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sábado, 8 de agosto de 2020

Los hilos invisibles

Uno de los pensamientos que más ansiedad me produce, porque al final son los pensamientos los que generan ansiedad, es la certidumbre de la soledad en la que nos hallamos todos: tú no tienes acceso a mi mundo interior, por más que yo intente dártelo a través de mi comunicación verbal y no verbal, y yo no tengo acceso al tuyo. Todo lo que pasa dentro de ti, que es mucho, es tuyo y tuyo sólo. Todo lo que pasa dentro de mí, que a veces raya lo-demasiado, es mío: yo me lo quedo. Nacemos solos, vivimos solos, morimos solos. Por mucho que deseemos acceder los unos a los otros, lo cierto es que estamos aislados y las relaciones humanas no son otra cosa que torpes intentos de atajar esa soledad. Pensarlo me pone ansiosa.

Pero no tengo que creerlo. Ahí está el antídoto: en decidir no creerlo. Pues si esa soledad es la que nos separa, luego están los hilos invisibles que nos unen. Los hilos invisibles también son objeto de creencia. ¿Recuerdas? "Lo esencial es invisible a los ojos". Pues estos hilos de los que hablo, aunque no se ven con la vista, ni se tocan con las manos, no obstante son susceptibles de sentirse. Incluso si no crees en ellos, puedes sentirlos si prestas atención. La ansiedad, en realidad, no es otra cosa que dudar de la existencia de esos hilos. 

Hay un hilo invisible, por ejemplo, de los ojos de Peter-padre a los ojos de UNA-madre. Ese hilo que es exclusivo nuestro me une a Peter porque sé que nadie salvo Peter siente por mis hijos lo que UNA siente por mis hijos. Sólo Peter. Este hilo se devana de los ojos de cualquier madre a cualquier padre. Cuando el hijo hace algo bello y los padres se miran con orgullo, no hace falta verbalizar. Cuando el hijo hace algo perverso pero divertido, los padres pueden reír la gracia a través del hilo invisible que une sus ojos mientras cumplen la obligación moral de explicarle al hijo que eso está mal, muy mal. Ese hilo invisible se tiñe de preocupación cuando alguna amenaza se cierne sobre la salud de los pequeños mientras el lenguaje- corporal o no- sabe que tiene que disimular para que el miedo no salpique a las criaturas. 

En la pareja, el hilo invisible te avisa cómplice cuando el-otro te desea, o cuando necesita que no invadas su burbuja de espacio personal y te alejes un rato. Es el hilo que se ilusiona con los planes comunes, el hilo que admira las cualidades de el-otro que maduran como el vino, y el mismo hilo que reconoce las danzas ya familiares en los conflictos y los acorta en aras de los valores compartidos: ya sé cómo va acabar esta discusión porque nos conozco, son ya muchos hilos, y decido dejarla estar, dejarla ir. Es el hilo que está plagado de palabras y frases, de gestos y muecas, que no significan nada para el-ajeno y todo para la-pareja.

Hay un hilo invisible entre madre e hijo. Ese hilo invisible que sentiste la primera vez que notaste a tu bichín moverse en el embarazo y no sabías si eran gases o era una mariposa. Es el mismo hilo invisible que reposa en tu regazo cuando tu bebé duerme encima de tu pecho y su respiración se sincroniza con la tuya. Cuando tu pequeño se cae y se hace daño, y un beso tuyo encima de la herida la cura milagrosamente: el hilo invisible entre tu hijo y tú está lleno de besos que curan, manos que se entrelazan haciendo prodigios, susurros que levantan telones de acero. Es el hilo que se regocija cuando tu chico hace surf y coge una ola, o mete un gol, o inventa y crea y brilla, e inmediatamente mira en tu dirección para ver si lo has visto, para asegurarse de que no te lo has perdido. Es el hilo que se tensa cuando, nada más ver a tu hijo, tú ya sabes que algo le pasa sin necesidad de que te lo cuente. Es el hilo invisible que sientes debilitarse y temes se rompa en la adolescencia de tu grande, pero sabes sigue ahí pendiente, colgado, temblando.

Desde que empecé a escribir este blog, han pasado muchas cosas bonitas. Me han escrito personas, sobre todo mujeres, sobre todo madres, expresándome el alivio que les ha producido el poderoso hilo del yo-también. Yo-también estoy harta. Yo-también grito. Yo-también lloro en el cuarto de baño. Yo-también me siento mala-madre. Yo-también quiero salir corriendo. Yo-también estoy enamorada de mi hijo y yo-también quiero estrellarlo. Yo-también siento el desasosiego que me produce el paso del tiempo. A mí-también me revuelve el vértigo que me produce la incertidumbre. Yo-también pienso que no doy la talla, que no estoy a la altura, que salgo perdiendo en la comparación. Yo-también dudo. Yo-también me arrepiento. 

