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jueves, 30 de julio de 2020

El caleidoscopio de lo-normal


Llegados a este punto, UNA se arrepiente de dos cosas: de mis peores momentos madre (Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa) y de haber caído en la trampa de lo-normal.

La trampa de lo-normal consiste en juzgar a tu hijo con los parámetros que dictan las estadísticas. Paul hijo1 tardó mucho en echar a andar. Antes de que UNA se asustara, las voces alrededor de UNA comenzaron a alertar: 

- No es normal.

- A ver si va a tener un problema en las piernas.

- Lo-normal sería que ya estuviera andando

Total que UNA que era madre primeriza -la estación de la maternidad más vulnerable para caer en la trampa de lo-normal- se preocupó y empezó su deambular por las consultas. Si no hubiera sido por las voces que acudían sin invitación en representación de lo-normal, Paul hijo1 se habría ahorrado probablemente unas cuantas radiografías. Ni que decir tiene que Paul anda ahora perfectamente con sus piernas perfectas.


Cuando Gusi hijo2 era pequeño, más de lo mismo:

- Este niño apenas come, no es normal.

- Este niño está muy delgado, no es normal.

- Este niño necesita un reconstituyente.

El niño no-normal tiene ahora 13 años y devora. Se ve que es de hambre tardía. Pero UNA se preocupó mucho entonces y lo llevó de médico en médico porque los percentiles y las estadísticas y las voces no invitadas opinaban que el niño debería tener más apetito.


Un tiempo más tarde las voces me decían que lo-normal era que Paul hijo1 quisiera pasar la noche fuera cuando él aún no quería y así, resistiendo mi instinto de madre y haciendo caso omiso de su alta sensibilidad, lo envié a excursiones a las que él no deseaba ir hasta transformar en pánico un miedo que hubiera sido sólo eso: un miedo. Tenemos miedo al miedo. Tenemos miedo a lo que se sale de lo-normal. El mes que viene Paul se va a pasar unos días a casa de un amigo encantado de separarse de UNA. Se ve que ya es normal.


En otra ocasión las voces gritaban que Paul hijo1 era, de hecho es, muy bajito, y que quizás debería hormonarlo. Ahí UNA ya se plantó. Hay niños altos y hay niños bajos y hay niños "normales". Pero los niños "normales" no son más normales que los niños altos ni los niños altos son más normales que los niños bajos. ¿Tú me entiendes? Crecerá cuando tenga que crecer y, si se queda bajito, honrará a su padre y a su madre, sobre todo a su madre que es bajita, pero me niego a hormonarlo para hacerlo "normal". Este verano, que Paul hijo1 está pegando el estirón, sé que tomamos la decisión correcta. La decisión de Peter y UNA. No la decisión de las voces varias. 


La liberación de la trampa de lo-normal es progresiva, y así cuando UNA tuvo a Dolfete hijo3 había ganado suficiente asertividad maternal como para no permitir que las voces dogmáticas le dijeran qué es lo-normal.


Las estadísticas, los percentiles, el dogma de lo-normal (que muchas veces emana lamentablemente de otras madres) genera mucha ansiedad en las madres, sobre todo si son primerizas. Fíjate, ¡realmente párate a pensar!, en qué aberración es creer que 


LO-NORMAL es lo que mide/pesa/hace/dice/piensa/siente LA GRAN MAYORÍA.


Convertimos en patología muchas cosas que son simplemente características originales de nuestra descendencia. Las pinceladas inusuales, en vez de ser calificadas como artísticas y creativas, son categorizadas como extravagancias enmendables. Los trazos que se desvían de la norma reciben la etiqueta de trastorno.

UNA no dice que no haya que ocuparse de los problemas. UNA simplemente ha aprendido, al ir liberándose paulatinamente de la trampa de lo-normal, que no hay que crear problemas donde no los haya y que, en la gran mayoría de las ocasiones, no responder a lo-normal no es un problema. 


