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martes, 31 de marzo de 2020

Historia de un peine

Han cambiado la hora. Cada año este evento para UNA gozaba de un cariz especial. Anunciaba la llegada del verano. Ya desde enero cada martes por la tarde al entrar en clase a las siete y ver el cielo más azul y menos negro, UNA sonreía ante sus alumnos:


Days are getting longer

El cambio de hora señalaba antes muchas cosas: Las tardes de parque se alargaban. Empezaba la temporada de helados. Los niños daban la bienvenida con algarabía a que ahora se acostarían más tarde. 



¿Os acordáis cuando se debatía en redes sociales si era apropiado o no cambiar la hora? ¡Cómo ha cambiado el cuento! Este virus lo ha recolocado todo. 
Esta mañana UNA se levantó y ya no eran las siete, eran las ocho, y UNA pensó que el cambio de hora ya no tiene significado alguno. Ya no anuncia nada. Ha perdido todo su valor, todas las imágenes asociadas al cambio de hora, como lapas a la roca, se han desprendido de repente. Este pensamiento, cuando menos, me parece curioso: Las cosas, los eventos, no tienen significado alguno adjunto. Todo depende. Depende ¿de qué depende? de según como se miretodo depende. Otra vez esta canción de Jarabe de Palo. Esta verdad, que en la teoría todos conocemos, sólo se nos revela sin miramientos ni cuidado en la práctica cuando viene un tsunami como éste del coronavirus y a su paso lo re-estructura todo. Y lo que pareciera inamovible, simplemente voló.

Fue en otro post hace mucho tiempo, Caos mundano y viceversa, cuando el mundo aún se sentía como un lugar seguro, que os conté un experimento social de ámbito doméstico que reproduzco aquí:
Vivíamos la familia-de-5 entonces en una casa con un largo pasillo, y a "alguien" se le habría caído un papel en el suelo en medio de ese pasillo. El papel no era un papelito, no. Era tamaño folio: un A4. Decidí no recogerlo por ahora, venciendo ¡imagínate! todas mis resistencias a favor de un proceso de curiosa investigación, y esperar, a ver qué pasaba...  Aguanté 24 horas viendo a mis hijos y marido saltar encima del papel, sortearlo cuidadosamente por el flanco, o pisarlo supuestamente de manera inadvertida, pero nadie nunca se detuvo a recogerlo hasta que UNA suspendió el experimento por la obviedad de los resultados y se agachó a quitarlo de en medio.
Pues bien, en la claustrofobia de esta cuarentena, ha vuelto a suceder. Esta vez ha sido un peine. Hemos adoptado la rutina de limpiar la casa los sábados. El resto de la semana nos dedicamos a ensuciarla bien. Para la limpieza de los sábados, nos dividimos la casa: UNA hace el salón, la entrada, el dormitorio, el baño. En la entrada hay un cubo a modo de paragüero y, el sábado anterior, poco después de que una terminara de limpiar, apareció como por cosa de magia un peine al lado del cubo-paragüero. No me preguntes cómo llegó hasta allí. Se me escapa. Lo verdaderamente impactante de esta historia es que ya nadie usa peine en casa: UNA usa sólo cepillo y Peter, en un ataque de aburrimiento, les rapó la cabeza a los niños cuando empezó el confinamiento. Se me ocurre que el peine, igual que la bici de Phoebe en Friends, supiera que ya carece de propósito vital en la-familia-de-5 y hubiera decidido irse de casa, sólo para darse cuenta justo al alcanzar la puerta de que está bajo arresto domiciliario, y se hubiera rendido junto a los paraguas, sin fuerzas ya para alcanzar de vuelta el baño.

[Este dramatismo es sintomático de que UNA lleva ya dos semanas confinada...  Lo que va a dar de sí un peine en el suelo, ¿eh?]