El yo-también es un hilo invisible férreo que nos une: yo no puedo acceder a tu mundo interior y, sin embargo, sé por lo que estás pasando, sé lo que estás sintiendo, porque UNA ha estado o está ahí. Claro, hay que haber estado o estar ahí. El hilo invisible requiere presencia.

Poco antes de morir mi padre, murió el padre de una amiga. UNA creyó que entendía. Cuando murió mi padre, sin embargo, y sentí en primera persona el desgarro que supone la orfandad de el-referente, UNA le pidió disculpas a su amiga. Le dije: 

- Lo siento. No supe estar ahí para ti. Porque no entendía. Ahora entiendo. 

La muerte de mi padre tejió un hilo invisible entre UNA y ella, entre UNA y todo el que ha perdido a el-referente.

Así es la vida mundana. Sí, naces solo. Pero a medida que vas creciendo, por fuera y por dentro, vas tejiendo hilos invisibles, como esas frases que subrayas al leer un libro porque ponen voz a tu mundo interior. Al final, con los hilos invisibles, tejes una red. 

Quiero creer que es esa red la que te mece a la salida de una vida mundana.


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miércoles, 8 de julio de 2020

Los inventarios fútiles

Los inventarios fútiles es el nombre más apropiado que he encontrado para una técnica del victimismo que suele destilarse en la diarrea mental de la maternidad, aunque no es exclusiva de ésta. Puede ser dinámica común en las relaciones de pareja o hacer acto de presencia en el trabajo o la amistad y, en general, en cualquier relación viciada en la que uno de los componentes haga el papel de Ms Victim, personaje que ya os identifiqué en otra entrada [La bomba de UNA (o mi templo de dos horas)].
Hacer un inventario fútil consiste en hacer una lista, a menudo mental, en ocasiones verbal, de todas esas cosas que haces que merecerían reconocimiento y que, más a menudo que no, no lo obtienen. 
Te pongo una ejemplo a ver si reconoces la técnica (aunque si rebobinas mi blog seguro que te topas con alguno):

Es el cumpleaños de tu hijo que estrena adolescencia y la compañía telefónica no ha activado la tarjeta de móvil que habría de ser su regalo de cumpleaños. Tu hijo, que esperaba la tarjeta con avidez, está seriamente decepcionado y te lo expresa con una retahíla de quejas y lamentos que, a medida que van ganando en intensidad, van aumentando en ti la dosis de victimismo. Comienza el inventario fútil que, dependiendo de tus niveles de paciencia para la validación ese día, puede ser mental (es decir, no llegas a verbalizar) o puede ser verbal (pudiendo alcanzar en un momento dado altos niveles de decibelios): 
Me he pasado toda la semana ocupándome de tu p*** cumpleaños (nótese que si es mental no hacen falta los asteriscos), te he preparado una fiesta con amigos, he comprado Y preparado la merienda, te he encargado la tarta de tu sabor favorito, te he compuesto un vídeo con las fotos más pizpiretas de tu cándida infancia, toda la familia me ha encargado tus regalos así que he recorrido las tiendas en busca de los objetos que más pudieran deleitarte... ¿¡y a cambio lo que recibo son tus quejas y lamentos porque no puedes estrenar línea de móvil justo hoy!? 
El inventario fútil suele ir precedido del "encima de que". Tu pareja se olvida de tu aniversario de bodas.
Encima de que te he preparado una celebración romántica por sorpresa. 
Encima de que he conseguido que mi hermana se quede con los niños. 
Encima de que me fijé hace semanas en aquel escaparate que admirabas y volví a por ello para poder regalártelo hoy. 
Encima de que llevo aguantándote toda la vida...
¡Encima!, se te olvida nuestro aniversario.
Cabe destacar que en esta segunda interacción el susodicho no era siquiera consciente de todos los supuestos de los que estaba encima

El caso es que los inventarios fútiles -atenta a esto- sólo son interesantes para Ms Victim, que es la que los elabora. Son un proceso creativo en sí mismo. Cuantas más vueltas le das al inventario, cuanto más se lo relatas a amigas y hermanas, más cosas encuentras para añadir a la lista. ¿Cómo pudiste dejar atrás en la primera ronda de la lista aquello TAN sacrificado que también hiciste por el-otro? 

Para el resto del mundo, sin embargo, los inventarios fútiles son muy pero que muy aburridos. 
Agotan. 
Desesperan. 
Exasperan. 

Para empezar, conviene reflexionar sobre cómo uno de estos inventarios hace sentir al recipiente. La pregunta obvia que salta a la vista es: 
¿Acaso yo te he pedido que hagas todas esas cosas por mí? 
La respuesta obvia seguramente sea que no.
Si no te lo he pedido, ¿por qué habría de estarte agradecido? 
Lo cierto es que salió de ti hacer todas esas cosas de tu lista soporífera. Fueron iniciativa tuya. 
¿Por qué me exiges ahora reconocimiento por algo que nadie te ha pedido?
Contra esta lógica aplastante, no hay argumento alguno redentor.

