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jueves, 24 de octubre de 2019

El mundo sobre tus hombros


Que UNA cree que las mujeres llevamos el peso del mundo sobre los hombros, no te pilla de sorpresa si vienes siguiendo mi blog. Si hay un mensaje que destaque en Una Vida Mundana es precisamente que ha de cuidarse UNA para poder cuidar a los demás; que la prioridad absoluta de UNA ha de ser UNA, , pero para estar disponible para los hijos de UNA y la familia-de-5. ESTO es llevar el mundo sobre los hombros.

Creo firmemente que las mujeres somos el foco de energía del hogar. Lo creo. Cuando UNA era pequeña y mamá no estaba, cambiaba la luz. Ese como-que-todo-se-oscurece, que entonces no entendía, ahora lo explico así: Somos el foco de energía. UNA tiene la sensación de que en casa si UNA está bien, todos están mejor y, si UNA está mal, todos están peor. Es una sensación corroborada por muchas anécdotas, muchas tardes de domingo. Y cuando UNA no está bien, por lo que sea, y toma conciencia de que no estar bien UNA está afectando sensiblemente a la energía de la familia-de-5... ¿la verdad? Agobia un poco. Es como si no tuviéramos derecho a estar mal porque literalmente se hunde el mundo. ¿Te acuerdas cuando eras pequeña y tu madre nunca se ponía mala? Pues básicamente es que no podía. ESTO es llevar el mundo sobre los hombros.
Recuerdo comentar esta ecuación una vez con una doctora infantil:
UNA bien = todos bien
UNA mal = todos mal
Me miró con más compasión de la que UNA es capaz de sentir por UNA y me dijo:
N-O   T-E   H-A-G-A-S   E-S-O

Imagínate que hay un día sin cole. Vas a tener a los tres en casa. Has ideado un plan para salir con ellos. Y, de repente, llueve y se arruina el plan. Dime una cosa: ¿Le pasa sólo a UNA o tú también te sientes responsable de que se haya arruinado el plan? Fíjate lo que estoy diciendo: Sentirse responsable de que se haya arruinado el plan es sinónimo de sentirse responsable de la lluvia. ¡Te estás echando la culpa de la lluvia! Pues sucede. Y al mínimo descuido ellos también te echarán la culpa de la lluvia: Eres su saco de boxeo. ESTO es llevar el mundo sobre los hombros.

¿Te cuento la forma más común de llevar el mundo sobre los hombros? Hacerte cargo de las relaciones ajenas. De eso pecamos creo que muchas. La primera: Las relaciones entre tus hijos. Ya escribí por aquí de las peleas de hermanOs y de cómo me encienden. Y de lo difícil que es aplicar una política de no-intervencionismo que, sin embargo, en la gran mayoría de las ocasiones sería la que mejor funcionaría. Si te metes en una pelea de perros, casi seguro sales con un bocao. Pues aunque la comparación es políticamente incorrecta, me viene al pelo.

Otra política de intervención que aplicamos muchas madres es la de controlar la tarea-de-padre (como si la de madre no fuera suficiente tarea). UNA confiesa: 
Peter, no les grites. 
Peter, te has pasado con Paul hijo1. 
Peter, eso que le has dicho a Gusi hijo2 le ha hecho mella. 
Peter, con Dolfete hijo3 parece que eres más blandito.
Peter aguanta hasta que ya no aguanta. ESTO no es otra cosa que llevar sobre tus hombros la relación de un padre con sus hijos. Que sí, que son tus hijos también y como hijos tuyos que son te duelen. Pero estás interviniendo en una relación que, aunque te pille muy de cerca, no es la tuya.




Es una cuestión de control, sí, de que no sabemos soltar. Pero también es una cuestión de energía, de foco de energía, de foco de energía femenina:
N-O   T-E   H-A-G-A-S   E-S-O

No lleves el peso del mundo sobre tus hombros. O, si no queda otra que llevarlo, suéltalo de cuando en cuando para descansar.
No te hagas cargo de la lluvia. Ni del hermano-contra-hermano. Ni del padre-contra-hijo. 
Hazte cargo de ti.

