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miércoles, 25 de mayo de 2022

¡Los profes tenéis muchas vacaciones!

Llega ese momento del año en que los profes empezamos a ser increpados con la frase que da título a esta entrada por aquellos ajenos al gremio: 

¡Es que los profes tenéis muchas vacaciones! 

A todos los que abanderan esta letanía fácil les dedico este post. Primero, para recordarles, antes de que desplieguen sus reproches, que ser profesor es una elección que también estuvo disponible para los ahora corroídos por la envidia. Pero, además y sobre todo, para motivar la reflexión sobre por qué esta manida frase se aleja tanto de la realidad docente.

Les invitaría antes que nada a asomarse estos días a un grupo de whatsapp de profes, a los pasillos de una escuela o a una reunión de departamento. La tensión se masca en el ambiente. No porque los profesores nos llevemos especialmente mal, en absoluto; sino porque a estas alturas de curso estamos quemados; y, desde marzo de 2020, particularmente churruscados.

El trabajo presencial de la docencia requiere atención plena: No puedes desconectar en un momento dado de la tarea que tienes entre manos, porque la tarea se desempeña delante de un público en muchas ocasiones muy exigente. Mi trabajo, por ejemplo, es con alumnado adulto. Si UNA no llevara preparada su clase, ellos lo notarían de inmediato y probablemente se sentirían estafados, con lo cual UNA lleva sus clases atadas a conciencia. Además, si en mitad de clase, me apeteciera detenerme, darme un respiro, no podría permitirme dejar colgado al público, al igual que un actor de teatro no puede sentarse en mitad de la función y dejar la obra en suspense media hora: Tiene que seguir hasta que baje el telón. Esto, que en teoría parece tan obvio, en la práctica es más complicado ya que no somos robots, y hay días regulares y días malos en los que mantener la atención plena hasta el final del período de clases requiere de mucho esfuerzo. Para un profesor de primaria y secundaria, con alumnado en muchos casos desmotivado (que no es el de mi situación privilegiada), UNA puede imaginar que tiene que exigir aún de más ánimo, pues sufren los componentes adicionales del ruido, el movimiento, la falta de cooperación, la resolución de conflictos y emociones, y un largo etcétera que UNA no llega a calibrar, pues mi alumnado adulto es magnífico y eso hace que la tarea no sea la misma, aunque las emociones por supuesto también forman parte del entramado.

Además, quisiera que este post sirviera para visibilizar que ese trabajo presencial es sólo la punta de un iceberg que viene sostenido por toda una labor que, no sólo no se ve, sino que UNA duda mucho de que se aprecie. El otro día hice con mi alumnado una actividad tipo debate en la que discutíamos cuáles serían los tres componentes esenciales de un puesto de trabajo ideal. UNA tiene claro cuál es el primero en mi lista: 

No tener que llevarme trabajo a casa

El número de horas que UNA echa en casa, planificando lecciones y corrigiendo tareas, sobrepasa en ocasiones al trabajo presencial. Quizás UNA sea particularmente exigente con el trabajo y habrá quien no se cargue tanto (escaqueados siempre ha habido en todos los gremios y éste no es excepción), pero creo que casi todos los buenos profesores se ven obligados a dedicar una gran parte de su espacio y tiempo personal a su labor, y muy especialmente en junio y septiembre. Repito: Esto no se ve. No estamos en el centro cuando llevamos a cabo esta faena de fondo, pero lo sufren los que conviven con nosotros. Muchos domingos UNA cambiaría su curro por un horario de 8 a 3 en el que, según cerrara el chiringuito el viernes a las 3, me permitiera olvidarme de mi faceta profesional hasta el lunes a las 8.

Para colmo, la administración tampoco nos facilita la tarea, abrumándonos a medida que pasan las sucesivas leyes educativas (otro síntoma de que no valoran lo que hacemos) con tareas de tipo burocrático, y más y más papeleo que -podría poner la mano en el fuego- luego nadie se va a dignar leer; planes y proyectos que quedan muy vistosos en los programas electorales pero que nos complican mucho la vida diaria a los que escogimos esta profesión con vocación. En la enseñanza la gran mayoría entra, como decía, por vocación y por elección; y la gran mayoría, UNA se atreve a vaticinar, saldrá desilusionado, si no hastiado. En un puesto político de educación no debería haber nadie, repito NADIE, que no hubiera pasado al menos 25 años ejerciendo en un aula.

Por si las exigencias de atención plena, de tiempo y espacio robado al entorno personal, y de adaptación a una administración completamente ajena a la realidad del aula no fueran suficientes, la pandemia ha llegado para cargarnos con un peso extraordinario. El profesorado se ha visto obligado a atender al alumnado afectado por la misma lo cual ha significado desdoblar su tarea en muchos aspectos, improvisar estrategias de atención a una diversidad multiplicada por el COVID-19, y formarse de manera acelerada en herramientas que desconocía. Por cierto, aprovecho para mencionar aquí que la formación en docencia es obligatoria (se nos exige para los sexenios) y, paradójicamente, se nos restringen los permisos por formación, con lo cual tenemos que llevarla a cabo en nuestro tiempo libre. ¿Cuando has visto obligatoria y libre en una misma frase?

UNA no es de matemáticas pero, si sumáramos el tiempo dedicado en casa a preparar clases y a corregir exámenes, junto con el tiempo libre dedicado a formación obligatoria y a actualizarnos en leyes educativas (¡ojo!), lo uniéramos al desgaste ocasionado por la exigencia de la atención plena, y extendiéramos esta suma a lo largo de los períodos vacacionales, puede que resulte que los profes tenemos muchas menos vacaciones que en muchas otras profesiones.

Todo el estrés del curso acaba haciendo mella, y los junios en los centros suelen ser bastante explosivos. Es por todo ello que necesitamos desconexión para poder volver a las aulas refrescados en septiembre, dispuestos a remangarnos de nuevo y hacernos cargo de tanto aprendizaje. Las madres que tenemos a los hijos todo el verano en casa, -en muchos casos quejándose, aburriéndose y burreando-, seamos tal vez las que más apreciemos la labor del docente. Se me ocurre ahora que quizás sea ésa la principal razón por la que a los profes nos tachan de tener muchas vacaciones: Nuestras vacaciones escuecen a las familias que desean tener a sus hijos ocupados y vigilados. Pero no en casa. 