Los inventarios fútiles alcanzan un nivel absurdo en la maternidad, especialmente en etapas adolescentes, cuando el 
"pues no haberme tenido" 
y el
"yo no pedí venir al mundo"
van ganando terreno. 
Es decir, la madre-del-adolescente ha de estar preparada para la ingratitud. El conflicto, cree UNA, es la generación que estamos protagonizando a caballo entre dos mundos: por un lado, tenemos de modelo a una generación de madres sacrificadas que, como la mía, daban por los hijos el tiempo, la energía y la vida propia sin planteárselo, sin cuestionárselo, con la aceptación de ese papel como única bandera. 
Por otro lado, estamos nosotras, con la incómoda tarea de poner a cada cual en el sitio que le corresponde, empezando por el padre, y continuando por la defensa de nuestro derecho a trabajar fuera y a no trabajarlo todo dentro. Pero la maternidad sigue exigiendo sacrificio y en ese afán por ir recolocando el-todo, el sacrificio no nos sale tan natural como a nuestras madres, o por lo menos no a todas, o por lo menos no a UNA, y empezamos a exigir que se nos reconozca a través de los inventarios de las distintas facetas de nuestro sacrificio. Lo que antes se daba por sentado ahora nos negamos a que se dé por sentado porque simplemente no era justo que se diera por sentado.
Pero, como vengo a decirte, estos inventarios son fútiles para el que los escucha. Resultan inútiles. Como ya te conté en El último invento, el reconocimiento auténtico habrá de brotar de dentro.

Restan dos opciones: una, es hacer el sacrificio sin esperar el reconocimiento. Sin esperar, fíjate, siquiera que se den cuenta, que lo vean: recuerda que estás en el ángulo muerto. Quizás estés creando un recuerdo que un día genere cierta gratitud, pero desde luego no la esperes ahora. También te digo que existe un placer indescriptible en hacer las cosas por el mero hecho de hacerlas, sin retroalimentación alguna. Existe la paz con UNA misma que se desprende de la coherencia y la simplicidad del lo-hago-porque-te-quiero. Quizás ése era el secreto del sacrificio bienhumorado de nuestras madres, aunque más bien lo achaco a la conformidad con la distribución de roles entonces imperante.
La otra opción consiste en reducir al mínimo, simplificar el inventario, el número de cosas que haces. Tachar los ítemes en la lista de cosas por hacer que no sean imprescindibles para la salud mental del personal involucrado, incluida la tuya. Sobre todo la tuya.
Yo creo que la clave está en no decantarse por ninguna de estas dos opciones de modo tajante, sino en ir combinándolas según tus niveles de energía y de humor, sin olvidar nunca el derecho al descanso de UNA para que Ms Victim no nos aburra ni nos enerve pues, al final, los inventarios fútiles no hacen otra cosa sino añadir argumentos a la lista ya larga de razones que tiene una madre para sentirse víctima en la ingrata tarea de la maternidad, especialmente en un mundo familiar machista y un mundo laboral no conciliador. Los inventarios fútiles son un hábito mental que echa leña al fuego, a tu fuego. No te hagas ese flaco favor. Remueve cosas de la lista o bien abraza el altruismo, que campa a sus anchas una vez liberado por la ingratitud. 
Las sorpresas revelan mucho del que sorprende, poco del sorprendido. 

Deja que lo que hagas hable de ti y no le restes valor inventariándolo. 





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domingo, 10 de mayo de 2020

El último invento


Estuvimos viendo fotos y vídeos antiguos, hicimos un puzzle de 1000 piezas, hicimos ejercicio y grabamos un súper vídeo de ejercicio-en-familia-para-la-cuarentena, les enseñé a editarlo, hicimos una casa de cartón, pintamos y forramos con servilletas cajas de fresas, leímos, hicimos retos, un picnic en el salón, la fiesta de los juegos, los juegos de preguntas y respuestas, hicimos dibujos, pintamos acuarelas, hicimos más retos, aplaudimos a las 8, cambiamos de sitio todos los muebles de su cuarto, pintamos botellas de cristal y las iluminamos por dentro, hicimos llaveros de plástico, una acampada en el salón, marcapáginas, mandalas, pulseras, legos, lettering, escribimos una carta a los basureros, jugamos a juegos de mesa, a juegos de suelo, a juegos de aire.




UNA se acostó inventando. 
UNA se levantó inventando.