Esto que queda tan simple expresado en imperativos es una tarea mundana harto complicada, sobre todo cuando las ideas sobre la educación que tiene UNA no coinciden con las ideas sobre la educación que tiene Peter (en general, son pocas nuestras ideas coincidentes... polos opuestos).

Me regalaron una vez una canción que hoy os regalo aquí porque cuando se me olvida que el mundo no es mío para llevar sobre los hombros, la escucho. Y suelto. Suelto el control. Y abrazo la incertidumbre de las peleas-de-perros, del padre y de la lluvia.



You wanna take it off

It’s the weight of the world
You want to set it free
Just for today

Can’t always be the one
To heal everything
And the weight of the world
Was never yours to keep

You can spend so many days
Trying to make the darkness go away
But it’s the weight of the world
It’s the curse of the worldly ways

Can’t keep it inside
So go on just let it out
It’s the weight of the world
If you ever had a doubt

You wanna take it off
‘Cause it makes your body hurt
It’s the weight of the world
It was never really yours

Can’t keep it inside
Oh, you know you gotta set it free
‘Cause the weight of the world
Was never yours to keep

lunes, 28 de junio de 2021

Autofidelidad

La idea de la autofidelidad me vino sugerida por un podcast de Glennon Doyle (a quien a estas alturas de mi blog ya conocéis por el número de veces que me inspira), un episodio sobre la infidelidad en la pareja. Os dejo el enlace abajo (está en inglés).

Me pregunté, en la línea de las preguntas de UNA que pueblan Una_Vida_Mundana: 

¿UNA es fiel a UNA?

Autofidelidad sería no fallarle a UNA, ser fiel a UNA, algo que UNA -confiesa- no siempre ha practicado de forma regular.

Fidelidad es seguir los impulsos, al estilo más básico. ¿Cuántas de vosotras, si os entran ganas de hacer 💩 en el trabajo, os las aguantáis hasta que llegáis a casa? El eructo, el pedo, el bostezo, estirarse... se quedan dentro. El enfado, la ira, la tristeza, la melancolía, la espontaneidad... también se quedan dentro. Cuando UNA era pequeña en el cole la sacaban de clase a tutoría después de comer, y recuerdo la preocupación de que me sonaran las tripas en mitad de la formalidad de la tutoría. Pedía disculpas por estar haciendo la digestión. Os dejo el enlace a Irene Lyon abajo (también en inglés), quien habla de la importancia de seguir los impulsos para que el sistema nervioso autónomo se regule y confíe.

La autofidelidad es autocompasiva, lo que no la exime de ser exigente. Es decir, requiere esfuerzo y fuerza de voluntad, al igual que requiere esfuerzo y fuerza de voluntad ser fiel a tu amado, a tu amada. No te irías con el primero que se cruzara en tu camino que te hiciera una carantoña, ¿verdad? Pondrías por delante la lealtad a los principios y valores que juraste cuando te comprometiste. Pues del mismo modo no te comas un dulce cubierto de rosa y relleno de blanco si sabes que vas a arruinar tus esfuerzos de perder 3kg antes del verano, no porque sea importante perder 3kg antes del verano, sino porque TÚ tomaste la decisión de hacerlo, y eso la hace importante. Os dejo el enlace a Kristin Neff (también en inglés) quien habla de que cómo la autocompasión ha de ser feroz.

Autofidelidad es, pues, lo contrario del autosabotaje y del autoboicoteo. Si tienes un objetivo a largo plazo y te eres fiel, no te rindes ante el primer obstáculo, no caes vencida la primera vez que las cosas salen mal. Te levantas, recoges el aprendizaje, lo metes en tu mochila y sigues andando. Autofidelidad también significa no dejar que tu parte perfeccionista te agote con su lista imposible de cosas por hacer a corto plazo y te haga procrastinar aplazando indefinidamente ese primer objetivo que te fijaste.