En su mejor momento,
pero enseñar le ha pasado factura


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miércoles, 7 de octubre de 2020

Elegir

El poder que otorga la ciencia a las teorías genéticas y el que otorga la pedagogía a las teorías educativas han dejado muy poco espacio para respirar a la libertad. Me estoy refiriendo al "es que soy así, no lo puedo evitar". ¿Visteis la película Las Amistades Peligrosas? "No lo puedo evitar" es la justificación que todo lo justifica, una frase-paraguas para cualquier chaparrón: Soy así, nací así, es mi carácter, mi temperamento, lo he heredado. 

No lo puedo evitar. 

Ésa sería la teoría genética. 

La otra, la pedagógica, es la que deposita toda la culpa sobre los padres. La criatura es así porque la madre (o el padre) es así, y la han educado de esa manera, o le han servido de modelo: la criatura no lo puede evitar porque lo ha mamado. 

Estos dos cuerpos teóricos, el genético y el pedagógico, que a menudo se reparten en porcentajes dependiendo del manual, han dejado, como digo, poco espacio a la libertad individual, al poder de la elección; y presentan a la criatura, y al adulto en que se termina convirtiendo la criatura, como víctima de sus genes y de la suerte de su educación. De este victimismo se aprovecha la psicología barata.

Elegir, no obstante, es sin duda la facultad más humana, de la que -calculo- carecen el resto de animales. La que nos distingue. Ante una misma situación, uno puede dejar que elijan los genes, puede dejar que elija la educación, o bien, puede apelar al poder humano de decidir, de elegir la reacción. Como la eLECCIÓN de mi hermAna narrada en El espacio dentro de la piel ante su esclerosis múltiple o la eLECCIÓN (profundamente agradecida) de mi rosa casi perfecta, de Valentina, ante su cáncer en El lazo rosa. Para poder elegir, hay que tener muy claros los valores. ¿Y quién se para en estos tiempos a calibrar los valores?

Valentina viaja ahora en mi mochila. A Valentina la despertaron de su sedación para despedirse de los suyos cuando ya todo estaba perdido. ¿Y qué hizo Valentina? Cuando ya estaba todo perdido, eligió. Eligió no darlo todo por perdido. Y, a través de su marido, desde su agonía nos mandó un mensaje a las amigas: "que no estemos tristes, que pensemos en ella con alegría"; y dejó en herencia un mensaje a sus tres seres más queridos: "que se quieran muchísimo, que hagan piña". En su final, Valentina no pensaba en Valentina; Valentina pensaba en el-otro-que-no-era-ella llevando así el valor de la empatía hasta su último eco.

La dignidad no es otra cosa que elegir bien una reacción. En la elección, por supuesto, entran en juego otros factores como el cansancio. Por muy claros que tengamos los valores, todas sabemos que somos mucho mejores madres recién levantadas que al final de un día de prisas y jaleo. Nuestros peores-momentos-madre siempre coinciden con falta de sueño, o con cansancio, e incluso hambre. Como los peores-momentos-criatura.

Ante la pérdida de dignidad por una mala elección, nos sentimos necesariamente mal. Ése es nuestro castigo. Siempre se lo digo a los niños: el peor castigo por haber hecho algo mal es cómo te sientes después de hacerlo; es la culpa. No hace falta otro. Por eso UNA no es partidaria de castigar. 

La culpa, a pesar de su amargura, es sin embargo el portal hacia la recuperación de la dignidad. No es cómo eres, no es que no puedas evitar cómo eres; es lo que has hecho, es que has elegido mal. Ante la culpa, siempre queda la posibilidad de pedir perdón. Pedir disculpas es otra elección que vuelve a hablar de ti, y lo hace bien y alto.

A mis pequeños también les digo que hay un momento en el que la labor educativa de UNA tiene un límite y que, más allá de ese límite, UNA no puede entrar: "Al final, tú eliges cómo quieres ser". UNA ya te ha enseñado a distinguir lo correcto de lo incorrecto: a estas alturas, ya lo sabes. Pero UNA no puede elegir por ti: tú eliges cómo quieres ser. Por poner un ejemplo, algo tan mundano como las palabrotas, que en casa a UNA no le gusta que se digan, "si tú luego decides decirlas fuera de casa, ésa es tu elección". UNA no puede, y sinceramente no quiere, controlar todo lo que hagas ni todo lo que digas, porque entonces no tendría hijos, sino marionetas. Y ya hemos hablado aquí de la caricatura que es una madre de marioneta.

A estas alturas, hijos míos, sólo espero haberos enseñado a hacer elecciones que os revistan de dignidad. Y que, cuando perdáis la dignidad por una mala elección, una elección cansada o hambrienta o soñolienta, sepáis recuperarla pidiendo perdón. 

Al final, lo que dota a la vida de sentido es saber ejercer la libertad individual teniendo al-otro-que-no-eres-tú en el corazón.


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domingo, 10 de mayo de 2020

El último invento


Estuvimos viendo fotos y vídeos antiguos, hicimos un puzzle de 1000 piezas, hicimos ejercicio y grabamos un súper vídeo de ejercicio-en-familia-para-la-cuarentena, les enseñé a editarlo, hicimos una casa de cartón, pintamos y forramos con servilletas cajas de fresas, leímos, hicimos retos, un picnic en el salón, la fiesta de los juegos, los juegos de preguntas y respuestas, hicimos dibujos, pintamos acuarelas, hicimos más retos, aplaudimos a las 8, cambiamos de sitio todos los muebles de su cuarto, pintamos botellas de cristal y las iluminamos por dentro, hicimos llaveros de plástico, una acampada en el salón, marcapáginas, mandalas, pulseras, legos, lettering, escribimos una carta a los basureros, jugamos a juegos de mesa, a juegos de suelo, a juegos de aire.




UNA se acostó inventando. 
UNA se levantó inventando.

