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miércoles, 25 de mayo de 2022

¡Los profes tenéis muchas vacaciones!

Llega ese momento del año en que los profes empezamos a ser increpados con la frase que da título a esta entrada por aquellos ajenos al gremio: 

¡Es que los profes tenéis muchas vacaciones! 

A todos los que abanderan esta letanía fácil les dedico este post. Primero, para recordarles, antes de que desplieguen sus reproches, que ser profesor es una elección que también estuvo disponible para los ahora corroídos por la envidia. Pero, además y sobre todo, para motivar la reflexión sobre por qué esta manida frase se aleja tanto de la realidad docente.

Les invitaría antes que nada a asomarse estos días a un grupo de whatsapp de profes, a los pasillos de una escuela o a una reunión de departamento. La tensión se masca en el ambiente. No porque los profesores nos llevemos especialmente mal, en absoluto; sino porque a estas alturas de curso estamos quemados; y, desde marzo de 2020, particularmente churruscados.

El trabajo presencial de la docencia requiere atención plena: No puedes desconectar en un momento dado de la tarea que tienes entre manos, porque la tarea se desempeña delante de un público en muchas ocasiones muy exigente. Mi trabajo, por ejemplo, es con alumnado adulto. Si UNA no llevara preparada su clase, ellos lo notarían de inmediato y probablemente se sentirían estafados, con lo cual UNA lleva sus clases atadas a conciencia. Además, si en mitad de clase, me apeteciera detenerme, darme un respiro, no podría permitirme dejar colgado al público, al igual que un actor de teatro no puede sentarse en mitad de la función y dejar la obra en suspense media hora: Tiene que seguir hasta que baje el telón. Esto, que en teoría parece tan obvio, en la práctica es más complicado ya que no somos robots, y hay días regulares y días malos en los que mantener la atención plena hasta el final del período de clases requiere de mucho esfuerzo. Para un profesor de primaria y secundaria, con alumnado en muchos casos desmotivado (que no es el de mi situación privilegiada), UNA puede imaginar que tiene que exigir aún de más ánimo, pues sufren los componentes adicionales del ruido, el movimiento, la falta de cooperación, la resolución de conflictos y emociones, y un largo etcétera que UNA no llega a calibrar, pues mi alumnado adulto es magnífico y eso hace que la tarea no sea la misma, aunque las emociones por supuesto también forman parte del entramado.

Además, quisiera que este post sirviera para visibilizar que ese trabajo presencial es sólo la punta de un iceberg que viene sostenido por toda una labor que, no sólo no se ve, sino que UNA duda mucho de que se aprecie. El otro día hice con mi alumnado una actividad tipo debate en la que discutíamos cuáles serían los tres componentes esenciales de un puesto de trabajo ideal. UNA tiene claro cuál es el primero en mi lista: 

No tener que llevarme trabajo a casa

El número de horas que UNA echa en casa, planificando lecciones y corrigiendo tareas, sobrepasa en ocasiones al trabajo presencial. Quizás UNA sea particularmente exigente con el trabajo y habrá quien no se cargue tanto (escaqueados siempre ha habido en todos los gremios y éste no es excepción), pero creo que casi todos los buenos profesores se ven obligados a dedicar una gran parte de su espacio y tiempo personal a su labor, y muy especialmente en junio y septiembre. Repito: Esto no se ve. No estamos en el centro cuando llevamos a cabo esta faena de fondo, pero lo sufren los que conviven con nosotros. Muchos domingos UNA cambiaría su curro por un horario de 8 a 3 en el que, según cerrara el chiringuito el viernes a las 3, me permitiera olvidarme de mi faceta profesional hasta el lunes a las 8.

Para colmo, la administración tampoco nos facilita la tarea, abrumándonos a medida que pasan las sucesivas leyes educativas (otro síntoma de que no valoran lo que hacemos) con tareas de tipo burocrático, y más y más papeleo que -podría poner la mano en el fuego- luego nadie se va a dignar leer; planes y proyectos que quedan muy vistosos en los programas electorales pero que nos complican mucho la vida diaria a los que escogimos esta profesión con vocación. En la enseñanza la gran mayoría entra, como decía, por vocación y por elección; y la gran mayoría, UNA se atreve a vaticinar, saldrá desilusionado, si no hastiado. En un puesto político de educación no debería haber nadie, repito NADIE, que no hubiera pasado al menos 25 años ejerciendo en un aula.

Por si las exigencias de atención plena, de tiempo y espacio robado al entorno personal, y de adaptación a una administración completamente ajena a la realidad del aula no fueran suficientes, la pandemia ha llegado para cargarnos con un peso extraordinario. El profesorado se ha visto obligado a atender al alumnado afectado por la misma lo cual ha significado desdoblar su tarea en muchos aspectos, improvisar estrategias de atención a una diversidad multiplicada por el COVID-19, y formarse de manera acelerada en herramientas que desconocía. Por cierto, aprovecho para mencionar aquí que la formación en docencia es obligatoria (se nos exige para los sexenios) y, paradójicamente, se nos restringen los permisos por formación, con lo cual tenemos que llevarla a cabo en nuestro tiempo libre. ¿Cuando has visto obligatoria y libre en una misma frase?