Anoche celebramos el último invento. Quise hacer con ellos una cápsula del tiempo de la cuarentena:
Meter en una caja todos los recuerdos de la cuarentena y cerrarla para abrirla dentro de unos años y que los recuerdos que escribieran ayer nos trajeran de vuelta estos días raros de la-dimensión-confinada. Para ello, escribimos notas juntos respondiendo a preguntas como:
Lo que más me ha gustado de quedarme en casa ha sido…
La persona a la que más he echado de menos en esta cuarentena ha sido…
La cosa que más he echado de menos en esta cuarentena ha sido…
Algo que he aprendido en esta cuarentena ha sido…
Lo que más ganas tengo de hacer cuando se acabe la cuarentena es…

Bueno, pues cuando llegamos a "Lo que más he hecho estando encerrado en casa es…", los monstruos contestaron jugar a la play y ver series.
Y cuando llegamos a "En esta cuarentena me he sentido sobre todo…", los monstruos contestaron "aburrido".

Jugar a la play. Ver series. Aburrido.

Quiero que vuelvas a leer el primer párrafo de este post y te tomes tu tiempo para asimilar la falta de concordancia con estas respuestas.


ATENCIÓN: MENSAJE URGENTE PARA TODAS LAS MAMÁS DEL MUNDO
Desde la más pura acritud de mi cápsula de tiempo de la cuarentena os digo: 
No os molestéis tanto, de verdad. Sed un poco más egoístas.  Dedicad la energía y el tiempo a vuestros sueños, a los propios, a los que teníais antes de la maternidad o a los que habéis dado a luz en la maternidad. Porque cuando pensabais que estabais creando-recuerdos, llega la play y todo lo copa. Todas esas noches que te acostaste agotada por haber pasado el día entreteniendo vástagos, resulta que al final el sentimiento que prevalece es el del aburrimientoNo gastéis más energía que la indispensable para que sobrevivan. 

A no ser de que te guste. Entonces sí. Porque el único consuelo que UNA encuentra hoy, en la resaca de la ingratitud, es el siguiente: Por mi vena creativa, disfruté haciendo muchas de las cosas de ese primer párrafo. Y también disfruté los momentos: ¡Oh, los momentos! Pero me pregunto si UNA era la única que estaba disfrutando. Ellos hubieran preferido estar jugando a la play. ¡Bendito favor nos han hecho los creadores de videoputosjuegos que han convertido el resto del tiempo vital en tiempo-de-aburrimiento!

Cuando al final de la noche, expresé mi decepción por cómo había salido el experimento de la cápsula del tiempo, que me había manifestado que los recuerdos que UNA creía haber haber estando creando no eran los recuerdos que en realidad se estaban creando (¡soltar las expectativas!), Peter me hizo una señal de que no hiciera sentir mal a los tres reyes: ¡Cuidado, frágil!

La lección que UNA aprende aquí es triple. Curioso: Una lección por rey.

Primera eLECCIÓN: UNA no elige los recuerdos que se crean en sus pequeños cerebros. Esto también, como tantas otras cosas de la maternidad, está fuera de nuestro control (¡ay, el control!), por mucho que quisiéramos como madres tener el poder de elegir sólo los recuerdos-bonitos para implantarlos en sus cabezas. Igualmente UNA aprende que "recuerdo-bonito" no significa lo mismo para UNA que para ellos.

Segunda eLECCIÓN: UNA recuerda (porque ésta ya se la sabía UNA pero se le olvida) que si no te pido algo, ¿por qué te lo tengo que reconocer? Es decir, si ellos no pidieron que yo les entretuviera con mis brillantes-para-mí ideas, ¿qué derecho tiene UNA ahora a exigir reconocimiento por parte de sus recuerdos?
La oficialidad y solemnidad de listados como el del primer párrafo de este post quitan mérito, te hacen menos admirable, generan animadversión, hacen que el-otro-que-no-eres-tú se sienta juzgado.

La tercera eLECCIÓN, y probablemente la más importante, es que el reconocimiento, amigas, siempre ha de venir de dentro. Para no depender del reconocimiento ajeno. Para no sentirse decepcionada. El verdadero reconocimiento, en el que se basa la verdadera autoestima, es el de UNA hacia UNA. La autocompasión. La amabilidad con UNA misma.

Cuando en el Día de la Madre, que en casa pasó sin pena ni gloria, se hizo viral aquel meme que decía ¡hoy toca aplaudir también para adentro!, pensé:

Lo que realmente debería significar para adentro es UNA aplaude a UNA.




Snoopy dice: 
No estoy triste. Sólo tengo un poco cansada la alegría.
Pues eso: 
Descansa un poco tu alegría hoy. Ponles la play. Y reúne energía para TU próximo proyecto, uno que tú disfrutes, les incluya a ellos o no.
Hoy UNA se va a tomar el día para UNA. 
Y si se aburren, pipí-caballito.