Anoche celebramos el último invento. Quise hacer con ellos una cápsula del tiempo de la cuarentena:
Meter en una caja todos los recuerdos de la cuarentena y cerrarla para abrirla dentro de unos años y que los recuerdos que escribieran ayer nos trajeran de vuelta estos días raros de la-dimensión-confinada. Para ello, escribimos notas juntos respondiendo a preguntas como:
Lo que más me ha gustado de quedarme en casa ha sido…
La persona a la que más he echado de menos en esta cuarentena ha sido…
La cosa que más he echado de menos en esta cuarentena ha sido…
Algo que he aprendido en esta cuarentena ha sido…
Lo que más ganas tengo de hacer cuando se acabe la cuarentena es…

Bueno, pues cuando llegamos a "Lo que más he hecho estando encerrado en casa es…", los monstruos contestaron jugar a la play y ver series.
Y cuando llegamos a "En esta cuarentena me he sentido sobre todo…", los monstruos contestaron "aburrido".

Jugar a la play. Ver series. Aburrido.

Quiero que vuelvas a leer el primer párrafo de este post y te tomes tu tiempo para asimilar la falta de concordancia con estas respuestas.


ATENCIÓN: MENSAJE URGENTE PARA TODAS LAS MAMÁS DEL MUNDO
Desde la más pura acritud de mi cápsula de tiempo de la cuarentena os digo: 
No os molestéis tanto, de verdad. Sed un poco más egoístas.  Dedicad la energía y el tiempo a vuestros sueños, a los propios, a los que teníais antes de la maternidad o a los que habéis dado a luz en la maternidad. Porque cuando pensabais que estabais creando-recuerdos, llega la play y todo lo copa. Todas esas noches que te acostaste agotada por haber pasado el día entreteniendo vástagos, resulta que al final el sentimiento que prevalece es el del aburrimientoNo gastéis más energía que la indispensable para que sobrevivan. 

A no ser de que te guste. Entonces sí. Porque el único consuelo que UNA encuentra hoy, en la resaca de la ingratitud, es el siguiente: Por mi vena creativa, disfruté haciendo muchas de las cosas de ese primer párrafo. Y también disfruté los momentos: ¡Oh, los momentos! Pero me pregunto si UNA era la única que estaba disfrutando. Ellos hubieran preferido estar jugando a la play. ¡Bendito favor nos han hecho los creadores de videoputosjuegos que han convertido el resto del tiempo vital en tiempo-de-aburrimiento!

Cuando al final de la noche, expresé mi decepción por cómo había salido el experimento de la cápsula del tiempo, que me había manifestado que los recuerdos que UNA creía haber haber estando creando no eran los recuerdos que en realidad se estaban creando (¡soltar las expectativas!), Peter me hizo una señal de que no hiciera sentir mal a los tres reyes: ¡Cuidado, frágil!

La lección que UNA aprende aquí es triple. Curioso: Una lección por rey.

Primera eLECCIÓN: UNA no elige los recuerdos que se crean en sus pequeños cerebros. Esto también, como tantas otras cosas de la maternidad, está fuera de nuestro control (¡ay, el control!), por mucho que quisiéramos como madres tener el poder de elegir sólo los recuerdos-bonitos para implantarlos en sus cabezas. Igualmente UNA aprende que "recuerdo-bonito" no significa lo mismo para UNA que para ellos.

Segunda eLECCIÓN: UNA recuerda (porque ésta ya se la sabía UNA pero se le olvida) que si no te pido algo, ¿por qué te lo tengo que reconocer? Es decir, si ellos no pidieron que yo les entretuviera con mis brillantes-para-mí ideas, ¿qué derecho tiene UNA ahora a exigir reconocimiento por parte de sus recuerdos?
La oficialidad y solemnidad de listados como el del primer párrafo de este post quitan mérito, te hacen menos admirable, generan animadversión, hacen que el-otro-que-no-eres-tú se sienta juzgado.

La tercera eLECCIÓN, y probablemente la más importante, es que el reconocimiento, amigas, siempre ha de venir de dentro. Para no depender del reconocimiento ajeno. Para no sentirse decepcionada. El verdadero reconocimiento, en el que se basa la verdadera autoestima, es el de UNA hacia UNA. La autocompasión. La amabilidad con UNA misma.

Cuando en el Día de la Madre, que en casa pasó sin pena ni gloria, se hizo viral aquel meme que decía ¡hoy toca aplaudir también para adentro!, pensé:

Lo que realmente debería significar para adentro es UNA aplaude a UNA.




Snoopy dice: 
No estoy triste. Sólo tengo un poco cansada la alegría.
Pues eso: 
Descansa un poco tu alegría hoy. Ponles la play. Y reúne energía para TU próximo proyecto, uno que tú disfrutes, les incluya a ellos o no.
Hoy UNA se va a tomar el día para UNA. 
Y si se aburren, pipí-caballito.










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lunes, 27 de abril de 2020

Antojos del fin del mundo


Cuando UNA era pequeña comprábamos las chuches en los quioscos. Mi abuelo nos llevaba los sábados y nos daba cinco pesetas a cada hermana para comprar una selección de entre un chicle cheiw de fresa, un palote, caramelos pez, un chupa chup de kojac o caramelos chimos.
UNA-niña se sentía rica en el día más feliz de la semana. 
UNA-adulta se siente vieja cuando se aferra a esta vena nostálgica que habla en pesetas pero el-fin-del-mundo-tal-como-lo-conocíamos favorece la nostalgia.

Hubo entonces un cambio radical en la infancia de UNA: Muchos siglos antes de que aparecieran las tiendas de los chinos, las ciudades comenzaron a decorarse con tiendas de caramelos. Tiendas preciosamente coloridas en las que, al más puro estilo americano, enfilaban medias lunas llenas de gominolas igualmente coloridas. Ahí nacieron los gatos de regaliz, las coca-colas, los plátanos amarillos, las manzanitas verdes y las fresitas. Me acuerdo perfectamente de la primera de estas tiendas en el paseo de Zorrilla de Valladolid. Mis padres nos llevaban los domingos después de misa y era una fiesta: Te habías pasado la misa cuchicheando con tus hermanas qué era lo que ibas a escoger.