UNA no es de matemáticas pero, si sumáramos el tiempo dedicado en casa a preparar clases y a corregir exámenes, junto con el tiempo libre dedicado a formación obligatoria y a actualizarnos en leyes educativas (¡ojo!), lo uniéramos al desgaste ocasionado por la exigencia de la atención plena, y extendiéramos esta suma a lo largo de los períodos vacacionales, puede que resulte que los profes tenemos muchas menos vacaciones que en muchas otras profesiones.

Todo el estrés del curso acaba haciendo mella, y los junios en los centros suelen ser bastante explosivos. Es por todo ello que necesitamos desconexión para poder volver a las aulas refrescados en septiembre, dispuestos a remangarnos de nuevo y hacernos cargo de tanto aprendizaje. Las madres que tenemos a los hijos todo el verano en casa, -en muchos casos quejándose, aburriéndose y burreando-, seamos tal vez las que más apreciemos la labor del docente. Se me ocurre ahora que quizás sea ésa la principal razón por la que a los profes nos tachan de tener muchas vacaciones: Nuestras vacaciones escuecen a las familias que desean tener a sus hijos ocupados y vigilados. Pero no en casa. 

En su mejor momento,
pero enseñar le ha pasado factura


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viernes, 18 de septiembre de 2020

Remangados

Los últimos días le han regalado a la familia-de-5 unas cuantas experiencias que vienen a confirmar lo que ya está en boca de todos a estas alturas: esta crisis está mal gestionada y probablemente se va a alargar más en el tiempo por esa mala gestión. No estoy hablando de ningún partido político en concreto, sino de la gestión administrativa en general: la sanitaria y la educativa, tanto nacional como autonómica.

La impresión de UNA como ciudadana-de-a-pie es que de arriba abajo los políticos van echando balones fuera, dando vueltones de tortilla, lavándose las manos (puede que literal pero desde luego también metafóricamente) de manera que al final las decisiones, las verdaderas decisiones, las realmente difíciles, quedan para los trabajadores del último escalafón de la jerarquía. Los que menos cobran, por cierto. Los que probablemente más trabajan también. Los más pringados. Al final, no estamos hablando de administraciones ni de partidos políticos: estamos hablando de personas haciendo más de lo que deben lo mejor que pueden con los pocos recursos que tienen en mitad de una crisis sin precedentes. Sin precedentes y sin liderazgo.

UNA estuvo el domingo en una comida familiar. Con sus tres reyes. Con Peter y la familia de Peter. El martes un sobrino de Peter que estaba en la comida dio positivo en coronavirus y nos avisaron. Empezó entonces un recorrido telefónico por todos los números de teléfono disponibles de asistencia sanitaria. Entre el martes por la tarde y el miércoles por la mañana UNA pasó literalmente horas tratando de informarse de qué es exactamente lo que UNA debía hacer. Y recibió información dispersa y contradictoria al respecto. Dependiendo de con quién hablara, lo que UNA tenía que hacer era radicalmente distinto: llevar a los niños al colegio o no llevarlos, esperar a que nos localizara el rastreador o solicitar directamente en el centro de salud una PCR, alertar al colegio o no alarmar todavía, ir a trabajar o no ir. Eran varias decisiones simultáneas y el asesoramiento dependía de la persona con la que diera en el teléfono en ese momento. UNA, que de resiliencia poco, se encontraba desorientada y un poco abrumada. El miedo se hincha como un globo cuando las directrices son dudosas y a medida que el desconcierto va ganando momento. Al final UNA tuvo que tirar de una amiga sanitaria para poner un poco de cordura al asunto: no ir al cole, no ir al trabajo. Asegurarme de ser rastreada. PCR en un coche con mis tres reyes muy asustados el mismo miércoles por la tarde. UNA- confiesa- a estas alturas de esta historia surrealista también asustada. 

Peter, por su parte, ya en Málaga, atravesaba un proceso similar pero completamente diferente, pues la actuación de su centro de salud y la del mío distaban mucho de asemejarse en algo. Estamos hablando de provincias de la misma comunidad autónoma, del mismo país. Pero el proceso de Peter y el proceso de UNA no han tenido puntos en común simplemente por estar en ciudades diferentes, o en centros de salud distintos.

¿Sabes lo que le hubiera ayudado a UNA durante ese martes y miércoles horribilis? Tener las cosas claras; saber exactamente qué hacer, dónde llamar, a quién preguntar, dónde dirigirme: 

1. Niños al cole: NO.
2. UNA al trabajo: NO.
3. Esperar a la llamada del rastreador para que te dé hora y cita de PCR. 

Punto. 

