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sábado, 9 de julio de 2022

#Carpe-Fucking-Diem

Te voy a contar cuál es uno de los generadores de culpa maternal por excelencia.

Dolfete hijo3 estaba aburrido. Era su 12 cumpleaños. Nos pillaba de vacaciones pero no podíamos ir a la playa porque hacía viento fuerte y levantaba la arena, así que estábamos decidiendo qué hacer. Adolfo estaba frustrado. ¡Qué mala suerte tengo! ¡Todo me sale mal! Así que UNA se puso su sombrero de entretenedora-oficial y empezó a listar sugerencias de actividades para una tarde gris estival. Por supuesto, todas eran encontradas con una negación rotunda por parte de la frustración de Dolfete hasta que se me ocurrió que podíamos ver vídeos de cuando era pequeño que sé que es una de sus actividades favoritas y, ¡ojo!, además es tiempo-de-pantalla. Las pantallas nunca fallan a las madres en apuros (aunque pueden ser otro generador-de-culpa pues no gozan de buena fama). 

Le puse en el ordenador una recopilación de vídeos y fotografías que le había confeccionado 2 años antes, cuando cumplía 10. Para cuando terminamos de ver el vídeo, UNA no podía seguir reprimiendo las lágrimas y rompió a llorar invadida por la nostalgia. Comparaba el pasado de mis criaturas, que eran tan ricas y tan monas, que me habían necesitado tanto y querido tanto, con el presente de mis dos adolescentes desgarbados más un pre-adolescente, que no hacen otra cosa que quejarse y llamarme pesada. “Cualquier tiempo pasado fue mejor” vino a cambiar el viento de la tarde por desazón y melancolía.

Mientras lloraba, había una parte de UNA que consiguió distanciarse y que me observaba con un poquillo de sorna. Peter, que suele complementar mi dramatismo con dosis de bajada-a-tierra, me miraba un poco obtuso:

- ¿No te da pena?- le preguntaba UNA. 

- Me da morriña- decía él- pero vamos…

- Pero vamos ¿qué?

- Que no todo sale en los vídeos y las fotos, que lo que sale es una selección de los momentos buenos… Que eran muy monos, sí, pero que no se nos olviden las tardes en urgencias, las noches sin dormir, las papillas de frutas, el cansancio…


Ahí identifiqué a esa parte de UNA que me observaba con sorna. La etapa infantil es muy bonita pero también no lo es (como casi todas las etapas en la vida). De eso no se chivan las fotos ni los vídeos que recopilamos, pues esto es como Instagram: no vas a colgar una foto de una pelea con tu pareja, lo que cuelgas es el beso en la puesta de sol. ¿O no? Nadie quiere ser testigo de tus miserias, ni siquiera tú misma.


Cuando ya ha pasado la vorágine, cuando te encuentras en otra etapa de la vida, el recuerdo es inmensamente depurativo y te trae como regalo llenarte la memoria de momentazos y de buenos-pequeños-momentos, pero trata de dejar al margen las pequeñas miserias de la vida diaria de aquella época que ya pasó.

Esto mismo que hacen las estampas visuales y recordatorios fílmicos lo hacían la mayoría de las lecturas a las que UNA dedicó tiempo en su afán incansable de aprender a ser mejor madre durante la infancia de mis hijos. Recuerdo concretamente una de esas lecturas. La autora se llama Rachel Macy Stafford y tiene varios libros. Creo que llegué a leer dos. Hands free Mama y Only Love Today. Probablemente no los terminé. En esa época no me daba tiempo a terminar los libros. Su movimiento se llama The Hands Free Revolution y básicamente te insta a disfrutar del momento de estar con tus hijos mientras dure, y te recuerda una y otra vez que ese momento no va a durar. Es decir, la nostalgia te la mete por todos los poros de tu cuerpo MIENTRAS estás inmersa en la propia época de la vida por la que vas a sentir nostalgia. UNA cayó en sus redes. La autora escribe muy bonito y es difícil no dejarse embaucar. 


El algoritmo de las redes sociales detectó pronto que UNA había sido apresada por esta nostalgia-prematura y empezaron a aparecerme memes del tipo: "Solamente tienes 18 veranos con tus hijos".


UNA tardó varios libros y un montón de memes más en darse cuenta de que estas lecturas no me estaban aportando otra cosa que una conciencia exacerbada del paso del tiempo, que ya de por sí suele estar presente en personas hipersensibles como UNA. Esta exacerbación tiene dos consecuencias tan inmediatas como implacables:

La primera es que provoca el efecto totalmente contrario. En vez de estar en el aquí y el ahora, tu cuerpo sigue aquí, en la vorágine, mientras tu mente anda anticipando la nostalgia que sentirás cuando tus hijos sean adolescentes y no hagan otra cosa que quejarse y llamarte pesada.

Además, y sobre todo, la exacerbación de la conciencia del paso del tiempo se convierte en un generador-de-culpa por excelencia. Cuando estás cansada o harta o deseando que los niños se acuesten o enfadada o histérica, ¿sabes lo que esta conciencia viene a posar en tu mente? Un buen puñado de deberías. 


Deberías estar disfrutando de esta época con tus hijos pues no dura.

Deberías estar feliz ahora que tus hijos son pequeños y comestibles y manejables y monos.

Deberías CARPE DIEM como las autoras de estos libros y estos memes.

 

Lo que más perpleja me dejaba, no obstante, es que las autoras de estos libros que te instan a aprovechar el momento con tus hijos tenían niños de esas edades y, sin embargo, encontraban tiempo también para escribir libros, posar perfectamente peinadas en redes sociales Y hacernos sentir fatal a las madres que no teníamos tiempo ni para terminar sus libros. 


Está bien. Está bien ser consciente del paso del tiempo como en El club de los poetas muertos para que el tiempo no te pase sin conciencia. Lo que UNA cree que no está bien es que esa conciencia esté tan presente que te robe el presente. Así que cada vez que no estés disfrutando del tiempo con tus hijos, que serán muchas las veces (porque ¡sorpresa! somos humanas y los conflictos familiares que no se ven en las fotos ni en los vídeos ni en los Instagrams existen); cada vez que te venga a visitar la culpa con sus deberías y sus carpe-diem-only-love-today y sus buenismos, regálale el mantra que UNA se elaboró como antídoto a esta culpa-de-nostalgia-anticipada:


Carpe-Fucking-Diem





Ya de paso, guardémonos todas de dar este consejo de disfrutar-el- momento-antes-de-que-el-momento-pase a las madres jóvenes y agobiadas, que ya van suficientemente agobiadas. Ya habrá tiempo para la nostalgia.


