sábado, 27 de diciembre de 2025

Chiquitita

 

Ayer pensé en Manuel. Un tío hecho y derecho. 

Intento bromear con él antes del examen. Llega. Se sienta. Empieza a hablar. Lo está haciendo bien. Me siento orgullosa. Y, de repente, no le sale la voz del cuerpo. Se queda callado. Nos mira. Me mira. 

 Estoy muy nervioso.

Siento que, si fuera por él, se pondría a llorar. Y, si fuera por mí, me levantaría, abandonaría mi puesto de tribunal, daría la vuelta hasta llegar a su silla, y le abrazaría como si abrazase a un hijo mío.

Pero no puedo hacerlo porque no se vería bien. Así que me limito a decirle:

 Respira. No nos veas como una amenaza, no somos el enemigo. Estamos aquí para ver lo que haces bien, no lo que haces mal.

En algún momento, retoma. De lo que me doy cuenta es de que acabo de tener una interacción con un niño, un chico pequeño que se pasea dentro de ese hombre de 40 años al que le tiemblan las manos y la voz. Y este niño me ha conquistado; ha sido capaz de despertar en mí toda la ternura de la que, como madre, soy capaz.

Toda esa literatura sobre el niño interior que llevamos dentro; toda esa tendencia sobre maternar a la parte de ti que quedó anclada en la criatura —y que mis hijos tacharían de 'rojada'—, va a resultar que tiene su fondo de verdad. 

Ando estos días observando a la niña que UNA también lleva dentro, y me detengo con curiosidad a localizar a los niños que todos los demás llevan dentro. Es cuando menos curioso ser testigo de todas esas criaturas paseando por el mundo en cuerpos de adultos que albergan todavía miedos y pasiones infantiles. 

A UNA le sale la niña cuando se enfada mucho. UNA-niña se lía a hacer estropicios infantiles. Te esconde algo para que no lo encuentres, por ejemplo. Sé que esa niña podría, como Amy en Mujercitas, tirar la novela de Jo al fuego. ¡Así de enfadada está! UNA-niña se autocastiga mandándose a la cama sin cenar para que no quepa duda de lo enfadada que estoy. UNA-chiquitita sube las escaleras a pisotones para que todos oigan lo enfadada que estoy. Cualquiera de mis hijos es más maduro que UNA-niña bien enfadada. Puede que meta la basura en tu mesilla. ¿¡Que no!? Lo mejor de la vulnerabilidad es que nadie te puede acusar de lo que ya has confesado.

He visto a una de mis colegas más cuerdas esconderse tras recibir un premio por miedo a hablar en público; a otra tener una rabieta después de recibir un horario injusto; a otra llorar porque nadie quería jugar a su juego. Te hablo de gente hecha y derecha, de gente admirable que, en un momento dado y, sin previo aviso, entra en una especie de trance y ahora quien mueve la marioneta de su cuerpo es el niño interior, la chiquitita que llevan dentro y que parece haberse quedado enganchada en algún momento de un pasado lejano. 

Muy lejano a veces. Tengo un grupo este curso en el que la media de edad es de 65. Les propuse ir llenando un álbum con pegatinas que les voy regalando por sus logros. Quisiera que los vieras. Reclamándome la pegatina cada vez que consideran que han conseguido algo; retándose entre ellos; esforzándose para conseguir rellenar una casilla más; aplaudiendo si me presento en clase con pegatinas con motivos navideños. Un aula repleta de niños de 65 años. Lo pasamos en grande.

El regalo de identificar a estos chiquitines es que puedes mirarlos con ternura, y aplicar dosis de compasión. Cuando al rato siguiente de un estropicio UNA-chiquitita se siente culpable, puedo cantarle la canción de ABBA: Chiquitita, dime por qué... aunque quieras disimularlo... 
Si la acuno un rato, a lo mejor el manuscrito de Jo se salva de las llamas.

No me cabe duda de que es este el motivo por el que la maternidad es un proceso de conocimiento y desarrollo personal tan poderoso; pues, es hacerte madre, y la chiquitita que llevas dentro despierta reclamando su espacio en tu regazo.

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lunes, 8 de diciembre de 2025

De pronombres y días

Cuando hablo con una mamá más joven- casi todas lo son estos días-, no estoy hablando desde una vieja de cincuenta-y-cuatro a una de treinta-y-tantos. Soy ella. Ella es UNA. Sé exactamente lo que está sintiendo, lo que está pensando, porque me transporto a cuando UNA era como ella, porque esa UNA está todavía dentro de mí.

No sé explicarlo bien porque no se trata de un concepto, sino de una sensación efímera y sutil, pero en ese trasvase del que hablo es como si el tiempo se difuminase y todas mis versiones- UNA antes de ser madre, UNA madre joven y agobiada, UNA madre de adolescentes- se mezclasen en una espiral presente.

Cuando hablo con una mamá más joven, puedo ponerme a su altura, como cuando los niños eran pequeños y te agachabas para hablar con ellos frente a frente y no desde la autoridad de la altura. Pues eso. Puedo mirarte frente a frente, madre joven y agobiada, porque la madre joven y agobiada que UNA fue convive en mí. La madre joven y agobiada que UNA fue todavía ES.

Como la niña que UNA fue todavía ES y aflora cuando me fijo profundamente en los ojos y las maneras de otra niña. Como todavía ES la adolescente que UNA fue si la dejo aflorar cuando interacciono con otros adolescentes, probablemente no los que tengo en casa.

Entonces pienso que el tiempo es un concepto que no existe y que nos hemos inventado para dar explicación a las arrugas. Porque UNA sigue siendo dentro todas las UNAs que ha sido a pesar de que se me esté cayendo la cara.

Pero está reflexión va más allá. No sólo nos hemos inventado el tiempo, nos hemos inventado a el-otro-que-no-eres-tú. Paso por la puerta del ALDI y veo a dos adolescentes dándose arrumacos, visiblemente enamorados. Siento algo, me lo dice el cuerpo. La mente viene a contarme que lo que siento es nostalgia y un poquito de envidia de la juventud, de la exaltación de ese primer amor. Calla, le digo a la mente, déjame sentir. ¿Y sabes lo que siento? UNA es capaz de sentir lo que está sintiendo ella: ese calor dorado en el pecho, ese pudor descarado en las mejillas, ese deseo imantado en el ombligo, ese hormigueo subiendo en hilera por las piernas.

Y esos celos de tu primera juventud que me cuenta mi mente se transforman en una suerte de identificación contigo, donde puedo volver a experimentar lo que tú sientes, ese lugar privilegiado donde UNA ya estuvo.

Esto va mucho más allá de la empatía o de la alta sensibilidad. Cuando llego aquí, pienso: No hay otro. Sólo hay UNA, sólo hay UNO. Todos somos todos. Hay que atravesar montañas de prejuicios, de críticas mentales; valles de educación, cultura y sociedad; pero allí, al otro lado de la expedición del constructo mental, estás tú también. Y el-otro-que-no-eres-tú al final no es sino el-otro-que--eres-tú; no eres sino tú. En una espiral sin tiempo. Tan sólo si nos dejáramos sentir.