Cuando nos mudamos a Córdoba, había en Ronda de los Tejares una tienda de éstas paradisiaca. Era toda rosa, por dentro y por fuera. Se llamaba Antojos. 
Mi hermanAura y yo decidimos ahorrar juntas durante algunas semanas la propina (que en Córdoba se llama "paga") para poder disfrutar un día de un banquete de chuches en toda regla. Cuando juntamos la honrosa cantidad de 500 pesetas, alguien nos cambió las monedillas de la hucha por una única moneda brillante de 500. Un sábado, UNA se metió la moneda en el bolsillo y con mi hermanAura se dispuso a ir a la compra para la fiesta anunciada. Tenías que habernos visto a ambas caminar hacia la-tienda-rosa orgullosas de haber acuñado tal fortuna. Pues bien: Justo antes de entrar en la tienda de chuches, UNA-niña se metió la mano en el bolsillo y la moneda, esa moneda que nos había costado semanas ahorrar, había desaparecido. No estaba. La había perdido. Volvimos a casa, comprobamos, recorrimos el camino de ida a la tienda una y otra vez, le dimos la vuelta a los bolsillos, y nada. La moneda brillaba ahora por su ausencia.

Hago aqui un inciso para:

Uno. Apelar al desconocido que se encontrara la moneda de 500 pesetas en la entonces Avenida del Generalísimo a principios de los ochenta: ¡Que la devuelva, por favor! Tiene valor sentimental.

Dos. Reflexionar sobre cuál hubiera sido mi actitud como madre si esto le pasara ahora a alguno de mis monstruos, porque en su día mis padres no trataron de protegernos de las emociones reponiéndonos las 500 pesetas. Probablemente de hecho nos echaran una regañina. O ni eso. Al fin y al cabo, era nuestro problema. Pero esto es carne de otro post.

Los recuerdos los deteriora el tiempo: Mi hermanAura probablemente cuente esta anécdota de forma completamente diferente a cómo la rememora UNA. 
Pero las emociones no las toca el tiempo. 
Las emociones son como los olores o las canciones, capaces de traerte de vuelta un amor de verano en cuestión de segundos y de erizarte la piel al hacerlo. 

La decepción de haber perdido aquella moneda tras semanas de esfuerzo, 
el drama que suponía para UNA-niña, 
la renuncia al sueño del festín de las chuches, 
la culpa también porque era UNA al fin y al cabo la que había perdido la moneda y privaba a mi hermanAura también de su sueño tornando igualmente vano su esfuerzo.
¡La pena! 
¡La rabia! 

[Esto es como la historia del peine: Me vais a perdonar que, tras seis semanas de confinamiento, cualquier memez adquiera tintes trágicos.]

Años después, en otra infancia, otra anécdota puso de nuevo sobre el escenario aquellas emociones. Era el cumpleaños de un Gusi hijo2 en versión chiquita y pedía que le regaláramos un balón de fútbol con la intensidad con la que las criaturas pueden llegar a pedir un capricho: Si eres madre, tú sabes. Osada UNA, decidí que ya había suficientes pelotas en casa (literal y metafóricamente) y, en vez de eso, le compré una portería infantil de esas plegables y unos guantes de fútbol, pensando que le harían muchísima ilusión a ese portero. No le hizo falta desenvolver el regalo. En cuanto lo vio, la versión chiquita de Gusi hijo2 supo con certeza que no era "el-balón". Y, con la ingratitud todavía no cincelada de la primera infancia, sintió la pena y la rabia, porque ¡eso no era lo que él quería! Ni lo que había puesto tanto empeño en dar la lata por conseguir. El sueño de su balón redondo se desvanecía ante aquel envoltorio aún sin abrir. La decepción: Su drama.
No te quedes ahora con el juicio que se fragua en tu mente: 
Quédate con la emoción del niño.

Porque es ésa precisamente la emoción que UNA ha sentido al salir hoy a la calle con mi hijo por primera vez después de mes y medio metidos en casa. 
He sentido que les hemos robado la moneda de 500 pesetas y el balón de fútbol. 
Que les hemos quitado los sueños.

Tras llevar seis semanas en la-dimensión-confinada, UNA pensaba que, cuando pusiera un pie en la calle, me iba a inundar la sensación de libertad. Sin embargo, lo que me ha embargado es la pena y la rabia.

Cuando UNA tuvo hijos, nunca imaginó que les dejaría en herencia una película de ciencia ficción; un mundo surrealista en el que no pueden jugar con otros niños a menos que sea a través de una pantalla; en el que necesiten mascarillas y guantes para poder llevar a cabo una tarea tan mundana como salir a dar un paseo.

¿Sabes cuál es la diferencia entre las emociones de la anécdota de las chuches y las de la anécdota del balón? UNA-madre te contesta a esta pregunta: 
Las batallas de nuestros hijos siempre duelen más, escuecen más, que las batallas propias.

La generación de UNA lo hemos tenido fácil. En muchos sentidos, hemos sido una generación afortunada:
El medio ambiente, por ejemplo, para nosotros era una lección del libro de texto de ciencias naturales. 
Ahora es una realidad disfrazada de amenaza. 
Una pandemia para nosotros era un estreno de cine. 
Ahora es una guillotina con visos de reincidencia.


UNA hoy ha sentido la tristeza profunda ante la desolación que trunca los sueños de mis reyes, desde la cancelación de un plan mundano-extraordinario como el viaje de la familia-de-5 este verano a Canarias, hasta la compleja incertidumbre de un futuro enmarañado, 
incertidumbre que les arrebata el derecho a el-largo-plazo
incertidumbre que les usurpa el gozo de el-modo-planes
algo que la generación de UNA sí pudimos disfrutar.

UNA ha sentido también la rabia, el no-hay-derecho a que las batallas que mis tres hijos vayan a tener que lidiar sean tan rudas. UNA no estaba creando hombres para esto. UNA no había planeado que el fin del mundo les pillara a los hijos de UNA.

UNA ha sentido también la culpa, la responsabilidad que con toda seguridad la generación de UNA ha tenido en la gestación de este panorama conflictivo.

