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viernes, 7 de mayo de 2021

Sembrar

UNA no ha sido lo que UNA hubiera querido ser, principalmente porque UNA no tenía claro lo que quería ser. UNA-pequeña cambiaba de profesión-futura cada luna nueva, de querer ser actriz pasaba a querer ser poeta, de veterinaria a periodista. No importaba aterrizar en un trabajo concreto: lo verdaderamente mágico era que el mundo de posibilidades era infinito. A aquellas alturas de la vida, UNA podía ser lo que le diera la gana. El futuro se pintaba como un universo lejano lleno de sueños realizados.

Ahora que el futuro está aquí y que UNA no ha sido lo que UNA hubiera querido ser, UNA se empeña en dejarle claro a sus tres reyes que podrán ser lo que ellos elijan: deseo que se recreen en imaginar ese futuro de colores, sin duda uno de los regalos de la infancia que luego la propia vida se encargará de irte arrebatando. Salvo a Peter-marido, que es un privilegiado; mi suegra siempre cuenta que Peter-pequeño tenía claro lo que quería ser: jubilado. Su sueño está cada vez más cerca de cumplirse.

A mis hijos sólo les he marcado dos excepciones: ni torero ni astronauta. Sospecho que en cualquier momento Paul hijo1 (15) decidirá ser torero-en-la-luna con tal de llevarme la contraria, pero por ahora ninguno de los tres parece tener claro lo que quiere ser. Dolfete hijo3, de más chiquitín, habría querido ser heladero, mas luego cambió de opinión al caer en la cuenta de que tendría que trabajar en verano. 


 

Paul hijo1 entra en Bachillerato el curso próximo, aunque a mi alma-de-madre-primeriza le cueste hacer las paces con el hecho irrefutable de que mi-bebé-recién-nacido se hace mayor 😢. En la elección del tipo de Bachillerato, UNA reconoce las primeras señales que indican que su mundo de posibilidades infinito, su universo lejano lleno de sueños realizados, empieza a menguar. En cada transición, de Secundaria a Bachillerato, de Bachillerato a Universidad, vamos descartando opciones. Luego la vida robada, la suerte, las propias elecciones, se ocuparán de seguir descartando hasta que aquel universo infinito de la infancia empieza a asemejarse más a un túnel.

Entonces llega Carlos (de quien os hablé en Bajar al cuerpo y en A flor de piel), con 50 tacos, y nos pregunta:

¿Qué quieres ser de mayor?

Luz en el túnel. 
Nos recuerda el derecho a seguir soñando -tengamos la edad que tengamos- y a incorporar posibilidades que habían sido descartadas por el mero hecho de que la edad nos hizo desistir de plantearnos la pregunta.

Como ejercicio, me parece que la propuesta de Carlos debiera ser obligatoria. Si cada mañana, todos nos preguntáramos
¿qué quiero ser de mayor?
creo que las elecciones diarias serían necesariamente distintas, porque para cosechar mañana (de-mayor) hay que sembrar hoy. 
Del mismo modo que mi hijo Paul sabe que para ser biólogo en el futuro, tiene que hacer bachillerato de ciencias, para crear la versión-de-ti-misma que pretendes desplegar en cinco, diez o quince años, tienes que empezar eligiendo en el semillero de hoy qué es lo que quieres plantar. De la semilla de la uva no va a salir un limonero. Si este ejercicio de reflexión y elección fuera diario, puede que se evitaran muchos males. 

¿Tú crees que ante tamaña pregunta- ¿qué quieres ser de mayor?- alguien contestaría conscientemente: "pues mira, quiero ser un político corrupto"? Lo dudo mucho. "Quiero ser un político íntegro" tal vez sí. Pues entonces la elección de hoy, ante esa tentación caprichosa y fácil que se te presenta, ha de ser necesariamente otra. 

¿Qué quieres ser de mayor? "Una vieja amargada y gruñona". ¿Tú crees? Lo dudo mucho. "Quiero ser una persona afable, sabia, serena". Pues entonces no te enganches hoy al toniquete de la queja que,

si queja cultivas, 

vieja gruñona recolectas.

En el grupo que Carlos planteó esta pregunta hay una señora de 77 años que cuenta con toda mi admiración pues, desde su silla de ruedas, sigue eligiendo crecer y pintar de colores su yo-futuro. Recuerdo también con mucho afecto a la abuela de Peter que con 90 años se arregló la dentadura y le costó una fortuna. Eligió presumir. Seguir eligiendo siempre. Colorear hasta el último capítulo.

Una vez os conté que mi madre, refiriéndose a la educación de mis tres monstruos, me regaló un consejo que UNA convirtió en mantra:

Tú siembra, que ya recogerás
Tardarás en ver los frutos, pero los recogerás
Tú sigue sembrando...
... y confía

Pues bien, esta cita me sirve también para mantener la consistencia. Cuando las fuerzas flaquean, UNA coge el regalo de Carlos y se pregunta:
-¿Qué quiere ser UNA de mayor?
Y luego coge el regalo de mi madre, y se da aliento:
-Pues sigue sembrándolo...

Una se lo guisa, una se lo come, ¡sí😅!, pero el mensaje es que tenemos derecho a soñar a cualquier edad, deber de elegir lo que sembramos  y necesidad de confiar.

Escucha: Y si quieres cambiar de sueño cada luna nueva, como cuando tenías 7 años, tú misma. No te vayas a privar de nada.

