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jueves, 30 de julio de 2020

El caleidoscopio de lo-normal


Llegados a este punto, UNA se arrepiente de dos cosas: de mis peores momentos madre (Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa) y de haber caído en la trampa de lo-normal.

La trampa de lo-normal consiste en juzgar a tu hijo con los parámetros que dictan las estadísticas. Paul hijo1 tardó mucho en echar a andar. Antes de que UNA se asustara, las voces alrededor de UNA comenzaron a alertar: 

- No es normal.

- A ver si va a tener un problema en las piernas.

- Lo-normal sería que ya estuviera andando

Total que UNA que era madre primeriza -la estación de la maternidad más vulnerable para caer en la trampa de lo-normal- se preocupó y empezó su deambular por las consultas. Si no hubiera sido por las voces que acudían sin invitación en representación de lo-normal, Paul hijo1 se habría ahorrado probablemente unas cuantas radiografías. Ni que decir tiene que Paul anda ahora perfectamente con sus piernas perfectas.


Cuando Gusi hijo2 era pequeño, más de lo mismo:

- Este niño apenas come, no es normal.

- Este niño está muy delgado, no es normal.

- Este niño necesita un reconstituyente.

El niño no-normal tiene ahora 13 años y devora. Se ve que es de hambre tardía. Pero UNA se preocupó mucho entonces y lo llevó de médico en médico porque los percentiles y las estadísticas y las voces no invitadas opinaban que el niño debería tener más apetito.


Un tiempo más tarde las voces me decían que lo-normal era que Paul hijo1 quisiera pasar la noche fuera cuando él aún no quería y así, resistiendo mi instinto de madre y haciendo caso omiso de su alta sensibilidad, lo envié a excursiones a las que él no deseaba ir hasta transformar en pánico un miedo que hubiera sido sólo eso: un miedo. Tenemos miedo al miedo. Tenemos miedo a lo que se sale de lo-normal. El mes que viene Paul se va a pasar unos días a casa de un amigo encantado de separarse de UNA. Se ve que ya es normal.


En otra ocasión las voces gritaban que Paul hijo1 era, de hecho es, muy bajito, y que quizás debería hormonarlo. Ahí UNA ya se plantó. Hay niños altos y hay niños bajos y hay niños "normales". Pero los niños "normales" no son más normales que los niños altos ni los niños altos son más normales que los niños bajos. ¿Tú me entiendes? Crecerá cuando tenga que crecer y, si se queda bajito, honrará a su padre y a su madre, sobre todo a su madre que es bajita, pero me niego a hormonarlo para hacerlo "normal". Este verano, que Paul hijo1 está pegando el estirón, sé que tomamos la decisión correcta. La decisión de Peter y UNA. No la decisión de las voces varias. 


La liberación de la trampa de lo-normal es progresiva, y así cuando UNA tuvo a Dolfete hijo3 había ganado suficiente asertividad maternal como para no permitir que las voces dogmáticas le dijeran qué es lo-normal.


Las estadísticas, los percentiles, el dogma de lo-normal (que muchas veces emana lamentablemente de otras madres) genera mucha ansiedad en las madres, sobre todo si son primerizas. Fíjate, ¡realmente párate a pensar!, en qué aberración es creer que 


LO-NORMAL es lo que mide/pesa/hace/dice/piensa/siente LA GRAN MAYORÍA.


Convertimos en patología muchas cosas que son simplemente características originales de nuestra descendencia. Las pinceladas inusuales, en vez de ser calificadas como artísticas y creativas, son categorizadas como extravagancias enmendables. Los trazos que se desvían de la norma reciben la etiqueta de trastorno.

UNA no dice que no haya que ocuparse de los problemas. UNA simplemente ha aprendido, al ir liberándose paulatinamente de la trampa de lo-normal, que no hay que crear problemas donde no los haya y que, en la gran mayoría de las ocasiones, no responder a lo-normal no es un problema. 


UNA ha hecho demasiadas cosas-normales en la vida sólo porque eran normales. Sin escucharme. Sin escuchar mi cuerpo. He acallado mi instinto en aras de lo-normal. He bebido sin sed. He comido sin hambre. He ido a lugares que nunca hubiera elegido con gente que nunca hubiera escogido. He trasnochado con sueño. He dicho cuando quería decir no y no cuando quería decir sí. He callado cuando tenía que haber hablado y hablado cuando tenía que haber callado. Por encajar en lo-normal. Y de estas incoherencias, que me han robado retazos de vida, me arrepiento. UNA tiene claro que UNA no quiere que sus hijos las cometan. Sin embargo, en muchas ocasiones he pecado de medirlos con el parámetro de lo-normal y me he preocupado cuando no se ajustaban al mismo. 

UNA incluso preferiría que sus hijos no hicieran tanto de lo que es normal estos días: postureo, whatsapp, fortnite...

 

Lo-normal no es siempre lo-mejor. 

Lo-mejor en muchos casos es anormal.