Cuando la versión chiquita de Gusi hijo2 se soprepuso por fin a la rabieta y cedió a abrir su regalo, la portería y los guantes reemplazaron rápidamente al sueño del balón en su cara recién iluminada. Le hicieron rey. 
UNA espera, y sinceramente el único consuelo que queda a estas alturas es confiar, que la generación de mis tres reyes reúna capacidad de reacción y los-que-vienen sepan qué hacer con un mundo que agoniza. 
Que estén a la altura que demanda la injusticia de su herencia. 
Que tengan la capacidad de discernir en las eLECCIONES, capacidad que nos faltó a sus padres.
Porque UNA está segura de que no es lo mismo jugar al fútbol en un campo de césped que en el fifa de la play. Segura.



lunes, 23 de marzo de 2020

Que no se nos olvide ganar el tiempo


Las "nuevas" tecnologías (con comillas a estas alturas) están muy bien: Nos permiten estar en contacto con el mundo en un momento en el que lo que prima es guardar la distancia social, aliviando así el aislamiento del confinamiento. Pero, como casi todo en esta vida, son un arma de doble filo pues, en cuestión de días, las hemos puesto a nuestro servicio para calcar e imitar a pies juntillas el estrés que veníamos arrastrando antes del parón. UNA lo llama el-parón; pero, realmente, ¿lo está siendo?


Te llega una clase de yoga por email. Tu profe de pilates te ha colgado dos entrenamientos en youtube. Tu fisioterapeuta te manda por whatsapp unas rutinas de estiramientos. Has decidido empezar a meditar porque no duermes bien así que te has unido a un grupo de facebook que queda live dos veces al día. Te has apuntado a un curso online de batch cooking que siempre quisiste hacer pero no te podías permitir y ¡ahora es gratis! Has quedado el sábado a la una para hacer un zoom con tus amigas y reproducir la caña del mediodía. A las siete te has puesto un recordatorio en tu google calendar de que Rosa Montero va a dar una charla de escritura creativa en instagram. Esta noche veremos esa serie que llevábamos tiempo queriendo ver ¿en qué plataforma? No me acuerdo ahora si era netflix o hbo o amazon prime, la verdad, luego lo miro en cuanto termine de leer los 184 mensajes de grupos de whatsapp que me he encontrado en el smartphone cuando he abierto los ojos después de meditar. Hay un concierto en streaming de uno de mis grupos favoritos pero resulta que coincide con el hangouts del curso de fotografía disponible de forma gratuita desde ayer.


¿¡HOLA!?

Podríamos seguir unos cuantos párrafos más en la misma línea y sólo llevamos una semana de confinamiento.

¿¡HOLA!?

¿De verdad esto es lo que vamos a hacer? ¿Es que no vamos a aprender la lección-vital de el-parón? ¿La eLECCIÓN de el-parón? Fue Einstein quien dijo que si haces lo que siempre hiciste, obtendrás lo que siempre obtuviste.

UNA está agradecida. De verdad. UNA está conmovida porque la solidaridad, uno de los #valores que despega a lo bestia estos días y viene a domar el surrealismo de la situación, haya puesto a nuestra disposición cientos y miles de recursos. UNA está agradecida a todos esos imperios que, a pesar de la conciencia de la crisis económica que se nos viene encima, han hecho imperar el altruismo sobre el beneficio (aunque se trate de una mera estrategia más de marketing que de solidaridad en algunos casos).
Pero que no se nos olvide. Que no se nos olvide por qué estamos aquí. Que no se nos olvide para qué estamos aquí. Si nos colgamos a todo lo que esas pantallas nos ofrecen, si nos estresamos con las nuevas (sin comillas) listas de cosas por hacer, si la ansiedad nos la provoca el cómo priorizar entre las múltiples ofertas, entonces estamos clonando los patrones exactos que dictaban nuestra vida antes de el-parón. ¿Por qué, si no, son las ciudades las bombas y, sin embargo, los campos con sus ritmos apaciguados se están enterando sólo de refilón de lo que está pasando?
Las prisas, los semáforos, las carreras, la irritabilidad, las alarmas, el contrarreloj, las fechas de entrega, el nudo en el estómago, el insomnio, el extenuamiento físico y mental, las agendas.... Todo lo que teñía -que no se nos olvide- de gris nuestras vidas antes de el-parón, ha sido sacudido de la alfombra. Se nos ha puesto sobre el suelo un nuevo lienzo. ¿Y qué hacemos? Utilizamos la excusa que las "nuevas" tecnologías ponen a nuestro alcance para volver a llenar ese canvas de prisas y listas. 

Y mirarás atrás, cuando esto pase, y pensarás: ¿Por qué no paré cuando el-parón me dio permiso para hacerlo? ¿Por qué hice tanto ruido en la oportunidad del silencio? ¿Por qué llené el vacío? ¿Por qué lo hacemos? ¿Es el miedo?

Ayer una amiga, precisamente en una videocall (apréciese sin tapujos la incoherencia de UNA), me decía que lo que más rabia le da del coronavirus es que "¡nos está haciendo perder el tiempo!". La frase resonó conmigo como si fuera una cicatriz antigua. Eso es lo que estamos haciendo, pensé: Tratar de no perder el tiempo en el-parón. Vamos con este ritmo desbocado, saltando de un recurso a otro, de una aplicación a otra, de un mensaje a un meme, por no perder el tiempo. No nos estamos dando cuenta de que lo que deberíamos estar haciendo no es perderlo: Es ganarlo.
Ganar el tiempo es cambiar patrones, dejar ratos para el vacío, para la nada, sentir el vértigo de la incertidumbre, escuchar los pájaros y la lluvia. No hacer nada es la oportunidad que nos está dando el-parón y la estamos desaprovechando haciéndolo todo por no perder el tiempo.
Que no se nos olvide parar en este parón.
Que no se nos olvide ganar el tiempo.
Que no se nos olvide mirar a este lado de la pantalla, donde está lo que verdaderamente importa.

domingo, 15 de marzo de 2020

Mensaje en un virus

Cuando, hace ahora diez marzos, mi padre agonizaba, mi hermAna pensó en voz alta:
¡Menos mal que vamos para el verano! 
Recuerdo la cita como si fuera ayer.