UNA ha hecho demasiadas cosas-normales en la vida sólo porque eran normales. Sin escucharme. Sin escuchar mi cuerpo. He acallado mi instinto en aras de lo-normal. He bebido sin sed. He comido sin hambre. He ido a lugares que nunca hubiera elegido con gente que nunca hubiera escogido. He trasnochado con sueño. He dicho cuando quería decir no y no cuando quería decir sí. He callado cuando tenía que haber hablado y hablado cuando tenía que haber callado. Por encajar en lo-normal. Y de estas incoherencias, que me han robado retazos de vida, me arrepiento. UNA tiene claro que UNA no quiere que sus hijos las cometan. Sin embargo, en muchas ocasiones he pecado de medirlos con el parámetro de lo-normal y me he preocupado cuando no se ajustaban al mismo. 

UNA incluso preferiría que sus hijos no hicieran tanto de lo que es normal estos días: postureo, whatsapp, fortnite...

 

Lo-normal no es siempre lo-mejor. 

Lo-mejor en muchos casos es anormal.


Lo que me ha otorgado la madurez es el discernimiento de elegir hacer cosas que, normales o no, me las pide el cuerpo o me las dicta el alma. Si lo-normal fuera un valor absoluto, lo-normal sería normal en todas partes. Cuando viajas, no obstante, lo primero que constatas es cómo lo normal se va transformando de parada en parada: por eso viajar abre la mente. Lo mismo sucede entre generaciones: lo que es normal en la infancia y adolescencia de nuestros hijos no lo era en la nuestra, y lo que era normal en la nuestra no lo era en la de nuestros padres. Y así sucesivamente. 


Como si de un caleidoscopio se tratara, lo-normal se va relativizando en los espacios y en los tiempos.



El aprendizaje inevitable derivado de este lamento y que podría verbalizarse en un consejo a la madre-primeriza sería, sin duda:


Déjalos ser

Let them be 


Déjalos ser con sus excentricidades. Déjalos ser con sus tiempos, con sus ritmos, con sus extravagancias, aunque no encajen en las expectativas de las voces. Aunque no encajen en tus expectativas.

No conviertas en patológico lo que no es lo-normal porque al fin y al cabo es SU-normal.



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jueves, 16 de julio de 2020

Las infancias idílicas

Lo peor de las vacaciones en familia es, sin duda alguna, la familia. La de UNA no. La de UNA es la excepción que confirma la regla. Estoy hablando de la tuya.

Las madres y las suegras hace tiempo que se quitaron el puntito de la boca (si alguna vez lo tuvieron, que en ciertos casos es muy susceptible de duda) y decidieron otorgarse la libertad de decir lo que piensan sin importar. Sin importarles nada. Recuerda que estamos hablando de tu madre y tu suegra. La madre de UNA y la suegra de UNA no, ¿eh?, que son la excepción.
No importa lo que hagas: casi te puedo asegurar que está mal. Si riñes a los niños, es que te pasas el día riñéndoles. Si no les riñes, es que hacen lo que les da la gana. Si les quitas las máquinas, por dios, sé más flexible que estamos en vacaciones. Si no se las quitas, es que les permites estar todo el día pegados a una pantalla. Si tus hijos se pelean, los suyos nunca se peleaban. ¡Nunca! Sus hijos y sus hijas fueron los protagonistas de unas infancias idílicas. ¿Tú sabes que en la época en que nació tu madre y tu suegra los niños nacían ya con modales en la mesa? No había que decirles ponte derecho, ni coge bien el cubierto, ni cierra la boca al masticar, porque traían las buenas maneras ya puestas de fábrica. Los tuyos, sin embargo, se nota que están en el comedor, ¿eh? porque ¡vaya modales!
Los hijos, en su época, eran poco más o menos robots. Para que obedecieran, sólo tenías que mirarlos y ya está. Hacían lo que fuera que tú quisieras que hicieran. Era muy práctico. Tú no lo recuerdas así porque eras sólo una niña, pero tú a tu madre jamás le contestaste mal. Jamás. Vamos, es que no te lo hubiera permitido.
Los niños de las infancias idílicas siempre estaban contentos, nunca se quejaban, ni se enfadaban, ni estaban tristes, como los tuyos que son unos mimados y no aprecian y nunca están satisfechos. No sé cómo lo has hecho pero evidentemente mal.