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jueves, 17 de marzo de 2022

¡Pues no haberme tenido!

La entrada que hoy me ocupa viene inspirada desde otro blog que no puedo dejar de recomendar, El artista del alambre. El post al que me refiero se llama Estaciones. Os lo enlazo AQUÍ. Daos el gustazo.

Su lectura me conmovió y me trajo de vuelta una confesión de la que fui testigo en un grupo privado de Facebook: Una mujer aseguraba no haber sentido la llamada de la maternidad y, sin embargo, estaba preocupada pues "se le pasaba el arroz" (probablemente una de las expresiones idiomáticas que más afean nuestra lengua). En concreto, preguntaba si las mujeres con hijos del grupo se arrepentían de haber sido madres. La pregunta tiene el tonillo de una de las frases más trilladas de mi suegra cuando andaba detrás de otro nieto que versa así: "No te arrepientes de los hijos que has tenido sino de los que NO has tenido". 

El caso es que, independientemente del espanto que de primeras me produjo que esta chica llevara a consulta pública una decisión tan aparentemente personal, UNA mesmerizada se quedó a leer a una retahíla de madres con derecho a poesía que alababan las beldades de la maternidad al tiempo que a contemplar con cierto deleite desde la distancia ese rasgo tan femenino de te-arrastro-al-pozo-porque-yo-ya-estoy-dentro. Es como cuando una se corta el pelo y no le queda bien pero la otra le suelta un qué-bien-te-queda para que en la comparación la que halaga luzca más. No son el mismo espectro los de estos dos ejemplos, pero ambas sombras de mujer se mueven en el mismo infierno. 

Vuelta al foro: Un par de osadas fortuitas manifestaron sin tapujos en la cadena de respuestas que ellas se arrepentían de haber tenido hijos. Podían igualmente haber publicado sendas fotos de ellas mismas desnudas con un cinturón de bombas a punto de inmolarse pues la reacción de la audiencia fue un tanto similar a si lo hubieran hecho. 

Las lincharon.

Las madres nos hacemos flaco favor con este linchamiento, pensé: Las que están fuera se hacen una idealización garrapiñada del universo dentro y se sienten, como dice en palabras más bellas que las mías El artista del alambre, desertoras "del glorioso ejército de la humanidad", desterradas "del mundo de los vivos"Por otro lado, las que desde dentro de la maternidad sentimos su ambigüedad, sus dobleces y sus sombras, nos creemos aisladas y nos apiñamos bajo el epígrafe culpable de mala-madre y el síndrome de la impostora. Recuerdo a una amiga que se había sometido durante años a un tratamiento caro y penoso de fertilidad y, cuando ya estaba siendo azotada por las olas maternales, me confesaba que a veces se sorprendía pensando: ¿Tanto he luchado y sufrido y llorado para ESTO?

A nadie quiero más en el mundo que a Paul hijo1, a Gusi hijo2 y a Dolfete hijo3. A nadie: Ni de la generación que me precede ni de mi coetánea. Ellos son la razón por la que sigo intentándolo cada día. Ellos, la razón por la que decicí trabajarme para ser mejor modelo de persona. Ahora bien, tengo la certeza de que UNA-sin-hijos habría encontrado otras razones, igualmente válidas, para trabajarse y para seguir intentándolo. La UNA-antes-de-mis-hijos también tuvo una vida plena. Desde luego, no cargo a mis hijos con la responsabilidad de proporcionar sentido a mi vida.

UNA siempre supo que quería tener hijos. Siempre. Sin sopesarlo: UNA, que es tremendamente mental, no lo sopesó, lo cual me hace sospechar que sea una decisión más animal que otra cosa, biológicamente condicionada, que escapa a nuestro control aunque queramos vestirla de seda, palabras y ritos. En cualquier caso, lo que particularmente creo es que ninguna decisión se toma al cien por cien. Ninguna. Ni la de casarse. Ni la de tener hijos. Ni la de no tenerlos. La vida no es en blanco y negro. Hacerse consciente de esto puede resultar aliviante en una cultura que es muy de empeñarse en hacerte creer que hay un solo itinerario. Se vende la unicidad: tu media naranja, tu alma gemela, el trabajo de tu vida, la carrera de tus sueños, como si hubiera un único destino aguardándote y en el preciso momento en el que tomas una decisión "equivocada" y te desvías de el-camino, tus posibilidades de felicidad quedan para siempre arruinadas. Esta cultura de un-solo-itinerario es la causante de no pocas ansiedades.

UNA no cambiaría a Paul hijo1, ni a Gusi hijo2, ni a Dolfete hijo3 por nada en el mundo. Me lo he pasado muy bien criando hombres-en-construcción. Me he reído mucho pero también me he teñido de canas. Me he enamorado de ellos muchas veces, lo cual no ha evitado que a veces me haya desenamorado o que en ocasiones me haya planteado qué habría hecho en mis vidas alternativas, no con las obviedades del dinero y el tiempo, sino sobre todo con la dedicación que mis hijos chupan y la energía que succionan.

Ellos mismos vienen a recordarme mis vidas alternativas. Dolfete, el pequeño hijo-de-su-madre, cuando le hacemos un comentario que revela nuestra posible necesidad de espacio o tiempo, nos suelta sin pestañear un "pues no haberme tenido"Peter, que es menos como UNA y más como Peter, le dice directamente: -¡Ay! Si lo llego a saber... Los hombres, queridas, no parecen tener el reparo que tenemos las mujeres para abrazar la ambigüedad. En cualquier caso, cuando tu hijo alcanza la adolescencia, se empeña en recordarte repetidamente que él no eligió nacer y que arrases con las consecuencias. 

De los tres tatuajes que acampan en mi cuerpo, en el empeine de mi pie luce uno que me hice en mis años veinte. Tuve una oferta de trabajo desde una ONG para irme a la India. Lo estuve seriamente valorando. Finalmente, de manera consciente rechacé la oferta y me tatué la decisión para que no se me olvidara que estaba eligiendo renunciar a esa vida alternativa, a esa vida-sin-hijos que también hubiera estado dotada de sentido y me hubiera proporcionado motivos igualmente poderosos para crecer. A veces, cuando las tardes son largas y están llenas de ruido y palabros y peleas, y la palabra mamá repiquetea con eco martilleante, o cuando me inunda el desencanto, pienso en la India y en todas las otras indias a las que he ido renunciando. Y me permito abrazar la ambigüedad, joder, porque UNA transita por esta vida pero hay muchas otras vidas por las que pudiera haber transitado. Ninguna es perfecta. Ni ésta que transito ni las otras. Ninguna, sobre todo, es la única posible.

