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miércoles, 15 de junio de 2022

Verano sin pantallas

Resulta que, en Bachillerato, el curso acaba el día 10 de junio. ¿Tú lo sabías? ¡UNA no! A partir de esa fecha, el estudiante al que no le ha quedado ninguna, ya no va al instituto y lo tienes en casa hasta finales de septiembre. El que hizo esta ley obviamente no era madre, ni preguntó a una madre su opinión. No estoy aquí para dar la mía aunque podéis sospecharla. En mi mes más duro de trabajo, tengo a un ni-ni en casa, que no sólo ni estudia ni trabaja, sino que consume, preocupa y opina (porque los profes tenemos muchas vacaciones pero ¡los adolescentes más!). Casi que nos van a hacer desear a los padres que los hijos suspendan para tenerles unos cuantos días más ocupados. El problema no es que estén ociosos, el problema es en qué ocupan ese tiempo de ocio.

Le reprocho frecuentemente a Paul hijo1 la cantidad de tiempo-de-pantalla que dedica al día, una media de nueve horas, es decir, ¡un trabajo a tiempo completo echando horas extras! Él, por supuesto, forcejea ante esta contabilidad que lleva UNA del tiempo de su móvil acusándome de control. Pero va más allá. Ya os he contado en Contrato de permanencia esa facilidad que tiene Paul hijo1 para encontrar el hilo invisible que existe entre lo que le sucede en su vida personal y UNA, de modo que al final UNA, consciente o inconscientemente, resulta ser la culpable de todo lo malo que pudiera acontecerle. Esto no va a ser excepción. Por lo visto, su adicción al móvil es culpa de UNA pues parece ser que UNA no le ha ofrecido a Paul sugerencias alternativas de qué hacer con su tiempo si no lo dedica a las pantallas. ¡Manda huevos!

Total que UNA, encendida su creatividad por la indignación de esta acusación injusta, en tándem con mi hermana -tía y mentora del susodicho- diseñamos una lista de posibles actividades que el chiquillo podría hacer para reducir el tiempo-de-pantalla en verano. Se la he imprimido y pegado en la pared de su cuarto para que pueda tomarse la molestia de descartarlas todas una a una, pero no pueda acusarme de no habérselas ofrecido. Os la comparto por si hubiera alguna otra mala-madre despechada por ahí que se atreviera a planteárselas a su hijo. Si se os ocurriera alguna más, os pediría que la compartierais en comentarios, que UNA va a empapelar la pared del cuarto del adolescente-víctima-de-adicción-por-culpa-de-su-mala-madre.

Por cierto, os recomiendo que vayáis al cine a ver LIVE IS LIFE #liveislife que, además de destilar belleza y naturaleza en imágenes, os regala la nostalgia de un verano de los de antes, cuando el demonio del móvil aún no nos había llevado a su infierno. Fui con Gusi hijo2, quien también la disfrutó, y se lo conté: -Así eran los veranos antes, cuando no había pantallas.

Ideas de la mala-madre y la mala-tía para que reducir el tiempo-de-pantalla del buen-hijo este verano

 

1. ¡LEER!
2. Tocar la guitarra.
3. ¿Tienes bici? Pues ciclismo.
4. Aprender mecánica para arreglar tu bici.
5. Ser voluntario en alguna ONG para ayudar a los demás.
6. Ordenar la habitación 🤣 incluidos los cajones por dentro a fondo, que no sabes ni lo que tienes.
7. Buscarte un trabajillo para por las tardes.
8. Aprender otro idioma (francés, alemán, chino ..) o estudiar más inglés.
9. Hacer un puzzle de algo que te guste. Luego lo puedes enmarcar y usarlo para decorar tu cuarto.
10. Hacer una maqueta: las hay muy chulas.
11. Ir a ver a la abuela, pasear con ella.
12. Escribir un diario o un relato o una novela o poesía o ensayo.
13. Dibujar/Pintar.
14. Escribir canciones y componerlas con la guitarra.
15. Aprender a cocinar alguna receta (y así ayudarme).
16. Salir a andar al campo.
17. Aprender otros deportes: natación, escalada, … (hay cursos de natación ahora en muchas piscinas).
18. Sacarte el título de socorrista.
19. Ayudar a estudiar a los amigos que han suspendido.
20. Dar clases particulares a niños.
21. Ir a perreras a ayudar con los perros. 
22. Ir al cine.
23. Decorar el cuarto.
24. ¡Estudiar! Para entrar con mejor nivel el curso que viene ¿Un par de cuadernos de vacaciones?
25. Meditar.
26. Hacer un mosaico que luego también puedes usar para decorar tu cuarto.
27. Hacer un mural-collage que sea una visión de futuro (esto lo hice yo en un curso y es muy chulo).
28. Jugar a un juego de mesa como las cartas, el trivial, etc. con tus amigos, tus hermanos o conmigo.
29. Aprovechar para visitar varios de los museos de la ciudad.
30. Aprender las capitales del mundo 😅 y dónde están los países.
31. Criar vencejos que se están cayendo de los nidos.
32. Ayudar más en casa que este mes es mi peor mes de trabajo y me vendría bien la ayuda.
 
Y, sobre todo, recordar que no es lo mismo usar una pantalla para hacer algo creativo (como puede ser escribir un blog😉) que para ver una ristra de memes y un tik tok detrás de otro.

 

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jueves, 17 de marzo de 2022

¡Pues no haberme tenido!

La entrada que hoy me ocupa viene inspirada desde otro blog que no puedo dejar de recomendar, El artista del alambre. El post al que me refiero se llama Estaciones. Os lo enlazo AQUÍ. Daos el gustazo.

Su lectura me conmovió y me trajo de vuelta una confesión de la que fui testigo en un grupo privado de Facebook: Una mujer aseguraba no haber sentido la llamada de la maternidad y, sin embargo, estaba preocupada pues "se le pasaba el arroz" (probablemente una de las expresiones idiomáticas que más afean nuestra lengua). En concreto, preguntaba si las mujeres con hijos del grupo se arrepentían de haber sido madres. La pregunta tiene el tonillo de una de las frases más trilladas de mi suegra cuando andaba detrás de otro nieto que versa así: "No te arrepientes de los hijos que has tenido sino de los que NO has tenido". 

El caso es que, independientemente del espanto que de primeras me produjo que esta chica llevara a consulta pública una decisión tan aparentemente personal, UNA mesmerizada se quedó a leer a una retahíla de madres con derecho a poesía que alababan las beldades de la maternidad al tiempo que a contemplar con cierto deleite desde la distancia ese rasgo tan femenino de te-arrastro-al-pozo-porque-yo-ya-estoy-dentro. Es como cuando una se corta el pelo y no le queda bien pero la otra le suelta un qué-bien-te-queda para que en la comparación la que halaga luzca más. No son el mismo espectro los de estos dos ejemplos, pero ambas sombras de mujer se mueven en el mismo infierno. 

Vuelta al foro: Un par de osadas fortuitas manifestaron sin tapujos en la cadena de respuestas que ellas se arrepentían de haber tenido hijos. Podían igualmente haber publicado sendas fotos de ellas mismas desnudas con un cinturón de bombas a punto de inmolarse pues la reacción de la audiencia fue un tanto similar a si lo hubieran hecho. 

Las lincharon.

Las madres nos hacemos flaco favor con este linchamiento, pensé: Las que están fuera se hacen una idealización garrapiñada del universo dentro y se sienten, como dice en palabras más bellas que las mías El artista del alambre, desertoras "del glorioso ejército de la humanidad", desterradas "del mundo de los vivos"Por otro lado, las que desde dentro de la maternidad sentimos su ambigüedad, sus dobleces y sus sombras, nos creemos aisladas y nos apiñamos bajo el epígrafe culpable de mala-madre y el síndrome de la impostora. Recuerdo a una amiga que se había sometido durante años a un tratamiento caro y penoso de fertilidad y, cuando ya estaba siendo azotada por las olas maternales, me confesaba que a veces se sorprendía pensando: ¿Tanto he luchado y sufrido y llorado para ESTO?

A nadie quiero más en el mundo que a Paul hijo1, a Gusi hijo2 y a Dolfete hijo3. A nadie: Ni de la generación que me precede ni de mi coetánea. Ellos son la razón por la que sigo intentándolo cada día. Ellos, la razón por la que decicí trabajarme para ser mejor modelo de persona. Ahora bien, tengo la certeza de que UNA-sin-hijos habría encontrado otras razones, igualmente válidas, para trabajarse y para seguir intentándolo. La UNA-antes-de-mis-hijos también tuvo una vida plena. Desde luego, no cargo a mis hijos con la responsabilidad de proporcionar sentido a mi vida.