Cuando estos días atrás se empezó a vislumbrar el cariz que iba a tomar la cosa, la cita me volvió a la mente como si de una convulsión se tratara:

¡Menos mal que vamos para el verano!

¡Oh, los veranos!

Viene un mensaje encerrado en este virus. Para cada uno de nosotros, el mensaje ha de ser necesariamente diferente. Vamos a tener tiempo de descifrarlo, creéme. Tiempo es precisamente lo que nos va a sobrar. Vamos a escuchar entonar por dentro y por fuera el yo-mea-burro: yo-pipí-caballito. El aburrimiento es el mejor de los canvas, sobre todo si viene acompañado de la serenidad, que no está siendo el caso. Así que el primer mensaje que UNA recibe es el de que lo que toca ahora es estar serena. Esto es lo que hay. Soltar el control de un fenómeno que escapa a nuestra voluntad y limitarnos a lo que sí queda a nuestro alcance: 

Ser la vacuna.

#yosoylavacuna
#yomequedoencasa
#yomelavolasmanos 
#yonometocolacara

El mensaje en el virus es una lección vital. 
La eLECCIÓN es nuestra.



Como madre, UNA siente ya la presión de convertir el confinamiento en un parque de atracciones. Por whatsapp y redes sociales, nos han llegado estos días muchas ideas para organizar la cuarentena con sugerencias de actividades, juegos e ideas creativas para entretener a los niños sin cole. La tendencia, parece, es convertir el salón en un campamento de verano. 

Pues bien, el segundo mensaje que a UNA le llega encerrado en el virus, es el siguiente: La vida-antes-del-virus era estresante. De hecho, el virus nos encuentra con las defensas bajas por el estrés. No convirtamos, pues, la vida-durante-el-virus en un estrés añadido; en una carrera por ver a qué mamá se le ocurren las ideas más creativas, más estimulantes y menos perjudiciales para los vecinos; en un maratón de fotos en instagram que haga sentir inadecuadas a las miles de madres que estos días luchamos simplemente por sobrevivir. ¡Sobrevivir! De eso se trata. No es éste el momento de la rigidez, sino de la flexibilidad. Tiene que haber tiempos muertos. Horas de pipí-caballito. Tiempo para no hacer nada. 

Si no ahora, ¿cuándo? 

Me refiero a que el miedo al vacío puede hacernos caer en la tentación de pasarnos la cuarentena rellenando huecos con listas de cosas por hacer. ¡Esto ya lo veníamos haciendo: Hagamos algo diferente! La desazón del aburrimiento puede llevarnos también a colgarnos de las redes sociales y del whatsapp que van a más velocidad que el virus. Quizás sea el momento de rescatar todas esas ideas que tenías en la trastienda de tu mente y que dijiste que algún día materializarías. O quizás no. 
Un día. 
Después otro día. 
Este virus viene a recordarnos que la vida es ahora: no hagamos planes a medio o largo plazo, porque no se sabe. Abrazar la incertidumbre, que se deja abrazar a modo de cactus, es lo único que nos queda.



El otro mensaje que me grita alto y claro el virus es que, cuando las cosas se dan por sentado, se pierde la gratitud. Y cuando se pierde la gratitud, se pierde la alegría. 

A UNA el comienzo de esta historia no la pilló precisamente en un buen momento. La creatividad es siempre un buen termómetro del estado de ánimo, y este blog el barómetro de mi creatividad. El que me siga, pues, sabría que UNA no estaba del todo bien ya en su vida-antes-del-virus. El virus me trae encerrado el diagnóstico: Cuando no hay razones para la alegría es porque no hemos hecho sitio a la gratitud. Cuando no hay gratitud, es porque estábamos dando por sentadas las rutinas. 

¡Oh, las rutinas!


¿Te acuerdas cuando dejabas a los niños en el cole y te ibas a tu clase de yoga? Lo dabas por sentado y probablemente no apreciabas el lujo que era: Pues ahora ya no puedes. ¿Te acuerdas cuando llevabas a los niños a fútbol y te ibas a tomar un té tranquila y a leer mientras ellos entrenaban? Nunca te paraste a apreciar el placer que el momento producía en tu cuerpo: Pues ahora ya no puedes. ¿Te acuerdas cuando un miércoles cualquiera le anunciabas a los niños que hoy, en vez de tareas, os ibáis al cine? ¿¡Con palomitas!? ¡Sí, con palomitas! Ya no puedes. ¿Te acuerdas cuando una amiga estaba mal y, mientras te lo contaba, rompía a llorar, y tú la abrazabas y sentías que el abrazo os proporcionaba consuelo a ambas? Pues ahora ya no puedes. Ahora tienes que confesarle desde lejos que, como en la canción de Víctor Manuel, no sabes adónde irá ese abrazo que no pudiste darle.



Este virus nos está sacudiendo por los hombros y nos está diciendo a gritos:

¡La alegría exige apreciar lo que tienes y apreciar lo que tienes exige no darlo por sentado! 

No es momento ahora de hacer política. No es momento ahora de reprochar, de culpar, de lamentarnos. Es momento de no cometer el mismo error que veníamos cometiendo: El de dar las cosas por sentado. Es el momento de la gratitud. Si tienes que quedarte en casa, agradece que tienes una casa donde quedarte. Si todos los que se quedan en casa contigo están bien, agradece porque hay muchos -cada vez más- que están mal. Si estás leyendo este post que UNA ha escrito en Una_Vida_hoy_no_tan_Mundana, agradece porque eso significa que cuentas con conexión a internet. Si tienes la nevera y la despensa llena, agradece. Si tienes la suerte de que tu trabajo no vaya a verse afectado por esta crisis como va a pasar con el de tantos y tantas, agradece. Ya que tienes la suerte de vivir en un país con un sistema sanitario digno de reconocimiento, sal a ese balcón a aplaudir cada noche y agradece. 
Como dice el maestro Thich Nhat Hanh, se nos olvida cómo sería la vida con dolor de muelas: La felicidad es darnos cuenta de que no nos duelen las muelas hoy. 
Las cosas siempre pueden ir peor. 
Agradece que no vayan.