Eso no significa que no quiera a mis hijos. Así que vamos a no lincharnos. Seamos un poco más honestas, al menos con nosotras mismas.

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lunes, 16 de noviembre de 2020

Lo sagrado

UNA lo va a contar no cómo pasó, sino como UNA lo recuerda. Porque, al final, eso es lo que importa: no lo que pasa, sino cómo lo recuerdas. Si tienes hermanos, sabes que esto es un hecho: UNA tiene tres hermanas, tuvimos la misma infancia y, sin embargo, son cuatro infancias completamente distintas cuando nos ponemos a hablar de ellas. Pues eso.

Como ya os relaté en el post de La vida eterna, estuve en un colegio del Opus Dei desde 2º de EGB hasta 6º: eso en años es desde los 7 hasta los 12. Una edad muy tierna. Una de las prácticas que más me marcó en esos años fue el sacramento de la confesión. Había confesión martes y viernes. Era obligatorio confesarse al menos una vez a la semana. Nos confesábamos por orden de lista, con eso te lo digo todo.

Examen de conciencia: 

Niña, tienes que escanear lo que has hecho durante la última semana, encontrar TODO LO MALO y anotarlo en tu cabeza para que no se te olvide. Al final, niña, te harás experta en esto: en cuanto hagas algo mal, te harás enseguida consciente porque "esto lo tengo que confesar."

Dolor de los pecados: 

Que te duela, niña, que lo has hecho mal: siente culpa, niña, avergüénzate. 

Propósito de enmienda: 

Propónte, niña, ser mejor de lo que eres porque, niña, tú estás rota por dentro; vienes mal hecha de fábrica.

Decir los pecados al confesor: 

Métete en esa habitación pequeña, claustrofóbica, niña, y cuéntale a ese señor que no conoces todo eso malo que has hecho, niña, todo eso que ni siquiera tu mamá ni tu mejor amiga saben. Desnuda tu alma ante ese extraño. Tienes que darle a ese desconocido tu momento de mayor vulnerabilidad.

...y cumplir la penitencia: 

Sólo es rezar, niña, pero tienes que cumplir el castigo, porque si no, no estarás limpia por dentro: seguirás manchada de pecado. Que no te vas a ir de rositas, niña.

Este proceso, obligatorio y semanal, era imprescindible antes de comulgar. La comunión, la conexión con dios que es amor, pasaría por todo lo anterior. 

Para llegar al amor, tienes, niña, que escanear tu maldad, sentirte mal por ella, proponerte ser menos mal, mostrar tu vulnerabilidad a un desconocido y cumplir castigo. 

Todo en aras de volver a sentirte limpia; todo en aras del amor y de la conexión.

UNA no es psicóloga, pero no hace falta serlo para ser capaz de advertir que, a primera vista, esto es una barbaridad. Golpea de lleno todas las premisas de disciplina positiva de la psicología infantil actual, ésa que considera que una persona, sin importar lo chiquitita que sea, conserva su condición de persona.

UNA se para a pensar y detecta enseguida cómo, esa práctica, llevada a cabo semanalmente durante cinco años de infancia, dejó huella indeleble en UNA. Quizás no la dejara en otras miles y miles de niñas que hiciera
n lo mismo, pero sí en la sensibilidad de UNA. Y permíteme que dude que mi caso sea el único. 
Mi manera de detectar todos mis errores mucho antes y con mucho más relieve que mis aciertos (examen de conciencia); mi hábito de fustigarme por esos errores que se transparenta en la culpa que tiñe Una_Vida_Mundana de principio a fin (dolor de los pecados); el sentimiento de que, haga lo que haga, UNA no llega a ser nunca suficientemente buena, hay algo roto ahí dentro (propósito de enmienda); la necesidad imperante de confesar cuando hago algo mal, de contarlo, de pedir perdón (decir los pecados al confesor); y el tirarme al barro después para cumplir la penitencia. 
Cumplir la penitencia. Me refiero aquí al autocastigo. Eso lo hacemos muchas, ¿no? El autoboicoteo. Llevas una dieta a rajatabla, cometes una pifiada en el trabajo y te pegas el atracón del siglo. ¿Por qué cuanto más te necesitas, más te fallas? Te vienes abajo por un desatino que has cometido y, en vez de acariciarte yéndote a hacer eso que tanto te gusta, en vez de aliviarte pegándote una sesión doble de aquello que te hace sentir bien, te dedicas a la práctica de lo que Elizabeth Gilbert llama el pensamiento horizontal, es decir, te tumbas a rumiar tu desatino, que es justo lo que menos te conviene.

Recuerdo una vez que una muy buena amiga me contaba que sólo veía a su marido al final del día y, ocasionalmente, estaban irritables por el cansancio y se enfadaban a la mínima. Cada vez que esto sucedía, ella cogía y se iba a la cama. Reflexionaba así mi amiga: 
- "¡Coño es que soy tonta!, encima del cabreo que me pillo con él, me castigo sin cenar y sin ver nuestra serie". 

... y cumplir la penitencia.

La confesión es un sacramento.
Sacramento viene de "sagrado momento".
Lo sagrado para mí sería permitir que una niña decida si y a quién contarle sus peores momentos, en vez de obligarla a contárselo semanalmente a un desconocido.
Lo sagrado sería alentarla a escanear sus acciones para detectar qué es lo que sí ha hecho bien;
qué es lo que la honra;
qué la hace especial.
Lo sagrado sería enseñarle desde pequeña a quererse a sí misma, enseñarle la autocompasión, a perdonarse primero ella antes de pedir perdón, y no a pedir perdón por/con culpa o vergüenza. 
Lo sagrado sería hacerla verse limpia por dentro sin necesidad de pasar por la aduana del castigo.

UNA ya no es religiosa (no es difícil adivinar por qué) y no está educando a sus hijos en valores religiosos, pero lo que vengo a decir aquí es, ¡cuidado!, mucho cuidado en cómo se transmite la religión en la infancia, porque efectivamente son edades muy tiernas que pueden dejar llagas de por vida. UNA, a estas alturas de la vida, entiende la religión como una creación humana para aliviar la angustia inherente a su condición; a la certeza de la muerte; al hecho de que nos hayan desparramado por aquí sin nadie a cargo, sin nadie para contestar a las preguntas y dar explicaciones. En ese sentido, me parece un mecanismo de defensa y un ejercicio de creatividad loable. Lo que me parece aberrante es que la religión, mal entendida, al final se convierta en otra causa más de angustia, que es precisamente lo que pasa si nos aferramos a su disciplina y a sus mandamientos sin piedad.