El caso de las madres y las suegras que intervienen está, no obstante, en cierto grado justificado por la experiencia de la maternidad que, sin duda, es un grado. Ellas pretenden "ayudarte" (que no "ahogarte") en su afán por transmitir su bien labrada sabiduría. Peor es el caso de las no-madres que todo lo saben sobre la maternidad: las hermanas y cuñadas. Las tuyas. Las de UNA no. Las de UNA son la excepción. Existe un género entre hermanas, cuñadas y otras mujeres que nunca tuvieron hijos que se caracteriza por saber exactamente qué es lo que tienes que hacer para educar a tu hijo de otra manera muy diferente a la que lo estás educando, porque el niño te ha salido así como te ha salido por esa manera lamentable que tienes de educarlo.
En este caso, se trata de las infancias idílicas de los-hijos-que-nunca-tuvieron. 
- Anda, que si yo tuviera un hijo, iba a permitir que me contestara así. 
- Anda, que mis hijos iban a pasarse tanto rato con el móvil. 
- Anda, que los míos iban a tener así el cuarto. 
Anda, anda, anda... ¿¡Qué tuyos!? 
Lo cierto es que si te trasladas en la memoria a tus tiempos pre-madre puedes probablemente comprender todas estas teorías sobre la maternidad que abanderan las no-madres, porque hubo un tiempo en el que probablemente tú también las tenías. UNA las tenía, de hecho. Un montón de ellas. Un cuerpo entero de teorías bien trabadas sobre qué hacer y qué no hacer con los hijos para que los hijos sean esos seres idílicos que habías diseñado en tu imaginación. Luego, los propios hijos y los años-de-madre han ido desmontando una por una cada una de estas teorías, como vengo relatando en Una Vida Mundana, y me han regalado la siguiente conclusión (a la que creo llegan antes o después todas las madres- menos tu madre y tu suegra) y es que, como dice una muy buena amiga, madre-también-de-3:

S-E   H-A-C-E   L-O   Q-U-E   S-E   P-U-E-D-E

UNA escribe diarios y guarda en un baúl los cuadernos de etapas anteriores de su vida ("cuadernos de la muerte", los llama Peter). La relectura de los cuadernos de mis años-de-madre es un recorrido por la infancia de mis hijos que viene a confirmar irrefutablemente la sospecha de que no tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Mira que UNA, de sensibilidad innata, le pone conciencia, como prueba este blog. Pero, aún así, U-N-A   H-A-C-E   L-O   Q-U-E   P-U-E-D-E.


Hay una crítica mucho más sutil que se reparte en las vacaciones-en-familia de las familias no tan críticas (o sutilmente críticas). Consiste en no decir nada pero, ¡ojo!, mirar a la madre. 
El niño monta una escena. Una escena por supuesto injustificada para el testigo familiar. La suegra, la madre, la cuñada, o la hermana, no dicen ni pío porque tienen una actitud "respetuosa", no quieren meterse, no desean intervenir, PERO desvían la mirada hacia la madre en espera de su reacción, a ver qué hace, a ver cómo maneja (ya te adelanto que va a manejar mal). Esto es casi peor que si manejaran la situación ellas mismas. La madre, en ese momento objeto de un juicio inevitable, lo que tiene ganas es de decir:
 
Perdona, ¿pero por qué c*ñ* me miras a mí si el que está montando el pollo es el niño de los c*j*n*s?

Algo común a todas las castas mencionadas hasta ahora en el artículo consiste en considerar a tus hijos como marionetas de las cuales tú tienes los hilos y puedes manejar a tu antojo, y en ese saco de las marionetas muchas coinciden en meter también a tu marido. En algún momento parece habérseles olvidado que se trata, no sólo de una persona con capacidad de comportamiento y decisión propia, sino además de un adulto. 
- Dile que no les grite así a los niños. 
- Dile que recoja eso. 
- Dile que llegue más pronto. 
En algún momento de la boda, no recuerdas cuándo (te lo dije, no debiste beber tanto), te nombraron oficialmente mediadora entre la familia y el marido. Tonta de ti al pensar que familia de adultos y marido adulto podrían comunicarse esos mensajes entre ellos.