UNA siempre supo que quería tener hijos. Siempre. Sin sopesarlo: UNA, que es tremendamente mental, no lo sopesó, lo cual me hace sospechar que sea una decisión más animal que otra cosa, biológicamente condicionada, que escapa a nuestro control aunque queramos vestirla de seda, palabras y ritos. En cualquier caso, lo que particularmente creo es que ninguna decisión se toma al cien por cien. Ninguna. Ni la de casarse. Ni la de tener hijos. Ni la de no tenerlos. La vida no es en blanco y negro. Hacerse consciente de esto puede resultar aliviante en una cultura que es muy de empeñarse en hacerte creer que hay un solo itinerario. Se vende la unicidad: tu media naranja, tu alma gemela, el trabajo de tu vida, la carrera de tus sueños, como si hubiera un único destino aguardándote y en el preciso momento en el que tomas una decisión "equivocada" y te desvías de el-camino, tus posibilidades de felicidad quedan para siempre arruinadas. Esta cultura de un-solo-itinerario es la causante de no pocas ansiedades.

UNA no cambiaría a Paul hijo1, ni a Gusi hijo2, ni a Dolfete hijo3 por nada en el mundo. Me lo he pasado muy bien criando hombres-en-construcción. Me he reído mucho pero también me he teñido de canas. Me he enamorado de ellos muchas veces, lo cual no ha evitado que a veces me haya desenamorado o que en ocasiones me haya planteado qué habría hecho en mis vidas alternativas, no con las obviedades del dinero y el tiempo, sino sobre todo con la dedicación que mis hijos chupan y la energía que succionan.

Ellos mismos vienen a recordarme mis vidas alternativas. Dolfete, el pequeño hijo-de-su-madre, cuando le hacemos un comentario que revela nuestra posible necesidad de espacio o tiempo, nos suelta sin pestañear un "pues no haberme tenido"Peter, que es menos como UNA y más como Peter, le dice directamente: -¡Ay! Si lo llego a saber... Los hombres, queridas, no parecen tener el reparo que tenemos las mujeres para abrazar la ambigüedad. En cualquier caso, cuando tu hijo alcanza la adolescencia, se empeña en recordarte repetidamente que él no eligió nacer y que arrases con las consecuencias. 

De los tres tatuajes que acampan en mi cuerpo, en el empeine de mi pie luce uno que me hice en mis años veinte. Tuve una oferta de trabajo desde una ONG para irme a la India. Lo estuve seriamente valorando. Finalmente, de manera consciente rechacé la oferta y me tatué la decisión para que no se me olvidara que estaba eligiendo renunciar a esa vida alternativa, a esa vida-sin-hijos que también hubiera estado dotada de sentido y me hubiera proporcionado motivos igualmente poderosos para crecer. A veces, cuando las tardes son largas y están llenas de ruido y palabros y peleas, y la palabra mamá repiquetea con eco martilleante, o cuando me inunda el desencanto, pienso en la India y en todas las otras indias a las que he ido renunciando. Y me permito abrazar la ambigüedad, joder, porque UNA transita por esta vida pero hay muchas otras vidas por las que pudiera haber transitado. Ninguna es perfecta. Ni ésta que transito ni las otras. Ninguna, sobre todo, es la única posible.

Eso no significa que no quiera a mis hijos. Así que vamos a no lincharnos. Seamos un poco más honestas, al menos con nosotras mismas.

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martes, 22 de febrero de 2022

Hazle la cama

Cada vez que voy a un partido de fútbol de mi hijo, no puedo dejar de sentir una profunda empatía por el árbitro. ¡Qué soledad! Esa figura uniformada que corre más que nadie campo arriba campo abajo, supervisando lo que hacen 22 personas a la vez, es criticado abiertamente y sin tapujos por padres, madres y jugadores de sendos equipos. Incluso los entrenadores parecen tener muy claro cómo ser árbitro: realmente no sé por qué no se hicieron árbitros en vez de entrenadores. La gente se dirige al árbitro sin respeto alguno, a gritos, a palabrotas, a insultos -¡¡¡ARBIIIII!!!- y no te cuento nada si se da la todavía muy extraña ocasión de que el árbitro sea mujer.

No es que UNA vaya a muchos partidos; me aburren soberanamente, ésa es la verdad. Ni siquiera sigo al balón, miro a mi hijo y, si mi hijo está sentado en el banquillo, el partido pierde totalmente el interés para UNA quien aprovecha para descansar la vista. No tengo ni pajolera idea de fútbol ni intención alguna de aprender. De hecho, he dudado si son realmente 22 los jugadores sobre el campo en el párrafo anterior, pues nunca me paré a contarlos aunque siempre me pareció que hay más del color que no viste mi hijo. El caso es que, si bien no soy espectadora asidua, cada vez que voy tengo uno o varios momentos de sentir una pena profunda hacia ese árbitro vituperado y me pregunto cómo alguien decide meterse voluntariamente en esa tarea. Hasta que el otro día caí en la cuenta de que ser árbitro me recuerda tremendamente a los primeros años de maternidad y ésa sea quizás la razón por la que me conmueve tanto.



Recuerdo con cierta angustia la vulnerabilidad de las primeras etapas de la maternidad, cuando sientes que te han entregado una tarea frágil de por vida y no sabes muy bien cómo abordarla. Imagínate a un árbitro titubeando ante una decisión: ¡presa fácil! Ese mismo aire parece vestir a las madres primerizas y dotar al tiempo al equipo de entrenadoras, mujeres mayores de vuelta de todo, para opinar sin ser preguntadas, sentenciar sin ser invitadas e incluso osar a decidir por ti. Es ahí cuando empiezan los primeros rifirrafes con la suegra. Pocas madres jóvenes y agobiadas he conocido que no se pongan cien veces amarillas y alguna coloradas con la suegra en los primeros años de maternidad. UNA se recuerda pensando "que no se me olvide esto" cuando las intrusiones arañaban la intimidad propia de la maternidad inicial, ya que tengo tres hijos que quizás me hagan suegra y tatuada en la piel mucha irritación que espero no perpetuar, aunque UNA es perfectamente consciente de la repetición de los ciclos en la historia de la humanidad, con lo cual supongo que mis nueras no me soportarán fácilmente cuando sean madres de mis nietos.

No obstante, suegras y madres, hermanas y cuñadas, son al fin y al cabo mujeres de la tribu y biológicamente están llamadas a involucrarse en la crianza de tus criaturas. Las peores intrusiones son las ajenas, las que proceden de meros espectadores que se atreven a meterse en el campo, detener el balón, apechugarlo debajo del brazo y amedrentar al árbitro con explicaciones de lo que es un fuera-de-juego. De estas intervenciones recuerdo varias. Me viene a voz de pronto una mega-rabieta de un Dolfete hijo3 chiquitín en medio de la calle de pronto aderezada con las instrucciones que una viandante decidió ofrecerme sobre cómo gestionar la situación, mientras UNA trataba de que un Paul hijo1 chiquitín y un Gusi hijo2 chiquitín no atravesaran la calle que vienen coches. "¡Señora, váyase usted a la mierda con sus teorías educativas de poca monta!" es una frase que todavía pesa en mi conciencia por no habérsela soltado en su momento, ocupada cómo estaba en que los hijos de UNA y UNA misma sobreviviéramos a aquella rabieta inoportuna con el menor daño físico y psicológico posible. Recuerdo asimismo a Peter volviendo indignado un día de la calle pues otra señora le había parado, ¡escúchame!, le había detenido en medio del supermercado para increparle porque el chupete que llevaba Paul era rosa. ¡Era ROSA! ¿Cómo puedes llevar a un niñO con un chupete rosa? ¡Te cagas! ¿¡De dónde salen estas señoras!? ¿Quién las esparce por el mundo? ¿O se abigarran bajo la apariencia de personas normales, como en el show de Truman, y hacen su aparición en el momento menos deseado? Señora, si a Paul le ha quedado trauma, no será por el chupete rosa, sino por su intromisión en nuestro arbitraje.

Peor aún se siente cuando la apreciación de tu actuación viene de las iguales. Esto no pasa a menudo, afortunadamente, pero pasa. Es como si un árbitro se pusiera a gritarle a otro árbitro ¡¡¡ARBIIIII!!! Se emite seguramente con la mejor intención como bandera, pero la madre joven -y recordemos AGOBIADA-, no lo recibe así. Es el ¡¡¡pero-déjaleeeee!!! Estás en una reunión con amigos, tu chico ha puesto los zapatos en el asiento, tú le dices que los quite, y entra tu amiga: ¡¡¡pero déjaleee!!! y el niño pone la sonrisa de operación-triunfo. En el aperitivo, tu otro chico coge las patatas a puñados, y tú le explicas (que ya se lo explicaste mil y una veces en casa pero parece que el chico es de memoria corta) que así no se cogen las patatas, y tu amiga, la que probablemente luego aprovechará para criticar los modales de tus hijos, entra otra vez: ¡¡¡pero déjaleee!!! El niño aprovecha tu rostro de confusión enojada para meterse las patatas en la boca y restregarse el aceite por la satisfacción que le produce que riñan a la madre que le riñe.