Este post quizás haga escocer algunas pupas. En cuanto se tratan temas como religión o política, suele pasar, y quizás pierda alguna lectora por hereje. Pero recuerda que lo que UNA te ha traído aquí es el escozor. 

La pupa estaba ahí de antes.

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jueves, 12 de noviembre de 2020

Recomponerse

Cuando estábamos solteros, jugábamos mucho a un juego que me viene repetidamente a la cabeza estos días. Seguro que has jugado alguna vez. Es muy entretenido. Antes de empezar el juego, se colocan las piezas de madera, cruzándose por capas, hasta formar una torre. A continuación, los jugadores se turnan para retirar una pieza de la torre y equilibrarla en la parte superior, creando una estructura cada vez más inestable. Si la torre se cae en tu turno, pierdes.

Pues así siente UNA su bienestar emocional, como una torre que se va desequilibrando a medida que se van retirando piezas. Se acaba el verano y volvemos a la rutina que, sin embargo, este año viene teñida de incertidumbre: una pieza. UNA empieza a estar descolocada. Estamos en contacto estrecho con un positivo y nos confinan justo al empezar el curso: otra pieza. En ese segundo confinamiento, UNA todavía se remanga y sigue jugando. Luego vuelve a sus clases y sus alumnos, pero la nueva realidad del aula, con sus mascarillas y sus geles hidroalcohólicos y su alumnado asustado, hace resbalar otra pieza fuera de la torre. Muere mi Valentina: tres piezas de golpe. Si bien la metáfora de las tres piezas para referirme a la muerte de mi amiga me parece desafortunadamente mundana y para nada justa con la desolación sentida, la uso no obstante en aras de la visualización del manotazo a la torre. Las ráfagas adolescentes de Paul hijo1: pieza. El infarto de un amigo en circunstancias peculiares; el fallecimiento fulminante de un vecino muy apreciado; a mamá hay que quitarle un carcinoma; su hermano a su vez está ingresado... Piezas, piezas, piezas y más piezas, que van retirando de la torre las manos sin control. 

Entonces, un día pasa algo, puede ser cualquier cosa, no tiene por qué ser necesariamente algo demasiado grande, pero el desequilibrio de la torre de UNA ya ha alcanzado cotas insostenibles. Peter se encuentra mal. La preocupación empuja pieza fuera. Peter da positivo. La torre de UNA se desmorona. Otra vez a meter a mis tres reyes en ese coche; a hacernos esas pruebas; a esperar resultados. Otro confinamiento: el tercero ya.

Me llama una amiga y me pilla llorando. Se sorprende mucho; se preocupa. No entiende que para UNA llorar es la nueva normalidad de la torre desmoronada. 
¿Sabes por qué le cuesta entenderlo? Porque hay dos tipos de mujeres. Están las mujeres como UNA: somos el sexo débil. Pero luego están las mujeres como la amiga de UNA: ellas son el sexo fuerte. A ellas también les han ido robando piezas de su torre. Las piezas que le han robado a la amiga de UNA te aseguro que son mucho más pesadas que las de UNA. Pero este tipo de mujeres, mujeres-guerreras, tienen el atractivo de una fortaleza interior que les permite mantener en equilibrio una torre agujereada: es como si, a medida que las manos descontroladas les fueran dejando huecos en la torre, ellas los fueran rellenando con andamios. Mientras UNA se ahoga en un vaso de agua, ellas flotan en el océano.
Algunas de las mujeres de las que he escrito en Una-Vida-Mundana son así, como mi Valentina o mi hermAna; o esta otra amiga de la que te hablo ahora, y a la que ya te mencioné al principio de la pandemia porque trabaja en el-otro-lado .
Comentábamos el otro día esa diferencia entre ella y UNA a la hora de plantar cara a vendavales, y ella bromeaba: 
- Es que yo soy como Scarlett O'Hara... con su mítica frase... "ya lo pensaré mañana". 
Aquí está el vídeo, por si no conocéis la escena:


Si las mujeres del sexo fuerte ya lo pensarán mañana, las mujeres del sexo débil -como UNA- somos más bien como la Scarlett O'Hara del momento justo después de la mítica frase, cuando se tumba en las escaleras a llorar y a rumiar las palabras del tipo. Eso es: somos rumiantes. UNA es rumiante.

"Resiliencia", esa palabra que ahora se oye tanto y antes desconocíamos (como "empoderada"), es la clave en la que estriba la diferencia entre las mujeres-guerreras y las desmoronables como UNA. Mi amiga me contaba una de sus estrategias de resiliencia: 

- Yo siempre pienso que hay mucha gente con mil circunstancias peores... 

¿¡Hola!? Para UNA ese pensamiento -que hay gente que lo tiene mucho peor- junto con la culpa que conlleva -¿cómo puedo estar así de mal cuando hay gente que lo tiene mucho peor?- son un par de piezas más fuera de la torre.
Ni qué decir tiene que las débiles encontramos cuando menos inspiradora la resiliencia de las fuertes. Hace poco ella tuvo un par de golpes que le derribaron de repente varias piezas de su torre. Le dije: 

- Escribe: escribir es terapéutico. 

Me contestó: 

- Lo veo complicado. Tengo mucho lío logístico y para mí dormir es primordial, cariño.

Ni que decir tiene que UNA lleva semanas sin pegar ojo. Mira a qué hora publico esta entrada, el título de la cual es de otra mujer-guerrera, de otra amiga inspiradora que, en otra ocasión que también se me abatió un poco la torre, me dijo:

- Ahora sólo queda recomponerse.

La savia femenina del sexo fuerte es de una sabiduría admirable. De quitarse el sombrero.

Recomponerse antes de plantarle cara al siguiente vendaval. Que no sabe UNA por dónde le vendrá la mano.

miércoles, 7 de octubre de 2020

Elegir

El poder que otorga la ciencia a las teorías genéticas y el que otorga la pedagogía a las teorías educativas han dejado muy poco espacio para respirar a la libertad. Me estoy refiriendo al "es que soy así, no lo puedo evitar". ¿Visteis la película Las Amistades Peligrosas? "No lo puedo evitar" es la justificación que todo lo justifica, una frase-paraguas para cualquier chaparrón: Soy así, nací así, es mi carácter, mi temperamento, lo he heredado. 

