jueves, 22 de agosto de 2019

Postureo

Supongo que en generaciones pasadas las preocupaciones eran otras más urgentes. En tiempos de guerra, en tiempos de hambre, los valores habrían de ceder a las necesidades más acuciantes.

Nuestra generación lo tuvo fácil, o eso creo. Eran buenos tiempos para crecer, para vivir.

La generación de nuestros hijos, sin embargo, tiene preocupaciones nuevas a las que hacer frente. La mayor: El medio ambiente. Como dice mi hermanAura, 
Si no hay mundo, no hay nada 
Es inútil preocuparse de cualquier cosa si nos extinguimos y a veces parece que la única solución viable para el mundo pasa precisamente por nuestra extinción. Mientras escribo esto, arde el Amazonas.

Pero un mundo que agoniza aparte, lo que preocupa a UNA de la inmediatez del ambiente en el que se mueven los hijos es la inversión de los valores
No es que no tengan valores, es que los valores se han invertido.
UNA se siente vieja haciendo estas declaraciones: Los mayores despotricando de los menores es la historia de la vida. Pero las nuevas generaciones cuentan con un factor ausente en previas entregas: Las tecnologías (que ya no son nuevas pero están en continua renovación consumista) y, en concreto, las redes sociales. La inversión de valores a la que me refiero aquí, estoy segura, procede directamente de la incorporación de estas redes al escenario de la existencia mundana.


La popularidad es el valor por excelencia. 

Es complicado explicarle a un niño que lo que importa realmente es ser amable; valores como la constancia, la tolerancia o la generosidad parecen haberse quedado anticuados y perder brillo en comparación con la glamurosa popularidad.

Los pre-adolescentes y adolescentes cuelgan fotos en Instagram con un outfit pre-diseñado, fotos que ellos mismos denominan "de postureo", sin sonreír por supuesto, posando con los dedos haciendo la señal de victoria así o poniendo los cuernos asáy lo que de verdad importa es el número de likes (quién le ha dado a me gusta) y el número de followers (quién sigue mi cuenta). Eso es lo único que de verdad importa. Lo curioso es que todos saben que la foto no es auténtica, que es puro postureo. Pero por algún motivo que -confieso- se me escapa, da igual: lo que realmente importa es la popularidad. Cuántos más likes y cuántos más seguidores, más popularidad. Y eso es lo guay estos días, ser popular.


Popularidad = likes + followers


¿¡Hola!? 

¿¡Hay alguien ahí?! 

¿Qué tipo de adicción química o emocional o ambas han creado estas redes en nuestros adolescentes? En nuestros tiempos, se tenía pánico a la heroína y a la cocaína. La droga era la sombra negra que quitaba el sueño a nuestros padres, pero sólo se ahogaban en esas arenas movedizas los caballos descarriados. 
La adicción a las redes sociales, no obstante, alcanza a todos, no deja títere con cabeza. Por la alfombra roja de Instagram desfilan las generaciones adolescentes sin darse cuenta de que la vida es otra cosa de lo que retratan en sus (a veces patéticas, a veces absurdas) historias.

A las madres de estas generaciones nos ha tocado una tarea nada fácil. Primero, limitar el tiempo de pantalla. UNA es muy estricta en esto y envidia en parte a aquellas familias que han tomado la decisión de no limitarlo porque en serio que es una tarea nada placentera. Pero si UNA no limitara el tiempo de pantalla de los niños en casa, te aseguro que la adicción es tal que estarían 24/7 pegados a la tablet. Cuando pasa el ratito de usarla, primero hay que oír el 
- 5 minutos más, por favor, mamá, 
con esa voz melosa que se les pone cuando te piden algo. 
- Ya han pasado los 5 minutos. 
Y tus hijos que parecen rallados: 
- 5 minutos más, por favor, mamá, que tengo que acabar esta partida.
El botón de snooze del despertador eres tú y tus hijos venga a darle al botón, 
y venga a darle al botón, 
y venga a darle al botón. 
Cuando tú, despertadora, te plantas y dices que 
- ya está
que 
- ya no hay más tiempo de descuentos
entonces, la voz melosa se transforma en esa voz monstruosa que todos los días sin tregua tiene que recordarte que 
- a mis amigos les dejan la tablet todo el día
porque 
- estamos en verano

- son vacaciones

- no hay derecho

- eres tan injusta
Te dan unas ganas incontrolables de volverles a dar la tablet para que se callen otro ratito. Ganas incontrolables que te tienes que controlar.