 

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Elegir

 

viernes, 19 de febrero de 2021

Déjate caer



El verano pasado fuimos a Canarias. Gran Canaria es la isla de los nombres bonitos: el Roque NubloTejedaAgaeteGuadayeque, la PasadillaAgüimes. Nombres tan llenos de poesía como la belleza de los lugares que nombran. Fue en uno de estos nombres poéticos y lugares bellos, en Arinaga, que Peter me invitó a hacer una travesía a nado. UNA de primeras, mostró reticencias (la pereza, el frío, el temor a cansarme a mitad de trayecto) pero, habiendo descubierto sólo recientemente el poder que sumergirse en agua tiene de remover y alterar emociones, decidí hacerlo y no pude alegrarme más.
Vimos peces preciosos, como pintados a mano, como elegidos para hacer juego unos con otros y decorar el fondo marino. A medida que nos alejábamos de la costa, también se alejaba el suelo de nosotros y hubo un momento en que sentí vértigo. Las rocas y la arena estaban lejos de nuestros pies en el fondo del mar mientras nosotros flotábamos cada vez a más metros de distancia del suelo. El vértigo era obviamente irracional: no podíamos caernos, estábamos flotando a nado pero, irracional o no, UNA lo sentía. No era, no obstante, un vértigo histérico, sino pausado, mecido por el vaivén de las olas y las algas que bailaban también a nuestro alrededor. Y ahí el mar me regaló la metáfora. Pensé: para ver la belleza de cerca, hay que sentir vértigo. Este vaivén. Este vértigo sereno y pausado.

Photo by Olga Tsai on Unsplash


Me cuentas que habéis decidido dar el paso y que tienes miedo. Que ya lo diste una vez -me cuentas- y saliste malherida, hueca, rota. Que acabas de recuperarte de un-muy-mal-de-amores ¿Y si pasa de nuevo? Leo el miedo en la cautela de tus palabras. ¿Y si me vuelven a herir, a vaciar, a romper? Me dices que ya confiaste y, desde mi escucha, alcanzo a sentir el trauma de la traición estancado en tu cuerpo.

Hay una dinámica de grupo, de ésas que te ponen a hacer en campamentos y jornadas, que consiste en dejarse caer. Una persona se coloca delante de otra y se deja caer, sin mirar atrás. La que está detrás la recoge. El objetivo es fomentar la confianza en el grupo; confiar CONFIAR en que la persona que está detrás te recogerá.

Déjate caer, te digo, siente el vértigo. Volver a ver la belleza pasa por volver a confiar. ¿O prefieres privarte de la belleza para siempre? Obviamente sientes reparo a volver a tener el corazón abierto, como UNA lo tuvo antes de lanzarse a hacer una travesía a nado: la pereza, el frío, el temor a cansarte a mitad de trayecto. Déjate querer, te digo, siente el vértigo porque es vértigo en el mar. Flotarás si confías.
Déjate querer.
Déjate caer.

La expresión en inglés, I've got your back, viene a significar algo así como te respaldo o te cubro o tienes mi apoyo. La traducción literal, sin embargo, sería tengo tu espalda. TENGO TU ESPALDA. ¡Qué bonito!, ¿no? Tú déjate caer que yo tengo tu espalda.
Te cuento que UNA tiene claros los valores, que se sabe la teoría de cómo educar a sus hijos a pies juntillas, que quiere hacerlo distinto, que la educación le brote de dentro, que se base en lo-que-UNA-ha-decidido-creer y no en creencias limitantes heredadas o contagiadas. Luego, te confieso, cuando llega la hora de la verdad de mi vida mundana, UNA dispara a bocajarro las frases que usaron mis padres y con toda probabilidad mis abuelos. A la hora de la verdad mundana, UNA toma muchas decisiones basadas en el miedo: miedo a con quién se junte, miedo a qué hará cuando UNA no esté mirando, miedo a ese futuro incierto que amenaza con pintar el horizonte de gris marengo, miedo a hacerlo mal, miedo al descontrol y al caos.

Vértigo en el mar. 

El vértigo se siente cada vez que haces algo en tu familia-de-destino que tu familia-de-origen hubiera hecho radicalmente distinto. El vértigo está ahí cada vez que te sales de lo-normal y votas por ti. Cada vez que tienes miedo de hacer el gilipollas, cada vez que la balanza se inclina más hacia dar que hacia recibir. El vértigo delata su energía cuando entras en una habitación llena de desconocidos. Cuando te subes en un escenario o te bajas de una relación. El vértigo te hace temblar la voz cuando la alzas en público y la mano cada vez que pulsas el botón de publicar.
El vértigo te acompaña cuando sigues un impulso o confías en el instinto propio porque convertirse en adulto en esta cultura implica una gran dosis de renuncia al instinto impulsivo y al impulso instintivo. Crecemos con el eso-no-se-dice, eso-no-se-hace, eso-no-se-toca que cantaba Serrat y aprendemos así a acallar las corazonadas, a poner los ímpetus en modo silencio. Aún peor es el a-su-vez: a-su-vez nosotros aplacamos el impulso de nuestros hijos y nos preocupamos de que su instinto no haga demasiado ruido.

Pero quien quiera ver los peces de colores, mucho me temo que habrá de mojarse y sentir el vértigo. Mucho me temo que habrá de dejarse caer y confiar, confiar en que alguien, aunque sea UNA misma, tenga su espalda. 
De hecho, mucho mejor si es UNA misma la que tiene tu espalda pues entonces estás cubierta siempre.

En Arinaga




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En versos mundanos:



jueves, 30 de julio de 2020

El caleidoscopio de lo-normal


Llegados a este punto, UNA se arrepiente de dos cosas: de mis peores momentos madre (Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa) y de haber caído en la trampa de lo-normal.