No lo puedo evitar. 

Ésa sería la teoría genética. 

La otra, la pedagógica, es la que deposita toda la culpa sobre los padres. La criatura es así porque la madre (o el padre) es así, y la han educado de esa manera, o le han servido de modelo: la criatura no lo puede evitar porque lo ha mamado. 

Estos dos cuerpos teóricos, el genético y el pedagógico, que a menudo se reparten en porcentajes dependiendo del manual, han dejado, como digo, poco espacio a la libertad individual, al poder de la elección; y presentan a la criatura, y al adulto en que se termina convirtiendo la criatura, como víctima de sus genes y de la suerte de su educación. De este victimismo se aprovecha la psicología barata.

Elegir, no obstante, es sin duda la facultad más humana, de la que -calculo- carecen el resto de animales. La que nos distingue. Ante una misma situación, uno puede dejar que elijan los genes, puede dejar que elija la educación, o bien, puede apelar al poder humano de decidir, de elegir la reacción. Como la eLECCIÓN de mi hermAna narrada en El espacio dentro de la piel ante su esclerosis múltiple o la eLECCIÓN (profundamente agradecida) de mi rosa casi perfecta, de Valentina, ante su cáncer en El lazo rosa. Para poder elegir, hay que tener muy claros los valores. ¿Y quién se para en estos tiempos a calibrar los valores?

Valentina viaja ahora en mi mochila. A Valentina la despertaron de su sedación para despedirse de los suyos cuando ya todo estaba perdido. ¿Y qué hizo Valentina? Cuando ya estaba todo perdido, eligió. Eligió no darlo todo por perdido. Y, a través de su marido, desde su agonía nos mandó un mensaje a las amigas: "que no estemos tristes, que pensemos en ella con alegría"; y dejó en herencia un mensaje a sus tres seres más queridos: "que se quieran muchísimo, que hagan piña". En su final, Valentina no pensaba en Valentina; Valentina pensaba en el-otro-que-no-era-ella llevando así el valor de la empatía hasta su último eco.

La dignidad no es otra cosa que elegir bien una reacción. En la elección, por supuesto, entran en juego otros factores como el cansancio. Por muy claros que tengamos los valores, todas sabemos que somos mucho mejores madres recién levantadas que al final de un día de prisas y jaleo. Nuestros peores-momentos-madre siempre coinciden con falta de sueño, o con cansancio, e incluso hambre. Como los peores-momentos-criatura.

Ante la pérdida de dignidad por una mala elección, nos sentimos necesariamente mal. Ése es nuestro castigo. Siempre se lo digo a los niños: el peor castigo por haber hecho algo mal es cómo te sientes después de hacerlo; es la culpa. No hace falta otro. Por eso UNA no es partidaria de castigar. 

La culpa, a pesar de su amargura, es sin embargo el portal hacia la recuperación de la dignidad. No es cómo eres, no es que no puedas evitar cómo eres; es lo que has hecho, es que has elegido mal. Ante la culpa, siempre queda la posibilidad de pedir perdón. Pedir disculpas es otra elección que vuelve a hablar de ti, y lo hace bien y alto.

A mis pequeños también les digo que hay un momento en el que la labor educativa de UNA tiene un límite y que, más allá de ese límite, UNA no puede entrar: "Al final, tú eliges cómo quieres ser". UNA ya te ha enseñado a distinguir lo correcto de lo incorrecto: a estas alturas, ya lo sabes. Pero UNA no puede elegir por ti: tú eliges cómo quieres ser. Por poner un ejemplo, algo tan mundano como las palabrotas, que en casa a UNA no le gusta que se digan, "si tú luego decides decirlas fuera de casa, ésa es tu elección". UNA no puede, y sinceramente no quiere, controlar todo lo que hagas ni todo lo que digas, porque entonces no tendría hijos, sino marionetas. Y ya hemos hablado aquí de la caricatura que es una madre de marioneta.

A estas alturas, hijos míos, sólo espero haberos enseñado a hacer elecciones que os revistan de dignidad. Y que, cuando perdáis la dignidad por una mala elección, una elección cansada o hambrienta o soñolienta, sepáis recuperarla pidiendo perdón. 

Al final, lo que dota a la vida de sentido es saber ejercer la libertad individual teniendo al-otro-que-no-eres-tú en el corazón.


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jueves, 30 de julio de 2020

El caleidoscopio de lo-normal


Llegados a este punto, UNA se arrepiente de dos cosas: de mis peores momentos madre (Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa) y de haber caído en la trampa de lo-normal.

La trampa de lo-normal consiste en juzgar a tu hijo con los parámetros que dictan las estadísticas. Paul hijo1 tardó mucho en echar a andar. Antes de que UNA se asustara, las voces alrededor de UNA comenzaron a alertar: 

- No es normal.

- A ver si va a tener un problema en las piernas.

- Lo-normal sería que ya estuviera andando

Total que UNA que era madre primeriza -la estación de la maternidad más vulnerable para caer en la trampa de lo-normal- se preocupó y empezó su deambular por las consultas. Si no hubiera sido por las voces que acudían sin invitación en representación de lo-normal, Paul hijo1 se habría ahorrado probablemente unas cuantas radiografías. Ni que decir tiene que Paul anda ahora perfectamente con sus piernas perfectas.


Cuando Gusi hijo2 era pequeño, más de lo mismo:

- Este niño apenas come, no es normal.

- Este niño está muy delgado, no es normal.

- Este niño necesita un reconstituyente.

El niño no-normal tiene ahora 13 años y devora. Se ve que es de hambre tardía. Pero UNA se preocupó mucho entonces y lo llevó de médico en médico porque los percentiles y las estadísticas y las voces no invitadas opinaban que el niño debería tener más apetito.


Un tiempo más tarde las voces me decían que lo-normal era que Paul hijo1 quisiera pasar la noche fuera cuando él aún no quería y así, resistiendo mi instinto de madre y haciendo caso omiso de su alta sensibilidad, lo envié a excursiones a las que él no deseaba ir hasta transformar en pánico un miedo que hubiera sido sólo eso: un miedo. Tenemos miedo al miedo. Tenemos miedo a lo que se sale de lo-normal. El mes que viene Paul se va a pasar unos días a casa de un amigo encantado de separarse de UNA. Se ve que ya es normal.