Lo que me ha otorgado la madurez es el discernimiento de elegir hacer cosas que, normales o no, me las pide el cuerpo o me las dicta el alma. Si lo-normal fuera un valor absoluto, lo-normal sería normal en todas partes. Cuando viajas, no obstante, lo primero que constatas es cómo lo normal se va transformando de parada en parada: por eso viajar abre la mente. Lo mismo sucede entre generaciones: lo que es normal en la infancia y adolescencia de nuestros hijos no lo era en la nuestra, y lo que era normal en la nuestra no lo era en la de nuestros padres. Y así sucesivamente. 


Como si de un caleidoscopio se tratara, lo-normal se va relativizando en los espacios y en los tiempos.



El aprendizaje inevitable derivado de este lamento y que podría verbalizarse en un consejo a la madre-primeriza sería, sin duda:


Déjalos ser

Let them be 


Déjalos ser con sus excentricidades. Déjalos ser con sus tiempos, con sus ritmos, con sus extravagancias, aunque no encajen en las expectativas de las voces. Aunque no encajen en tus expectativas.

No conviertas en patológico lo que no es lo-normal porque al fin y al cabo es SU-normal.



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jueves, 9 de enero de 2020

Despejando incógnitas


La frase que titula este post no es mía. La usó una madre amiga en la puerta del cole y me cautivó. Estábamos comentando entre varias, a la vuelta al cole tras el verano, cómo habían cambiado los niños en tan sólo una temporada estival, y aludíamos a la pena que nos daba, el vértigo que nos producía, verlos crecer tan rápido. Esta madre amiga dijo: 

Pues a mí me gusta ir despejando incógnitas... 

Me cautivó. 
Me cautivó la noción de "incógnita" refiriéndose a los hijos porque la tendencia que tenemos, tendencia que por cierto va absolutamente en contra de cualquier manual que se precie de maternidad, es justo la contraria: la de etiquetar, no dejando espacio alguno precisamente para la incógnita.

Si leíste mi post Copiota, y viste la foto de mi cuaderno Lo que aprendí de ti, quizás te dieras cuenta de que el título del cuaderno era una etiqueta. Lo confieso: UNA es tan friqui como para tener una etiquetadora en casa. Me la regalé. Los botes de mi cocina presumen de sus etiquetas. UNA es así. UNA es organizada.



Imagínate, pues, lo complicado que resulta para UNA la premisa de la disciplina positiva de "No etiquetarás a tus hijos". Prácticamente imposible evitar clasificar a las criaturas. Desde chicos y siendo plenamente consciente, no sólo por propia experiencia sino también por formación, del poder devastador de las etiquetas, UNA ha ido definiendo a sus hijos por categorías. 
Paul hijo1 se parece a su padre físicamente y a su madre en personalidad. Gusi hijo2 se parece a su madre físicamente y a su padre en personalidad. Dolfete hijo3 es una mezcla de ambos: se parece a Gusi físicamente y a Paul en personalidad. 
Ponemos las etiquetas a medida que van creciendo los críos casi sin darnos cuenta: en una tutoría, en una conversación con otras madres, en un intercambio familiar, en un elogio.
Paul es inteligente, deportista, complicado, enfadique, sensible, político, locuaz, ansioso, obsesivo. Gusi es divertido, listo, bueno, creativo, matemático, servicial, chuleta. Dolfete es cariñoso, travieso, desordenado, manual, gruñón, tragón, sensible, empático.

Esto es terrible. Esta tendencia a etiquetar limita mucho. Los niños escuchan sus etiquetas en una conversación entre mayores y las hacen suyas. Las incorporan a sus autodefiniciones y viven con la presión, consciente o no, de conformar estas etiquetas, de no salirse de ellas. Incluso las etiquetas positivas pueden ser una losa; una etiqueta de "inteligente" puede usarse a modo de presión:
 "Con lo inteligente que eres, ¿cómo puedes reaccionar así?". 
Al final, las etiquetas positivas no son otra cosa que insultos del revés.

Las etiquetas van en contra de los principios de la atención plena que requiere una maternidad consciente. La creación de etiquetas supone la formación de todo un cuerpo de expectativas que a su vez genera miedos, mientras que lo verdaderamente justo sería mirar a nuestros hijos cada vez como si fuera la primera vez, como si fueran desconocidos que estamos descubriendo. 
Dejándonos sorprender
Despejando incógnitas
Te pongo por ejemplo a mi hijo mayor, que todos a mi alrededor vaticinaban sería un adolescente complicado. 
"Ya verás", me decían, "cuando éste sea adolescente.
Agárrate como puedas". 
Me agarré. Desconfié. Sin embargo, aquí estamos en plenos 14 años y mi hijo1 no deja de sorprenderme a diario desafiando los tópicos de la adolescencia. De saberlo, me hubiera ahorrado muchas preocupaciones inútiles. ¿Recuerdas mi post sobre soltar las expectativas? Pues eso, MIND THE GAP entre la criatura que tienes delante y la que viene dictada por la etiqueta que le colocaste en la frente poco después de nacer.

Las etiquetas retan también al principio de la impermanencia. Los niños cambian mucho. Mucho. A veces se trataría simplemente de añadir a la etiqueta una referencia temporal que deje suficiente holgura para el cambio: Cambiar el verbo estar por el verbo ser. No es lo mismo decir: 
Hoy estás muy gruñón
que decir: 
Eres un gruñón. 
A menudo lo mejor no decir nada.