Móntate un cine en casa.
Y agradece, sobre todo, que vamos para el verano. 

viernes, 2 de agosto de 2019

La vida robada


(O Regrets, I've had a few...)

No hay vida autenticamente autentica.
Parte de tu vida ha sido robada.
Piénsalo.

Las decisiones que has tomado, muchas de ellas, no las has tomado desde la autenticidad.
No han venido alentadas por tus sueños o tu instinto.
En muchos casos,
en más de los que tú quisieras,
en más de los que tú eres consciente,
el aliento ha sido otro:
querer complacer a alguien o evitar hacerle daño, en casi todos los casos. Un aliento muy noble.
Querer parecerte a alguien, en otros. Un aliento vulnerable.
Estar mal aconsejado por alguien, en ocasiones. Mala suerte.

Pero ese alguien a quien has intentado complacer (muchas veces sin éxito),
ese alguien a quien has intentado no dañar,
ese alguien a quien quisiste parecerte,
ese alguien que te mal-aconsejó,
no eras tú.
Y te robó parte de tu vida, ese alguien-ladrón, sin ser consciente.

Piénsalo.

Un post viral que circula por las redes y que acabó convirtiéndose en un libro de Bronnie Ware sobre los cinco arrepentimientos de enfermos terminales ante la inminencia de la muerte, lista como primer auto-reproche:
“Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los otros esperaban que hiciera”
En otras palabras, ojalá no me hubiera dejado robar la vida. 
Ojalá hubiera sido auténticamente auténtica. 

Cuando, en clase de inglés, toca practicar estructuras de regrets (I wish I had done... If only I had done… I regret doing…), el tipo de arrepentimiento que mi alumnado expresa va en esta línea: se arrepienten, por ejemplo, de la carrera que estudiaron que posteriormente dictó una profesión que no acaba de llenarles. Lamento típico. Es ésta una decisión que se toma TAN pronto en un sistema educativo encasillante que a veces la vocación aún no ha tenido oportunidad de brotar. E incluso si hubiese brillado ya, el entorno, con la buena intención como bandera, no es siempre favorable. Dile a tu madre con 17 años que quieres ser actriz o torera o astronauta, a ver qué te suelta. Te suelta el miedo: eso es lo que te suelta. Vida robada. ¿Te suena el "pero esa carrera no tiene salidas"? Vida robada.

¿Cuántas no se casaron con el chico que les convenía en vez de escaparse de casa con el que realmente despertaba su fuero interno? Vida robada. ¿Cuántos matrimonios no se han mantenido unidos por no ver a sus hijos arrastrando maletas? Vida robada. ¿Cuántas volvieron a casa por no estar lejos aunque Lejos era donde y cuando estuvieron encantadas de conocerse a sí mismas? Vida robada.

El amor. A todo el que ha tenido un primer amor que acabó mal (y son casi todos los primeros amores que acaban mal) le robaron una dosis de inocencia importante, una parte de la fe que le impide ahora entregarse a la pareja actual sin el reparo del daño-en-potencia. Ese robo a mansalva impide volver a confiar ciegamente. Esa cicatriz impide volver a poner la mano en el fuego por nadie. Y ya nunca amarás otra vez sin el resquicio amargo de la duda. Vida robada.

La madurez finalmente nos hace comprender que vivir en familia y en sociedad implica efectivamente comprometer una parte de la vida propia. Hay una parte de renuncia: te dejo que me robes porque vale la pena. La que tiene hijos lo sabe: la maternidad es la gran ladrona de la libertad. La maternidad le robó a UNA un buen puñado de viajes, muchos libros, mucho sueño, el color del pelo y la paciencia, entre otras cosas. La vida alternativa, las grandes promesas que UNA optó por no vivir, fue el gran botín de mis tres hijos. Pero es un robo consciente. Un compromiso que compensa. 
Te dejo que me robes. 
¡Te quiero tanto!


Que la vida robada no sea, no obstante, una porción del pastel más grande que la vida auténticamente auténtica. 
Ésa ha de ser la oración.
Ése el mantra.
Las mujeres en general tenemos que esforzarnos por recitar este mantra, por cantarlo a voces, porque venimos precedidas de generaciones de mujeres a las que les robaron la vida entera, mujeres que ni siquiera opusieron resistencia, que se dejaron robar alentadas por el espíritu de sacrificio que escudaban como valor.

Arrepentirse al final de la vida probablemente no sirva para otra cosa que oscurecer aún más la ya de por sí amarga despedida.
Pero arrepentirse en mitad de la vida puede servir para dar giros a ésta, cambiar el rumbo a la mitad, o prevenir futuros robos en las nuevas decisiones a tomar. Cuando tengas que tomar una decisión, pregúntate si es tu yo auténtico quien la está tomando, o hay un ladrón en la trastienda de tu mente. O de tu corazón. Y decide TÚ, con conciencia, si le dejas usurpar tu voluntad.
Las personas más sabias son las que exprimen lecciones jugosas de los errores cometidos. Si cogiste la dirección equivocada y no hay posibilidad alguna de cambio de sentido, hazte al menos con la recompensa de la sabiduría y la próxima vez que te encuentres en una rotonda de la vida, no escojas el atajo robado, sino el camino auténtico.

Como madre, una de mis resoluciones es tratar de no robarles a mis hijos la espontaneidad, la autenticidad y la libertad en su toma de decisiones y, sin embargo, a medida que crecen y van abandonando mi regazo, me doy cuenta de lo complicado que es dejarles ser, dejarles ir, pues supone domesticar los propios miedos que en forma de preocupación me visitan cada madrugada. Me doy cuenta de que, sin quererlo, con la intención de su educación y protección como bandera, me convierto en parte en ladrona de su vida robada. Quizás éste sea el ciclo de la vida: ser robada para luego robar. Esto no sale en El Rey León, pero quizás todas las madres seamos un poco leonas y un pizco hienas.