El caso es que UNA, ¡inocente-UNA!, recordó la anécdota del folio en Caos mundano y viceversa, y decidió repetir el experimento con la infundada esperanza de que produjera resultados distintos. Os adelanto ya que reñir (nag-nag-nag)todos estos años intermedios entre ambos tests domésticos  no parece haber tenido efecto alguno. Al sábado siguiente, antes de limpiar la entrada y disponerme a recoger el peine, los convoqué a todos alrededor del mismo por asegurarme básicamente de que no haya en la familia problemas oftalmológicos de base que UNA hubiera omitido percibir. Los niños se encogieron de hombros. Peter preguntó en voz alta si no sería un dibujo del suelo. Todos nos reímos.
Ahí estaba por fin la diferencia.
En su día la historia del folio en el suelo, que os conté en modo jocoso (la vida es como uno la cuenta, dice Isabel Allende) me produjo sin embargo una irritación supina. ¿¡Están todos ciegos o qué!? ¿¡Es que el orden sólo le importa a UNA!? Pero esta semana, cada vez que veía el peine, me despertaba cierta ternura al transmitirme la tranquilidad de que no todo haya cambiado, de que haya cosas que siguen igual y no van a cambiar nunca pase el coronavirus que pase. Los matices asociados al desorden de repente han cambiado de tonalidad.
La vida efectivamente es como uno la cuenta. Voy más allá: Como uno se la cuenta. Si algo ha traído esta pandemia es que ha venido a cambiarnos el cuento a todos. A todos. UNA ha dejado de irritarse por el tatuaje de un peine en una baldosa porque la prioridad ahora es otra: Es volver a abrazar más pronto que tarde a Paul hijo1 que está pasando la cuarentena en el campo con sus tíos y su ausencia me roba las noches. Es que la abuelAna no se ponga mala, por favor que no se ponga mala, en estos días de encierro. Es encontrar la energía para mantener la consistencia de ánimo durante esta cuarentena eterna porque los niños están mirando. Es volver al helado y al parque y al verano. Volver a sentirme segura en el mundo.
¡Que le den al peine!
Este vuelco en las prioridades, que ha traído de vuelta al frente lo-que-de-verdad-importa, es lo que rezo por que UNA no olvide cuando/si las cosas vuelven a la normalidad. ¡Es tan fácil olvidarse en la vorágine de la rutina de lo-que-de-verdad-importa! Que no lo hagamos: Que no volvamos a poner las cosas en su sitio, porque ése no era su sitio para empezar. ¿Tú me entiendes?
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Luego después de haberme pasado una hora y pico limpiando el salón como si me fuera la vida en ello, se pusieron a comer cacahueSes como si no hubiera un mañana, y ¿tú sabes las pelaíllas tono burdeos que rodean los cacahuetes una vez que les quitas la cáscara? Ésas: A modo de alfombra en mi salón. ¡A tomar por saco mi ZEN!
Pues eso: Que a ver si este virus, después de todo, no cambia nada.

domingo, 29 de marzo de 2020

Decálogo de 12 mandamientos para la próxima pandemia

Éstos son los 12 mandamientos de UNA para la próxima pandemia mundial:
1. Vivir en una casa con jardín.
2. Vivir en una casa con patio y jardín.
3. Vivir en una casa con terraza azotea, patio y jardín.
4. Vivir en una casa con balcones, terraza azotea, patio y jardín.
5. Vivir en una casa-de-campo en el-campo con balcones, terraza azotea, patio y jardín (y si es posible sin wifi).
6. En defecto del mandamiento número 5, tener perro.
7. En defecto del mandamiento número 5, vivir en una calle menos sosa que veo los vídeos de las marchas que montan los vecinos en otras calles y se me caen lagrimones de emoción y de envidia.
8. Igualmente en defecto del mandamiento número 5, asegurarme de tener todo el suelo de la casa enmoquetado para amortiguar el confinamiento de mis pobres vecinos.
9. Adelgazar unos kilos las semanas antes del confinamiento para poder recuperarlos sin remordimiento alguno una vez confinada.
10. Llenar la despensa de material escolar diverso para manualidades y tareas varias sin subestimar para nada al adquirirlo (repito: ¡sin subestimar para nada!) la creatividad de los maestros confinados. 
11. Darme de baja de todas las listas de correo a las que estoy suscrita y salirme de todos los grupos de whatsapp (repito: salirme de todos los grupos de whatsapp).
12. Darme de baja baja en el trabajo justo antes del confinamiento para no teletrabajar el triple de lo que solía trabajar en condiciones normales.