Déjate sorprender por tus hijos
Despeja sus incógnitas
Déjales ser 
Let them be


Nos ponemos etiquetas a nosotras mismas, etiquetas que nos hacen de techo:
Yo no sé 
Yo no puedo 
Yo no soy 
Yo no llego 
A mí no se me da bien 

Recuerdo hace ya tiempo en una sesión grupal de introducción a la Gestalt que nos hicieron un ejercicio que todavía hoy uso a menudo con mis alumnos para practicar los adjetivos de personalidad en inglés. Te invito a hacerlo.
Se trata de elegir cinco adjetivos que te definan. De entre esos cinco, elige ahora el que crees que te defina más y cuéntame cuándo, dónde, en qué situaciones y contextos, con qué personas, eres así. 
¿Lista? 
Busca entonces el opuesto al adjetivo que te defina más. Si el adjetivo que te definía más era "mala" como en "mala madre", el opuesto es "buena" como en "buena madre". Ahora tienes que contarme cuándo, dónde, en qué situaciones y contextos, con qué personas, eres así. 
¿Lo ves? Este ejercicio, si hecho con conciencia y autoconocimiento, viene a poner de relieve que tú no eres tu etiqueta: Tú estás así y en ocasiones no lo estás. Estás así ahora y ahora ya no. UNA es organizada a veces y a veces UNA es caos absoluto.
Así que, cuando te digas:
Yo no sé 
Yo no puedo 
Yo no soy 
Yo no llego 
A mí no se me da bien... 

hazte consciente y arráncate la etiqueta de un tirón como una tirita vieja e inservible:

Si no sabes, aprende 
Si no puedes, cambia el cuento 
Si no llegas, ponte de puntillas 
Si no eres, cuéntate otra historia 

porque las etiquetas hacen de zip: Te encierran en un espacio limitado de plástico sofocante. 

Lo peor es cuando nos creemos las etiquetas que otros nos ponen en su afán inquieto por ordenar el mundo. Les estamos otorgando el poder de decidir hasta dónde podemos llegar. No les des la razón. No conformes tu vida a las etiquetas ajenas.

Déjate sorprender. 
Por ti misma. 
Despeja tus propias incógnitas.


domingo, 6 de octubre de 2019

Copiota

Viendo Masterchef con los niños el otro día, me di cuenta de que prácticamente todos los platos que yo hago en casa tienen nombre propio. Me invitaste a tu casa, me lo pusiste, me gustó. Te pedí la receta, me la quedé y la incorporé a mi repertorio: 
la ensalada de espinacas de Athenea, 
el tabulé de Helena, 
el pollo de la Pepi, 
el arroz hindú de Teresa, 
la ensalada de pasta de la Moni, 
las acelgas de Laura, 
el picogallo de Antonio...

Te haces una idea. El menú es variopinto.
La otra mitad de mis platos tiene el nombre de mi madre, como no podía ser de otra manera.
Mis hijos dirían que soy una copiota. Lo soy. Me quedo con lo que me gusta. Me lo llevo. Lo hago mío.
Y cada vez que cocino el plato que tú me enseñaste, nombre-propio-del-plato-que-voy-a-comer-hoy, me acuerdo de ti. Cada vez estás presente en mi cocina. Llevo sin ver a la Pepi desde mis años de interina en La Carolina, a principios de milenio. Cada vez que cocino el pollo a la leche de la Pepi, la Pepi ocupa un ratito mi memoria. ¿No es bonito? UNA cree que sí.
Hasta el cuaderno de recetas me lo regaló Natalia.

Pues así es la vida. La vida, sin este intercambio de recetas, sería un conjunto vacío. Pero es en la intersección en la que está lo interesante:

Es en la intersección donde se aprende, donde se crece. 
Una de las intersecciones más acusadas es la vida de pareja, en la que Don Quijote se hace un poco Sancho, y Sancho se vuelve un poco Don Quijote. Pues en la quijotización, mientras crees que te estás volviendo un poco loco, es donde está el aprendizaje y el crecimiento. A veces cuesta verlo. Es mucho más fácil de ver a tiro pegado.
UNA, por ejemplo, tenía muchos estereotipos de género, no sólo por crecer en la casa de Mujercitas, sino porque son sociales y se refuerzan en muchas de las interacciones femeninas: Los hombres son todos iguales es uno de los himnos que entonamos en las hermandades de mujeres. Y luego llega Peter y UNA se ve en la necesidad de, o bien admitir que no todos los hombres son iguales, o bien desdeñar una buena parte de Peter. Peter, en la intersección, le cambia a UNA muchas de sus creencias limitantes.
Los hábitos se modifican en las intersecciones. UNA hace deporte porque Peter ha sido siempre deportista. Peter ahora en los viajes escribe un diario porque se copió de UNA. UNA ahora sabe que a veces es mejor callar que ser espontánea, que hacer las cosas despacio es mucho menos estresante. Peter ahora hace listas, te mira a los ojos cuando te escucha porque eso para UNA es importante. 