A todas ellas, a las de la tribu, a las señoras abigarradas y desperdigadas por el show de la maternidad, a las iguales en rol de protectoras, UNA les manda el siguiente mensaje desde Una_Vida_Mundana:

¿Tú quieres ayudar?
¡Pues ayuda de verdad! 

Hazle la cama, prepárale unas croquetas o unas albóndigas o mejor ambas cosas, vete a su compra, ponle una lavadora y se la tiendes y se la planchas, friégale los platos, o llévate a los niños un buen rato para que ella pueda disfrutar de no hacer nada que lleva mucho tiempo sin hacerlo. Si abres la boca, que sea para recordarle que no está sola, que tú una vez estuviste tan agobiada como ella y que todo pasa; no digas nada que remotamente pueda hacerle sentir mala-madre o retroalimentarle su culpa o avivar su sensación de inadecuada.

Luego se aprende a mandar a la mierda a la señora que opina sin ser preguntada. Se aprende a hacer caso omiso con gracia, como el árbitro que se pasea por el campo con el garbo que le otorgan todos los partidos arbitrados. También y, sobre todo, se aprende a pedir ayuda. Los días de mi reciente mudanza fueron varias las madres-iguales que se me acercaron a preguntarme: ¿Cómo puedo ayudar?; y UNA no dudó en pedir: Hazme la comida. Durante una semana, no tuve que entrar en la cocina. Eso, señoras, es justo lo que necesitaba: Ir a mesa puesta para poder dedicar mi tiempo a lo que realmente me urgía. A ellas dedico este post, a las que entran en el campo, cogen el silbato, se ponen a arbitrar mientras tú descansas un rato... que estar pendiente de 22 personas a la vez, créeme, agota.

Así que, cuando UNA conoce a una madre joven y agobiada, sólo le da dos consejos: No escuches consejos, arbi, ni siquiera los míos, y ¿los pañales? de marca blanca.

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jueves, 11 de noviembre de 2021

Yo en tu lugar

Recuerdo la escena como si hubiera sido ayer. UNA rozaba los veintitantos y estaba tratando de tomar una decisión. Ella, una amiga, me dijo:

- Piensa en ti cuando la tomes. Que tú seas tu única baza porque, ¿sabes?, nadie va a dar un duro por ti, ni siquiera tu pareja.

Pensé, joder, ¡qué dura! y la juzgué agriada por la decepción.

Quizás la que esté agriada ahora sea UNA pues lo cierto es que este consejo se me ha repetido en forma de eco en varias transicciones de la vida. Es que no empatizamos, me dice otra amiga. 

Realmente no empatizamos.

UNA tenía un problema sobrevenido y tuvo que cancelar un plan. Eso afectaba al plan. Para el resto de las participantes, el problema era efectivamente cómo mi cancelación afectaba al plan, pero el problema sobrevenido de UNA se la traía al fresco. UNA estaba indignada y triste. Realmente no empatizamos. A su vez, UNA estaba tan imbuída en su propio problema sobrevenido que se sentía incapaz de empatizar con cómo su ausencia afectaría al plan. Y es que empatizar requiere de grandes dosis de energía. Hay que hacer el esfuerzo.

Una maternidad positiva pasa por empatizar. Por eso a veces, algunas veces, somos malas-madres; porque estamos tan cansadas que a veces no nos queda la medida necesaria de energía para hacer ese esfuerzo que requiere empatizar. Por eso, y porque traemos puesto un orden del día en la agenda, y es difícil saltárselo para empatizar con tu pequeño, y mucho más difícil con tu grande.

Imagínate que has quedado con amigos para pasar un día idílico con los niños, pero los niños -aún pequeños- no se alínean con tus planes. Tienen hambre antes de que os hayáis sentado a comer, o están cansados antes de que estéis preparados para iros, o se aburren e interrumpen repetidamente vuestras conversaciones con molestas quejas y llantos que pudieran llevar a tus amigos a pensar que tus hijos están fatal educados. ¡Qué mal se están portando! ¡Qué guerra están dando! ¿Verdad? 

Llegas a casa del trabajo y preguntas a tu canguro o a tu pareja:
-¿Qué tal se han portado? 

¿Y tú, mami?
¿Qué tal te has portado tú?


Un niño no se porta mal, un niño es un niño. Si crees que un niño se está portando mal, es porque no estás empatizando con el niño. Ni el niño contigo, pero tú eres la adulta. "Portarse" es el verbo anti-empatía por excelencia. Lo usamos sólo para los niños, nunca para los adultos, pero UNA te asegura que durante la infancia de mis tres hijos, la que peor se ha portado de los cuatro ha sido UNA.

Con un adolescente es incluso más difícil empatizar. Un déjame-en-paz o un qué-pesada-eres es tan desagradable y dispara tantas heridas en ti que es harto complicado encontrar la manera de alzar un puente hasta tu hijo, de entender que lo estás agobiando con tu forma de estar encima de él intentando encontrar resquicios del chiquillo que fue.

Empatizar, educando en respeto, consiste en ponerse las lentes del otro y ver el mundo desde la visión del otro. A menudo creemos que estamos empatizando cuando damos consejos: Yo en tu lugar haría esto, yo en tu lugar haría lo otro. Sin duda con buena intención, lo que estamos haciendo no obstante es seguir llenando silencios hablando de nosotros: yo-en-tu-lugar equivale a un Pues yo..., Pues a mí..., Pues conmigo.

Con los hijos, lo hacemos todo el rato. Confundimos aconsejar- cuando no reñir- con educar, sin darnos cuenta de que educar habría de consistir principalmente en empatizar. Tu hijo te cuenta que está muy nervioso porque tiene un examen de inglés:
- No te preocupes, ya verás cómo te va a salir bien.
La intención es buena, pero lo que hacemos como hábito es quitarle importancia a su problema, como el que se sacude una mosca de encima, sin ver el mundo desde sus ojos, sino desde el de nuestra experiencia de adultos, invalidando la importancia que seguramente tenga para él.

Empatizar es mucho más profundo. Mucho más difícil. Requiere dejarse la agenda en casa. Requiere dejarse las lentes propias en casa, dejarse el yo-en-tu-lugar en casa, y realmente calzarse los zapatos de el-otro-que-no-eres-tú y ver el mundo a través de sus lentes. 

Entonces sí. 

Entonces entender que no necesito que te pongas en mi lugar. Entonces darte cuenta, realmente darte cuenta, de que no necesito que me des tus consejos por mucho que vengan envueltos en buenas intenciones. Sobre todo no necesito que me juzgues. Lo que necesito es que te remangues y me hagas la cama, no que me digas que me calme. Necesito que des un duro por mí y me hagas recuperar la fe agriada. 

Con los dedos de una mano, puedo contar la gente que conozco que realmente empatiza, y me sobran dedos. Perfectamente consciente de que UNA no es precisamente uno de esos dedos -ahogándome como suelo en los dramas propios- la maternidad me hizo, no obstante, desear aprender a empatizar y creer firmemente que empatizar es el hilo invisible que hace de nosotros un tejido. Seguimos aprendiendo.

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domingo, 18 de julio de 2021

La buena madre

La-buena-madre en tiempos de nuestras madres era la madre a la que sus hijos obedecían; era la madre cuyos hijos no dejaban nada en el plato, no interrumpían, no contestaban mal, no daban la nota. La-buena-madre era la que ponía a sus hijos por delante de ella, la que se sacrificaba. La-buena-madre era la que callaba, la que no discutía con su marido y acataba con tal de evitarle el mal rato a los hijos, la que aguantaba y se quedaba en el matrimonio por los niños.

Afortunadamente, el concepto de buena-madre no es inalterable; ha tenido que ir acomodándose a los cambios sociales, pues aquel concepto de buena-madre de tiempos de nuestras madres es simplemente inviable con la mujer incorporada al mundo laboral. No obstante, muchos de sus resquicios aún resuenan a modo de ecos mentales que dificultan considerablemente la conciliación a las madres, algo que nunca hicieron a los padres. Pero ése es otro tema del que ya he relatado en más de una ocasión (ver entradas relacionadas abajo).

Lo que a UNA le parece más sano es que hermanos de una misma madre no tengan una misma infancia porque el concepto de madre no sólo evoluciona entre saltos generacionales sino que crece también en la propia experiencia de la maternidad. Las que tienen varios hijos probablemente me entiendan. Repetimos hasta la saciedad la frase de "yo a mis hijos los he educado exactamente igual y no podían haber salido más diferentes", pero en el fondo sabemos que no los hemos educado igual. Cada hijo ha tenido un momento-madre diferente; a cada uno le hemos dedicado una versión distinta de nosotras; cada hijo ha resaltado distintas cualidades o debilidades. UNA, desde luego, no ha sido una sola madre.