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jueves, 21 de noviembre de 2019

Cambio de roles


La edad que nos ocupa está entre generaciones. A caballo entre los-que-vienen y los-que-se-van. Esto exige un cambio de roles para el que no estábamos preparados. No estábamos preparados nosotros, que por dentro aún sentimos que acabamos de llegar. No estaban preparados los-que-se-van, que probablemente por dentro aún sientan que acaban de llegar. No lo sé. Todavía.

Lo que sí sé es que es una putada (este palabro, ya os habréis venido dando cuenta si me seguís, ha ganado necesariamente condición de legal en Una Vida Mundana). 
El padre de Rita ha tenido un derrame cerebral; la madre de Carol ha perdido la visión en un ojo tras una triple operación de cataratas; al padre de Laurita le han operado y quitado una prótesis de cadera que había rechazado; la madre de Juanito ahora necesita un andador… (*) 
Están viejos. 
Nuestros padres, los que viven, a los que no se los llevó ya el cáncer, los que sobreviven, están viejos. 
Ha pasado delante de nuestros ojos y no nos hemos dado ni cuenta. 
Estábamos tan entretenidos con los-nuevos, con los-recién-llegados, con los-que-vienen, que no habíamos reparado en el desgaste de los-que-empiezan-a-irse. 
Y ahora requieren nuestra atención.

Pero, ¿sabes qué pasa? Que muchos de nosotros, por dentro, seguimos siendo niños.
Algunos más que otros.

UNA se da cuenta. 
La parte de UNA que se da cuenta, supongo, es la parte adulta. 
UNA-adulta se da cuenta de que UNA, por dentro, sigue siendo una niña. 
UNA-todavía-niña quiere ponerse pachucha, y tumbarse en el sillón, y que mamá venga y la cubra con una manta, y le haga una sopa. No hay sopa que sepa como la-sopa-de-mamá. Ni siquiera la sopa-de-UNA.
UNA-todavía-niña quiere quedarse dormida en el sillón y que papá la coja en brazos y la deposite en la cama sin necesidad de despertarla porque puede perfectamente con ella.
UNA-adulta lo ve. UNA se da cuenta de que, cuando UNA-todavía-niña está cansada o cuando UNA-todavía-niña tiene hambre, UNA tiene una rabieta. Sólo que las rabietas de ahora no son me tiro al suelo y me pongo a llorar (¡aunque a veces a UNA le gustaría!), sino me enfado y grito porque está la casa-de-domingo y es todavía viernes.

UNA-todavía-niña quiere que alguien se haga cargo. 
Que se haga cargo de las preocupaciones. 
De las preocupaciones por los-que-vienen. 
Y de las preocupaciones por los-que-se-van. 
UNA-todavía-niña quiere que el responsable sea otro. 
Que el adulto sea otro. 
No quiere tomar decisiones, ni organizar.

Y ahí dentro andan la UNA-adulta y la UNA-todavía-niña manteniendo una lucha de poder. 
Cuando suena el despertador, la UNA-todavía-niña gruñe porque ¡no quiero ir al cole! y la UNA-adulta se levanta a preparar desayunos y meriendas para los-que-vienen. 
A menudo esperamos que nuestra pareja haga de yo-adulto para que podamos permitirnos el lujo y el placer de dejar salir un rato al yo-niño. Esperamos que sea nuestra pareja la que se haga cargo, la que nos haga la-sopa-de-mamá. 
Puede que muchos de los reproches de pareja tengan su origen en que el niño que llevamos dentro pretenda que el otro-que-no-eres-tú haga de adulto. Pasa que si los dos niños salen a chillar a la vez, ¿quién se queda de guardia?

En algunos de nosotros gana la parte-niño y en algunos gana la parte-adulto. No todo el rato ni en cada circunstancia pero en el trasvase de roles entre generaciones este pulso se pone especialmente de relieve. Hay quienes son más adultos y saben adaptarse al nuevo rol sin problemas a pesar de la pena. Luego están los más inmaduros, en los que gana la parte-todavía-niño, a los que la pena les impide moverse con naturalidad en el nuevo rol. Se bloquean.

Recuerdo cuando mi padre enfermó. En su agonía, mi hermana decía, hubo dos equipos: el equipo fuerte y el equipo débil. El equipo fuerte, mi hermana la mayor y mi hermana la pequeña, se manejaban con fluidez. Movían los tubos, las sábanas, el camisón manchado y a él mismo, como si no hubieran hecho otra cosa en su vida.
UNA estaba en el equipo débil. UNA apenas se atrevía a mirar a los ojos al hombre moribundo de aquella cama porque UNA lo que quería era gritar: 
¡que no te puedes morir! 
¡que eres mi papá y tú no te puedes morir!
¡que no encajan las piezas de mi puzzle si lo haces! 

Y es que UNA, que tenía entonces 39 años, sentía que tenía 6 cada vez que entraba en aquella habitación de hospital.