La culpa también es una astuta brújula. ¿Cómo íbamos a dejar de aludirla acá?

domingo, 23 de junio de 2019

Depende. ¿De qué depende? Del valor con que se mire, todo depende...


Yo siempre he definido la felicidad como serenidad. La serenidad, a UNA, por la forma de ser y de estar en el mundo de UNA, es algo que se le escapa con facilidad. Por eso, cuando alcanzo a sospecharla, cuando la acaricio, cuando ocasionalmente logro sosegarme, me digo:
 Esto: ESTO es la felicidad. 
En breve me inunda el miedo de que no dure o, más que el miedo, la certeza de que no va a durar: Y ¡puf! esa certeza desvanece la serenidad. Fue bello mientras duró... 

El caso es que hace poco alguien de mi entorno ofreció una definición de la felicidad que alguien de su entorno le había ofrecido a ella: 
La felicidad es coherencia

Y esta cita me ha perseguido desde que la leí porque realmente ha dado en la diana. Esta definición no está reñida con la mía pues creo firmemente que la felicidad es serenidad pero la serenidad, en realidad, es coherencia. La falta de serenidad suele venir provocada por la falta de coherencia.

Pasa que no es tan fácil ser coherente porque, para ser coherente, es indispensable preguntarse:
¿Coherente con qué? 
¿Con qué valores he de ser coherente? 
Y los valores son palabras abstractas. 
Y las palabras abstractas a veces son complicadas de llevar al terreno de lo real.



Cuando profesas una religión, los valores te vienen dados por el catecismo al que te adhieres. Tienes un set de mandamientos en los que has decidido creer y haces de ellos tus valores. 
Pero cuando no eres religioso, cuando has decidido conscientemente desvincularte de la religión en la que te educaron, tienes que crearte tus propios mandamientos. Tienes que evaluar los valores que heredaste y decidir con los que te quedas y los que dejas marchar porque ya no te valen. Eso es la madurez.

Esto no es fácil. Ni siquiera es perenne. Es decir, no es algo que hagas una vez y ya te sirva de por vida. Es algo que requiere constante re-evaluación: cada vez que hay elecciones, cada vez que hay decisiones, cada vez que doblan las campanas y, sobre todo, de manera constante cuando estás educando. 
Requiere incluso volver a la primera vez, la primera vez que de niña oíste algo, y recordar lo que te gritó el instinto en ese momento. UNA recuerda perfectamente la primera vez que oyó decir que alguna gente considera a los negros inferiores a los blancos. Recuerda el ¡¿pero por qué?! indignado que se formó instintivamente en su cabeza. UNA recuerda la incredulidad desconcertante cuando oyó decir que alguna gente considera a las mujeres inferiores a los hombres.
 ¡¿PERO POR QUÉ?!  
😳 
AHÍ: En los primeros pero-por-qués reconocerás tus valores. 
Párate  a escuchar los primeros pero-por-qués de tus hijos. Te servirán de recordatorio porque en la inocencia está el valor que luego la educación pervierte.


Dos de los valores más lindos que quise hacer míos y desearía que heredaran mis hijos me los encontré en un libro(¡ay, los libros!):
Haz lo que debas lo mejor que puedas 
y 
sé amable.
Se los he recitado desde chicos.


Sé amable. Pero UNA  no es siempre amable. Peter lo sabe mejor que nadie. Mis hijos también lo saben (Paul hijo1 me lo devuelve con tonillo : "mamá, los valores: sé amable"). Lo sabe UNA porque UNA a veces no es amable con UNA misma. 
Y he ahí la infelicidad.
La serenidad alcantarilla abajo. Cuando UNA no es coherente con la amabilidad que adoptó como valor.

Haz lo que debas lo mejor que puedas. Yo le añadí una coletilla: Haz lo que debas lo mejor que puedas... y desvincúlate de los resultados. Y cuando no logro desvincularme de los resultados, cuando aparece la duda, la culpa, el control, cuando me autocuestiono, entonces también pierdo la serenidad. 

La coherencia en realidad lo es casi todo porque te dicta cómo has de sentirte sobre tus acciones. Este ejemplo ya lo hemos contado: Si tú no crees en gritar como herramienta educacional y gritas, te sientes mal. Si en cambio consideras gritar como un recurso válido en tu repertorio de estrategias educativas, no te sentirás mal. Quizás ni te plantees cómo te sientes. El caso es que el grito es el mismo. Lo que cambia es el valor. Depende. ¿De qué depende? del valor con que se mire, todo depende...

Y así con todo. Si la generosidad es tu valor, pero te cuesta la misma vida abrir la mano, andarás contraída. Las personas contraídas son fácilmente reconocibles.
Si el cariño está entre tus valores y hace mucho que no sientes la piel de nadie, estarás encogida hasta que des ese abrazo.
Si la igualdad es tu bandera y cometes una injusticia, un no-hay-derecho, te sentirás rabiosa contigo misma.
Si defiendes la creatividad pero le echas la bronca a tu hijo cada vez que se sale de los renglones de la escuela, sabrás que la incoherencia apesta.

De hecho, una de las armas arrojadizas más hirientes en una discusión es cuando alguien te echa en cara tus propias incoherencias. 
En yoga, para cada postura hay una contrapostura.
En religión, para cada pecado, hay una virtud. 
Pues en esto de los valores, contra la incoherencia, sólo resta la vulnerabilidad de la confesión: UNA confiesa que estos días anda un poco incoherente. Es fin de curso. UNA anda estresada. UNA anda cansada. Ser coherente requiere hacer el esfuerzo de tener presentes tus valores. Sinceramente UNA no siempre tiene ganas de hacer el esfuerzo: Hay días y días. UNA ve estos días su serenidad diluirse en el caos de los últimos coletazos del curso. 

Esto es todo lo que tengo que decir hoy. No es cualquier cosa:
¿Quieres ser feliz? Sé coherente. 

A modo de postdata añadiré que el problema aparece cuando nos pilla de sorpresa que los valores de los demás no coincidan con los nuestros. Y si el respeto no figura entre nuestros valores preferentes, entonces aparecen el sectarismo, la intolerancia, la discriminación y el odio. Pero eso da para otro post. Uno muy largo.