Estos 12 mandamientos se resumen en uno, que es el 5.





¿Algún otro que se me haya pasado?


viernes, 27 de marzo de 2020

El Otro Lado


Estamos viendo Stranger Things, no me preguntes por qué. Al que no la haya visto, UNA personalmente no se la va a recomendar: Te puedo contar que trata de un pueblo... Bueno, ¿sabes qué?, te copio el argumento de Wikipedia porque UNA va por la segunda temporada y aún no lo tiene muy claro. UNA pasa más tiempo asustada con el cojín delante de la cara que realmente siguiendo la trama:


La historia arranca durante la década de los 80, en el pueblo ficticio de Hawkins, Indiana, cuando un niño llamado Will Byers desaparece, hecho que destapa los extraños sucesos que tienen lugar en la zona, producto de una serie de experimentos que realiza el gobierno en un laboratorio científico cercano. Además, en la ciudad aparecen fuerzas sobrenaturales inquietantes y una niña muy extraña. Ella, junto con los amigos de Will, se encargará de buscarlo, sin imaginar lo que tendrán que enfrentar para encontrarlo. Inadvertidamente, crearon un portal a una dimensión alternativa llamada "Upside Down" ("El Otro Lado"). La influencia de Upside Down comienza a afectar a los desconocidos residentes de Hawkins de manera calamitosa.
 [De nada, Netflix, por la publicidad gratuita.]

El caso es que, cada noche, cuando nos sentamos a verla, UNA piensa en esto que os he subrayado en negrita, en "el-Otro-Lado". Es decir, a nosotros "los-confinados", UNA incluida, nos ha tocado la parte fácil. ¿De qué viene UNA escribiendo estos días? Del mensaje sobre la gratitud que me manda el virus, de la ansiedad que produce la incertidumbre, de los rituales en nuestro nuevo "lo-normal", del tiempo que nos hace ganar el-parón... Es decir, de esta dimensión, de la-dimensión-confinada. No se le escapa a UNA que en esta dimensión UNA es privilegiada: Encerrada en un piso con Peter y mis reyes, todo lo que puede contagiarme es el caos mundano y mucho mucho ruido. Pero aquí metida sin salir, la vida de UNA se reduce a esta dimensión y, entre las medidas de salud mental que UNA ha tomado, figura la de reducir mi exposición a la información que viene de fuera a una vez al día. Así que sólo veo las noticias del mediodía.

El mundo de UNA se reduce a la-dimensión-confinada, al curso acelerado de nuevas tecnologías para que mi siguiente clase online sea menos caótica que la anterior; a buscarme la manera de hacer algo de ejercicio para no anquilosarme (que estamos en una edad-mú-mala); a combinar el armario-despensa y lo que queda en el frigo de manera saludable para no salir del confinamiento rodando (que estamos en una edad-mú-mala); a reducir el mucho mucho ruido en casa a lo mínimo indispensable para que no se me caiga la cara de vergüenza cuando vea a los vecinos en los balcones a las ocho... Y poco más. 
Créeme, poco más.

Es al descender la noche, aplastando en su descenso mis niveles de ánimo y energía, cuando UNA repara en la dimensión alternativa que muchos de nosotros, los que nos quejamos de nuestras pequeñas miserias en el confinamiento, tenemos la suerte de estar perdiéndonos. Me refiero a la otra dimensión de esta TRAgedia-TRAnsición: El-Otro-Lado, el lado que nos llega a través de las noticias, cuando decidimos ponerlas. El lado que sabemos que está ahí, que es el que nos mantiene confinados, y en el que preferimos no pensar por no vivir intoxicados además de confinados. 
El lado oscuro.