Por cierto que el rastreador es hasta el momento la única voz serena y segura que me ha dado instrucciones claras sobre las decisiones a tomar, además de la amiga sanitaria de UNA. Pero no todo el mundo tiene una amiga sanitaria. ¿Sabes qué hace falta para tener las cosas claras? 
Liderazgo firme. 
Uniformidad de actuación. 
Instrucciones no sólo claras sino también expertas.

Eso es precisamente lo que está faltando y fallando en esta crisis donde parece que de lo que se trata es de depurar responsabilidades. Al final, si UNA se muere que la culpa sea de UNA: éste parece ser el leitmotiv. ¿Entonces para qué votamos? Porque a día de hoy, si hay elecciones, UNA vota al rastreador o a la amiga sanitaria de UNA.

Este panorama desolador se traslada al terreno educativo multiplicado por el infinito y más allá. Aquí UNA habla como madre y como profesora. Las instrucciones, poco claras y tardías, recibidas por los centros colocan -de puntillas, como para que no se note- la responsabilidad en éstos. Los centros comienzan el curso debatiendo en sus claustros decisiones que son mucho más grandes que ellos mismos: somos docentes, formados para enseñar; no somos expertos en temas sanitarios. De hecho, no tenemos ni siquiera todos los datos sobre la mesa para tomar decisiones acertadas y, sin embargo, desde arriba nos han dejado esas decisiones a nosotros. UNA no puede evitar pensar que se trata de que si, al final algo sale mal, la culpa sea nuestra, de los que tomamos las decisiones erróneas, porque aquellos a los que votamos y pagamos para tomar las decisiones lo único que hicieron fue elaborar un montón de documentos que nos enviaron en mitad de la noche para leer durante ya nuestro apretado día. Ese montón de documentos, como los diez mandamientos, se resumen en dos:

1. Tomad la decisión vosotros. Por cierto, ¡mucha suerte! ;)
2. Pasad un montón de horas elaborando otro montón de documentos de vuelta para informarnos de la decisión tomada, de manera que sepamos a quién señalar con el dedo cuando las cosas vayan mal.

Al final estamos las personas. Las personas como el rastreador, o como UNA-profe, o como UNA-madre, tomando las decisiones sobre si la enseñanza debería ser presencial o semipresencial, o sobre si llevar o no a los niños al cole, o sobre si ir o no a trabajar. Al final están los tutores de nuestros hijos vigilando que los niños no se toquen los ojos, que se laven las manos, que no se pasen de la línea de su burbuja en el recreo, que no se quiten la mascarilla y, sobre todo, que toda esta mierda no afecte a su desarrollo emocional. 

Los niños están bien. Los niños se adaptan porque efectivamente éste es su nuevo lo-normal. Es a nosotros los adultos, a los ciudadanos-de-a-pie, a las madres y a los profesores, a los que todo esto nos está viniendo largo y los que agradeceríamos un poco de liderazgo, un poco de uniformidad en la actuación, de claridad a la que agarrarnos en estos tiempos de desconcierto. Si hemos perdido la rutina, la seguridad, la certeza, que por lo menos tengamos un asa sólida a la que aferrarnos, una mano firme que nos sostenga y guíe. 

En su ausencia, quedamos las personas. Los currantes. Los trabajadores. Las madres angustiadas. Los padres preocupados. 

Estábamos en la reunión virtual de bienvenida al curso de la clase de Dolfete hijo3, justo antes de que empezara el curso y justo antes de que a mi familia-de-5 nos pusieran en cuarentena otra vez, cuando, después de explicarnos todas las medidas anti-Covid-19 que el cole había tomado (el cole, no la Consejería de Educación, no la Junta de Andalucía, no el Gobierno de España de los anuncios de televisión), el tutor, en un momento emocionante, dijo, con una sonrisa entrañablemente temblorosa: 

- Estamos ilusionados con la vuelta-al-cole de vuestros hijos. Estamos remangados.

Pues eso: personas remangadas están sacando adelante este país. La sanidad. La educación. Personas-de-a-pie. No políticos con dietas pagadas.

¿Entonces para qué votamos? Porque a día de hoy, si hay elecciones, UNA vota al tutor remangado de Dolfete hijo3, o a la tutora remangada de Paul hijo1 que acaba de dejarme en el ascensor el material escolar de mis hijos en un día de lluvia, o al rastreador remangado, o a mi amiga sanitaria remangada, o a UNA-madre remangada, o a UNA-profe remangada. Ésta es la gente a la que se debería pagar dietas y escoltas. Personas que abanderan el valor de la ética en el trabajo sin olvidar el valor de la calidez humana en el proceso. 

Personas remangadas.