La trampa de lo-normal consiste en juzgar a tu hijo con los parámetros que dictan las estadísticas. Paul hijo1 tardó mucho en echar a andar. Antes de que UNA se asustara, las voces alrededor de UNA comenzaron a alertar: 

- No es normal.

- A ver si va a tener un problema en las piernas.

- Lo-normal sería que ya estuviera andando

Total que UNA que era madre primeriza -la estación de la maternidad más vulnerable para caer en la trampa de lo-normal- se preocupó y empezó su deambular por las consultas. Si no hubiera sido por las voces que acudían sin invitación en representación de lo-normal, Paul hijo1 se habría ahorrado probablemente unas cuantas radiografías. Ni que decir tiene que Paul anda ahora perfectamente con sus piernas perfectas.


Cuando Gusi hijo2 era pequeño, más de lo mismo:

- Este niño apenas come, no es normal.

- Este niño está muy delgado, no es normal.

- Este niño necesita un reconstituyente.

El niño no-normal tiene ahora 13 años y devora. Se ve que es de hambre tardía. Pero UNA se preocupó mucho entonces y lo llevó de médico en médico porque los percentiles y las estadísticas y las voces no invitadas opinaban que el niño debería tener más apetito.


Un tiempo más tarde las voces me decían que lo-normal era que Paul hijo1 quisiera pasar la noche fuera cuando él aún no quería y así, resistiendo mi instinto de madre y haciendo caso omiso de su alta sensibilidad, lo envié a excursiones a las que él no deseaba ir hasta transformar en pánico un miedo que hubiera sido sólo eso: un miedo. Tenemos miedo al miedo. Tenemos miedo a lo que se sale de lo-normal. El mes que viene Paul se va a pasar unos días a casa de un amigo encantado de separarse de UNA. Se ve que ya es normal.


En otra ocasión las voces gritaban que Paul hijo1 era, de hecho es, muy bajito, y que quizás debería hormonarlo. Ahí UNA ya se plantó. Hay niños altos y hay niños bajos y hay niños "normales". Pero los niños "normales" no son más normales que los niños altos ni los niños altos son más normales que los niños bajos. ¿Tú me entiendes? Crecerá cuando tenga que crecer y, si se queda bajito, honrará a su padre y a su madre, sobre todo a su madre que es bajita, pero me niego a hormonarlo para hacerlo "normal". Este verano, que Paul hijo1 está pegando el estirón, sé que tomamos la decisión correcta. La decisión de Peter y UNA. No la decisión de las voces varias. 


La liberación de la trampa de lo-normal es progresiva, y así cuando UNA tuvo a Dolfete hijo3 había ganado suficiente asertividad maternal como para no permitir que las voces dogmáticas le dijeran qué es lo-normal.


Las estadísticas, los percentiles, el dogma de lo-normal (que muchas veces emana lamentablemente de otras madres) genera mucha ansiedad en las madres, sobre todo si son primerizas. Fíjate, ¡realmente párate a pensar!, en qué aberración es creer que 


LO-NORMAL es lo que mide/pesa/hace/dice/piensa/siente LA GRAN MAYORÍA.


Convertimos en patología muchas cosas que son simplemente características originales de nuestra descendencia. Las pinceladas inusuales, en vez de ser calificadas como artísticas y creativas, son categorizadas como extravagancias enmendables. Los trazos que se desvían de la norma reciben la etiqueta de trastorno.

UNA no dice que no haya que ocuparse de los problemas. UNA simplemente ha aprendido, al ir liberándose paulatinamente de la trampa de lo-normal, que no hay que crear problemas donde no los haya y que, en la gran mayoría de las ocasiones, no responder a lo-normal no es un problema. 


UNA ha hecho demasiadas cosas-normales en la vida sólo porque eran normales. Sin escucharme. Sin escuchar mi cuerpo. He acallado mi instinto en aras de lo-normal. He bebido sin sed. He comido sin hambre. He ido a lugares que nunca hubiera elegido con gente que nunca hubiera escogido. He trasnochado con sueño. He dicho cuando quería decir no y no cuando quería decir sí. He callado cuando tenía que haber hablado y hablado cuando tenía que haber callado. Por encajar en lo-normal. Y de estas incoherencias, que me han robado retazos de vida, me arrepiento. UNA tiene claro que UNA no quiere que sus hijos las cometan. Sin embargo, en muchas ocasiones he pecado de medirlos con el parámetro de lo-normal y me he preocupado cuando no se ajustaban al mismo. 

UNA incluso preferiría que sus hijos no hicieran tanto de lo que es normal estos días: postureo, whatsapp, fortnite...

 

Lo-normal no es siempre lo-mejor. 

Lo-mejor en muchos casos es anormal.


Lo que me ha otorgado la madurez es el discernimiento de elegir hacer cosas que, normales o no, me las pide el cuerpo o me las dicta el alma. Si lo-normal fuera un valor absoluto, lo-normal sería normal en todas partes. Cuando viajas, no obstante, lo primero que constatas es cómo lo normal se va transformando de parada en parada: por eso viajar abre la mente. Lo mismo sucede entre generaciones: lo que es normal en la infancia y adolescencia de nuestros hijos no lo era en la nuestra, y lo que era normal en la nuestra no lo era en la de nuestros padres. Y así sucesivamente. 


Como si de un caleidoscopio se tratara, lo-normal se va relativizando en los espacios y en los tiempos.