Nos ha tocado también la tarea de estar presentes. Cuando Paul hijo1 se abrió una cuenta de Instagram, después de un forcejeo emocional curioso que nos mantuvo alerta varias semanas, UNA se hizo activa en Instagram también:
 HAY QUE ESTAR.

Ésa es mi premisa. 
Antes había que estar en los cumpleaños, en los cines, en la puerta del cole. Ahora hay que estar en las redes en las que ellos están. Respetando su postureo, sin participar demasiado, pero siendo su follower number one, siguiendo a todos los que le dan like a sus fotos, vigilantes, porque no se sabe. No se sabe lo que pasa en las redes: oyes cosas, te cuentan cosas, vas a la escuela de padres del colegio, escuchas una charla de un guardia civil de la brigada de delitos cibernéticos y sales acongojada (por evitar usar otro palabro que defina con mayor precisión la sensación). Y la conclusión a la que llegas es que no puedes prohibir, pero tienes que estar. 
Prohibirle algo a un adolescente es como darle una invitación para asistir al mismísimo evento al que le has prohibido ir. Si no te dejan comer Panteras Rosas, en cuanto puedas te pegas un atracón de pastelitos. La paradoja de la ley seca. Pues eso, no puedes prohibir, pero hay que estar.

UNA no es anti-tecnologías ni anti-redes sociales: Sería una incoherencia hacer otra afirmación diferente desde este contexto. Mi padre fue líder en el uso de nuevas tecnologías y nos inculcó el amor por todas las aplicaciones que pudiera tener cada descubrimiento. Tuvimos un ordenador Apple en casa antes que nadie en nuestro entorno. Recuerdo que en Secundaria siempre me tocaba a mí pasar a limpio los trabajos de mi grupo de literatura en el colegio porque yo era la única que podía hacerlo desde casa, la única con un PC y una impresora. De hecho, cuando más echo de menos a mi padre es cuando descubro una nueva app, un nuevo programa, un nuevo sitio web, que a él le hubieran indudablemente entusiasmado.

Fue él quien me explicó lo que era un blog y aquí está UNA. 

Esto es lo que quisiera transmitirles a mis hijos también (tarea difícil): Que las redes, que las tecnologías, pueden usarse con un valor mucho más valioso que el mero postureo, que es la creatividad. Veo chicos de la edad de los míos haciendo cosas ya grandes con su tiempo de pantalla: desde vídeos creativos hasta composiciones pasando por transmisión de información de otra manera desapercibida. Las posibilidades son infinitas una vez que se da rienda suelta a la creatividad. La adolescencia es de por sí una etapa esencialmente creativa. Mis chicos todavía no han encontrado su ventana pero trato de estar atenta para fomentar la tan preciada creatividad en el momento que asome su cabecita y reconducir el uso de la pantalla de un mero postureo a un ejercicio de creación en toda regla.


No quiero alargar demasiado el post aunque el tema da para rato, y cada vez lamentablemente para más rato. Sólo rogar que no quememos etapas antes de tiempo. Desde el sistema educativo ya les han robado a nuestros hijos dos años de su infancia, adelantando la Secundaria y acortando la Primaria. La transición adelantada ha acelerado los cambios. Pero no los aceleremos desde casa. El otro día en un foro una madre contaba agobiada que no sabía cómo afrontar una situación que tenía planteada: una niña había mandado a su hijo de nueve años una foto de su pecho desnudo. Las respuestas eran variadas. La madre estaba muy angustiada y no quise apabullarla más con juicios (una madre angustiada lo que menos necesita es juicios, por favor, recuerda), pero la respuesta que no podía evitar se formulara en mi mente era: 

- ¡Disculpa, ¿qué hace un niño de nueve años con móvil?!

El problema es que estamos estrenando un terreno por el que nadie ha pisado antes. No sabemos cuáles son las edades apropiadas para cada paso. Estamos desconcertadas educando a una generación que tiene a su disposición medios que ni nosotras tuvimos ni tampoco dominamos.

Sólo se me ocurre decir: 
¡Suerte!
E información.
Y paciencia. 
Mucha paciencia:
Otro de los valores que no profesan las nuevas generaciones.





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