El tema es el-clan. El-clan. Tú formabas parte de un clan, con sus normas, sus teorías, su método propio de comunicación. Luego tú formaste a su vez tu propio clan. Te llevaste contigo algunas de las normas, teorías y métodos del clan original, ¡claro!, pero también creaste tus propios códigos, códigos que elegiste en coherencia con los valores que decidiste para tu clan. En las intersecciones de tu nuevo clan, hay nuevas normas, nuevas teorías y nuevos métodos. ¿Y sabes lo que pasa? Tu clan original se tambalea ante la novedad; se desestabiliza; se resiste a que les cambies las reglas. Si es el caso que sus miembros tienen la mente crítica, el juicio fácil, entonces surge el conflicto, y éste se hace notar en las vacaciones en familia. Ni te preocupes ni te agobies. Todo está bien. Todo entra dentro de lo normal. Dicen que el Dalai Lama perdió todo su ZEN en unas vacaciones en familia.

Eso es todo lo que tengo que decir sobre este tema: que vas a necesitar unas vacaciones después de las vacaciones en familia para descansar de la familia. Tú, ¿eh? UNA no. Que la familia de UNA es la excepción.


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miércoles, 8 de abril de 2020

No es lo mismo




Homenaje a las madres de niños chicos


No es lo mismo estar confinados cinco que cuatro, con dos niños que con tres. En la entrada De hermanOs y bombas, ya conté mi teoría prestada de los pares y los impares, según la cual cuando el número de hijos es par se pelean menos que cuando es impar. Ahora que Paul hijo1 no está, y en vez del impar-3 son el par-2, el número de conflictos en casa se ha reducido significativamente. Me da hasta pena reconocerlo pero es así, y siempre tendré que agradecerle a mi hermana y a mi cuñado que lo invitaran a pasar el confinamiento con ellos en el campo porque aquí en el piso un adolescente de 14 años acostumbrado a salir de 2 a 3 horas con la bici a diario, se hubiera subido por las paredes volviéndonos locos a todos.

No es lo mismo estar en el campo testigo de la primavera, de las amapolas rojas que aparecen a brochazos entre verdes, rodeado de animales que no se han enterado de qué va la-dimensión-confinada, que estar encerrados en un piso de ciudad sin balcones, sin terraza, sin azotea, sin patio y sin jardín. UNA ya se ha hecho su lista de básicos imprescindibles para la próxima pandemia.

Foto de Antonio Rivas Rengel



Pero UNA no se queja. Porque UNA lo está teniendo fácil: Con un marido más (Peter en casa) y un hijo menos, la cosa se descomplica. Además, UNA es consciente y agradece que este encierro la ha pillado a UNA en las edades ideales de los niños. Ya no son tan pequeños: 
Ya no demandan la atención de UNA 24 horas al día, 7 días a la semana. Tienen sus horas de entretenimiento a solas. Afortunadamente para UNA, les gusta leer. Y, llegada la ocasión, si UNA inventa un plan, todavía no están en el momento-adolescencia en el que los planes de UNA les parecerán un rollo-power-flower-piñazo-coñazo-supino. Todavía los engancho en proyectos creativos con moderado entusiasmo.
UNA, desde aquí, quiere mandar un mensaje de CORAJE para las madres de niños más pequeños. En Hace septiembre, UNA ya os contó la anécdota de aquel verano hace mucho tiempo en que UNA se ofreció voluntaria para catalogar la biblioteca del departamento de inglés en el que trabajaba. ¡Voluntaria en período de vacaciones! Ahora UNA mira atrás y ve una madre agobiada de verse confinada en casa con 3 monstruos pequeños reclamándola 24/7 sin tregua. Ir a trabajar era la tregua de UNA (a veces aún lo sigue siendo). Miro a esa madre con compasión. Con la misma compasión que te miro hoy a ti con tus hijos pequeños en la-dimensión-confinada:

Que llevas sin entrar sola al baño tres semanas.
Que cada vez que oyes la palabra mami te entran ganas de vociferar.
Que es sólo cuando se duermen que empiezas a disfrutar del gusto de tenerlos pero para entonces empieza a invadirte la culpa que viene con el pensamiento negativo (y la creencia limitante) de no haber estado a-la-altura.
Que miras las fotos que te entran por el grupo de whatsapp del cole con manualidades y reposterías y retos y demás lindezas que las-madres-normales hacen con sus reyes y las usas de listón para medir el volumen de tu-día-a-grito-pelado...