El aprendizaje inevitable derivado de este lamento y que podría verbalizarse en un consejo a la madre-primeriza sería, sin duda:


Déjalos ser

Let them be 


Déjalos ser con sus excentricidades. Déjalos ser con sus tiempos, con sus ritmos, con sus extravagancias, aunque no encajen en las expectativas de las voces. Aunque no encajen en tus expectativas.

No conviertas en patológico lo que no es lo-normal porque al fin y al cabo es SU-normal.



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Soltar, soltar, soltar... y minding the gap

domingo, 28 de junio de 2020

Ansiedad: Manual de Usuario Tomo 1

Deja que todo te pase 
La belleza y el terror 
Rilken

Éste no es un post cualquiera de Una_Vida_Mundana. No es un post para todos los públicos. Es un post para los que, LAS que, como UNA, padecen o han padecido de ansiedad (porque si la has padecido, la sombra de su reaparición permanece en ciernes sobre ti).
Absténganse de su lectura los-cuerdos.
Así que voy a hacer un salto de párrafo ahora mismo y todos aquellos que ni la padecen ni la han padecido, van a hacernos el favor de dejar de leer y se van a poner a otra cosa, mariposa.



A ti que sigues aquí conmigo te dedico este manual de usuario de la ansiedad porque, fíjate, UNA no es psicoterapeuta, pero se considera experta-en-ansiedad.
He echado a los demás de esta lectura, a los que desconocen el tema, porque lo último que necesitamos aquí son sus miradas de incomprensión, de perplejidad ante unos síntomas que les son ajenos, su gesto de a-mí-lo-que-me-parece-es-que-estás-loca...
He escrito arriba "LAS que padecen" no porque dude de que ellOs también la padezcan, sino porque en una cultura en la que a ellOs se les educa para ser machos-alfa, es raro que un hombre admita que sufre de una condición debilitante. He aquí la primera baza de la ansiedad: 

El secretismo

La ansiedad se ceba con el silencio. Si tienes ansiedad y no lo cuentas, te avergüenzas y te lo callas, es como un Gremlin al que metes en una piscina: Se transforma en un monstruo. UNA no está sugiriendo que lo vayas publicando (como UNA está haciendo aquí) a diestro y siniestro. Pero no te lo quedes dentro. Cuéntalo. Ahora eso sí: Elige bien a quién se lo cuentas. Recuerda por qué hemos echado del post a los que no conocen al gremlin.



Además, UNA, experta-en-ansiedad, ha llegado a concluir que nuestras amigas, las-p***as-hormonas-femeninas influyen mucho en los estados ansiosos y que por ello somos nosotrAs las que atravesamos estos estados más que ellOs.

Si la primera baza de la ansiedad es el secretismo, la segunda es el miedo. ¿Pero la ansiedad no es miedo? Efectivamente, la ansiedad es miedo, pero es miedo que se alimenta de miedo ¿Sabes cuál es el miedo que más la engorda? El miedo a la propia ansiedad. 

En este tomo vamos a hablar de los ataques de pánico; de los ataques de ansiedad. 

[Si nunca has tenido uno, no sabes lo que es, con lo cual mucho de lo que te voy a contar aquí te va a resultar ajeno. Un ataque de ansiedad no se entiende si nunca se ha tenido uno.]

Tienes un ataque de pánico en un ascensor. ¿Qué haces? No coger más ascensores porque asocias los ascensores con la sensación de ansiedad. Pues bien, ese miedo evitativo es como un jarabe de vitaminas para la ansiedad, que hace que después de los ascensores venga cualquier cubículo sin salida y finalmente los espacios cerrados en general acabarán produciéndote ansiedad: Una habitación sin ventanas, por ejemplo, y con la puerta cerrada.

El miedo al miedo es el peor de los miedos

UNA-experta-en-ansiedad sabe lo siguiente: Un ataque de ansiedad no mata. Es muy desagradable, es sumamente incómodo, pero a día de hoy he sobrevivido a unos cuantos y puedo asegurarte que no matan. Un ataque de ansiedad, al final, si lo reduces a lo básico, no son sino una serie de sensaciones físicas muy desagradables y sumamente incómodas, pero ya está: Son sensaciones físicas que aparecen porque sí y acaban siempre yéndose porque sí. Efectivamente, acaban siempre yéndose PERO acelerar o ralentizar el momento de la despedida depende precisamente de que les des vitaminas o no. Es decir, si ante las sensaciones físicas de la ansiedad reaccionamos con más miedo (el miedo a la ansiedad), entonces lo que realmente estamos haciendo es multiplicar las sensaciones, que siguen siendo sólo sensaciones, pero aún más incómodas y aún más desagradables. El antídoto, pues, empieza por no usar ningún antídoto, es decir, no tratar de librarnos de la ansiedad cuando aparezca. Cuando las sensaciones comienzan a inundar el cuerpo, UNA saluda como si de una vieja amiga se tratara: 
Bienvenida

Para UNA, efectivamente la ansiedad es una vieja amiga, pues si bien me ha robado mucha vitalidad -la ansiedad es debilitante- también me ha puesto en contacto con otras facetas de UNA misma que he llegado a venerar: La creatividad, la sensibilidad y, desde luego, la humildad. Como conté en mi post, Un bote de pastillas, la ansiedad te pone de rodillas. Luego ya sólo queda levantarse.

Después de saludarla, el siguiente momento del antídoto consiste en salir de la cabeza y poner la atención en el cuerpo, y es que, amigas, la tercera baza de la ansiedad es la curiosidad insidiosa insatisfecha. De repente, en cuestión segundos, se te llena la cabeza de preguntas:
¿Pero por qué me pasa esto a mí? 
¿Pero qué he hecho yo para merecer esto? 
¿Pero por qué estoy yo así y los demás no?
 