Autofidelidad implica confiar más en ti, en tu instinto, en la voz interior que te habla a veces sin palabras, a veces en imágenes; confiar en esa voz interior más que en todas esas voces foráneas que aconsejan, vengan de libros de autoayuda, de familiares o de amigos bienintencionados. Se trata de darle prioridad a lo que TÚ sabes que quieres, a lo que TÚ sabes que te sienta bien. Supone igualmente vigilar de cerca esa charla interior y no permitirle que te hable mal. Igual que UNA pone límites fuera y le dice a sus hijos adolescentes:

"A mí no me hables así; no voy a tolerarlo"
también hay que ponerle límites a la voz interior. Cuando osada me llame mala-madre, o cruel me diga que no doy la talla, o insensible me grite que no soy suficientemente buena, decirle 
"A mí no me hablas así: no voy a tolerarlo".

Practicar la autofidelidad no es tan fácil como pudiera parecer en esta entrada. Hay mucha vida robada y hay que ser muy determinada para no ponerse nada que apriete. Sobre todo hay que presentarse todos los días. Hay que aparecer delante de UNA y decirse: 

Aquí estoy. 
Déjate caer que tengo tu espalda.


Autofidelidad también es, cuando las cosas vayan bien, dejarte disfrutarlo, dejártelo sentir. Tomarme el tiempo para saborear, realmente saborear, que Dolfete hijo3 haya dicho: "mamá, he dejado la mascarilla sobre el pomo y ya no está", y a sus 10 años haya usado la palabra pomo en vez de picaporte; que Paul hijo1 esté defendiendo en una multillamada con sus amigos la película CARS, que fue estandarte recurrente de su infancia hasta tal punto que Peter y UNA nos sabíamos los diálogos de memoria; que Gusi hijo2 me diga antes de acostarse: "mamá, estoy feliz"; que Peter me lleve el café a la cama antes de irse a correr; que se oigan los pájaros al despuntar el alba. Dejártelo sentir.

Autofidelidad es no permitir que la desidia te robe los sueños. Es decir que no cuando tienes que decir no pero también, y esto es más difícil, es decir que  cuando tienes que decir : si te apetece hacer el amor, pero te da pereza, date un achuchón; si tienes mono de campo o de playa pero te supera el lío de hacer las maletas, simplifica y vete con lo puesto; si nadie te regala flores, mándate un ramo de girasoles y págalo de la cuenta común, porque tú lo vales.


Photo by Annie Spratt on Unsplash

Autofidelidad es no permitir que un desplante ajeno, que tiene con toda seguridad más que ver con el-otro-que-no-eres-tú que contigo, te arruine el día (o la vida).

Autofidelidad es que tu marido, o tu suegra, o tu padre, o tu hijo, o tu amiga, te digan que no les gusta nada lo que escribes, lo que cocinas, lo que piensas, lo que pintas, lo que creas... y tú sigas escribiendo y cocinando y pensando y pintando y creando a pesar de. E incluso porque.

Autofidelidad es "No te hagas eso": No te abandones, no te tires al barro, no te exijas tanto, no te culpes por todo, no te preocupes por todo, no te responsabilices de todo, no te machaques echándote el mundo sobre tus hombros.

Y tú, ¿te eres fiel?


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De "modo planes" a Pléyades
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El mundo sobre tus hombros

Enlaces


domingo, 25 de abril de 2021

Dejar de sostener

Tarde de miércoles.