En ese lado oscuro están los números que pintan los titulares: Casos confirmados en España 56.188, hospitalizados 3.912, fallecidos 4.089. Los números. Pero cada uno de esos números de la otra-dimensión-no-confinada son historias: el número 2.746 quizás muriera sin pedirle perdón a su hermana por el último desaire; el número 1.093 quizás se acabara de jubilar y habría llenado un cajón de cuadernos y lápices porque ¡por fin! iba a tener tiempo de escribir ese libro de ensayos que llevaba tiempo existiendo a modo de zumbido en su cabeza; el número 384 quizás llevara tiempo deprimida, sintiéndose culpable porque ni ganas de ver a los nietos tenía, y había pedido cita para el lunes buscar la ayuda de su médico de cabecera; el número 2.148 quizás tuviera planeado un crucero por las islas griegas a finales de agosto y albergaba la esperanza de conocer allí a una mujer apañá porque estaba muy solo desde que se quedara viudo; el número 937 falleció sin saber que su hija estaba embarazada y ahora reza por que lo que venga sea niña para ponerle el nombre de su madre.
Cada número es una historia, un puñado de sueños que quedó suspendido en el aire como motas de polvo que acabaron en pelusas debajo de una cama de hospital que hay que vaciar pronto... y es que viene otro puñado de sueños detrás; una familia desolada por no poder despedirse de los suyos en el nuevo modus operandi funerario de este surrealismo; una ristra de recuerdos que se desvanecen en medio de lo absurdo. Ya hablé de otra serie, The Leftovers, en mi post de Los restos: Pudiera parecer que el que se vayan todos a la vez en el pico de una curva los deshumaniza, pero que no se nos olvide, ¡no se nos puede olvidar!, que cada número de la otra dimensión que viene a engrosar el balance escalofriante era, es, una historia de recuerdos y proyectos fraguada en la vida antes de el-parón.

En El-Otro-Lado están también los héroes y heroínas anónimos a los que aplaudimos cada noche a las ocho en nuestros balcones sin tener ni idea, NI IDEA, de lo que están pasando: UNA no se atreve siquiera a aventurarse a escribir sobre el miedo que ha de correrles por las venas cada vez que se embuchan en medidas de protección escasas o inadecuadas contra un virus que todo lo copa; ni sobre la tristeza desgarradora que ha de atravesar su pecho cuando aterricen un rato en sus camas y les asalten a modo de fantasmas las situaciones rocambolescas que les haya prestado el día; ni de los riesgos invisibles que corren; ni del cansancio extenuante que no pueden permitirse escuchar. UNA duda que la carrera universitaria que en su día estudiaran o los años de experiencia que figuren en su expediente les hayan preparado para la plaga de experiencias traumáticas que supone ahora su nuevo "lo-normal".

Desde aquí, desde la facilidad de mi confinamiento mundano, rindo homenaje a los números, y a los héroes y heroínas de El-Otro-Lado. Que no se nos olvidan. UNA abrazaría uno a uno si pudiera. Como no puedo, UNA se emociona cada tarde en esa ventana. 



Heroína anónima
48 años
Enfermera 
Casada
 Tiene un hijo 
Un recuerdo: 
Un paseo por el centro... Nos tomamos unas torrijas deliciosas anticipando la Semana Santa

Un deseo:
Volver a abrazar a mis chicos y besarlos que no lo hago desde hace días. Vivo en una especie de semiaislamiento: Llevo mascarilla en casa y duermo arriba en otra habitación.

La semana que viene le hacen la prueba porque en la guardia ha tenido contacto estrecho con un paciente (otro número) que era positivo sin protección adecuada.