En otra ocasión las voces gritaban que Paul hijo1 era, de hecho es, muy bajito, y que quizás debería hormonarlo. Ahí UNA ya se plantó. Hay niños altos y hay niños bajos y hay niños "normales". Pero los niños "normales" no son más normales que los niños altos ni los niños altos son más normales que los niños bajos. ¿Tú me entiendes? Crecerá cuando tenga que crecer y, si se queda bajito, honrará a su padre y a su madre, sobre todo a su madre que es bajita, pero me niego a hormonarlo para hacerlo "normal". Este verano, que Paul hijo1 está pegando el estirón, sé que tomamos la decisión correcta. La decisión de Peter y UNA. No la decisión de las voces varias. 


La liberación de la trampa de lo-normal es progresiva, y así cuando UNA tuvo a Dolfete hijo3 había ganado suficiente asertividad maternal como para no permitir que las voces dogmáticas le dijeran qué es lo-normal.


Las estadísticas, los percentiles, el dogma de lo-normal (que muchas veces emana lamentablemente de otras madres) genera mucha ansiedad en las madres, sobre todo si son primerizas. Fíjate, ¡realmente párate a pensar!, en qué aberración es creer que 


LO-NORMAL es lo que mide/pesa/hace/dice/piensa/siente LA GRAN MAYORÍA.


Convertimos en patología muchas cosas que son simplemente características originales de nuestra descendencia. Las pinceladas inusuales, en vez de ser calificadas como artísticas y creativas, son categorizadas como extravagancias enmendables. Los trazos que se desvían de la norma reciben la etiqueta de trastorno.

UNA no dice que no haya que ocuparse de los problemas. UNA simplemente ha aprendido, al ir liberándose paulatinamente de la trampa de lo-normal, que no hay que crear problemas donde no los haya y que, en la gran mayoría de las ocasiones, no responder a lo-normal no es un problema. 


UNA ha hecho demasiadas cosas-normales en la vida sólo porque eran normales. Sin escucharme. Sin escuchar mi cuerpo. He acallado mi instinto en aras de lo-normal. He bebido sin sed. He comido sin hambre. He ido a lugares que nunca hubiera elegido con gente que nunca hubiera escogido. He trasnochado con sueño. He dicho cuando quería decir no y no cuando quería decir sí. He callado cuando tenía que haber hablado y hablado cuando tenía que haber callado. Por encajar en lo-normal. Y de estas incoherencias, que me han robado retazos de vida, me arrepiento. UNA tiene claro que UNA no quiere que sus hijos las cometan. Sin embargo, en muchas ocasiones he pecado de medirlos con el parámetro de lo-normal y me he preocupado cuando no se ajustaban al mismo. 

UNA incluso preferiría que sus hijos no hicieran tanto de lo que es normal estos días: postureo, whatsapp, fortnite...

 

Lo-normal no es siempre lo-mejor. 

Lo-mejor en muchos casos es anormal.


Lo que me ha otorgado la madurez es el discernimiento de elegir hacer cosas que, normales o no, me las pide el cuerpo o me las dicta el alma. Si lo-normal fuera un valor absoluto, lo-normal sería normal en todas partes. Cuando viajas, no obstante, lo primero que constatas es cómo lo normal se va transformando de parada en parada: por eso viajar abre la mente. Lo mismo sucede entre generaciones: lo que es normal en la infancia y adolescencia de nuestros hijos no lo era en la nuestra, y lo que era normal en la nuestra no lo era en la de nuestros padres. Y así sucesivamente. 


Como si de un caleidoscopio se tratara, lo-normal se va relativizando en los espacios y en los tiempos.



El aprendizaje inevitable derivado de este lamento y que podría verbalizarse en un consejo a la madre-primeriza sería, sin duda:


Déjalos ser

Let them be 


Déjalos ser con sus excentricidades. Déjalos ser con sus tiempos, con sus ritmos, con sus extravagancias, aunque no encajen en las expectativas de las voces. Aunque no encajen en tus expectativas.

No conviertas en patológico lo que no es lo-normal porque al fin y al cabo es SU-normal.



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domingo, 28 de junio de 2020

Agrietada: Ansiedad. Manual de usuario.


Hay un tipo de persona altamente sensible. Los-sensibles. UNA lo es. UNA coge cualquier anécdota de su vida mundana y la convierte en una entrada de un blog con tintes poéticos. Para ejemplo mi último post: La atención sesgada. Cualquier madre que lo haya leído, te lo puede resumir en pocas palabras: 
Ésta está hasta los cojones de marido y de niños después del confinamiento. 
Sin embargo, a UNA que piensa más que habla, que piensa más que duerme, que piensa más que vive, más que siente, estar hasta los cojones le sirve para reflexionar sobre cómo ponemos la atención sobre lo que nos interesa que confirme lo que creemos. 
Para pensar tanto y transformar anécdotas mundanas en posts semi-literarios hace falta mucha observación y mucha sensibilidad, aunque esto suene un poco arrogante. Ésta es la parte que me gusta de este rasgo mío (que por cierto UNA no eligió, le vino dado), y es que me permite crear. La creatividad y la sensibilidad suelen trabajar mano a mano. La creación, de hecho en mi caso, es la vía terapéutica de la sensibilidad. Así la canalizo.

Pero no todo es belleza. Ahora viene la bestia.

Una vez le pregunté a Peter con cuánta frecuencia pensaba él en la muerte. Me miró con cara de qué-clase-de-pregunta-es-ésa. El icono de los ojos como platos era la cara de Peter. 
La conciencia del paso del tiempo y la conciencia de la muerte están presente de manera constante en el día-a-día de los-sensibles. No estoy diciendo que Peter sea un insensible, que no lo es aunque él presuma de que le late por corazón una lata de cerveza; estoy diciendo que no es una persona altamente sensible en el sentido al que me estoy refiriendo aquí. Las personas altamente sensibles nos damos cuenta desde pequeñas de que la gran mayoría de los-otros no atraviesan la vida como lo hacemos nosotras, y eso nos hace sentirnos agrietadas, como si hubiera algo fundamental roto en nosotras.
Las personas altamente sensibles viven los cambios y las transiciones con especial conciencia. Si sigues este blog, has leído cómo UNA vive los cumpleaños de los hijos (Todo pasa y todo llega), el final del verano (Hace septiembre), o las mudanzas (Un bote de pastillas).
Aún recuerdo el día de mi primera comunión, que había estado tanto tiempo esperando impaciente. Al final del día, aquella UNA de 9 años se puso a llorar porque le daba pena que un día tan especial llegara a su fin. Paul hijo1, que como UNA es altamente sensible,  cuando nos íbamos un fin de semana fuera, desde muy chiquito lloraba desconsolado a la vuelta porque el finde se había acabado. Esta conciencia de los finales acompaña a las almas altamente sensibles, constantemente conscientes de la caducidad de la vida.