Por cierto, las PCR salieron negativas, por si alguien de los que se cruzaron conmigo a principios de semana estuvieran preocupados.


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sábado, 5 de septiembre de 2020

Hablemos de Messi (o la-vuelta-al-cole de UNA)

UNA es teacher y madre así que padece dos vueltas al cole.

La primera la de UNA. UNA llega a la escuela. Cambia su mascarilla azul por una mascarilla blanca. No puede dar dos besos a compañeros que lleva sin ver desde marzo. No es que me importe demasiado porque UNA no es muy besucona pero, sin embargo, hay compañeros-amigos a los que me gustaría abrazar y no puedo. Hacemos el amago, nos reprimimos, juntamos un codo.

Nos convocan en el departamento para darnos los exámenes que tenemos que vigilar. ¿No estamos muchos? Es que somos muchos en el departamento. Si nos cuento, salen más de la cuenta, más de los permitidos en una reunión social cualquiera, así que decido no contarnos. ¿Para qué? 

Las ventanas abiertas. Córdoba. Cuatro de la tarde. Hace calor. La mascarilla exacerba el calor. Tengo sed pero la fuente está clausurada. 

Noto que hay compañeros con guantes. Me pregunto si debiera haberme puesto guantes. Por un momento me entra el pánico porque UNA confiesa que UNA todavía no se ha leído el tocho que ha redactado el equipo directivo con el protocolo COVID-19 y que nos ha enviado por correo a finales de agosto. Me pregunto si es que los guantes serán obligatorios pero deduzco que no porque algunos los llevan y otros no. Parece que los guantes son como un chivato de el-miedo-que-va-por-dentro.

Me dirijo al aula. Hay quince alumnos. Mesa sí. Mesa no. La mesa-no está señalada con una señal de prohibido. La imagen de un pupitre escolar con una señal de prohibido encima me parece curiosamente simbólica. Trato de recordar que en la-vuelta-al-cole de mis tres reyes no habrá mesas-no, lo cual UNA no sabe valorar si es bueno o malo. El COVID-19 nos ha robado la capacidad de distinguir qué es lo conveniente. 

Empiezo a dar las instrucciones de examen ante esos quince candidatos que también decido no contar porque salen más de la cuenta, más de los permitidos en una reunión social cualquiera. Se me ocurre que la mascarilla nos ha liberado de las jerarquías. De repente, somos todos iguales, ellos y UNA. Nadie sabe más que nadie. Estamos igual de indefensos y de vulnerables. Usamos el gel hidroalcóholico a mansalva, antes de entregar los exámenes, antes de cogerlos, después de entregarlos, después de recogerlos, como si nos fuera la vida en ello. Las manos pegajosas. Los papeles ajenos.

En un momento de la tarde tenemos que hacer una comprensión oral. Tenemos puertas y ventanas abiertas, ventiladores histéricos; calor, mucho calor. Les explico a los que se examinan que el barrio es ruidoso, que tal vez para esa parte de la prueba debiéramos cerrar las ventanas y encender el aire acondicionado para evitar que los ruidos externos interfieran con la audición. Los miro buscando su aprobación. Nadie dice nada porque nadie sabe qué es lo mejor. UNA tiene que tomar la decisión ante el silencio indeciso de una audiencia que no sabe si esa tarde está más asustada por el examen o por el COVID.

Cinco horas y media más tarde salimos del examen. UNA tiene un dolor de cabeza agudo. Vuelve al departamento a devolver los exámenes. Los con-guantes miran las manos de los sin-guantes. Nadie sabe qué es peor. Los con-guantes han decidido dejar los exámenes en cuarentena. Los sin-guantes empezaremos a corregir cuanto antes. Los plazos son cortos. 

UNA sale de la escuela contenta de recuperar la mascarilla azul pero el dolor de cabeza persiste. Me pregunto hasta cuándo la mascarilla. Me recuerdo que ahora sólo existe ahora. Me pregunto también en qué consisten las medidas anti-COVID de las que tanto presumía la ministra de educación cuando aclamaba con contundencia que "estamos preparados para la-vuelta-al-cole". ¿Se referiría al color de las mascarillas o al gel hidroalcóholico? ¿Se referiría a la clausura de las fuentes? ¿Se referiría a los guantes opcionales? ¿Se referiría al papeleo que este comienzo de curso ha supuesto para el equipo directivo de mi centro? ¿Se referiría a las mesas-no? No podía referirse a las mesas-no porque de ésas no habrá en la-vuelta-al-cole de mis tres reyes. 




¿Estamos preparados para la-vuelta-al-cole? Porque UNA no está segura de estar preparada para un curso repleto de tardes como ésta. Supongo que hay cosas en la vida que hay hacer sin estar preparados. La vida tiene que continuar.

Me acuerdo de los sanitarios en sus escafandras y sus interminables turnos, y decido dejar de quejarme mentalmente y de lamentarme por la suerte de mi gremio.

