lunes, 13 de mayo de 2019

Mensajes de un pasado adolescente


At forty years old, she faced the seven-year-old girl she once was: “I’m really sorry I disappointed you”, the woman said, “I should have fulfilled your wish list, and I didn’t”. The little girl looked pensive for a while, then replied: “I’m willing to forgive you on one condition: that the old lady that is awaiting us at the other end won’t have to apologize to you”.
A los 40, pidió perdón a la niña que fue por haberla decepcionado. Ésta puso por condición que la anciana que las esperaba al otro lado no hiciera lo mismo.
Este es un microcuento que escribí hace tiempo (y su traducción abreviada al español) y que refleja un hábito que llevo practicando toda la vida: el envío de mensajes a la UNA-pasado o a la UNA-futuro. Momentos en los que UNA se dirige a UNA:
Que no se te olvide esto, 
Que recuerdes aquello...

Uno de estos mensajes que una UNA-adolescente le envió a una UNA-madre me viene repicando desde que Paul hijo1 cumplió 13 años. Versaba así:
Íbamos por la calle las amigas adolescentes de UNA y una UNA-adolescente. Íbamos alocadas, riéndonos, creyéndonos felices. Y una señora se tomó la molestia de darse la vuelta para mirarnos con desaprobación y disgusto. La mirada no nos cohibió, más bien nos retó. Pero recuerdo pensar:
¿Qué estamos haciendo mal? ¿Reirnos? ¿Pasarlo bien? ¿Ser felices? ¿Qué es exactamente lo que estamos haciendo que está molestando tanto a esta señora, a esta señora que ha tenido que tomarse la molestia de darle la vuelta a su cuello contracturado para poder mirarnos con desprecio?

Y me mandé este mensaje a través del tiempo:


Que no se te olvide esto, me dije, que no se te olvide nunca que una adolescente feliz no ha de ser motivo de molestia. Esa mirada de disgusto dice mucho de esa señora y nada de ti.

Cuando Paul hijo1 empezó a tener ramalazos adolescentes, UNA recibió el mensaje que UNA se había mandado a sí misma.
Si acaso se me olvida, Peter, que trabaja con adolescentes, me lo recuerda.

Las generaciones conviven. Y en una familia las generaciones conviven bajo el mismo techo. Y la vida pasa tan rápido que de repente tú eres la señora del cuello contracturado y tienes uno o varios pequeños alocados en casa. Si se te olvida la adolescente que fuiste, es muy fácil sentirse molesta y dar la vuelta al cuello para mirar con desaprobación.

Pero si te paras a recordar, a recibir los mensajes de tu YO-pasado, te acordarás de la magia de unos años en los que aún era todo posible, unos años que no por encerrar tanto potencial en ellos eran menos difíciles, sino todo lo contrario:


La adolescencia es como un día de esos de abril que vas a la playa y, aunque hace sol, no hace aún mucho calor, así que no sabes si ponerte el bañador y bañarte o quedarte en manga larga y vaqueros. No sabes lo que tienes que hacer. Los demás, sin embargo, parecen tenerlo claro. 

Como madre, en esta etapa que comienza, quiero recordar que si le digo a mi hijo adolescente que se ponga el bañador y se bañe, probablemente tenga frío; y que si le digo que se quede en manga larga y vaqueros, probablemente tenga calor.

Pero que eso es lo que toca ahora. 
Y está bien. 
Lo importante es que esta señora de cuarenta y tantos no se olvide de aquella adolescente en esa playa de abril. 
Que esta señora de cuarenta y tantos no tuerza tanto el cuello para desaprobar y, en su lugar, recuerde la magia y la inseguridad, las promesas y los miedos.

Mensaje recibido, y una vez que el recuerdo de la playa de abril está presente en esta etapa, quepa decir que tampoco es absolutamente necesario recordar todo TODO lo que UNA hizo aquellos años, cosas que si las hiciera ahora el hijo de UNA, tú verás... A veces el olvido se hace indispensable.

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