Cuidar a los que nos cuidaron es ley-de-vida, no me cabe duda. Pero es una ley de vida antinatural, una paradoja de la vida, mundana o no, pues es ley que no deja títere con cabeza. No deja títere con cabeza.

El niño dentro de los-que-se-van empieza a salir a la superficie, a ganar protagonismo, desde el momento en que empiezan a deshacerse, a desgastarse, a empezar a irse. Y ante ese niño, los que habitamos entre generaciones no tenemos otra opción que crecernos, que poner en la portada a nuestro yo-adulto, y dejar al yo-niño para cuando te encierras a llorar en el cuarto de baño. 


(*) Los nombres de los amigos de este post son ficticios para preservar la intimidad de los amigos reales. Las historias son reales. Los nombres ficticios son los de los personajes de la serie Esther y su mundo de la ilustradora española Purita Campos, que acaba de fallecer a los 82 años y a quien rindo homenaje desde este post. 
En la versión inglesa original, esta serie se llamaba Patty’s World, como UNA. 
La primera historieta de la serie además se publicó en 1971, como UNA.

También rindo homenaje a los amigos que andan estos días cuidando a sus los-que-se-van.




lunes, 4 de noviembre de 2019

Envejecer: Dime, ¿qué piensas hacer con tu única, salvaje y preciosa vida?


Siempre había pensado que envejecer sería algo así como una bola de nieve que se va deslizando a poquitos por una pendiente, sin velocidad, pero ganando momento de forma paulatina. Lo que me ha pillado desprevenida es que envejecer va en realidad a saltos de canguro y, en cada salto, descubres algo que te hace un poquito más vieja: un día es una arruga debajo de los ojos, otro día es una arruga encima de los labios, un dolor en la rodilla cuando buscas las zapatillas de Dolfete debajo del sillón, un bostezo delante de una copa en un bar, la pereza de hacer una maleta, el ceño fruncido que te ocupa la cara, la osadía de alguien de etiquetar a tus bebés de adolescentes, ese plato que nunca te gustó y ahora te priva, el hijo que te dice que ya no va a dormir contigo aunque papá no esté...

Cuando te acuerdas, estás rozando los 50 (los rozas por abajo, los rozas por arriba) y te preguntas dónde se ha ido tu vida, esa vida que se prometía larga e intensa. Los años-de-madre especialmente, a pesar de los días laaaargos y las noches más laaaargas todavía, son los que más rápido pasaron delante tuya, a modo de la polvoreda que levantaba el correcaminos en su huida.





La sensación es de puro vértigo


Si te paras a pensarlo friamente, la vida es una gran putada. Nos han soltado aquí, solos, sin darnos explicación alguna. La ciencia no es otra cosa que una búsqueda digna de esa explicación pues no hay fe que tenga garantías. Todas y cada una de las personas que conoces en este momento no estarán aquí algún día, incluidos tus hijos. Produce escalofríos. Lo que llamamos ley-de-vida no es otra cosa que la esperanza, el crucemos-los-dedos, el toquemos-madera, de que el orden natural de las cosas no se altere. ¡Por Dios que no se altere! Que enterremos a los padres, aunque duela como si nos estuvieran quebrando los huesos, pero nunca a los hijos.

Ante este hecho irrefutable, sólo restan dos opciones, aunque adivino que la fe ha de ser una tercera que de alguna manera alivie el desconsuelo. Para los que no creen, la opción más popular es la de anestesiarse:  ¡A vivir que son dos días! Son muchas las modalidades de anestesia:
Comer mucho
Beber mucho
Comprar mucho
Reir mucho
Pero también:
Trabajar mucho
Enfadarse mucho
Preocuparse mucho
Pasarse la vida en Facebook
Y hasta leer mucho
Las posibilidades son inagotables. Lo cierto es que el mundo donde nos soltaron es asombrosamente versátil.


Envejecer además, en esta cultura que ensalza la imagen corporal de la juventud, roza el pecado. Nos avergonzamos de las arrugas y de las canas, las tapamos con color. Vamos a nuestras reuniones-aniversario apesadumbradas por el miedo a la comparación con nuestro yo-pasado, casi pidiendo perdón por que los años hayan apagado el color de nuestra piel y sumado volumen a nuestras caderas. Usamos filtros para publicar una versión menos envejecida de nuestros selfies en las redes sociales. 
La vergüenza de envejecer en realidad esconde la pena y el miedo.
Maquillar el paso del tiempo viene a ser otra manera de no sentir el vértigo. 

La otra opción, la alternativa a la anestesia que nos viene prácticamente impuesta a los que la sensibilidad nos excede, no es otra que sentir.
Sentir la incertidumbre
Sentir el desgarro
Sentir la desolación
Sentir la desazón
Sentir la tristeza
Sentir la rabia
Sentir la pena
Sentir la ansiedad
Sentir el miedo.