Paralela a esta conciencia, los-sensibles no nos llevamos bien con la falta de control (en no pocas entradas de este blog ha suspirado UNA ¡Ay, el control!). La rutina es ancla a la que nos aferramos porque nos da sensación de seguridad pues no manejamos bien la incertidumbre: Los cambios, lo desconocido, la falta de certeza. Lo que no controlamos produce en los-sensibles una sensación de vértigo, como si tuviéramos los pies colgando sentados en el alféizar de una ventana.

Los-sensibles, por todo esto, tenemos mayores probabilidades de sufrir ansiedad. La ansiedad se cuela por la grieta. De la ansiedad colada va este post y los dos que siguen.

La ansiedad no es sólamente tener un ataque de pánico como el que conté en la entrada de Un bote de pastillas. Ansiedad son muchas otras cosas: 
Ansiedad puede ser estar constantemente preocupado, enlazándose las preocupaciones unas con otras como cuentas de rosario ensartadas.
Ansiedad puede significar estar en modo-bucle con un tema, obsesionarse sin ser capaz de tomar distancia ni soltarlo, porque el-ansioso tiene la creencia inconsciente de que pensando mucho en el tema, lo puede controlar, pero que si lo deja ir, se le descontrola.
Ansiedad puede ser vivir en el futuro, en lo que pueda pasar, haciendo premoniciones catastróficas, sin que el subconsciente sea capaz de discernir que el futuro no se puede controlar y que el único momento vital en el que todo-está-bien es ahora.
Ansiedad puede ser vivir en el pasado, martilleándonos a reproches por los errores cometidos o cuestionándonos constantemente si habremos elegido la carrera correcta, la pareja perfecta, o si estaremos andando el que creemos único camino diseñado para nosotros. 
Ansiedad puede ser noches de insomnio donde todos los monstruos que hayas conseguido acallar durante el día a base de mantenerte ocupado o de -escucha esto- hacerlo todo "perfecto",  te asalten mientras tú intentas conciliar el sueño.
Ansiedad puede ser despertarte con la mañana con desazón.

La ansiedad, querida, es una putada si no la gestionas bien. 
Pero si te paras a escucharla, puede ser un portal a la creatividad, a la compasión, al reencuentro contigo misma, a volver a empezar a quererte (que te tenías muy abandonada), a confiar en tu propio criterio -sea el que sea- y no tomar las decisiones basadas en influencias externas de los-que-bien-te-quieren. 

Es un camino que, si lo sigues, te devuelve a ti. 

Lo que me ha otorgado la madurez es ir poco a poco haciéndome amiga de la grieta, y comprobar que la alta sensibilidad, además de ansiedad, también me ha regalado el disfrute de mi vida agrietada, como ya relaté en el post Envejecer: Dime, ¿qué piensas hacer con tú única, salvaje y preciosa vida?
Como dice el poeta  Rumi,  la herida es el lugar por donde entra la luz, o como dice Leonard Cohen en la canción Anthem
There's a crack in everything: That's how the light gets in.
Mi mayor debilidad ha resultado también ser mi mayor fortaleza.

Esta grieta, este exceso de sensibilidad, me ha merecido apelativos tipo dramática, cómica, exagerada, extremista; el título de drama queen; y los ojos en blanco de tenías-que-haber-sido-actriz, apelativos que en su día día UNA vivió como insultos y que ahora UNA transforma en halagos.
He hecho las paces con la grieta y la ansiedad ha mediado en el proceso.




Las dos entradas que siguen resumen en dos tomos -para UNA muy breves; para el lector probablemente eternos- mi andadura como usuaria de la ansiedad. 
Lo que sé de la ansiedad de UNA. 
No voy a publicar estas dos entradas en redes sociales porque son entradas altamente sensibles, es decir, entradas que sólo van a llegar a los-agrietados, pero habiendo llegado hasta aquí en el recorrido de la ansiedad, me parecería mezquino no compartir lo que sé de la ansiedad, especialmente por romper una lanza en favor de un enfoque menos deshumanizado de la ansiedad, un acercamiento al tema que no se limite a silenciar los síntomas sin abordar las causas. 
Espero que te ayuden a hacer las paces con tu grieta: ¡Que se abra el telón de tu vida agrietada! ¡Y que entre la belleza!








martes, 23 de junio de 2020

La atención sesgada (o el gorila invisible)

El fin (por ahora) de la-dimensión-confinada, que ha coincidido en el tiempo con el final de un curso especialmente complicado, nos ha dejado a todos con la atención sesgada. ¿A qué me refiero?
Hay un experimento- el gorila invisible- que os espoileo antes de ver el vídeo al que os enlazo abajo. En el vídeo aparecen tres chicas vestidas de blanco y tres chicas vestidas de negro en un escenario con un telón rojo.  Las de blanco se pasan entre sí una pelota y las de negro se pasan entre sí otra. La primera vez que ves el vídeo, se te pide que te fijes en cuántas veces se pasan entre sí la pelota las chicas de blanco. Es fácil de contar: Son 16. Casi todo el mundo acierta. Pero si no has visto el vídeo nunca antes, y estás prestando atención a cuántas veces se pasan la pelota las chicas de blanco, se te escapan otras cosas: 
Se te escapa por ejemplo que en mitad del vídeo aparece un gorila en el escenario, 
desaparece una de las chicas de negro 
y el telón de fondo de color rojo cambia a naranja. 
Cuando ya te avisan de que estas cosas están sucediendo simultáneamente y vuelves a ver el vídeo, entonces las detectas claramente. Tú las verás porque UNA te lo ha espoileado pero si UNA no te hubiera dicho nada, el gorila para ti de primeras habría sido invisible. 
El gorila es invisible porque la atención está en la pelota que se pasan las chicas de blanco. La atención está sesgada.