UNA madre1, la engendrada por Paul hijo1 al nacer, era la madre más ilusionada. Primeriza, pagó la novatada de heredar muchas teorías sobre la maternidad de generaciones anteriores, de libros regalados, de madres, de suegras, de abuelas. Escuchó demasiado fuera y poco dentro. Se encontró de bruces con la preocupación, que no es otra cosa que la modalidad pija del miedo; con la co-dependencia que se establece entre el bebé que te necesita y tu incapacidad de soltar. La madre1 quería ser la mejor madre del mundo y para ello, hizo de su bebé el centro de su mundo.

La madre2, sobrepasada, se limitó a sobrevivir; aprendió rápido que no todos los bebés son iguales, que para estar presente y atender hace falta dormir y convirtió el sueño en obsesión: ponía toda su energía en evitar ruido ambiental para que no despertaran a sus chicos y, una vez espabilados, la ponía en estimularlos y mantenerlos despiertos para poder dormir luego. Siempre había un bebé entre sus brazos o en su regazo, o un carrito entre sus manos.

La madre3 se encontró de pronto con 3 tallas de pañal pero ya empezaba a sospechar que no todo importa tanto y que nada dura mucho; que, al final, lo que realmente funciona es que UNA esté bien; que la educación no es lo que digas sino lo que hagas, porque ellos no aprenden escuchándote, aprenden viéndote, por osmosis. La madre3 ya no aspiraba a ser la mejor madre del mundo, sino a ser una madre medianamente buena; incluso a veces pasable es suficiente. La maternidad de esta última madre tiene sólo tres mandamientos: estar disponible, saber pedir perdón y perdonar. El tercer mandamiento se divide en dos: perdonar siempre y perdonarse también a UNA.

Estas tres madres no se entienden del todo bien. UNA madre1 piensa que UNA madre3 es demasiado permisiva y UNA madre3 piensa a su vez que UNA madre1 es demasiado autoritaria. Ambas piensan que la otra comete aberraciones. Las madres1y2 llevan mucha más carga de culpa que la madre3 y acusan a la madre3 de pasotismo; la madre3 las mira con cierta compasión. En fin, algarabía interior.

Cada mañana de verano, temprano, muy temprano, salgo a pasear por la playa. Un placer. Este verano me encuentro a diario con una madre que pasea con su hijo. El hijo tiene la edad de Dolfete, calculo. El chiquillo cojea sensiblemente. Me fijé en sus piernas y tiene la derecha contrahecha y perceptiblemente más delgada que la izquierda, como si no hubiera nada entre hueso y piel. Es muy temprano, como cuento, y este crío que tiene tan complicado algo básico como andar, ya está andando por la playa con su madre. Cada vez que me cruzo con ellos se me llena la garganta de un agua tan azul como el que perfila la orilla por la que caminamos los tres: UNA en una dirección, ellos en otra. Me fijo en el semblante de la madre. Ella es la-buena-madre, pienso. La madre que madruga cada mañana de verano para llevar a su hijo a caminar por la playa; me figuro que el médico le habrá aconsejado esos paseos. La-buena-madre tiene el semblante afable, sonríe, charla. No sé nada de ella y, sin embargo, creo adivinarlo todo. Creo leer la preocupación y el miedo. Creo leer también un poquito de rabia de que su hijo no pueda levantarse tarde en verano e irse a la arena a darle patadas a un balón como Dolfete. Creo leer un atisbo de esperanza. Creo incluso leer la vergüenza de quizás sentir vergüenza: entre líneas se siente mala-madre por sentir -a veces, sólo a veces- la ambigüedad, por desear tener un niño perfectamente normal. Pero en negrita, a modo de título, leo sobre todo el amor por ese niño, el amor colándose entre el hueso y la piel de esa pierna escuálida.




Cuando ceden las comparaciones entre la-buena-madre y UNA, que camina sólo por el gustazo de hacerlo y no por prescripción facultativa, me permito pensar: al final, somos todas buenas-madres, ¿no?
La madre de UNA,
UNA,
la-buena-madre de la playa,
tú que lees esto.
Al final, lo que nos mueve y lo que nos conmueve a todas no es otra cosa que el amor que sentimos por nuestros saquitos de hueso y piel.
A veces lo hacemos peor: a veces sentimos rabia, mucha rabia; y vergüenza, mucha vergüenza; y ambigüedad, mucha ambigüedad.
Y a veces lo hacemos mejor; a veces incluso deslumbramos.
En cualquier caso, lo que nos mueve es el amor, las buenas intenciones: la intención de ser mejores personas para nuestros hijos y la intención de que nuestros hijos sean buenas personas.

Hay un padre muy ingenioso en el colegio de Dolfete. También tiene 3 hijos. Una mañana que me paré a hablar brevemente con él a la entrada del cole, me dijo entre jocoso y confeso:

- ¿Qué hora es? ¿Las 9? A esta hora se puede decir que hoy ya les he causado a mis hijos varios traumas.

Me reí por pura identificación. La vida no está hecha para tener a tres críos pequeños preparados-listos-ya, antes de las 9 de la mañana día tras día. La vida no está hecha para ADEMÁS estar UNA preparada-lista-ya, después de tener a tres críos pequeños preparados-listos-ya, antes de las 9 de la mañana. La vida tiene necesariamente que ser otra cosa.

Para UNA, a estas alturas, la-buena-madre supone abrazarlo todo, abrazar el proceso que te cambia desde ser madre1 hasta ser madre3. Cuando nace tu hijo, todo el mundo te dice que los niños vienen sin manual de instrucciones. Lo que nadie te dice es que es UNA la que tiene que escribir el manual de instrucciones y que, además, el manual no te vale para todos y cada uno de tus hijos ni sus edades; que tienes que escribir un manual por hijo y etapa; que tienes que estar constantemente revisándolo y re-editándolo; que incluso a veces vas a tener que romper el borrador y empezar de nuevo; que estará lleno de tachones y manchones; que a veces parecerá que estás improvisando líneas y otras veces parecerá que tienes el discurso bien trabado. Nadie te dice que la pifiarás con demasiada frecuencia y que les causarás a tus hijos varios traumas muchos días antes de las 9.

Pero también les rendirás amor a dosis y ese amor ahí se queda, de por vida, atrapado entre sus huesos y su piel.

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martes, 24 de noviembre de 2020

La impostora

Cuando tenía no muchos años, todavía vivíamos en Valladolid, organizaron en el cole un concurso de poesía con ocasión del día de la madre. La señorita de lengua castellana y literatura nos obligó a participar en él, y nos dejó una hora de clase para escribir el poema. Estuve toda la clase entretenida, procrastinando el momento de escribir el poema, que me daba muchísima pereza, y en los últimos cinco minutos de aquella hora, garabateé cuatro versos mal sentidos en la cuartilla para salir del paso. 

Gané. 

Cuando me lo comunicaron, no daba crédito. Lo achaqué a mi bien trabajada fama de buena estudiante en el cole, pero desde luego no a aquel poema. Me daba muchísimo reparo haber ganado, porque no le había puesto ningún esfuerzo; ni siquiera me había sentido inspirada por la ocasión, ya que en casa siempre nos habían aleccionado que el día de la madre lo inventó el-corte-inglés, y pasaba cada año sin pena ni gloria.

El caso es que, con motivo del premio, nos convocaron a la familia y a UNA a una celebración en el comedor del colegio, en la que tuve que leer mi poema delante de un buen puñado de alumnas, y otros tantos padres y madres. Pasé mucha vergüenza porque UNA sabía que el poema no era bueno, y se sentía totalmente como una impostora que hubiera engañado al personal. Sentí que, al leerlo en voz alta, se iba a descubrir todo el pastel; toda la gente presente iba a darse cuenta de que el poema no valía un duro, y encima se verían obligados a aplaudirlo porque es lo que se hace en estas ocasiones. 

Lo peor vino después, cuando la niña que había ganado el segundo premio lo leyó en voz alta. Su poema era precioso. ¡Precioso! Todo rimaba, estaba plagado de sentimiento, era emocionante. UNA-niña miraba a mi madre y pensaba: ¡qué decepción tendrá la pobre! Seguro que habría preferido ser la madre del segundo premio que había escrito aquel poema divino inspirado en su madre

Como premio, me regalaron una libreta amarilla de Snoopy: cada vez que escribía en ella, volvía a revivir toda la sintomatología del síndrome de la impostora.