NINGUNA -escucha- NINGUNA de estas preguntas tiene una respuesta correcta. Ni siquiera una incorrecta. No tienen respuesta. Así que no indagues. Si indagas, fertilizas el sentimiento de aislamiento, de ser un bicho raro, de estar sola en el mundo, y esto es como sal y pimienta para la ansiedad: ¡Le da sabor! Entonces, se desencadena una ristra de pensamientos negativos, la mayor parte de ellos irracionales, del tipo: "
Esto no se me va a pasar nunca
"A lo mejor me estoy volviendo loca
"Tengo que salir de aquí como sea"

¿Cuál es la alternativa pues? Poner la atención en el cuerpo. Después de darle la bienvenida a la ansiedad, con curiosidad, bájate al cuerpo: A ver cómo se manifiesta la ansiedad cuello abajo. ¿Tienes tensión en las piernas? Puede que eso sea la manifestación del impulso de huir que acompaña a un ataque de ansiedad. ¿Estás hiperventilando, es decir, una respiración agitada y entrecortada? ¿Te sudan las manos? ¿Se te seca la garganta? Hazte un inventario: ¿Dónde y cómo notas que estás ansiosa? Pon la atención en las sensaciones del cuerpo, mira cómo van cambiando, cómo se van apaciguando o ganando momento. Pueden ser algunas de las que he mencionado o completamente diferentes.

Si hay otra cosa que UNA ha aprendido, es que la ansiedad de CADA UNA es diferente. Cuando UNA empezó a tener ansiedad, no encontraba otra forma de describírselo a Peter que "se me está saliendo el alma por los oídos", y me los tapaba. El primer alivio para UNA fue ponerle nombre. Decidí contarlo y mi hermana me dijo: 
Eso es ansiedad 
Y el peso inmediatamente se aligeró. A mí me encanta cómo Rosa Montero describe su único ataque de ansiedad en La loca de la casa, porque no tiene nada que ver con la ansiedad de UNA pero tiene todo que ver con la ansiedad de UNA.

Vale. Ya tienes la atención en las sensaciones del cuerpo. ¿Y ahora qué?

Hay una postura en yoga que se llama el pez. En esa postura la cabeza está inclinada hacia atrás de modo que la parte superior de la cabeza descansa sobre el sue
lo. Cuando UNA empezó a hacer esta postura, UNA se agobiaba tela: Me daba la impresión de que me iba a romper por el cuello o por la garganta; me entraba sobre todo una sensación ansiosa de que no iba a poder deshacer la postura.
Poco a poco, UNA se ha ido trabajando la asana. Me ha costado mucho porque al principio ponía la intención en estar en la postura sin sensación ansiosa. No funcionaba. Cuánto más luchaba por no estar ansiosa, más ansiosa estaba. Entonces cambié el enfoque y decidí soltar la lucha, aceptar la ansiedad y preguntarme: 
¿Puedo estar con esto? 
¿Puedo quedarme con esta sensación ansiosa? 
[Esto es super-yogui. Y ahora que estamos viendo la serie El Pueblo imagino al lector de este post juzgándome al modo del retrato de Santi Millán, pero quédate conmigo.]

Ahora soy capaz de hacer el pez sin sensación ansiosa sólo porque aprendí a estar con la sensación ansiosa. Lo que trato es de hacerte llegar el mensaje de que no es tanto luchar contra la ansiedad sino de hacerla tu aliada: 
Mira, me caes mal, pero me quedo contigo aquí sentada un rato.

Vamos a hacer una prueba. Quiero que cierres los ojos.
[¿Cómo voy a seguir leyendo si cierro los ojos? No estoy segura... Organízate 😬]
Quiero que cierres los ojos e imagines que vives en un piso alto. Si vives en una segunda planta, por ejemplo, quiero que imagines que vives en un octavo. Ahora quiero que imagines que has recolocado los muebles de una habitación que da a la calle y que no has reparado en que has dejado demasiado cerca de la ventaba una cómoda. Ahora quiero que imagines que tu hijo (si no tienes hijos, uno de tus seres más queridos o incluso tu mascota) se sube en el mueble por hacer una gracia, o para limpiar, o para coger algo. ¿Lo ves? La ventana está abierta y en un momento de pérdida de equilibrio, tu hijo (o tu perro) se cae. Lo ves caer. Corres hacia la ventana. Te asomas. Ya no hay nada que hacer... Corres hacia la puerta. Bajas como loca las escaleras...
Vale, ahora quiero que pares y escanees tu cuerpo tras imaginar, realmente imaginar, esta situación: ¿Cómo está tu respiración? ¿Está agitada, acelerada, entrecortada? Si has hecho de forma auténtica el ejercicio, lo estará. Notarás igualmente tensión en algunas partes del cuerpo. Quizás la mandíbula. Quizás tengas los hombros encogidos.

¿Y ves? No ha pasado nada. TODO-ESTÁ-BIEN. Y, sin embargo, un pensamiento ha cambiado en cuestión de segundos el funcionamiento de tu cuerpo. Un pensamiento irracional, infundado. 
Eso es lo que pasa con la ansiedad. 
Exactamente eso. 
Son los pensamientos que, como estrellas fugaces, pueblan el cielo oscuro de tu mente, los que te provocan los síntomas. Por eso hay que no mirar al cielo, sino conectar bien los pies a la tierra para lidiar con la ansiedad. Eso básicamente significa centrar la atención en los síntomas corporales.