Pongo la radio en el móvil y están hablando de Messi. Llego a casa, pongo las noticias y están hablando de Messi. UNA no se había enterado de que lo realmente importante esta tarde es que Messi se queda en el Barça y que todo lo demás, incluido el gusto amargo que me produce esta vuelta-al-cole de UNA y la consiguiente preocupación por la inminente vuelta-al-cole de mis tres reyes, son paparruchas. 


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Castigados sin recreo (el-cole-en-casa)


viernes, 12 de junio de 2020

Castigados sin recreo (el-cole-en-casa)



El otro día me saltó repetidamente un meme en el que se veía una terraza con adultos alternando en la nueva fase de la desescalada y se comparaba la imagen con la de unos niños en el cole guardando la distancia social y con mascarillas. Seguro que la habréis visto. La foto de la terraza puede que sea de por aquí: Ayer volviendo a casa por la noche con los niños después de un paseo por el campo las terrazas estaban abarrotadas de gente, como si tuvieran que recuperar las horas de terraza perdidas en el confinamiento. Pero la foto del cole seguro que no es de por aquí pues por estos lares los niños no han vuelto al cole. ¡Que se lo cuenten a las madres! Que se lo digan sobre todo a las madres de niños de Primaria. Ni siquiera puedo imaginarme cómo estarán las de niños de Infantil: Esa pesadilla ¡por suerte! no la he tenido que soñar.


Los de secundaria son, gracias a dios porque UNA tiene dos, más autónomos. Por “autónomos” no me refiero a la definición ideal de que sean lo suficientemente maduros e independientes como para organizar su propio proceso de aprendizaje y desarrollar técnicas de estudio que les permita la adquisición de destrezas y competencias. Por “autónomos" me refiero al triste hecho de que el Coronavirus les ha cambiado el aula por una pantalla y ellos han aprovechado la coyuntura con la picardía que otorga la adolescencia. Así que se encierran en su cuarto y, cuando tú apareces, cambian de inmediato de la pantalla de Instagram a la videoconferencia en la que se supone que están. Esa destreza de cambio instantáneo de ventana la han perfeccionado durante la cuarentena. Cuando las clases se supone que han acabado, ellos se hacen los remolones con el móvil o la tablet porque en teoría están haciendo tareas pero, en la práctica, están jugando al Fortnite o, lo que es aún peor, viendo cómo otros juegan al Fortnite. “Necesito el ordenador porque tengo que entregar un trabajo” significa en lenguaje-cole-en-casa “me voy a enganchar a Youtube un rato”. “Voy a coger el móvil que tengo que subir unas tareas a Classroom" equivale en lenguaje-cole-en-casa a “voy a chatear un rato con mis colegas”. Y “dame la tablet que tengo que hacer una foto de esto y mandársela al profesor” viene a querer decir en lenguaje-cole-en-casa “estoy desesperadamente aburrido, por favor, mamá necesito una pantalla YA”. Sin enredarme a hablar de los exámenes online por si hay algún profesor de mis hijos leyendo esto y pudiera soplarles los trucos y habilidades desplegados en el-cole-en-casa. 


¿¡Dónde quedó una buena chuleta!?


No pongo en duda ni cuestiono la matrícula de honor en nuevas tecnologías de la que van a poder presumir mis hijos de secundaria, la generación-pandemia, en su currículum vitae. Pero de lo que UNA ha venido a llorar hoy aquí es del que está en primaria. 


Dolfete hijo3 cumple 10 años en julio. Cuando Paul hijo1 y Gusi hijo2 cumplieron 10 años, UNA les hizo un vídeo en que celebraba su cambio de decena con un recorrido de fotos y vídeos de sus pequeñas -para ellos grandes- vidas. Pues bien, el vídeo que le haga a Dolfete, si es que me deja tiempo para hacérselo, va a ser -espero- más una terapia reconciliadora que un homenaje, porque en este momento, lo confieso, mi hijo me cae mal. Me cae mal. Ahí queda. Por muy mala madre que esto me haga sentir, el caso es que me he rendido al hecho irrefutable de que me cae mal. No le echo la culpa a él: Se la echo al cole-en-casa.




El-cole-en-casa es poco más o menos que un infierno. Para empezar, tienen que manejar aplicaciones para las que no tienen madurez: Canva, Drive, Camscanner, Gmail, un procesador de textos, un editor de vídeo… 

Entonces UNA se la pasa haciendo: Él tarda un minuto en terminar una tarea (con muchísima suerte solo) y ahí acabó la paz. Ahora UNA la escanea, UNA la sube a Drive, UNA la mueve, UNA la renombra. Por supuesto, previa revisión pues si no, la seño te manda mensaje de que la tarea está muy chapucera y que por favor los papis revisen antes de mandar. 