Otra de las intersecciones que más nos moldean es la familia:
En la familia las intersecciones se complican. Los niños buscan a Peter para unas cosas y buscan a UNA para otras. Los roles se van asignando sin nombrarlos y se van modificando a lo largo de las etapas de la vida. No hay intersección que me haya hecho crecer tanto como la maternidad.
En la intersección con Paul, al ser hijo1, descubrí la PREOCUPACIÓN con mayúsculas, la que te cala los huesos. Aprendí también a elegir mis batallas: Más importante que la propia batalla es el momento de discernir cuáles son las contiendas que merece la pena luchar y cuáles aquellas en las que una rendición a tiempo es una gran victoria (let-it-go... let-it-be...). Paul me enseñó que el drama no es buena compañía en mis años-de-madre y, sobre todas las cosas, me enseña a diario que para poder estar disponible para ellos, LO PRIMERO es querer y cuidar y darle prioridad a UNA. Nunca me he querido tanto como lo hago ahora. Nunca.
En la intersección con Gusi hijo2 recuerdo a diario cuán importante es el afecto: los besos, las caricias, los achuchones, el abrazo... Aprendí enseguida a través de mi intersección con Gusi que no todos los hijos, igual que no todos los hombres, son iguales, y que cada uno tiene su tiempo y sus modos: Querer tratar a Gusi hijo2 como trato a Paul hijo1 es como intentar hacer el pollo de la Pepi con los ingredientes del atún encebollado de Jose. Incomible. En la intersección con este hijo2 de UNA me he reído mucho y pronto supe que la risa es una bandera blanca.
Dolfete hijo3 llegó para contarme que las etiquetas y clasificaciones no funcionan. Que los niños cambian mucho y que, al hacerlo, es absolutamente necesario que la imagen que tú te has hecho de ellos cambie de forma paralela para dejar paso, con admiración, a lo que ellos puedan llegar a ser. En la intersección con Dolfete se me hizo claro que las emociones merecen más atención que las normas: Flexibilizar está en el plato. Me enseña también a diario a cerrar los ojos para no ver el desorden, que vivir amargada por el caos mundano no merece la pena, y a ponerme tapones como flotador para no ahogarme en el ruido.

Pero las intersecciones no acaban en el ámbito de la familia. Los círculos se siguen entrelazando. A UNA le encantan los círculos con otras madres. ¡Tantas recetas! De Cristi, además de la ensalada de col, aprendí que si quieres que los niños te cuenten sus cosas, no les hagas preguntas: Cuéntales tú las tuyas. De Rosa, una mamá muy especial con un hijo especial, aprendí hace no mucho que las verdaderas hazañas son cuestión de tesón y constancia. De Juana, aprendo a aceptar al hijo-que-tengo y renunciar al hijo-que-pensaba-que-tendría o al hijo-que-quisiera-tener. De Carmela, aprendí el salmorejo de espárragos y a abrazar la ambigüedad. Mi madre me anima a seguir sembrando aunque la cosecha no asome aún por el horizonte.
Te haces una idea. 
Mis hijos dirían que soy una copiota
Lo soy. 
Me quedo con lo que me gusta. 
Me lo llevo. 
Lo hago mío.
Podría seguir y seguir con listas de las intersecciones que me han enriquecido o me enriquecen. De hecho, llevo un cuaderno donde las anoto. Lo llamo Lo que aprendí de ti, y en él rindo homenaje a estos aprendizajes. Si estás leyendo esto, probablemente es porque tengas ya una página en mi cuaderno. 
En realidad, éste es mi libro de recetas.

Nadie es un conjunto vacío. Todos somos la suma de nuestras intersecciones. Porque sabes lo que pasa cuando sumas todo lo que has crecido en esas intersecciones, ¿no? 
Que tienes una mandala. 
Eso es la vida: 
Una mandala. 
Un intercambio de recetas.

viernes, 2 de agosto de 2019

La vida robada


(O Regrets, I've had a few...)

No hay vida autenticamente autentica.
Parte de tu vida ha sido robada.
Piénsalo.

Las decisiones que has tomado, muchas de ellas, no las has tomado desde la autenticidad.
No han venido alentadas por tus sueños o tu instinto.
En muchos casos,
en más de los que tú quisieras,
en más de los que tú eres consciente,
el aliento ha sido otro:
querer complacer a alguien o evitar hacerle daño, en casi todos los casos. Un aliento muy noble.
Querer parecerte a alguien, en otros. Un aliento vulnerable.
Estar mal aconsejado por alguien, en ocasiones. Mala suerte.

Pero ese alguien a quien has intentado complacer (muchas veces sin éxito),
ese alguien a quien has intentado no dañar,
ese alguien a quien quisiste parecerte,
ese alguien que te mal-aconsejó,
no eras tú.
Y te robó parte de tu vida, ese alguien-ladrón, sin ser consciente.

Piénsalo.