Así que, resumiendo este primer tomo de la ansiedad, en el que te he contado cuáles son sus bazas y cómo se ceba, el trabajo que hay que hacer por dentro cuando te azota en forma de ataque de pánico es:
  • Nombrarla: Esto es ansiedad.
  • Darle la bienvenida como a una vieja amiga: Hola, te veo, te reconozco, vieja amiga, bienvenida. Saber estar con la nube negra. Perder el miedo al miedo.
  • No darle cancha a los pensamientos: No escuches las preguntas ni las sentencias que a modo de fuegos artificiales estallan en tu cabeza.
  • Escanea tu cuerpo con curiosidad, poniendo la atención en las sensaciones.

El ataque de ansiedad pasa exactamente igual que llegó. Una vez que lo haga, no le otorgues el placer del secretismo: Elige a quién contarlo y cuéntalo. UNA puede asegurarte que la ansiedad es una pandemia mucho más extendida que el propio coronavirus. Cuando escribí Un bote de pastillas, muchas lectoras compartieron conmigo comentarios en gran parte de alivio por no sentirse solas.

Este post ha quedado largo. Por eso es un tomo. El tomo 1. Viene otro: El tomo 2. UNA lleva usando la ansiedad un rato y le cuesta resumir.


Deja que todo te pase 
La belleza y el terror 
Rilken

Si sientes la necesidad de compartir o comentar o contactar y no quieres hacerlo en redes, escríbeme aquí: @Patricia Plaza
#N-o   e-s-t-á-s   s-o-l-a.




Agrietada: Ansiedad. Manual de usuario.


Hay un tipo de persona altamente sensible. Los-sensibles. UNA lo es. UNA coge cualquier anécdota de su vida mundana y la convierte en una entrada de un blog con tintes poéticos. Para ejemplo mi último post: La atención sesgada. Cualquier madre que lo haya leído, te lo puede resumir en pocas palabras: 
Ésta está hasta los cojones de marido y de niños después del confinamiento. 
Sin embargo, a UNA que piensa más que habla, que piensa más que duerme, que piensa más que vive, más que siente, estar hasta los cojones le sirve para reflexionar sobre cómo ponemos la atención sobre lo que nos interesa que confirme lo que creemos. 
Para pensar tanto y transformar anécdotas mundanas en posts semi-literarios hace falta mucha observación y mucha sensibilidad, aunque esto suene un poco arrogante. Ésta es la parte que me gusta de este rasgo mío (que por cierto UNA no eligió, le vino dado), y es que me permite crear. La creatividad y la sensibilidad suelen trabajar mano a mano. La creación, de hecho en mi caso, es la vía terapéutica de la sensibilidad. Así la canalizo.

Pero no todo es belleza. Ahora viene la bestia.

Una vez le pregunté a Peter con cuánta frecuencia pensaba él en la muerte. Me miró con cara de qué-clase-de-pregunta-es-ésa. El icono de los ojos como platos era la cara de Peter. 
La conciencia del paso del tiempo y la conciencia de la muerte están presente de manera constante en el día-a-día de los-sensibles. No estoy diciendo que Peter sea un insensible, que no lo es aunque él presuma de que le late por corazón una lata de cerveza; estoy diciendo que no es una persona altamente sensible en el sentido al que me estoy refiriendo aquí. Las personas altamente sensibles nos damos cuenta desde pequeñas de que la gran mayoría de los-otros no atraviesan la vida como lo hacemos nosotras, y eso nos hace sentirnos agrietadas, como si hubiera algo fundamental roto en nosotras.
Las personas altamente sensibles viven los cambios y las transiciones con especial conciencia. Si sigues este blog, has leído cómo UNA vive los cumpleaños de los hijos (Todo pasa y todo llega), el final del verano (Hace septiembre), o las mudanzas (Un bote de pastillas).
Aún recuerdo el día de mi primera comunión, que había estado tanto tiempo esperando impaciente. Al final del día, aquella UNA de 9 años se puso a llorar porque le daba pena que un día tan especial llegara a su fin. Paul hijo1, que como UNA es altamente sensible,  cuando nos íbamos un fin de semana fuera, desde muy chiquito lloraba desconsolado a la vuelta porque el finde se había acabado. Esta conciencia de los finales acompaña a las almas altamente sensibles, constantemente conscientes de la caducidad de la vida.

Paralela a esta conciencia, los-sensibles no nos llevamos bien con la falta de control (en no pocas entradas de este blog ha suspirado UNA ¡Ay, el control!). La rutina es ancla a la que nos aferramos porque nos da sensación de seguridad pues no manejamos bien la incertidumbre: Los cambios, lo desconocido, la falta de certeza. Lo que no controlamos produce en los-sensibles una sensación de vértigo, como si tuviéramos los pies colgando sentados en el alféizar de una ventana.

Los-sensibles, por todo esto, tenemos mayores probabilidades de sufrir ansiedad. La ansiedad se cuela por la grieta. De la ansiedad colada va este post y los dos que siguen.