[En el tema de los papis no entro porque eso es tema de otro post (y ¡pedazo de tema!) pero apunto que ya viene perfilándose que el-cole-en-casa a quien más merma la conciliación es a las mamis.]


Total que UNA decidió, cuando fue percatándose de cómo iba a ir la cosa, que UNA no estaba dispuesta a todo ese rollo y cogió un día a Dolfete por banda y le enseñó a manejar una por una todas y cada una de esas aplicaciones. A ver, mi razonamiento era: 

"Si pueden manejar un mando de la PLAY con esa velocidad y maestría, que parece mucho pero que mucho más difícil, ¿no van a poder manejar estas sencillas herramientas?" 

Poder, pueden; pero quizás UNA olvidó tener en cuenta el poderoso factor-motivación: El caso es que cuando Dolfete se pone, el número de veces que pide ayuda (mamá...¡mamá!... MAMÁ... ¡MAMÁ!...) porque algo no se ha subido, o no se ha bajado, o no se ha movido, o no se ha renombrado, o no se ha imprimido, es MUY superior al porcentaje de resiliencia que le queda a UNA después del confinamiento. 

UNA está teletrabajando, no olvidemos, y ese teletrabajo se ve tan constantemente interrumpido que su productividad se ha visto seriamente reducida, con lo cual UNA tiene que invertir muchas más horas que de costumbre. 

UNA está cansada.


Además, todo tiene que ser YA. Estos chicos viven en la-cultura-de-la-inmediatez. Dolfete bloquea la pantalla de la tablet, o el ordenador, o la impresora, una media exasperante de veces al día porque simplemente no sabe esperar. Si le da a una tecla y el dispositivo no reacciona de momento, le vuelve a dar, y le vuelve a dar, y le vuelve a dar, hasta que el dispositivo dice: “¡EPA, hasta aquí hemos llegado!” y se bloquea, con lo cual pasamos una parte considerable de el-cole-en-casa desbloqueando dispositivos, reiniciando el ordenador, desenchufando y volviendo a enchufar. UNA que es muy pesada se pasa la vorágine del día en el-cole-en-casa diciendo: 

Espera…

Espera… 

No toques…

Espera…


Para más inri, los grupos de whatsapp, que ya he expresado por aquí el afecto que les profeso, están que arden de mensajes: ¿Qué ficha hay que subir a Drive, la de unidades de medida o la de dinero y tiempo? No encuentro el dictado de música. ¿Alguien se ha podido descargar el audio de la ficha de inglés? ¿Para cuándo tiene que estar el vídeo de educación física? (Por cierto, adivina quién va a grabar ese vídeo...) ¿A alguien les salen unas señoritas muy simpáticas con poca ropa cuando pincha en el enlace de francés?


Como docente, tengo perfecta conciencia de que el proceso de adaptación que ha atravesado el profesorado ha sido tan loable como complicado. Lo conté aquí. Así que conste en acta que no menosprecio su tarea ni considero responsables de este tema a los profesores. Lo que vengo a decir es:  

Esto no es sano


UNA personalmente necesita que los niños vayan al cole. 

Primero, para que UNA pueda ir a trabajar. Al trabajo: El trabajo es descanso. 

El trabajo es mi recreo de madre


Segundo, porque no es sano que los niños tampoco tengan recreo, que no estén con otros niños, que no tengan más puntos de referencia adulta que sus mamis (y sus papis), que pasen tanto tiempo delante de una pantalla. 

No es sano. 

Es agotador. 

Cada uno de los que formamos parte de la vida de nuestros hijos tenemos un rol en ella. El-cole-en-casa multiplica el rol de las madres y eso no es sano para la madre que además teletrabaja y está exhausta, pero tampoco es sano para el hijo, que acusa ese cansancio. Los conflictos aumentan, la irritabilidad y la tensión se palpan en el ambiente y, en definitiva, el-cole-en-casa es un desagüe de energía en el que todos acaban antes o después drenados.


Lo que me llama la atención es que hay países en los que se practica el homeschooling que es básicamente lo que estamos viviendo pero -escucha esto- POR ELECCIÓN. Es decir, que las madres deciden no trabajar y quedarse en casa y educar ellas a los niños. No dudo que sea una sabia elección desde un punto de vista que se me escapa pero UNA desde aquí renuncia públicamente a tanta sabiduría en aras de la salud mental. De la salud mental de UNA, de la salud mental de toda la familia-de-5 y, sobre todo, de la salud mental de mis hijos.


Por eso, cuando veo a los de las terrazas, me acuerdo del meme y pienso: 

¡Coño!, si éstos pueden estar aquí tan campantes, ¿por qué no pueden estar mis hijos en el cole con sus amigos y sus libros y su seño y la tiza?
 

¿¡Dónde quedó la tiza!? 


Otro día, si eso, que esté menos cansada escribo de todo lo que han aprendido los niños en el confinamiento, que también. Pero mucho me temo que éste es el tema de hoy.