Un post viral que circula por las redes y que acabó convirtiéndose en un libro de Bronnie Ware sobre los cinco arrepentimientos de enfermos terminales ante la inminencia de la muerte, lista como primer auto-reproche:
“Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los otros esperaban que hiciera”
En otras palabras, ojalá no me hubiera dejado robar la vida. 
Ojalá hubiera sido auténticamente auténtica. 

Cuando, en clase de inglés, toca practicar estructuras de regrets (I wish I had done... If only I had done… I regret doing…), el tipo de arrepentimiento que mi alumnado expresa va en esta línea: se arrepienten, por ejemplo, de la carrera que estudiaron que posteriormente dictó una profesión que no acaba de llenarles. Lamento típico. Es ésta una decisión que se toma TAN pronto en un sistema educativo encasillante que a veces la vocación aún no ha tenido oportunidad de brotar. E incluso si hubiese brillado ya, el entorno, con la buena intención como bandera, no es siempre favorable. Dile a tu madre con 17 años que quieres ser actriz o torera o astronauta, a ver qué te suelta. Te suelta el miedo: eso es lo que te suelta. Vida robada. ¿Te suena el "pero esa carrera no tiene salidas"? Vida robada.

¿Cuántas no se casaron con el chico que les convenía en vez de escaparse de casa con el que realmente despertaba su fuero interno? Vida robada. ¿Cuántos matrimonios no se han mantenido unidos por no ver a sus hijos arrastrando maletas? Vida robada. ¿Cuántas volvieron a casa por no estar lejos aunque Lejos era donde y cuando estuvieron encantadas de conocerse a sí mismas? Vida robada.

El amor. A todo el que ha tenido un primer amor que acabó mal (y son casi todos los primeros amores que acaban mal) le robaron una dosis de inocencia importante, una parte de la fe que le impide ahora entregarse a la pareja actual sin el reparo del daño-en-potencia. Ese robo a mansalva impide volver a confiar ciegamente. Esa cicatriz impide volver a poner la mano en el fuego por nadie. Y ya nunca amarás otra vez sin el resquicio amargo de la duda. Vida robada.

La madurez finalmente nos hace comprender que vivir en familia y en sociedad implica efectivamente comprometer una parte de la vida propia. Hay una parte de renuncia: te dejo que me robes porque vale la pena. La que tiene hijos lo sabe: la maternidad es la gran ladrona de la libertad. La maternidad le robó a UNA un buen puñado de viajes, muchos libros, mucho sueño, el color del pelo y la paciencia, entre otras cosas. La vida alternativa, las grandes promesas que UNA optó por no vivir, fue el gran botín de mis tres hijos. Pero es un robo consciente. Un compromiso que compensa. 
Te dejo que me robes. 
¡Te quiero tanto!


Que la vida robada no sea, no obstante, una porción del pastel más grande que la vida auténticamente auténtica. 
Ésa ha de ser la oración.
Ése el mantra.
Las mujeres en general tenemos que esforzarnos por recitar este mantra, por cantarlo a voces, porque venimos precedidas de generaciones de mujeres a las que les robaron la vida entera, mujeres que ni siquiera opusieron resistencia, que se dejaron robar alentadas por el espíritu de sacrificio que escudaban como valor.

Arrepentirse al final de la vida probablemente no sirva para otra cosa que oscurecer aún más la ya de por sí amarga despedida.
Pero arrepentirse en mitad de la vida puede servir para dar giros a ésta, cambiar el rumbo a la mitad, o prevenir futuros robos en las nuevas decisiones a tomar. Cuando tengas que tomar una decisión, pregúntate si es tu yo auténtico quien la está tomando, o hay un ladrón en la trastienda de tu mente. O de tu corazón. Y decide TÚ, con conciencia, si le dejas usurpar tu voluntad.
Las personas más sabias son las que exprimen lecciones jugosas de los errores cometidos. Si cogiste la dirección equivocada y no hay posibilidad alguna de cambio de sentido, hazte al menos con la recompensa de la sabiduría y la próxima vez que te encuentres en una rotonda de la vida, no escojas el atajo robado, sino el camino auténtico.

Como madre, una de mis resoluciones es tratar de no robarles a mis hijos la espontaneidad, la autenticidad y la libertad en su toma de decisiones y, sin embargo, a medida que crecen y van abandonando mi regazo, me doy cuenta de lo complicado que es dejarles ser, dejarles ir, pues supone domesticar los propios miedos que en forma de preocupación me visitan cada madrugada. Me doy cuenta de que, sin quererlo, con la intención de su educación y protección como bandera, me convierto en parte en ladrona de su vida robada. Quizás éste sea el ciclo de la vida: ser robada para luego robar. Esto no sale en El Rey León, pero quizás todas las madres seamos un poco leonas y un pizco hienas.

La culpa también es una astuta brújula. ¿Cómo íbamos a dejar de aludirla acá?

jueves, 13 de junio de 2019

Soltar, soltar, soltar... y minding the gap


En lo que llevamos de blog, creo haber compartido ya algunas de las lecciones aprendidas en Mi Vida Mundana, como la urgencia del autocuidado para la evitación de malos momentos-madre, la prioridad de la lista de cosas por ser sobre la lista de cosas por hacer, que TODO pasa, que los sábados no se trabaja, que cuando mi mente crítica enjuicia es momento de pararse y prestar atención, que viajar abre la mente y estira el tiempo, que el espacio dentro de la piel ha de ser siempre amigo... 