Sentir las emociones que producen los saltos de canguro de envejecer, la certeza del futuro, la conciencia de la soledad y el pensamiento de la muerte.

Pero si te das permiso para sentir esto y no anestesiarlo, abres la puerta al abanico del resto de emociones:
la admiración enmudecida ante la belleza, 
el regocijo acogedor de la maternidad, 
la euforia de la creatividad, 
la satisfacción de la conexión con el-otro-que-no-eres-tú, 
el gozo del amor y el sexo.

Pararte a incorporar todas estas emociones ralentiza de alguna manera el tiempo porque, para realmente sentirlas, necesitas estar en el momento presente, en el ahora, en el momento del verano, del viaje, del poema, del abrazo. Cada momento se convierte en un rito. ESTO es vivir y no pasar a saltos por la vida.

Vivimos a ratos entre una y otra de las dos opciones: entre anestesiarnos y sentir. Los que somos más intensos, como UNA, no podemos evitar vivir más en la segunda opción que en la primera, sobre todo a medida que vamos envejeciendo, aunque admito que a veces daría mi reino por una anestesia que, a modo de dique, detuviera la mente incansable de UNA. Pero también a medida que vamos envejeciendo, vamos tomando conciencia de que vivir en la segunda opción, además de ser motivo de desasosiego vital, también lo es de celebración vital.

Así es la vida. Nadie te va a venir con una respuesta. Nadie la tiene. Ni siquiera creo que las preguntas que nos formulemos sean las apropiadas. Mañana te levantarás y, al mirarte al espejo, descubrirás una nueva mancha en tu piel que ayer no estaba. 
Sabrás que eres un poquito más vieja. 
Te entrará vértigo.

Siente ese vértigo pues lleva consigo la promesa de su contrapunto.


*    *    *


El día de verano, poema de Mary Oliver

¿Quién creó al mundo?
¿Quién hizo al cisne, y al oso negro?
¿Quién dio forma al saltamontes?
Me refiero a este saltamontes,
el que acaba de saltar en la hierba,
el que ahora come azúcar de mi mano,
el que mueve las fauces de atrás para adelante y no de arriba abajo,
el que mira a su alrededor con enormes ojos complicados.
Ahora levanta una de sus patas y se lava la cara cuidadosamente.
Ahora de pronto abre sus alas y se va flotando.
Yo no sé con certeza lo que es una oración.
Sin embargo sé prestar atención
y sé cómo caer sobre la hierba,
cómo arrodillarme en la hierba,
cómo ser bendita y perezosa,
cómo andar por el campo,
que es lo que llevo haciendo todo el día.
Dime, ¿qué más debería haber hecho?
¿No es verdad que todo al final se muere, y tan pronto?
Dime, ¿qué piensas hacer con tu única, salvaje y preciosa vida?

jueves, 3 de octubre de 2019

Por favor, no romper nada


Las palabras abstractas son difíciles de entender, cuanto más de definir. Intenta definir lo que es la vulnerabilidad. Complicado, ¿no? El otro día me crucé con un meme en internet que decía así: 


Amor es tocar el mundo interno del otro y no romper nada.

Pensé: 
¡Somos tan frágiles por dentro!
Todos… hasta los que son robustos por fuera. 
Todos. 
Frágiles.

La vulnerabilidad, que está inescrutablemente unida a esa definición que me encontré del amor en un meme, consiste precisamente en abrir la puerta y dejar pasar al otro-que-no-eres-tú a TU mundo interno sin la garantía, escúchame, SIN la garantía de que no rompa nada. 
Cada vez que le enseñes al otro-que-no-eres-tú esa vasija que no le enseñas a nadie, cada vez que le muestres al otro-que-no-eres-tú esa cortina de cristales que no paseas por el mundo, cada vez que el-otro-que-no-eres-tú se pasee por TU mundo interno y se encuentre con tus espejos y tus piedras menos preciosas y tus cuencos y tus copas, no tienes ninguna garantía de que no vaya a romper nada. ESO es vulnerabilidad: Hacer al otro-que-no-eres-tú un tour por TU mundo interno, con la incertidumbre de no saber si romperá algo y la confianza puesta en que -por amor- no lo rompa.
Contarle a otra mamá que no tienes ni idea de lo que estás haciendo como madre y que has decidido buscar ayuda profesional para las complicaciones de tu hijo porque tú ya has agotado todos tus recursos y no sabes ayudarle, y confiar en que no lo utilice como cotilleo ni para juzgarte: ESO es vulnerabilidad. 
Confesar a tu antigua compañera de clase que no vas a la celebración de los 25 años de la graduación porque has engordado otros 25 kilos desde entonces y sientes vergüenza propia, y esperar que ella no se regocije en el hecho de que ella sigue usando la misma talla que entonces: ESO es vulnerabilidad. 
Reconocerle a tu pareja que uno de tus hijos lleva semanas cayéndote mal, que literalmente no lo aguantas, siendo consciente de que existe la posibilidad de que tome una actitud paternalista o incluso de reproche en el próximo conflicto que tengas con ese hijo que te viene cayendo mal: ESO es vulnerabilidad. 
Ponerte sexy sin saber si tu pareja estará cansada y no tendrá ganas: ESO es vulnerabilidad.