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miércoles, 22 de abril de 2020

Levanta la mano: Reto superado

UNA duda mucho de que un señor en un despacho de Sevilla o de Madrid (virtual o no) tenga idea de qué estamos hablando aquí. UNA lo duda mucho.

UNA trabajaba en un aula. Con su pizarra verde, su tiza blanca, su borrador. También trabajaba con la otra, la pizarra blanca interactiva; la "pizarra mágica" la llaman en el cole de los niños, porque puedes levantarte y tocarla y las cosas se mueven cuando las tocas. 
UNA agrupaba a sus estudiantes en parejas, en tríos, en grupos. Los cambiaba de sitio. Los levantaba. UNA movía las mesas. Las sillas. El aula de idiomas es un aula dinámica.
UNA leía las caras de su alumnado y veía cuándo se aburrían: Es momento de cambiar de actividad. Cuándo no entendían: Hay que ir más despacio. Cuándo se agobiaban: Hora de parar, de recoger impresiones, de motivar. UNA notaba, sobre todo, la energía del aula- eso se lee también-; adaptaba sus estrategias docentes a lo que estaba pasando allí; y modificaba- cuando era necesario- la clase que llevaba preparada. El factor humano es potente retroalimentación.

De la noche a la mañana, a UNA la cambiaron de trabajo. ¿Te acuerdas el trabajo que hacías, para el que estudiaste durante tantos años, para el que te preparaste? Pues ya no. Ahora vas a hacer un trabajo nuevo, uno para el que no estabas preparada y para el que ciertamente no has estudiado. Apáñatelas como buenamente puedas.

UNA no protestó. El mundo tal como lo conocíamos hasta ahora se desmoronaba a nuestro alrededor. El caos lo inundaba todo en aquel fin de semana del 14 de marzo. No era momento de protestar. Era momento de ponerse las pilas, de remangarse, de buscar salidas. Eso fue lo que hizo UNA. Como muchos. Como casi todos.

¿Cómo se hace esto?, era la primera pregunta, la pregunta básica sobre la mesa. Esto que no hemos hecho nunca antes. Toca formarse. En casa. A través de internet. Busca cursos, busca videotutoriales, busca consejos para una cuarentena sobrevenida. Eso fue lo que hicimos. Mientras las ofertas de tiempo de ocio (series, películas, teatro, conciertos) inundaban nuestros grupos de whatsapp, nosotros los profesores andábamos como locos compartiendo recursos, medios, ideas, herramientas, cosas que encuentro para clase. En cuestión de horas, me invitaron a un grupo en redes sociales llamado SOS Digital Docente, un grupo de socorro, de docentes para docentes: "Es momento de ayudarnos unos a otros." En cuestión de un par de días, una compañera al otro lado del país me invitaba a un canal en YouTube de Charlas cooperativas para Escuelas Amigas: Te estoy hablando de profesores ayudando a otros profesores. Altruismo-del-no-contaminado. Te estoy hablando de 
yo sé esto que puedes hacer en tu nuevo trabajo y te lo cuento, 
y escucho eso que tú sabes que yo puedo hacer en mi nuevo trabajo y me lo cuentas
Te estoy hablando de compartir buenas prácticas a la velocidad de la luz. Te estoy hablando de formación transversal: no de arriba-abajo, sino de tú-a-tú. Te estoy hablando de profesores sacando la mejor versión de nosotros mismos en medio del fin del mundo. 

En medio de un remolino de emociones.
Porque no se nos olvide que, mientras hacíamos todo esto, estábamos lidiando simultáneamente con el torrente de emociones, dentro y fuera. Las nuestras propias y las de los-que-de-verdad-importan: Mientras UNA pegaba la cara a una pantalla de ordenador buscando respuesta para la pregunta ¿cómo-se hace-esto?, les sujetaba la mano a sus hijos como único recurso ante la incapacidad de explicarles lo que UNA misma no alcanzaba a entender. Les acompañaba en unas emociones que UNA misma no llegaba a procesar: Miedo ante la incertidumbre. Tristeza ante la desolación de un espectáculo de tintes dantescos. 
No sólo las emociones de los hijos propios. 
También las de los hijos ajenos. 
Me refiero al alumnado que al otro lado de la pantalla expresaba su ansiedad, contaba su nuevo lo-normal, planteaba preguntas para las que UNA no tenía respuesta. En el caso de UNA, el alumnado es adulto, pero aquí somos todos infancia en pañales. 
En la primera videoconferencia con mi clase al comenzar el confinamiento, UNA no pudo evitar emocionarse.