Una vida mundana enseña lecciones grandiosas

En este post quiero compartir otra de estas lecciones aprendidas a base de mucha conciencia sobre la reactividad de UNA: 


La urgencia de SOLTAR

Soltar responsabilidades, 
soltar el control y, 
por encima de todas las solturas, soltar las expectativas.


Soltar responsabilidades


Sabes esa canción horterilla de Ricky Martín que dice así:
♬ Un, dos, tres Un pasito pa'lante María Un, dos, tres Un pasito pa'trás ♬ 
Pues el tema de las responsabilidades (en el trabajo, en la familia, en el matrimonio, con los amigos... es decir, en cualquier contexto social que se preste al reparto de responsabilidades) es una danza al son de esta melodía:

♬ Un, dos, tres Un pasito pa'lante María Un, dos, tres Un pasito pa'trás  

Esto se tarda en aprender y, aun después de aprendido, todavía cuesta mucho mantener la conciencia del baile. El baile se baila así: siempre que haya un número de tareas por realizar y tú des un pasito pa'lante, fíjate María cómo los demás dan un pasito pa'trás. ¡Fíjate María! Si tú te haces cargo, los demás sueltan esa responsabilidad. El problema es que hay personalidades que son de echar pasitos pa'lante y personalidades de echar pasitos pa'tras. Y la danza no es equilibrada: en la danza no hay balanza... ¡Vaya, que al final acabas haciéndolo tú todo!
Eso se aprende y se aprende que, para no marearte demasiado, a veces hay que cambiar el paso: los demás se resisten, ¡claro está!, no les tienes acostumbrados a ese ritmo nuevo en el que tú das pasitos pa'trás en vez de pa'lante. Al principio tampoco es divertido para ti: supone salirte a ciegas de tu zona de confort. Pero si lo haces, si das un pasito pa'trás en vez de pa'lante, alguien (otro- "el otro existe") tendrá que dar un pasito pa'lante y hacerse cargo: el grupo/la familia es como un engranaje, en el que si uno cambia el rumbo, todos tienen necesariamente que cambiar de dirección. María, que no seas siempre tú la que dé los pasitos pa'lante, que te mareas, que al final tropiezas y te caes.



Por llevar esta "soltura" al terreno de lo práctico, te voy a poner un ejemplo que veía a mi alrededor cuando muchas en mi generación nos convertimos en madres nuevas. Cuando te conviertes en madre, las responsabilidades se multiplican por infinito, ya lo sabemos. Pues bien, hay un tipo de madre, María, que no suelta responsabilidades porque ella lo hace mejor que el padre
"Yo baño al niño porque el padre arma tal estropicio en el cuarto de baño que al final prefiero hacerlo yo" 
Pasito pa'lante, María. 
Durante los próximos cinco años el padre se sentará a tomar una cerveza y trastear la tablet (momento-padre-relax) mientras tú, María, bañas al niño (momento-madre-estrés). ¡Pero, María! TÚ has marcado el paso de esa danza, que no te salga ahora el humo por las orejas.

Y es que soltar responsabilidades supone también 

Soltar el control 

¡Ay, el control!

Para las personas perfeccionistas como UNA, soltar el control cuesta tela. Imagínate que vas por autovía a 140 km/h y te dicen que sueltes el volante y cierres los ojos. Imagínate. Ésa: ésa es la sensación que tenemos las perfeccionistas al soltar el control. A todo se aprende, claro, a flexibilizar, a soltar, a conducir por autovía a 140 con los ojos cerrados... pero ¡cuesta tela! y, sin embargo, es absolutamente necesario. Y cuando lo aprendes, descubres que "bien", que "MUY bien" no significa necesariamente "a MI manera". Que "TU manera" (la manera del otro- "el otro existe") puede significar "MUY bien" también. De hecho, "TU manera" a veces significa "MEJOR que MI manera".

Para mantener la salud mental y física es absolutamente necesario dejar de tratar de controlarlo todo: este aprendizaje es indispensable si eres madre porque cuando los niños son pequeñitos, son manejables, pero según van creciendo UNA tiene que ir tomando distancia, dando pasitos pa'trás, dejando ser, dejando estar, soltando el control.



Como madres, justificamos el control en muchos casos con la creencia de que estamos protegiendo, de que estamos educando. Pero la línea entre educación e interferencia con la personita que está en construcción, entre educación e invasión del espacio de su-vida-sin-ti, es una línea muy delgada que pisamos y quebramos cuando damos demasiados pasitos pa'lante. 
Seamos más testigos que controladores.

Soltar responsabilidades, 
Soltar el control y, 
por encima de todas las solturas, 

Soltar las expectativas: MIND THE GAP.

Imprescindible para la serenidad.

El que haya ido a Londres recordará que por toda la red de metro hay carteles con el mensaje MIND THE GAP que te advierte del hueco que hay entre el tren y el andén para que no metas el pie y te caigas o se te quede enganchado: "Cuidado con el hueco".