Pues bien, esta anécdota mundana me viene como anillo al dedo para explicar uno de los sentimientos que, junto con la culpa, han acompañado mi aventura maternal desde sus comienzos: la sensación de ser una impostora, de estar haciendo de madre sin serlo, de estar fingiendo, representando un papel que no me corresponde. Cuando los niños eran bebés o muy pequeños, este síndrome lo llevaba con bastante soltura, pues era como jugar a las muñecas pero con la diferencia de estar cansada todo el tiempo. A medida que han ido creciendo, lo he ido acusando más: el síndrome, me refiero; el cansancio físico ha remitido un poco, ahora más bien es psicológico.

Cuando tuve mi peor momento madre, hace ya tiempo (aunque luego he alcanzado algunas otras cotas igualmente lamentables), UNA llamó a una amiga en busca de consuelo, y mi amiga me aconsejó que le pidiera perdón a mi hijo, una práctica -la de reparar- que entonces aún no figuraba en mi repertorio, por todas las teorías sobre la maternidad que traía de herencia familiar y legado cultural:

- Tengo miedo-, le dije- de que piense que no sé lo que estoy haciendo

lo cual básicamente se reduce al miedo de que mis hijos descubran que soy una impostora.

- ¿Te crees que él no lo sabe?, me contestó mi amiga confirmándome todos mis miedos. 

Huí de ella, porque -escucha- cuando una madre está en un momento vulnerable, un momento de confesión, sumida en culpa y vergüenza, lo que necesita es compasión, mucha compasión, y no que la hagas sentir peor confirmándole sus peores miedos. Ya habrá momento para eso.

El caso es que ese momento-cruella-de-vil de mi amiga me vino que ni pintado para acercarme a aquel niño y reparar y pedir perdón, lo cual vino a sellar un-antes y un-después en mi maternidad, abriendo espacio a la vulnerabilidad, como os conté en Por favor, no romper nada. La apertura de este espacio es uno de los logros maternales que más valoro, aunque no nació precisamente de mis valores (si bien coincide con ellos), sino más bien de esa sensación de "total, si ya se dan cuenta de que soy una impostora, qué más da dejárselo ver abiertamente"; y supuso romper con muchos tabúes que traía puestos la UNA-antes-de-ser-madre, ruptura que ensancha la respiración. Paradójicamente, cada vez que reparo, cada vez que la cago y luego me tomo el tiempo de reparar la cagada, me siento menos impostora y más auténticamente madre.

Yo no sé si mi amiga-cruella tenía razón y efectivamente mi hijo se dio cuenta en aquella ocasión de que UNA es una impostora. Lo que sí te puedo decir con certeza es que, una vez adolescentes, se dan perfectamente cuenta. Paul hijo1 me hizo un día un comentario sarcástico sobre los libros de maternidad que ocupan una esquina de mi librería en el salón y sentí que me escalaba toda la vergüenza que subió a mi rostro infantil en aquel comedor de cole el día que gané el premio y tuve que leer el poema en voz alta. Se está dando cuenta, pensé ante el sarcasmo adolescente de mi hijo, de que este poema es una mierda y UNA es una impostora.

Ha habido muchos momentos-madre-libreta-amarilla-de-snoopy, muchos momentos en que se ha puesto en evidencia que UNA no tiene ni pajolera idea de lo que está haciendo; que, salvo momentos puntuales de lucidez, UNA viene improvisando; que UNA es en realidad una impostora; y que lo único que le hace madre a UNA es el hecho físico de tener tres personitas viviendo conmigo en casa. 

Pero es que, además, a mi alrededor ha habido a menudo muchas-madres-segundo-premio recitando sus poemas perfectamente rimados: madres que se lo curran, de las que cosen los disfraces de sus hijos en vez de comprarlos en el chino; de las que se comen siempre el filete más pequeño; de las que nunca discuten con su Peter delante de los niños; de las que no gritan; de las que saben qué es lo que hay que decir y qué es lo que hay que hacer sin tener ni un libro de maternidad en su librería; cuyos hijos no las han visto llorar o por lo menos no tanto; que nunca se han acostado antes de que sus hijos se acostaran ni nunca se han levantado después de que sus hijos se levantaran; que encuentran el punto justo entre ser flexibles sin caer en la permisividad y ser estrictas sin caer en el autoritarismo; que nunca olvidaron meter en la mochila la merienda del cole...

NATURAL BORN MADRES 

Madres naturales, las llamé en otro post: que les sale ser madres; que la maternidad les viene dada; sólo tuvieron que meter alguna personita nueva en casa para materializar lo que ya traían de fábrica. 

Mi Valentina era así. 

Me alegro de al menos habérselo halagado en vida.

A veces pienso que perdería absolutamente toda la credibilidad con mis hijos (la que me queda, si me queda alguna) si se asomaran a la cabeza de esta impostora y vieran la que hay allí montada: parece un patio de recreo, con un montón de personajes infantiles a su p*** bola. 

Y sí, se intuye la presencia de una seño vigilando... pero no se la ve.

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sábado, 8 de agosto de 2020

Los hilos invisibles

Uno de los pensamientos que más ansiedad me produce, porque al final son los pensamientos los que generan ansiedad, es la certidumbre de la soledad en la que nos hallamos todos: tú no tienes acceso a mi mundo interior, por más que yo intente dártelo a través de mi comunicación verbal y no verbal, y yo no tengo acceso al tuyo. Todo lo que pasa dentro de ti, que es mucho, es tuyo y tuyo sólo. Todo lo que pasa dentro de mí, que a veces raya lo-demasiado, es mío: yo me lo quedo. Nacemos solos, vivimos solos, morimos solos. Por mucho que deseemos acceder los unos a los otros, lo cierto es que estamos aislados y las relaciones humanas no son otra cosa que torpes intentos de atajar esa soledad. Pensarlo me pone ansiosa.

Pero no tengo que creerlo. Ahí está el antídoto: en decidir no creerlo. Pues si esa soledad es la que nos separa, luego están los hilos invisibles que nos unen. Los hilos invisibles también son objeto de creencia. ¿Recuerdas? "Lo esencial es invisible a los ojos". Pues estos hilos de los que hablo, aunque no se ven con la vista, ni se tocan con las manos, no obstante son susceptibles de sentirse. Incluso si no crees en ellos, puedes sentirlos si prestas atención. La ansiedad, en realidad, no es otra cosa que dudar de la existencia de esos hilos. 

Hay un hilo invisible, por ejemplo, de los ojos de Peter-padre a los ojos de UNA-madre. Ese hilo que es exclusivo nuestro me une a Peter porque sé que nadie salvo Peter siente por mis hijos lo que UNA siente por mis hijos. Sólo Peter. Este hilo se devana de los ojos de cualquier madre a cualquier padre. Cuando el hijo hace algo bello y los padres se miran con orgullo, no hace falta verbalizar. Cuando el hijo hace algo perverso pero divertido, los padres pueden reír la gracia a través del hilo invisible que une sus ojos mientras cumplen la obligación moral de explicarle al hijo que eso está mal, muy mal. Ese hilo invisible se tiñe de preocupación cuando alguna amenaza se cierne sobre la salud de los pequeños mientras el lenguaje- corporal o no- sabe que tiene que disimular para que el miedo no salpique a las criaturas. 

En la pareja, el hilo invisible te avisa cómplice cuando el-otro te desea, o cuando necesita que no invadas su burbuja de espacio personal y te alejes un rato. Es el hilo que se ilusiona con los planes comunes, el hilo que admira las cualidades de el-otro que maduran como el vino, y el mismo hilo que reconoce las danzas ya familiares en los conflictos y los acorta en aras de los valores compartidos: ya sé cómo va acabar esta discusión porque nos conozco, son ya muchos hilos, y decido dejarla estar, dejarla ir. Es el hilo que está plagado de palabras y frases, de gestos y muecas, que no significan nada para el-ajeno y todo para la-pareja.

Hay un hilo invisible entre madre e hijo. Ese hilo invisible que sentiste la primera vez que notaste a tu bichín moverse en el embarazo y no sabías si eran gases o era una mariposa. Es el mismo hilo invisible que reposa en tu regazo cuando tu bebé duerme encima de tu pecho y su respiración se sincroniza con la tuya. Cuando tu pequeño se cae y se hace daño, y un beso tuyo encima de la herida la cura milagrosamente: el hilo invisible entre tu hijo y tú está lleno de besos que curan, manos que se entrelazan haciendo prodigios, susurros que levantan telones de acero. Es el hilo que se regocija cuando tu chico hace surf y coge una ola, o mete un gol, o inventa y crea y brilla, e inmediatamente mira en tu dirección para ver si lo has visto, para asegurarse de que no te lo has perdido. Es el hilo que se tensa cuando, nada más ver a tu hijo, tú ya sabes que algo le pasa sin necesidad de que te lo cuente. Es el hilo invisible que sientes debilitarse y temes se rompa en la adolescencia de tu grande, pero sabes sigue ahí pendiente, colgado, temblando.