Hacia el final del confinamiento, casi todos teníamos la atención más sesgada que de costumbre. 
La atención se sesga en casa: Si tu pareja hace mucho más ruido al masticar últimamente, si ronca más alto que antes, si tiene cero paciencia con los niños, si está más cascarrabias, probablemente sea que tu atención esté sesgada. Es decir, él (o ella) probablemente haya masticado y roncado así siempre, pero tu atención sesgada ahora pone el zoom en el ruido que genera como si de un escenario se tratara y lo negativo ganara protagonismo a través de un foco de luz en escena.
El gorila es invisible con tus hijos: Te pongo por ejemplo a Paul hijo1. 14 años. Como buen adolescente, las tareas de la casa han perdido para él todo el atractivo que nunca tuvieron. Le toca barrer la cocina después de comer, pues lo hace poco y mal, si es que lo hace y, a modo de trueque, tenemos que soportar una retahíla bien hilada y argumentada de quejas como música de fondo de cada malhumorado escobazo. Peter, que además de padre es profe de secundaria, es decir, está harto de lidiar con la especie adolescente, no puede con él en este momento:
¡Es que no hace nada!
¡Es que es un máquina!
¡Es que es un cara!
En cada uno de los movimientos de Paul hijo1, Peter lee sin tregua una trama maquiavélica.

UNA, por su parte, ya contó en la entrada anterior de #unavidamundana el cariz que,  castigada sin recreo en esta estación del-cole-en-casa,  ha tomado mi relación con mi alumno-hijo3 Dolfete. UNA ya no ve al gorila, ni la cortina, ni a los jugadores de negro y, si me apuras, ni siquiera a los jugadores de blanco. UNA ya sólo ve la pelota de las constantes interrupciones, las frustraciones, las peleas, los palabros, los gritos, el aburrimiento, la queja constante. 😩

Pasa ahí fuera también. El ambiente político está crispado en gran parte por la atención sesgada. Todos buscamos en el-otro el argumento que confirme nuestras creencias para entonar un
¿ves-que-lo-que-creo-es-cierto? 
Seleccionamos aquello que coincide con las creencias por las que hemos decidido apostar y hace acto de aparición en escena el sectarismo


Hay una famosa autora americana, Byron Katie, que desarrolló un método de cuestionamiento de los pensamientos para evitar el sufrimiento innecesario. El método, que ella llama "el-trabajo", es una especie de indagación a modo de autocuestionario ante una emoción perturbadora. UNA llegó a esta autora por recomendación de otra, Elizabeth Gilbert, quien escribió la conocida novela Come, Reza, Ama, conocida porque luego se convirtió en una película protagonizada por Julia Roberts. Como ya sabéis los que me seguís, UNA es una copiota y se queda siempre con lo que le interesa. Pues bien, del método de Byron Katie, hay una pregunta muy pero que muy sencilla, que hice mía -¿Es verdad?- y que transformé a: 

¿¡De verdad?! 

Es éste el primer antídoto contra la atención sesgada. Este antídoto puede desactivar muchos momentos álgidos en energía roja: Energía-roja es la que básicamente acaba desbocada en un ataque-de-cojones (¡sí!, ya sé que el permiso para decir palabros expiraba al acabar el confinamiento pero me he regalado una extensión indefinida).
Ejemplos mundanos: 

- ¡Es que para que se hagan las cosas en esta casa, las tiene que hacer UNA! 
¿De verdad?

- ¡Es que estáis todo el día peleando! 
¿De verdad?

¿Ves cómo la afirmación tajante pierde su fuerza cuando va seguida de la coletilla interrogativa?
Cada vez que oigas o digas la palabra siempre y la palabra nunca, prueba a indagar:

- ¡Nunca me ayudas!
¿De verdad?

- ¡Siempre estás quejándote!
¿De verdad?

- ¡Nunca me escuchas!
¿De verdad?


Os animo a probar a responder honestamente.

Para la atención sesgada, además de este remedio casero de inquisición a modo de letanía (¿de verdad? ¿de verdad? ¿de verdad?), viene muy bien poner un poco de distancia, que es justo lo que no se ha podido poner en el confinamiento. Aunque la prueba de la convivencia intensiva haya sido superada, la atención requiere, para ampliarse y cesar su sesgo, que corra el aire. 
Ahora que el-cole-en-casa ha terminado, Peter se lleva hoy a los tres monstruos a Málaga mientras UNA se queda en Córdoba porque sigue trabajando. Es en estos días que me regalo cada año a final de curso cuando el gorila se hace visible y convierte a mis tres monstruos en mis tres reyes
Aprovecho estos días sola -en los que trabajo sólo de mañana- para hacer muchas cosas o no hacer nada; para ver a mis amigas o no ver a nadie; para hacer limpieza general o tumbarme en el sillón; para leer y escribir, o beber y engullir. 

Sobre todo aprovecho para disfrutar del lujo de ducharme sin interrupciones. 




Poco a poco, la atención sesgada va ganando miras, se hace más amplia, empiezas a apreciar lo que echas de menos, re-colocas en tu escala de valores lo-que-de-verdad-importa. UNA recarga pilas en esta semana que en cada comienzo estival se queda "de-rodríguez": Los primeros años lo hacía con sentimiento de culpa; ahora lo hago con gusto. UNA a estas alturas sabe que tomar cierta distancia a veces se hace necesario, por no decir imprescindible, para re-enfocar la atención en el-todo y dejar de concentrarla en los rincones de la convivencia donde se acumula la pelusa. 
UNA siempre ha defendido que, entre las medidas de conciliación familiar, debería figurar una semana a solas para la madre, con todos los gastos pagados y garantías de que los niños van a estar bien en esa ausencia, para que esa seguridad de bienestar de la descendencia permita a la madre disfrutar sin tintes de culpa. Esta medida, señores-del-poder, repercute a corto plazo en la recuperación de los niveles de energía de la citada madre, tan drenados a final de curso; a medio plazo, en el buen rollo familiar; y, al ser la familia el pilar de la sociedad, a largo plazo esta medida repercutiría en el bienestar social. No es moco de pavo, pues: Ahí lo dejo.





Antes de terminar no quiero dejar de contar que, cuando UNA le mostró el vídeo del gorila a hijo3 por vez primera, Dolfete acertó los pases de pelota de las chicas en blanco. Exclamó:
- ¡16! ¡Había un mono!

¡Ja! 

El sesgo de atención, dedujo UNA, viene con el retorcimiento de la edad adulta. La atención de los niños es mucho más abierta. Está aquí y ahora. Por eso probablemente el tiempo en la infancia pasa más despacio que en la edad adulta. Por eso también cuando viajamos vivimos más, porque llevamos el foco de atención a puerta abierta.

La deducción de que mi hijo no tiene el foco de atención sesgado vino acompañada de una agradable sensación de alivio. ¡Menos mal! Esto explica que cuando le preguntas a un niño qué ha sido lo mejor de la cuarentena, como hice en el último invento, te contesta sin dudarlo: 
- ¡Estar con papá y mamá!


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