Pues bien, uno de los efectos secundarios beneficiosos que me ha aportado la conciencia que he ido ganando con la meditación es esta señal, MIND THE GAP, pegada a mi frente. Cuidado con el hueco entre los pensamientos y la realidad. Cuidado con el hueco entre tus expectativas, que no son más que pensamientos, y lo que realmente está pasando, que es a lo que deberías dar la bienvenida con aceptación. Porque ese hueco es la fuente de todas tus miserias. Ese hueco es la definición de la infelicidad.

Esto, que en teoría suena tan abstracto, en la práctica adquiere tintes mundanos muy familiares para UNA en todas sus relaciones.

Pongamos por ejemplo que viene la TitAna a pasar el finde y le da una propinilla a tus hijos. ¿Tú qué esperas? Tú esperas que tus hijos sean agradecidos y digan Gracias TitAna y le den un beso y un achuchón y se vayan tan contentos con su propina en el bolsillo. Y tú sonrías orgullosa de lo bien educados que están.
Eso esperas: Expectativa.
Pongamos que lo que pasa en realidad es que Dolfete hijo3 no está contento. Dolfete hijo3 protesta y se ofusca y se enfada porque a Gusi hijo2 le han dado más propina que a él. Así que Dolfete hijo3 no da besos ni achuchones y ¡por supuesto! no dice gracias
No es lo que esperaba UNA ni seguramente la TitAna tampoco, así que ahora tú estás entre ofuscada con Dolfete hijo3 por el comportamiento caprichoso y un poco avergonzada.
¿Dónde están estos sentimientos? En el GAP. Están en el hueco entre tus expectativas y lo que ha pasado en realidad.
Si no tuviéramos expectativas sobre cómo debería ser una situación, podríamos abrazarla con curiosidad y acercarnos a ella como una oportunidad: es decir, en vez de ofuscarte o avergonzarte, podrías vivir ese mismo momento desde la curiosidad (¿por qué reacciona así?) y la aceptación de los sentimientos y consiguiente comportamiento de un niño que cree que algo no es justo (!valídale!: es decir, acercarte a él con empatía y desde la empatía, enseñarle la eLECCIÓN de la gratitud. Tener cuidado con el hueco permite la empatía. No tener expectativas la favorece.

Este ejemplo que he puesto es un poco básico, lo sé, pero la convivencia con los hijos ofrece miles de oportunidades diarias de hacerse consciente del hueco.

Es, no obstante, en la relación de pareja donde este hueco es mucho menos sútil, es más grande: cabe el pie entero. Las mujeres a veces nos montamos historias en la cabeza que nunca suceden y, para cuando él aparece, ya es demasiado tarde: la historia está ya en pleno nudo con lo que el desenlace promete, especialmente porque el otro protagonista ni siquiera estaba ahí, en tu mente que es donde se generan las expectativas, así que la perplejidad no le permite reaccionar.

Esperas que te llame y no te llama. 
Esperas que te escriba y no te escribe. 
Esperas encontrarte la cena preparada y aún están los niños en la ducha. 
Esperas un regalo y se ha olvidado de tu aniversario. 

No esperes nada. 

No se trata de una actitud derrotista. Se trata de hacerse consciente de que las expectativas no son más que pensamientos sobre un futuro que no va a existir. Si aprendes a soltarlas antes de que planten historia en tu mente, la insatisfacción se convierte en gratitud: 
Todo es regalado ya que nada es debido.

Más fácil escribirlo aquí en el blog que practicarlo en la vida real.


Y luego hay otras formas de soltar: 
Soltar una carcajada, 
Soltar un buen taco (mecagoensuputamadreacaballo es el favorito de mi amiga Teresa- muy terapéutico por cierto), 
o Soltarse la melena -entre otras- son todas formas buenas de intercalar pequeñas dosis de salud mental en Una Vida Mundana.

miércoles, 6 de marzo de 2019

El juicio


Tenemos que hablar del juicio.

El juicio como hábito mental. Uno al que yo he sido terriblemente adicta. Todavía lo soy en cuanto bajo la guardia. Y es que el juicio produce síndrome de abstinencia cuando intentas desengancharte. 
El juicio es a veces tan inconsciente como habitual. Cuando empecé a meditar, me descargué en mi móvil una aplicación que se llama Breathe que básicamente te envía notificaciones a lo largo del día para que te pares a respirar. 
Para que te pares. 
Y respires.

Cada vez que me paraba, trataba de pillar qué es lo que estaba pasando en ese preciso instante por mi cabeza. Y siempre, o casi siempre, era un juicio. Estaba evaluando a alguien. O lo que es el peor de los vicios: evaluándome a mí misma. 
Criticándome. Cuestionándome. Poniéndome en duda.