Desde que empecé a escribir este blog, han pasado muchas cosas bonitas. Me han escrito personas, sobre todo mujeres, sobre todo madres, expresándome el alivio que les ha producido el poderoso hilo del yo-también. Yo-también estoy harta. Yo-también grito. Yo-también lloro en el cuarto de baño. Yo-también me siento mala-madre. Yo-también quiero salir corriendo. Yo-también estoy enamorada de mi hijo y yo-también quiero estrellarlo. Yo-también siento el desasosiego que me produce el paso del tiempo. A mí-también me revuelve el vértigo que me produce la incertidumbre. Yo-también pienso que no doy la talla, que no estoy a la altura, que salgo perdiendo en la comparación. Yo-también dudo. Yo-también me arrepiento. 

El yo-también es un hilo invisible férreo que nos une: yo no puedo acceder a tu mundo interior y, sin embargo, sé por lo que estás pasando, sé lo que estás sintiendo, porque UNA ha estado o está ahí. Claro, hay que haber estado o estar ahí. El hilo invisible requiere presencia.

Poco antes de morir mi padre, murió el padre de una amiga. UNA creyó que entendía. Cuando murió mi padre, sin embargo, y sentí en primera persona el desgarro que supone la orfandad de el-referente, UNA le pidió disculpas a su amiga. Le dije: 

- Lo siento. No supe estar ahí para ti. Porque no entendía. Ahora entiendo. 

La muerte de mi padre tejió un hilo invisible entre UNA y ella, entre UNA y todo el que ha perdido a el-referente.

Así es la vida mundana. Sí, naces solo. Pero a medida que vas creciendo, por fuera y por dentro, vas tejiendo hilos invisibles, como esas frases que subrayas al leer un libro porque ponen voz a tu mundo interior. Al final, con los hilos invisibles, tejes una red. 

Quiero creer que es esa red la que te mece a la salida de una vida mundana.


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jueves, 16 de julio de 2020

Las infancias idílicas

Lo peor de las vacaciones en familia es, sin duda alguna, la familia. La de UNA no. La de UNA es la excepción que confirma la regla. Estoy hablando de la tuya.

Las madres y las suegras hace tiempo que se quitaron el puntito de la boca (si alguna vez lo tuvieron, que en ciertos casos es muy susceptible de duda) y decidieron otorgarse la libertad de decir lo que piensan sin importar. Sin importarles nada. Recuerda que estamos hablando de tu madre y tu suegra. La madre de UNA y la suegra de UNA no, ¿eh?, que son la excepción.
No importa lo que hagas: casi te puedo asegurar que está mal. Si riñes a los niños, es que te pasas el día riñéndoles. Si no les riñes, es que hacen lo que les da la gana. Si les quitas las máquinas, por dios, sé más flexible que estamos en vacaciones. Si no se las quitas, es que les permites estar todo el día pegados a una pantalla. Si tus hijos se pelean, los suyos nunca se peleaban. ¡Nunca! Sus hijos y sus hijas fueron los protagonistas de unas infancias idílicas. ¿Tú sabes que en la época en que nació tu madre y tu suegra los niños nacían ya con modales en la mesa? No había que decirles ponte derecho, ni coge bien el cubierto, ni cierra la boca al masticar, porque traían las buenas maneras ya puestas de fábrica. Los tuyos, sin embargo, se nota que están en el comedor, ¿eh? porque ¡vaya modales!
Los hijos, en su época, eran poco más o menos robots. Para que obedecieran, sólo tenías que mirarlos y ya está. Hacían lo que fuera que tú quisieras que hicieran. Era muy práctico. Tú no lo recuerdas así porque eras sólo una niña, pero tú a tu madre jamás le contestaste mal. Jamás. Vamos, es que no te lo hubiera permitido.
Los niños de las infancias idílicas siempre estaban contentos, nunca se quejaban, ni se enfadaban, ni estaban tristes, como los tuyos que son unos mimados y no aprecian y nunca están satisfechos. No sé cómo lo has hecho pero evidentemente mal.

El caso de las madres y las suegras que intervienen está, no obstante, en cierto grado justificado por la experiencia de la maternidad que, sin duda, es un grado. Ellas pretenden "ayudarte" (que no "ahogarte") en su afán por transmitir su bien labrada sabiduría. Peor es el caso de las no-madres que todo lo saben sobre la maternidad: las hermanas y cuñadas. Las tuyas. Las de UNA no. Las de UNA son la excepción. Existe un género entre hermanas, cuñadas y otras mujeres que nunca tuvieron hijos que se caracteriza por saber exactamente qué es lo que tienes que hacer para educar a tu hijo de otra manera muy diferente a la que lo estás educando, porque el niño te ha salido así como te ha salido por esa manera lamentable que tienes de educarlo.
En este caso, se trata de las infancias idílicas de los-hijos-que-nunca-tuvieron. 
- Anda, que si yo tuviera un hijo, iba a permitir que me contestara así. 
- Anda, que mis hijos iban a pasarse tanto rato con el móvil. 
- Anda, que los míos iban a tener así el cuarto. 
Anda, anda, anda... ¿¡Qué tuyos!? 
Lo cierto es que si te trasladas en la memoria a tus tiempos pre-madre puedes probablemente comprender todas estas teorías sobre la maternidad que abanderan las no-madres, porque hubo un tiempo en el que probablemente tú también las tenías. UNA las tenía, de hecho. Un montón de ellas. Un cuerpo entero de teorías bien trabadas sobre qué hacer y qué no hacer con los hijos para que los hijos sean esos seres idílicos que habías diseñado en tu imaginación. Luego, los propios hijos y los años-de-madre han ido desmontando una por una cada una de estas teorías, como vengo relatando en Una Vida Mundana, y me han regalado la siguiente conclusión (a la que creo llegan antes o después todas las madres- menos tu madre y tu suegra) y es que, como dice una muy buena amiga, madre-también-de-3:

S-E   H-A-C-E   L-O   Q-U-E   S-E   P-U-E-D-E

UNA escribe diarios y guarda en un baúl los cuadernos de etapas anteriores de su vida ("cuadernos de la muerte", los llama Peter). La relectura de los cuadernos de mis años-de-madre es un recorrido por la infancia de mis hijos que viene a confirmar irrefutablemente la sospecha de que no tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Mira que UNA, de sensibilidad innata, le pone conciencia, como prueba este blog. Pero, aún así, U-N-A   H-A-C-E   L-O   Q-U-E   P-U-E-D-E.


Hay una crítica mucho más sutil que se reparte en las vacaciones-en-familia de las familias no tan críticas (o sutilmente críticas). Consiste en no decir nada pero, ¡ojo!, mirar a la madre. 
El niño monta una escena. Una escena por supuesto injustificada para el testigo familiar. La suegra, la madre, la cuñada, o la hermana, no dicen ni pío porque tienen una actitud "respetuosa", no quieren meterse, no desean intervenir, PERO desvían la mirada hacia la madre en espera de su reacción, a ver qué hace, a ver cómo maneja (ya te adelanto que va a manejar mal). Esto es casi peor que si manejaran la situación ellas mismas. La madre, en ese momento objeto de un juicio inevitable, lo que tiene ganas es de decir:
 
Perdona, ¿pero por qué c*ñ* me miras a mí si el que está montando el pollo es el niño de los c*j*n*s?

Algo común a todas las castas mencionadas hasta ahora en el artículo consiste en considerar a tus hijos como marionetas de las cuales tú tienes los hilos y puedes manejar a tu antojo, y en ese saco de las marionetas muchas coinciden en meter también a tu marido. En algún momento parece habérseles olvidado que se trata, no sólo de una persona con capacidad de comportamiento y decisión propia, sino además de un adulto. 
- Dile que no les grite así a los niños. 
- Dile que recoja eso. 
- Dile que llegue más pronto. 
En algún momento de la boda, no recuerdas cuándo (te lo dije, no debiste beber tanto), te nombraron oficialmente mediadora entre la familia y el marido. Tonta de ti al pensar que familia de adultos y marido adulto podrían comunicarse esos mensajes entre ellos.



El tema es el-clan. El-clan. Tú formabas parte de un clan, con sus normas, sus teorías, su método propio de comunicación. Luego tú formaste a su vez tu propio clan. Te llevaste contigo algunas de las normas, teorías y métodos del clan original, ¡claro!, pero también creaste tus propios códigos, códigos que elegiste en coherencia con los valores que decidiste para tu clan. En las intersecciones de tu nuevo clan, hay nuevas normas, nuevas teorías y nuevos métodos. ¿Y sabes lo que pasa? Tu clan original se tambalea ante la novedad; se desestabiliza; se resiste a que les cambies las reglas. Si es el caso que sus miembros tienen la mente crítica, el juicio fácil, entonces surge el conflicto, y éste se hace notar en las vacaciones en familia. Ni te preocupes ni te agobies. Todo está bien. Todo entra dentro de lo normal. Dicen que el Dalai Lama perdió todo su ZEN en unas vacaciones en familia.