UNA duda mucho de que un señor en un despacho tenga idea de qué estamos hablando aquí. Permíteme que lo dude. 
Pasarte horas preparando una clase que ha de durar una sola hora. Sentir el vértigo antes de empezarla. Estar lidiando con algo que no sólo no dominas tú sino que tampoco dominan ellos: El alumnado se ha matriculado de una cosa y está recibiendo otra, que no se nos olvide. Una clase online tiene además un factor-imprevisto importante: Depender de la conexión a un internet ya de por sí sobrecargado por las circunstancias. Sentir el vértigo, digo, y hacerlo de todos modos. Entrar en la clase y pasarte la mitad del tiempo comprobando que te oyen, que tú les oyes, que saben cómo levantar la mano virtual, que han hecho lo que tenían que hacer antes de la clase, que entienden lo que tienen que hacer después de la clase. Te cuentan las dificultades que están encontrando. Pilar levanta la mano: Tiene que irse ya porque su hija necesita el ordenador. Amelia levanta la mano: No localiza en la plataforma el feedback de la tarea que corregiste. Me interrumpe Gusi hijo2 porque no encuentra su tablet y tiene clase a las 10: Es su emergencia. Paco levanta la mano para leer un mensaje de whatsapp de Manuela que no quiere usar Zoom porque no se fía. Sentir el miedo. Tus conocimientos de las nuevas tecnologías no te habilitan para garantizar que la herramienta que utilizas sea segura. ¿Tú qué sabes? Sabes que no sabes nada, porque este trabajo es nuevo, ¿recuerdas? Te lo acaban de asignar. Dolfete hijo3 necesita el ordenador para sus tareas: Tendrás que esperar, Dolfete. Peter ha instalado su despacho en la cocina mientras UNA hace su videoconferencia en el salón, con la pared menos íntima de telón de fondo. Has dado al alumnado permiso para penetrar en tu casa, a través de la cámara de tu portátil o tu tablet o tu móvil, y de tu conexión a internet. Has prestado todos tus recursos al proceso de enseñanza y aprendizaje. Has regalado tu tiempo. La clase que iba a ser de una hora ha durado dos y no has hecho ni la mitad de la mitad de lo que pretendías hacer, porque el tiempo se te ha ido en los-cómos pero no en los-qué. La clase se ha acabado pero tú no has acabado. 
La marcha empieza ahora. Contesta sus correos, sus mensajes, los foros. Graba un videotutorial con el contenido que pretendías haber vertido en aquella clase que se te fue solucionando problemas técnicos y emocionales. Prepara un dossier con lo que tienen que hacer antes de la siguiente clase. Diseña un test online. Corrige los vídeos que te enviaron. Corrige las redacciones que te escribieron. Corrige, corrige, corrige. La plataforma no funciona correctamente así que lo tendrás que hacer offline y esta noche muy tarde o mañana muy temprano les subes las correcciones que a esa hora parece que va mejor. 

Y cuando te levantes de tu asiento a estirarte, porque tienes los hombros y el cuello anquilosados de tanto tiempo de pantalla, y el culo entumecido de tanto estar sentada, entonces aprovechas y haces la comida, que tus hijos parece que no perdonan y comen y cenan todos y cada uno de los días, y ayudas a Dolfete hijo3 con el mapa-puzzle en A3 de las comunidades autónomas y a Gusi hijo2 con el proyecto en 3D de plástica. ¿Y sabes qué? Que lo haces con respeto porque eres consciente de que al otro lado de ese mapa-puzzle y de ese proyecto-3D hay una maestra y una profesora que tuvieron que ponerse la pilas en 48 horas para poder seguir enseñando a tus hijos en medio del fin del mundo.

Desde aquí UNA se quita el sombrero. Desde aquí UNA rinde homenaje a la comunidad educativa. Con "comunidad educativa" no me refiero al señor del despacho, me refiero a todos esos maestros, profesores, alumnos, que hemos habilitado aulas en nuestras casas, con nuestros hijos, con nuestros perros, con nuestras cosas y los jirones de nuestra intimidad como decoración de clase. 
He visto estos días profesores a un par de años de la jubilación dando clases por Instagram. He visto seños aprendiendo a leer en pantalla la energía de su alumnado. He visto profes comprándose apresuradamente una pizarra por internet y lucirla como nueva adquisición de su salón. He visto al factor humano de esta comunidad educativa 
adaptándose sin directrices, 
exprimiendo sus capacidades al máximo sin instrucciones, 
tragando saliva antes de enfrentarse a un reto sin liderazgo. 
He visto gente tecnológicamente torpe haciendo birguerías digitales. He visto profes trabajar el triple de lo que trabajábamos en nuestro antiguo puesto. No queda tiempo para el ocio: Las propuestas que llegan por whatsapp nos pasan de refilón a no ser que nuestra creatividad en estado álgido diseñe cómo usarlas para clase.


¿Y sabes qué? 

RETO SUPERADO

La escuela, la que enseña, la que aprende, esa escuela no se ha confinado. 
Desde aquí UNA levanta una mano virtual para que conste en el acta de ese despacho.