La ansiedad no es sólamente tener un ataque de pánico como el que conté en la entrada de Un bote de pastillas. Ansiedad son muchas otras cosas: 
Ansiedad puede ser estar constantemente preocupado, enlazándose las preocupaciones unas con otras como cuentas de rosario ensartadas.
Ansiedad puede significar estar en modo-bucle con un tema, obsesionarse sin ser capaz de tomar distancia ni soltarlo, porque el-ansioso tiene la creencia inconsciente de que pensando mucho en el tema, lo puede controlar, pero que si lo deja ir, se le descontrola.
Ansiedad puede ser vivir en el futuro, en lo que pueda pasar, haciendo premoniciones catastróficas, sin que el subconsciente sea capaz de discernir que el futuro no se puede controlar y que el único momento vital en el que todo-está-bien es ahora.
Ansiedad puede ser vivir en el pasado, martilleándonos a reproches por los errores cometidos o cuestionándonos constantemente si habremos elegido la carrera correcta, la pareja perfecta, o si estaremos andando el que creemos único camino diseñado para nosotros. 
Ansiedad puede ser noches de insomnio donde todos los monstruos que hayas conseguido acallar durante el día a base de mantenerte ocupado o de -escucha esto- hacerlo todo "perfecto",  te asalten mientras tú intentas conciliar el sueño.
Ansiedad puede ser despertarte con la mañana con desazón.

La ansiedad, querida, es una putada si no la gestionas bien. 
Pero si te paras a escucharla, puede ser un portal a la creatividad, a la compasión, al reencuentro contigo misma, a volver a empezar a quererte (que te tenías muy abandonada), a confiar en tu propio criterio -sea el que sea- y no tomar las decisiones basadas en influencias externas de los-que-bien-te-quieren. 

Es un camino que, si lo sigues, te devuelve a ti. 

Lo que me ha otorgado la madurez es ir poco a poco haciéndome amiga de la grieta, y comprobar que la alta sensibilidad, además de ansiedad, también me ha regalado el disfrute de mi vida agrietada, como ya relaté en el post Envejecer: Dime, ¿qué piensas hacer con tú única, salvaje y preciosa vida?
Como dice el poeta  Rumi,  la herida es el lugar por donde entra la luz, o como dice Leonard Cohen en la canción Anthem
There's a crack in everything: That's how the light gets in.
Mi mayor debilidad ha resultado también ser mi mayor fortaleza.

Esta grieta, este exceso de sensibilidad, me ha merecido apelativos tipo dramática, cómica, exagerada, extremista; el título de drama queen; y los ojos en blanco de tenías-que-haber-sido-actriz, apelativos que en su día día UNA vivió como insultos y que ahora UNA transforma en halagos.
He hecho las paces con la grieta y la ansiedad ha mediado en el proceso.




Las dos entradas que siguen resumen en dos tomos -para UNA muy breves; para el lector probablemente eternos- mi andadura como usuaria de la ansiedad. 
Lo que sé de la ansiedad de UNA. 
No voy a publicar estas dos entradas en redes sociales porque son entradas altamente sensibles, es decir, entradas que sólo van a llegar a los-agrietados, pero habiendo llegado hasta aquí en el recorrido de la ansiedad, me parecería mezquino no compartir lo que sé de la ansiedad, especialmente por romper una lanza en favor de un enfoque menos deshumanizado de la ansiedad, un acercamiento al tema que no se limite a silenciar los síntomas sin abordar las causas. 
Espero que te ayuden a hacer las paces con tu grieta: ¡Que se abra el telón de tu vida agrietada! ¡Y que entre la belleza!








lunes, 27 de abril de 2020

Antojos del fin del mundo


Cuando UNA era pequeña comprábamos las chuches en los quioscos. Mi abuelo nos llevaba los sábados y nos daba cinco pesetas a cada hermana para comprar una selección de entre un chicle cheiw de fresa, un palote, caramelos pez, un chupa chup de kojac o caramelos chimos.
UNA-niña se sentía rica en el día más feliz de la semana. 
UNA-adulta se siente vieja cuando se aferra a esta vena nostálgica que habla en pesetas pero el-fin-del-mundo-tal-como-lo-conocíamos favorece la nostalgia.

Hubo entonces un cambio radical en la infancia de UNA: Muchos siglos antes de que aparecieran las tiendas de los chinos, las ciudades comenzaron a decorarse con tiendas de caramelos. Tiendas preciosamente coloridas en las que, al más puro estilo americano, enfilaban medias lunas llenas de gominolas igualmente coloridas. Ahí nacieron los gatos de regaliz, las coca-colas, los plátanos amarillos, las manzanitas verdes y las fresitas. Me acuerdo perfectamente de la primera de estas tiendas en el paseo de Zorrilla de Valladolid. Mis padres nos llevaban los domingos después de misa y era una fiesta: Te habías pasado la misa cuchicheando con tus hermanas qué era lo que ibas a escoger.

Cuando nos mudamos a Córdoba, había en Ronda de los Tejares una tienda de éstas paradisiaca. Era toda rosa, por dentro y por fuera. Se llamaba Antojos. 
Mi hermanAura y yo decidimos ahorrar juntas durante algunas semanas la propina (que en Córdoba se llama "paga") para poder disfrutar un día de un banquete de chuches en toda regla. Cuando juntamos la honrosa cantidad de 500 pesetas, alguien nos cambió las monedillas de la hucha por una única moneda brillante de 500. Un sábado, UNA se metió la moneda en el bolsillo y con mi hermanAura se dispuso a ir a la compra para la fiesta anunciada. Tenías que habernos visto a ambas caminar hacia la-tienda-rosa orgullosas de haber acuñado tal fortuna. Pues bien: Justo antes de entrar en la tienda de chuches, UNA-niña se metió la mano en el bolsillo y la moneda, esa moneda que nos había costado semanas ahorrar, había desaparecido. No estaba. La había perdido. Volvimos a casa, comprobamos, recorrimos el camino de ida a la tienda una y otra vez, le dimos la vuelta a los bolsillos, y nada. La moneda brillaba ahora por su ausencia.