Eso es todo lo que tengo que decir sobre este tema: que vas a necesitar unas vacaciones después de las vacaciones en familia para descansar de la familia. Tú, ¿eh? UNA no. Que la familia de UNA es la excepción.


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martes, 23 de junio de 2020

La atención sesgada (o el gorila invisible)

El fin (por ahora) de la-dimensión-confinada, que ha coincidido en el tiempo con el final de un curso especialmente complicado, nos ha dejado a todos con la atención sesgada. ¿A qué me refiero?
Hay un experimento- el gorila invisible- que os espoileo antes de ver el vídeo al que os enlazo abajo. En el vídeo aparecen tres chicas vestidas de blanco y tres chicas vestidas de negro en un escenario con un telón rojo.  Las de blanco se pasan entre sí una pelota y las de negro se pasan entre sí otra. La primera vez que ves el vídeo, se te pide que te fijes en cuántas veces se pasan entre sí la pelota las chicas de blanco. Es fácil de contar: Son 16. Casi todo el mundo acierta. Pero si no has visto el vídeo nunca antes, y estás prestando atención a cuántas veces se pasan la pelota las chicas de blanco, se te escapan otras cosas: 
Se te escapa por ejemplo que en mitad del vídeo aparece un gorila en el escenario, 
desaparece una de las chicas de negro 
y el telón de fondo de color rojo cambia a naranja. 
Cuando ya te avisan de que estas cosas están sucediendo simultáneamente y vuelves a ver el vídeo, entonces las detectas claramente. Tú las verás porque UNA te lo ha espoileado pero si UNA no te hubiera dicho nada, el gorila para ti de primeras habría sido invisible. 
El gorila es invisible porque la atención está en la pelota que se pasan las chicas de blanco. La atención está sesgada.



Hacia el final del confinamiento, casi todos teníamos la atención más sesgada que de costumbre. 
La atención se sesga en casa: Si tu pareja hace mucho más ruido al masticar últimamente, si ronca más alto que antes, si tiene cero paciencia con los niños, si está más cascarrabias, probablemente sea que tu atención esté sesgada. Es decir, él (o ella) probablemente haya masticado y roncado así siempre, pero tu atención sesgada ahora pone el zoom en el ruido que genera como si de un escenario se tratara y lo negativo ganara protagonismo a través de un foco de luz en escena.
El gorila es invisible con tus hijos: Te pongo por ejemplo a Paul hijo1. 14 años. Como buen adolescente, las tareas de la casa han perdido para él todo el atractivo que nunca tuvieron. Le toca barrer la cocina después de comer, pues lo hace poco y mal, si es que lo hace y, a modo de trueque, tenemos que soportar una retahíla bien hilada y argumentada de quejas como música de fondo de cada malhumorado escobazo. Peter, que además de padre es profe de secundaria, es decir, está harto de lidiar con la especie adolescente, no puede con él en este momento:
¡Es que no hace nada!
¡Es que es un máquina!
¡Es que es un cara!
En cada uno de los movimientos de Paul hijo1, Peter lee sin tregua una trama maquiavélica.

UNA, por su parte, ya contó en la entrada anterior de #unavidamundana el cariz que,  castigada sin recreo en esta estación del-cole-en-casa,  ha tomado mi relación con mi alumno-hijo3 Dolfete. UNA ya no ve al gorila, ni la cortina, ni a los jugadores de negro y, si me apuras, ni siquiera a los jugadores de blanco. UNA ya sólo ve la pelota de las constantes interrupciones, las frustraciones, las peleas, los palabros, los gritos, el aburrimiento, la queja constante. 😩

Pasa ahí fuera también. El ambiente político está crispado en gran parte por la atención sesgada. Todos buscamos en el-otro el argumento que confirme nuestras creencias para entonar un
¿ves-que-lo-que-creo-es-cierto? 
Seleccionamos aquello que coincide con las creencias por las que hemos decidido apostar y hace acto de aparición en escena el sectarismo


Hay una famosa autora americana, Byron Katie, que desarrolló un método de cuestionamiento de los pensamientos para evitar el sufrimiento innecesario. El método, que ella llama "el-trabajo", es una especie de indagación a modo de autocuestionario ante una emoción perturbadora. UNA llegó a esta autora por recomendación de otra, Elizabeth Gilbert, quien escribió la conocida novela Come, Reza, Ama, conocida porque luego se convirtió en una película protagonizada por Julia Roberts. Como ya sabéis los que me seguís, UNA es una copiota y se queda siempre con lo que le interesa. Pues bien, del método de Byron Katie, hay una pregunta muy pero que muy sencilla, que hice mía -¿Es verdad?- y que transformé a: 

¿¡De verdad?! 

Es éste el primer antídoto contra la atención sesgada. Este antídoto puede desactivar muchos momentos álgidos en energía roja: Energía-roja es la que básicamente acaba desbocada en un ataque-de-cojones (¡sí!, ya sé que el permiso para decir palabros expiraba al acabar el confinamiento pero me he regalado una extensión indefinida).
Ejemplos mundanos: 

- ¡Es que para que se hagan las cosas en esta casa, las tiene que hacer UNA! 
¿De verdad?

- ¡Es que estáis todo el día peleando! 
¿De verdad?

¿Ves cómo la afirmación tajante pierde su fuerza cuando va seguida de la coletilla interrogativa?
Cada vez que oigas o digas la palabra siempre y la palabra nunca, prueba a indagar:

- ¡Nunca me ayudas!
¿De verdad?

- ¡Siempre estás quejándote!
¿De verdad?

- ¡Nunca me escuchas!
¿De verdad?


Os animo a probar a responder honestamente.

Para la atención sesgada, además de este remedio casero de inquisición a modo de letanía (¿de verdad? ¿de verdad? ¿de verdad?), viene muy bien poner un poco de distancia, que es justo lo que no se ha podido poner en el confinamiento. Aunque la prueba de la convivencia intensiva haya sido superada, la atención requiere, para ampliarse y cesar su sesgo, que corra el aire. 
Ahora que el-cole-en-casa ha terminado, Peter se lleva hoy a los tres monstruos a Málaga mientras UNA se queda en Córdoba porque sigue trabajando. Es en estos días que me regalo cada año a final de curso cuando el gorila se hace visible y convierte a mis tres monstruos en mis tres reyes
Aprovecho estos días sola -en los que trabajo sólo de mañana- para hacer muchas cosas o no hacer nada; para ver a mis amigas o no ver a nadie; para hacer limpieza general o tumbarme en el sillón; para leer y escribir, o beber y engullir. 

Sobre todo aprovecho para disfrutar del lujo de ducharme sin interrupciones. 




Poco a poco, la atención sesgada va ganando miras, se hace más amplia, empiezas a apreciar lo que echas de menos, re-colocas en tu escala de valores lo-que-de-verdad-importa. UNA recarga pilas en esta semana que en cada comienzo estival se queda "de-rodríguez": Los primeros años lo hacía con sentimiento de culpa; ahora lo hago con gusto. UNA a estas alturas sabe que tomar cierta distancia a veces se hace necesario, por no decir imprescindible, para re-enfocar la atención en el-todo y dejar de concentrarla en los rincones de la convivencia donde se acumula la pelusa. 
UNA siempre ha defendido que, entre las medidas de conciliación familiar, debería figurar una semana a solas para la madre, con todos los gastos pagados y garantías de que los niños van a estar bien en esa ausencia, para que esa seguridad de bienestar de la descendencia permita a la madre disfrutar sin tintes de culpa. Esta medida, señores-del-poder, repercute a corto plazo en la recuperación de los niveles de energía de la citada madre, tan drenados a final de curso; a medio plazo, en el buen rollo familiar; y, al ser la familia el pilar de la sociedad, a largo plazo esta medida repercutiría en el bienestar social. No es moco de pavo, pues: Ahí lo dejo.





Antes de terminar no quiero dejar de contar que, cuando UNA le mostró el vídeo del gorila a hijo3 por vez primera, Dolfete acertó los pases de pelota de las chicas en blanco. Exclamó:
- ¡16! ¡Había un mono!

¡Ja! 

El sesgo de atención, dedujo UNA, viene con el retorcimiento de la edad adulta. La atención de los niños es mucho más abierta. Está aquí y ahora. Por eso probablemente el tiempo en la infancia pasa más despacio que en la edad adulta. Por eso también cuando viajamos vivimos más, porque llevamos el foco de atención a puerta abierta.

La deducción de que mi hijo no tiene el foco de atención sesgado vino acompañada de una agradable sensación de alivio. ¡Menos mal! Esto explica que cuando le preguntas a un niño qué ha sido lo mejor de la cuarentena, como hice en el último invento, te contesta sin dudarlo: 
- ¡Estar con papá y mamá!