A ti, te voy a decir algo:
Salte del puto grupo de whatsapp. Ya estás tardando.
Aumenta considerablemente y SIN CULPA el tiempo de pantalla. ¡Escucha! Éste no es el momento de educar. Éste no es el momento de establecer límites saludables. Éste es el momento de sobrevivir. Tus hijos en este momento lo que necesitan es una mamá lo más feliz y serena posible, y eso pasa necesariamente, indispensablemente, por tiempo-a-solas. Si para tener ese tiempo-a-solas es necesario enchufarles la tele o la tablet, pues se la enchufas: 
n o-p a s a-n a d a

Plantéatelo como requisito sine qua non para la salud mental del hogar porque la salud mental del hogar es la salud mental tuya. Es tu reflejo: Tú eres el foco de energía de ese hogar, de eso no me cabe duda.
Así que, ¡coraje! ¡Mucho coraje! El corazón de UNA está contigo. Deja de leer, de mirar, de escuchar cualquier cosa que te haga sentir inadecuada, incluido este precioso blog. No es lo mismo tener niños de 4, 3 y 1 que de 12 y 9. No es lo mismo.

Éste no es el momento de ganar Masterchef ni de quedar finalista en Got Talent. Éste no es el momento de presumir ni de comparar. No es el momento de la culpa. No es el momento de las normas. Tienes toda la vida para ello. Ahora es el momento de la más pura y dura supervivencia. A ellos, a tus niños, les quedará, si les queda algo, no tanto lo que hayan hecho contigo estos días sino cómo se hayan sentido contigo estos días. Los niños son capaces de construir historias con mucha facilidad. Si les plantas la tele 5 horas (n o-p a s a-n a d a) y juegas con ellos 5 minutos, recordarán la energía de esos 5 minutos. Más valen 5 minutos de risas relajadas que el que pases el día entero con ellos inventando pero irritable y cansada. Limita el tiempo de la creatividad drenante. Déjales espacio también para que se aburran. Su aburrimiento será cuna de muchas ideas. Pide al otro adulto en casa, si lo hay, que vigile por si algunas de esas ideas resultan ser peligrosas. Y busca la manera de confinarte en la-dimensión-confinada.



El último consejo que te doy (y si has conseguido leer hasta este párrafo, ¡mi más sincera enhorabuena!) es que les leas. Mucho. Todo lo que puedas. Era mi vía de escape favorita cuando los niños eran pequeños. Es una manera de estar presente que no requiere realmente estar presente. Se puede leer en voz alta de forma automática, sin pensar en lo que estás diciendo, y eso te permite descansar porque no requiere la cantidad de energía que requiere, por ejemplo, un juego de mesa. UNA temía los juegos-de-mesa cuando éstos eran pequeños. Los juegos de mesa acababan siendo los juegos-de-suelo porque ahí es donde aterrizaban todas las piezas. Así que en cuanto podía les plantaba un cuento. UNA llegó a ser experta en modular la voz para aplacar a las fieras que, con suerte, se dormían. Siempre pienso que, en parte, ahora que son más mayores, mis hijos son grandes lectores porque su madre abusó de la única forma de entretenimiento que no requería el 100% de la atención de UNA (esto puede resultar útil, pues, para una futura pandemia; considéralo antes de descartarlo). Los expertos dicen que les leas porque... bueno, no recuerdo por qué... Pero UNA confiesa que les leía porque me daban el guión hecho: UNA no tenía que inventar nada. Peter sí se inventaba las historias y ¡claro! ellos siempre preferían los cuentos de Peter a los míos. ¡Genial! Otra vía de escape.

No es el momento de ser la-madre-perfecta. Es el momento de la autocompasión. Esto no es fácil. Esto requiere coraje. Para ellos sí es fácil, estáte tranquila. No es fácil para ti. De lo que se trata es de alcanzar el final del día con los depósitos de culpa al mínimo. Ya está. ¿Sabes? Para UNA eres heroica: Cuando UNA salga hoy a las 20:00 a aplaudir, el homenaje va por ti. 

¿Conoces la canción esa de Resistiré con la que nos martillean estos días? No sé para qué pregunto, por supuesto la conoces. Pues eso: Éste es el momento de resistir. No es el momento de brillar.