Hago aqui un inciso para:

Uno. Apelar al desconocido que se encontrara la moneda de 500 pesetas en la entonces Avenida del Generalísimo a principios de los ochenta: ¡Que la devuelva, por favor! Tiene valor sentimental.

Dos. Reflexionar sobre cuál hubiera sido mi actitud como madre si esto le pasara ahora a alguno de mis monstruos, porque en su día mis padres no trataron de protegernos de las emociones reponiéndonos las 500 pesetas. Probablemente de hecho nos echaran una regañina. O ni eso. Al fin y al cabo, era nuestro problema. Pero esto es carne de otro post.

Los recuerdos los deteriora el tiempo: Mi hermanAura probablemente cuente esta anécdota de forma completamente diferente a cómo la rememora UNA. 
Pero las emociones no las toca el tiempo. 
Las emociones son como los olores o las canciones, capaces de traerte de vuelta un amor de verano en cuestión de segundos y de erizarte la piel al hacerlo. 

La decepción de haber perdido aquella moneda tras semanas de esfuerzo, 
el drama que suponía para UNA-niña, 
la renuncia al sueño del festín de las chuches, 
la culpa también porque era UNA al fin y al cabo la que había perdido la moneda y privaba a mi hermanAura también de su sueño tornando igualmente vano su esfuerzo.
¡La pena! 
¡La rabia! 

[Esto es como la historia del peine: Me vais a perdonar que, tras seis semanas de confinamiento, cualquier memez adquiera tintes trágicos.]

Años después, en otra infancia, otra anécdota puso de nuevo sobre el escenario aquellas emociones. Era el cumpleaños de un Gusi hijo2 en versión chiquita y pedía que le regaláramos un balón de fútbol con la intensidad con la que las criaturas pueden llegar a pedir un capricho: Si eres madre, tú sabes. Osada UNA, decidí que ya había suficientes pelotas en casa (literal y metafóricamente) y, en vez de eso, le compré una portería infantil de esas plegables y unos guantes de fútbol, pensando que le harían muchísima ilusión a ese portero. No le hizo falta desenvolver el regalo. En cuanto lo vio, la versión chiquita de Gusi hijo2 supo con certeza que no era "el-balón". Y, con la ingratitud todavía no cincelada de la primera infancia, sintió la pena y la rabia, porque ¡eso no era lo que él quería! Ni lo que había puesto tanto empeño en dar la lata por conseguir. El sueño de su balón redondo se desvanecía ante aquel envoltorio aún sin abrir. La decepción: Su drama.
No te quedes ahora con el juicio que se fragua en tu mente: 
Quédate con la emoción del niño.

Porque es ésa precisamente la emoción que UNA ha sentido al salir hoy a la calle con mi hijo por primera vez después de mes y medio metidos en casa. 
He sentido que les hemos robado la moneda de 500 pesetas y el balón de fútbol. 
Que les hemos quitado los sueños.

Tras llevar seis semanas en la-dimensión-confinada, UNA pensaba que, cuando pusiera un pie en la calle, me iba a inundar la sensación de libertad. Sin embargo, lo que me ha embargado es la pena y la rabia.

Cuando UNA tuvo hijos, nunca imaginó que les dejaría en herencia una película de ciencia ficción; un mundo surrealista en el que no pueden jugar con otros niños a menos que sea a través de una pantalla; en el que necesiten mascarillas y guantes para poder llevar a cabo una tarea tan mundana como salir a dar un paseo.

¿Sabes cuál es la diferencia entre las emociones de la anécdota de las chuches y las de la anécdota del balón? UNA-madre te contesta a esta pregunta: 
Las batallas de nuestros hijos siempre duelen más, escuecen más, que las batallas propias.

La generación de UNA lo hemos tenido fácil. En muchos sentidos, hemos sido una generación afortunada:
El medio ambiente, por ejemplo, para nosotros era una lección del libro de texto de ciencias naturales. 
Ahora es una realidad disfrazada de amenaza. 
Una pandemia para nosotros era un estreno de cine. 
Ahora es una guillotina con visos de reincidencia.


UNA hoy ha sentido la tristeza profunda ante la desolación que trunca los sueños de mis reyes, desde la cancelación de un plan mundano-extraordinario como el viaje de la familia-de-5 este verano a Canarias, hasta la compleja incertidumbre de un futuro enmarañado, 
incertidumbre que les arrebata el derecho a el-largo-plazo
incertidumbre que les usurpa el gozo de el-modo-planes
algo que la generación de UNA sí pudimos disfrutar.

UNA ha sentido también la rabia, el no-hay-derecho a que las batallas que mis tres hijos vayan a tener que lidiar sean tan rudas. UNA no estaba creando hombres para esto. UNA no había planeado que el fin del mundo les pillara a los hijos de UNA.

UNA ha sentido también la culpa, la responsabilidad que con toda seguridad la generación de UNA ha tenido en la gestación de este panorama conflictivo.

Cuando la versión chiquita de Gusi hijo2 se soprepuso por fin a la rabieta y cedió a abrir su regalo, la portería y los guantes reemplazaron rápidamente al sueño del balón en su cara recién iluminada. Le hicieron rey. 
UNA espera, y sinceramente el único consuelo que queda a estas alturas es confiar, que la generación de mis tres reyes reúna capacidad de reacción y los-que-vienen sepan qué hacer con un mundo que agoniza. 
Que estén a la altura que demanda la injusticia de su herencia. 
Que tengan la capacidad de discernir en las eLECCIONES, capacidad que nos faltó a sus padres.
Porque UNA está segura de que no es lo mismo jugar al fútbol en un campo de césped que en el fifa de la play. Segura.