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lunes, 9 de diciembre de 2019

La bomba de UNA (o mi templo de dos horas)

Después de publicar la entrada de HermanOs y bombas, una amiga me preguntó:
 ¿Y la bomba de UNA, para cuándo?

La bomba de UNA, en parte, la conforma la hermandad de mujeres de la que ya he hablado aquí en varias ocasiones.
Pero gran parte de la bomba de UNA me la he tenido que ir currando poco a poco a base, literalmente, de madrugones. Y esto es de lo que vengo a escribir hoy aquí.

En mi opinión, hay muchos tipos de madre pero todos se resumen en dos.
Por una parte, están las madres-naturales. A las madres-naturales, envidiables y envidiadas por UNA, ser madre les sale natural, ser madre les fluye, les viene dado de fábrica: no les supone tanto esfuerzo ni sacrificio como a las otras. Tienen grandes dosis de paciencia inagotable. Despliegan un tono de voz plano en todas las ocasiones sin picos histéricos en zonas de cansancio o de prisas. Tienen siempre energía para decir que sí a un juego de mesa.
Las otras, entre las que se encuentra UNA, son las madres-coraje. Coraje en el sentido andaluz de andar enrabietada. Constantemente irritada. A menudo enfadada. Con demasiada intensidad o demasiada frecuencia.
Todos los tipos de madre oscilan entre estas dos clases, con mayor o menor grado de cada tipología.

Pues bien, las madres que como UNA tenemos la tendencia del coraje-andaluz, nos vemos obligadas a compensar con otro tipo de coraje. El del esfuerzo. El del sacrificio. El coraje y la disciplina de cuidarnos para disminuir la frecuencia y la intensidad de la furia. Este coraje es la bomba diaria de UNA.

Y así fue como empecé a levantarme temprano. Primero, media hora antes que los niños. Luego una hora. Después, hora y media. Hasta que me instalé en las dos horas. UNA se levanta dos horas antes que los niños para cuidar de UNA. Para recargar la batería de UNA.


UNA necesita estar dos horas presente con UNA para poder estar el resto del día presente con sus tres reyes.
Es el tiempo de UNA.
Es un ritual.
Un homenaje que me hago a diario.





Las madres-naturales no necesitan este tiempo porque ser madre les sale natural.
Pero UNA hace ya tiempo que reconoció y aceptó que UNA no es madre-natural sino madre-coraje.

Es como la salud. A unas les viene dada y otros, sin embargo, tienen que cuidarse para estar bien. O como el peso: Unas tienen que hacer dieta y otros se inflan a bollos y no engordan. Es metabolismo.
Pues esto es igual. No es justo pero nadie te prometió que sería justo.

UNA primero tuvo que reconocerlo. Después aceptarlo. Esto se resume aquí en dos frases. Pero es largo en el tiempo y muy largo en el proceso de conocimiento personal. Y no es precisamente fácil: A todas nos gustaría ser madres-naturales. Pero, cuando se alcanza la aceptación, llega acompañada de una especie de liberación. La liberación de renunciar al modelo imposible de madre-natural (imposible para las que, como UNA, no lo son) y de enfrentarse al hecho de ser una madre-coraje-andaluz. Esa liberación lleva consigo remangarse y ponerse a la acción.
Y UNA se remangó. UNA se dijo a sí misma que el coraje-esfuerzo tendría que primar sobre el otro coraje o, al menos, disminuir su intensidad y frecuencia.
Si esto supone levantarse dos horas más temprano, UNA lo hace.
UNA se levanta y se toma el café sin prisas. Para compensar las prisas del resto del día. Las carreras. Los horarios. El estrés. UNA se levanta para hacer las cosas despacio.
UNA resiste la tentación de ordenar el salón que se quedó desordenado anoche. UNA resiste la tentación de ponerse a preparar bocadillos. De adelantar comidas. De hacer la lista de la compra. UNA tiene que hacer el esfuerzo de no hacer nada por ellos. Porque no madrugó por ellos. Madrugó por UNA. Madrugó por UNA... para ellos.

En ese ratito después del café, UNA escribe.
O lee.
O medita.
¿Sabes para qué me sirve meditar? Para conocer a las voces que habitan la mente de UNA. Hay muchas y meditar supone sentarse en silencio a identificarlas para conocerlas y que no se apoderen de UNA después, cuando UNA esté en medio de la vorágine de una vida mundana.
Meditando he conocido a Ms Victim, que es la que se queja en mitad de un ataque de orden de que siempre le toca a ella hacerlo todo. Meditando he conocido a Ms Shame, que es la que opina que somos una mala-madre y que los niños -de mayores- van a necesitar terapia por culpa de UNA . Meditando he conocido a Mr Grumpy, que se queja por todo, y a Miss Shopping Therapy, que se va de compras cuando está muy agobiada, y a Sulky, que lo que quiere es meterse en la cama y que la dejen en paz. Meditando he conocido a Mimosina, que lo único que necesita es que la acunen, y a Miss Drama Queen, que hace de todo un mundo, y Miss Perfect, que no se queda tranquila hasta que todo sale bien.

Meditar te hace identificar a todas esas voces que hablan dentro de ti y te permite no identificarte con ellas. UNA las ve, las oye, pero no son UNA.
Y así, luego más tarde, cuando los niños ya están danzando alrededor de UNA, y UNA se pone exigente, UNA se da cuenta de inmediato de que Miss Perfect está dirigiendo el cotarro, y puede quitarle el timón para flexibilizar el curso de una interacción.
O si Miss Drama Queen, tras una pelea de los monstruos, los visualiza ya en un centro de menores a los 17, UNA puede retomar las riendas y relativizar el momento-pelea.
O si Ms Shame se auto-culpa por cada momento-coraje-andaluz, UNA mira con compasión a Ms Shame y le cuenta que ser madre es una de las tareas más difíciles del mundo.


Meditar permite crear distancia y ver, oír, las voces.

Luego de meditar, UNA hace yoga. El yoga, además de los conocidos beneficios físicos (y si no los conoces, te animo a buscar en Google), a mí me sirve para lo siguiente. Una asana, una postura de yoga, que al fin y al cabo es un estiramiento, produce una resistencia. Si es incómodo, tú lo que deseas es cambiar de postura. Pero si no la cambias, si la mantienes, el músculo va cediendo hasta que la postura deja de resultar incómoda, o al menos ya no duele tanto. Pronto en mi recorrido yogui (y te hablo de que practico el yoga con unos vídeos de internet -magníficos, por cierto- que me recomendó mi hermAna), descubrí las aplicaciones de este patrón en una vida mundana. Cuando salta la irritabilidad en una interacción, UNA-madre-coraje puede a veces sentirla sin necesidad de cambiar de postura. Puede a veces mantenerla sin oponer resistencia. Permitir. Ser. Respirar. Mantener hasta que el músculo ceda. Estirarse. Y UNA sabe que esto se lo debe al entrenamiento del yoga.


Pues eso. 

Me levanto. 
Sin prisa. 
Medito. 
Hago yoga.
A veces bailo.
Para desfogar y porque alguien me dijo que bailaba muy mal y ya no me importa.
A veces escribo.
Escribo porque escribir hace que la vida importe. Escribo porque no puedo no escribir. Cuando vives una vida mundana, escribirla la pone en valor.
A veces leo.
A veces no hago nada más que estar.
Estar presente sola para poder estar luego presente con la batería a tope.

Peter me lo dice. Peter me lo nota. El día que me he levantado temprano. El día que no. El día que llevo la batería a tope. El día que no. A UNA le gustaría ser madre-natural. Poder dormir hasta las ocho menos cuarto y no perder la paciencia en todo el día. Pero UNA a estas alturas sabe que tener el coraje de levantarse a las cinco y media para estar con UNA le sirve para poder estar con Paul hijo1 y Gusi hijo2 y Dolfete hijo3 el resto del día sin todo el coraje-andaluz que a UNA le saldría natural.
Y a UNA le compensa el madrugón.
Si tú eres de las que recarga las baterías durmiendo, mi más sincera admiración y mi más sana envidia. UNA no. UNA necesita una bomba diaria, prestarse un poco de atención, para poder atender al espectáculo de la maternidad con el entusiasmo que merece. Cada mañana me regalo el amanecer igual que pongo mi teléfono a cargar cada noche.



Hace unos días, una muy buena amiga me valoró esta sabiduría que tantos años he tardado en adquirir con este pasaje que os copio abajo. Me inspiró así a reconocer que este esfuerzo que hago a diario en mi templo de dos horas no sólo merece la pena sino que me honra. 
Con esto acallo a Ms Shame y le digo: 

Tan mala-madre no serás cuando te levantas todos los días dos horas más temprano, 
no por ellos, 
pero sí para ellos.