Vulnerabilidad es, al fin y al cabo, estar abiertos a la herida. 

Porque efectivamente existe la posibilidad de que esa mamá use la terapia psicológica de tu hijo para cotillear con otras mamás, y la posibilidad de que tu amiga-tipazo rellene su autoestima a base de compararse con tus michelines, o que el padre de tu hijo-insoportable aproveche la mínima que le digas a tu hijo-insoportable para ponerte los ojos en blanco, o que tu pareja tenga dolor de cabeza cuando tú estás de humor. 
Existe esa posibilidad. 
Todas hemos hecho alguna vez una confidencia en un momento de intimidad que se ha convertido en arma arrojadiza en la siguiente discusión. 
De hecho, todas hemos convertido en arma arrojadiza algún momento vulnerable del otro-que-no-eres-tú. La rabia por las injusticias te lleva a veces a hacer cosas feas. 

Los niños son especialistas en esto. Basta que se caiga uno para que todos los demás se rían. El otro día observé a Dolfete hijo3, que se cayó de forma estrepitosa. Tuvo que hacerse daño, no tengo duda. Pero se levantó como un resorte y sólo miraba alrededor para comprobar que nadie lo hubiera visto: Que nadie se estuviera riendo. Si le dolía algo, él ni siquiera era consciente. Lo importante era que no se rieran de él. 
No hay nada más vulnerable que una caída. 
Del tipo que sea.

Una de las diferencias entre la maternidad de antes y la maternidad de ahora, en mi opinión, es que en la de ahora hay un espacio para la vulnerabilidad. Es un espacio que hemos conquistado. Las madres de antes eran de piedra. Siempre erguidas. Siempre en pie. No se rendían nunca. La batería se les recargaba en movimiento. Esto tenía una ventaja clara y evidente: Nos transmitían seguridad. Nunca dudabas de una madre que era Mazinger Zeta. Pero desde mi perspectiva actual de madre pienso que debía de ser agotador o sólo sobrellevable si acompañado por la desconexión de los sentimientos. 

Mundo interno: CERRADO

Cuando UNA emprendió esta hazaña de la maternidad, tenía un compendio de teorías muy tajantes y muy claras sobre cómo hacer las cosas. Muchas de las teorías heredadas, otras aprendidas. Luego vino la vida y, sobre todo, luego vinieron mis hijos y me pusieron en mi sitio: Muchas de esas teorías se disolvieron casi sin dejar huella en algunos casos. Por ejemplo, recuerdo haber creído que una vez que se le impone un castigo a un hijo, hay que mantenerlo contra viento y marea. No puedes cambiar de opinión. Tienes que ser estrictamente estricta en el cumplimiento del castigo. 

Cuando no hay espacio para la vulnerabilidad, lo que lo ocupa todo es la rigidez. 

Ahora, muchos años más tarde y unas cuantas caídas después, UNA ni siquiera profesa fe en el castigo. Pero si a veces, en un momento de rabia, UNA pierde no sólo los nervios sino también las creencias e impone un castigo desmesurado, del tipo te vas a quedar sin ninguno de tus derechos porque no has cumplido uno de tus deberes, UNA recula. Porque en la maternidad de UNA, UNA ha escarbado hueco para la vulnerabilidad. Y eso le da permiso a UNA para acercarse al hijo y decirle me-he-pasado y lo-siento y te-quiero y por supuesto no te vas a quedar sin todos tus derechos. Confío en que hagas tus deberes. 
Porque confío:
Confiar también es un acto de vulnerabilidad.

La vulnerabilidad en la maternidad nos deja llorar delante de nuestros hijos si la emoción lo requiere. 
Nos permite reconocer que no tenemos todas las respuestas, que ni siquiera tenemos todas las preguntas. 
Nos da holgura para admitir que la hemos pifiado, que nos hemos equivocado. Y eso, queridas, es una lección en sí misma, porque cuando ellos se caigan, recordarán el día en que su madre se cayó. 
Y luego se levantó. 
Y en vez de mirar alrededor para comprobar que nadie se riera, su madre miró hacia dentro, hacia su mundo interno, por ver si se hubiera roto algo en la caída y darle un poquito de amor.


Mundo interno: ABIERTO

Cuidado: FRÁGIL
Por favor, no romper nada.