Luego está el juicio como hábito social. No hay nada que una más a dos personas que poner verde a otra. La crítica común une mucho y además es divertida. Tuve amigas con las que critiqué mucho y eso nos hizo más amigas.
Pero, ya de adulta, separé las verdaderas amigas de las pasa-tiempo basándome precisamente en el criterio de sentirme, o no, juzgada. A las mujeres que no juzgan puedes contarles una barrabasada que le hiciste a tu marido o a tu hijo en un ataque de nervios y te miran como a una película de Almódovar, admirando el arte de tu estropicio, entre la diversión y la compasión que supone comprender que en las mismas circunstancias ellas habrían hecho lo mismo. O habrían hecho algo completamente diferente. Da igual. Lo que realmente importa ahora es que no dejes de quererte a ti misma.
A las mujeres que no juzgan les puedes contar que has tropezado ciento tres veces con la misma piedra y ni siquiera se aburren. Te acarician la espalda con la misma suavidad que la primera vez que tropezaste porque nunca pierden la fe en ti, porque saben que volverás a intentarlo y que un día tal vez cojas la piedra y te hagas un collar con ella. Porque te han visto crear mucha belleza y eso es lo que han elegido recordar. No llevan la cuenta de tus miserias.
En mi segunda juventud construí mi ejército de mujeres con unas cuantas de esas mujeres que no juzgan. No existen muchas pero, si tienes la suerte de dar con ellas, te salvan la vida con cierta frecuencia.

"Que ni el viento la toque, porque tiene pena de muerte el viento si la toca" era una frase que salía en un episodio histórico (épico, dirían mis hijos) de la serie Verano Azul que veíamos de pequeñas. Pues bien. Eso es exactamente lo que oí recitar en mi interior cuando el juicio rozó a mis hijos. En la comunidad de madres, en esa comunidad de grupos de whatsapp y de cumpleaños a los que toda la clase está invitada, el juicio acampa a sus anchas.
Cuando una amiga enjuicia a tu hijo, o deja de ser amiga, o es que nunca lo fue. Porque un hijo duele mucho. Pero es que además, dime:


¿Quién eres tú para poner etiquetas a alguien que todavía no está hecho? 
¿Quién eres tú para sentenciar a alguien que está en proceso de construcción? 
¿Quién eres tú para decir que el niño apunta maneras o que ya verás cuando éste sea adolescente? 
¿Quién eres tú para ponerle puertas al campo? 

Todo el potencial que encierra una personita de convertirse en una gran persona te lo cargas, 
¡mírame!
te lo cargas
cuando decides de antemano quién y cómo va a ser. 
Y además es que no tienes ni [palabro] idea. 
Porque los niños cambian mucho,
sorprenden mucho,
crecen y mengüan y vuelven a crecer mientras tú te paras a parpadear.

Ni siquiera te atrevas a juzgar a los propios. 
¡Mírame!
No los acotes. Déjalos ser. Ése, y no otro, es el verdadero amor de madre, y no es fácil; ése no sale natural: soltar el juicio y dejar a tus hijos ser como son, desprendiéndote de la necesidad de moldearlos a tu imagen y semejanza.

La buena noticia es que, desde el preciso momento en el que pones la intención en tratar de dejar de juzgar, sucede algo maravilloso: y es que los juicios ajenos empiezan a importarte un bledo. Lo que tú piensas de mí no es mi problema.
Yo llevo escribiendo toda la vida pero nunca había compartido porque me importaba demasiado lo que la gente pensara de lo que escribo, de cómo escribo. Sin embargo, siempre he querido compartir porque pienso que tengo algo que aportar. Creo que muchas de nosotras tenemos mucho que aportar y nos aguantamos las ganas. Me aguanté las ganas de compartir durante años por miedo al juicio. ¿Sabes por qué comparto ahora? ¿Porque he perdido el miedo al juicio? Probablemente no. Ése no se pierde nunca. ¿Quién no se pone a dieta tres meses antes de la reunión del 25 aniversario del cole o de la uni cuando va a ver a los compañeros que la conocieron antes de que la vida se llevara su juventud-divino-tesoro? Como si envejecer fuera algo de lo que avergonzarse...
No, el miedo al juicio no se pierde nunca. El miedo al juicio es humano. Pero el pavor, el pavor que paraliza, el pavor que controla, que roba sueños... ése se pierde el minuto en el que una hace el sano propósito de enmendarse y dejar de juzgar. 
Tú probablemente me vas a juzgar igual pero a mí ya me da igual, porque he puesto la intención en NO JUZGAR. 
¿Quién soy yo para juzgarte? 
¿Acaso te conozco? 
¿Acaso sé qué te ha traído aquí? 
Ni aunque conociera todas las cuentas enlazadas de tu vida podría jamás ahondar en los recovecos de tu alma, esos escondites que te llevaron a seleccionar unos recuerdos sobre otros, esas esquinas de tu vida que te llevaron a tomar unas decisiones sobre otras. 
No sé lo que lamentaste, ni lo que oíste de lo que te dijeron. 
No sé lo que viste de lo que tenías enfrente de tus ojos. 
No nos conocemos. 
La persona que has llegado a ser está SOLA precisamente porque nadie estuvo siempre allí con ella testigo de lo que oía y veía y decidía y recordaba. Y esa soledad merece el respeto del que desconoce.

No te juzgo.
No me juzgues. 

¿No sería todo distinto?
Por supuesto queremos mentes críticas. 
Pero no criticonas.