este post. Primero, para recordarles, antes de que desplieguen sus reproches, que ser profesor es una elección que también estuvo disponible para los ahora corroídos por la envidia. Pero, además y sobre todo, para motivar la reflexión sobre por qué esta manida frase se aleja tanto de la realidad docente.

Les invitaría antes que nada a asomarse estos días a un grupo de whatsapp de profes, a los pasillos de una escuela o a una reunión de departamento. La tensión se masca en el ambiente. No porque los profesores nos llevemos especialmente mal, en absoluto; sino porque a estas alturas de curso estamos quemados; y, desde marzo de 2020, particularmente churruscados.

El trabajo presencial de la docencia requiere atención plena: No puedes desconectar en un momento dado de la tarea que tienes entre manos, porque la tarea se desempeña delante de un público en muchas ocasiones muy exigente. Mi trabajo, por ejemplo, es con alumnado adulto. Si UNA no llevara preparada su clase, ellos lo notarían de inmediato y probablemente se sentirían estafados, con lo cual UNA lleva sus clases atadas a conciencia. Además, si en mitad de clase, me apeteciera detenerme, darme un respiro, no podría permitirme dejar colgado al público, al igual que un actor de teatro no puede sentarse en mitad de la función y dejar la obra en suspense media hora: Tiene que seguir hasta que baje el telón. Esto, que en teoría parece tan obvio, en la práctica es más complicado ya que no somos robots, y hay días regulares y días malos en los que mantener la atención plena hasta el final del período de clases requiere de mucho esfuerzo. Para un profesor de primaria y secundaria, con alumnado en muchos casos desmotivado (que no es el de mi situación privilegiada), UNA puede imaginar que tiene que exigir aún de más ánimo, pues sufren los componentes adicionales del ruido, el movimiento, la falta de cooperación, la resolución de conflictos y emociones, y un largo etcétera que UNA no llega a calibrar, pues mi alumnado adulto es magnífico y eso hace que la tarea no sea la misma, aunque las emociones por supuesto también forman parte del entramado.

Además, quisiera que este post sirviera para visibilizar que ese trabajo presencial es sólo la punta de un iceberg que viene sostenido por toda una labor que, no sólo no se ve, sino que UNA duda mucho de que se aprecie. El otro día hice con mi alumnado una actividad tipo debate en la que discutíamos cuáles serían los tres componentes esenciales de un puesto de trabajo ideal. UNA tiene claro cuál es el primero en mi lista: 

No tener que llevarme trabajo a casa

El número de horas que UNA echa en casa, planificando lecciones y corrigiendo tareas, sobrepasa en ocasiones al trabajo presencial. Quizás UNA sea particularmente exigente con el trabajo y habrá quien no se cargue tanto (escaqueados siempre ha habido en todos los gremios y éste no es excepción), pero creo que casi todos los buenos profesores se ven obligados a dedicar una gran parte de su espacio y tiempo personal a su labor, y muy especialmente en junio y septiembre. Repito: Esto no se ve. No estamos en el centro cuando llevamos a cabo esta faena de fondo, pero lo sufren los que conviven con nosotros. Muchos domingos UNA cambiaría su curro por un horario de 8 a 3 en el que, según cerrara el chiringuito el viernes a las 3, me permitiera olvidarme de mi faceta profesional hasta el lunes a las 8.

Para colmo, la administración tampoco nos facilita la tarea, abrumándonos a medida que pasan las sucesivas leyes educativas (otro síntoma de que no valoran lo que hacemos) con tareas de tipo burocrático, y más y más papeleo que -podría poner la mano en el fuego- luego nadie se va a dignar leer; planes y proyectos que quedan muy vistosos en los programas electorales pero que nos complican mucho la vida diaria a los que escogimos esta profesión con vocación. En la enseñanza la gran mayoría entra, como decía, por vocación y por elección; y la gran mayoría, UNA se atreve a vaticinar, saldrá desilusionado, si no hastiado. En un puesto político de educación no debería haber nadie, repito NADIE, que no hubiera pasado al menos 25 años ejerciendo en un aula.

Por si las exigencias de atención plena, de tiempo y espacio robado al entorno personal, y de adaptación a una administración completamente ajena a la realidad del aula no fueran suficientes, la pandemia ha llegado para cargarnos con un peso extraordinario. El profesorado se ha visto obligado a atender al alumnado afectado por la misma lo cual ha significado desdoblar su tarea en muchos aspectos, improvisar estrategias de atención a una diversidad multiplicada por el COVID-19, y formarse de manera acelerada en herramientas que desconocía. Por cierto, aprovecho para mencionar aquí que la formación en docencia es obligatoria (se nos exige para los sexenios) y, paradójicamente, se nos restringen los permisos por formación, con lo cual tenemos que llevarla a cabo en nuestro tiempo libre. ¿Cuando has visto obligatoria y libre en una misma frase?

UNA no es de matemáticas pero, si sumáramos el tiempo dedicado en casa a preparar clases y a corregir exámenes, junto con el tiempo libre dedicado a formación obligatoria y a actualizarnos en leyes educativas (¡ojo!), lo uniéramos al desgaste ocasionado por la exigencia de la atención plena, y extendiéramos esta suma a lo largo de los períodos vacacionales, puede que resulte que los profes tenemos muchas menos vacaciones que en muchas otras profesiones.

Todo el estrés del curso acaba haciendo mella, y los junios en los centros suelen ser bastante explosivos. Es por todo ello que necesitamos desconexión para poder volver a las aulas refrescados en septiembre, dispuestos a remangarnos de nuevo y hacernos cargo de tanto aprendizaje. Las madres que tenemos a los hijos todo el verano en casa, -en muchos casos quejándose, aburriéndose y burreando-, seamos tal vez las que más apreciemos la labor del docente. Se me ocurre ahora que quizás sea ésa la principal razón por la que a los profes nos tachan de tener muchas vacaciones: Nuestras vacaciones escuecen a las familias que desean tener a sus hijos ocupados y vigilados. Pero no en casa. 

En su mejor momento,
pero enseñar le ha pasado factura


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