Paul hijo1 tiene mañana un examen y tiene que estudiar, pero está chafado porque también quiere entrenar. -¿Qué hago? Viene un amigo de Gusi hijo2 a casa a hacer las tareas del cole. Tienen que hacer una receta de no-sé-qué. -Mamá, ¿tenemos estos ingredientes? -No, no los tenemos. -¿Y dónde está la batidora? -En su sitio. -¿Cuál es su sitio? Llama la abuela que quiere sacar a Dolfete hijo3 a merendar, Dolfete no quiere pero no se lo dice, se lo dice a UNA para que UNA se lo diga a la abuela. UNA por otro lado no quiere que la abuela se vaya sola a merendar así que irá UNA, aunque irá con el culo encogido porque no le gusta dejarlos solos mucho rato que se pelean. Mis suegros me llaman que quieren ver a los niños. Paul hijo1 tiene que estudiar. -¿Y cuándo entreno? Mi suegra: -Mañana pues. Mañana Gusi hijo2 no puede porque tiene que hacerse una prueba-covid para el equipo de fútbol. UNA estará trabajando en la escuela a esa hora. Mis suegros dicen que no lo llevan. Llamo a mi sobri. -¿Puedes llevarlo tú? -Claro que sí, tita. Gracias. -Gusi, que la tita te lleva, ¿dónde es? -Mamá, que no nos interrumpas más que estamos haciendo el trabajo de la receta. Dolfete sigue cabreado: ya no tiene que ir a merendar con la abuela pero ahora tiene que ir a merendar con mis suegros. Peter llama en medio de la marabunta.

Pienso en la tarde del jueves.
Recuerdo a un amigo de Peter que me dice siempre: 

"El trabajo es descanso, señores."

El trabajo es descanso.
UNA llega a clase.
UNA da su clase.
Ya está.
Marabunta-free.

Pero la tarde del miércoles UNA está sosteniendo.

A las ocho es mi sesión online para bajar al cuerpo, y entro en ella acelerada y con una retahíla destilándose en mi cabeza:

Váyanse ustedes a la mierda. Todos. Monstruo1, monstruo2, monstruo3, suegra, amigo del monstruo2, abuela, suegro, marido... ¡TODOS! ¡A la mierrrrrrrrda!

Estoy en plena ola de victimismo cuando entro en la sesión. Es mi drama. UNA siente que tiene que solucionar la papeleta de todos, pequeños y grandes. ¿Sabes lo que me apetece? Me apetece meterme en mi cueva y que me dejen en paz. Un ratito por lo menos.

La imagen me la presta Toñi en la sesión. Es como las torres de los catalanes. Lo que toca, dice, es dejar de sostener, porque ella también es madre y sabe de lo que UNA está hablando: dejar de sostener a todos los que están en lo alto tuya y que, desde tu rol de víctima, sientes te aplastan los hombros. 

Photo by Angela Compagnone on Unsplash

Escucha. No a todas les cuesta sostener. Conozco muchas buenas-madres que presumen de hacerlo con placer. Quizás nacieron para ello, quizás tienen brazos más fuertes, quizás las sostenga a ellas un sistema de creencias más coherente. A UNA no. A UNA le sale la-víctima, no nació UNA para abanderar el-sacrificio. A veces la-entrega que esto requiere me pesa. Me pesa mucho y me dan ganas de salirme -sin decir nada- por debajo de esa torre humana y que se desmorone. ¡Ala! ¡A tomar viento fresco! Por no ser más ordinaria... (que a UNA también le apetecería escribir ¡a tomar por culo! y se contiene).

¿Sabes qué? Que tengo la sospecha de que, si nos saliéramos de esa torre humana por debajo, la torre no se desmoronaría. Sostenemos por inercia. Nos ha precedido un modelo de mujer-sostén. Pero ninguna es imprescindible. A las que no nos viene el-sacrificio de fábrica, este modelo ya no nos sirve y de ahí el-victimismo. 

La buena noticia es que UNA, en su búsqueda, ha localizado el antídoto (ahora sólo le hace falta aplicárselo). Se llama "propiedad del problema". Es una pregunta:

¿A quién le pertenece este problema?

Paul tiene que estudiar pero también quiere entrenar. ¿De quién es el problema? De Paul. Gusi tiene que hacer una receta y no tiene los ingredientes. ¿De quién es el problema? De Gusi. Dolfete está cabreado. ¿De quién es el problema? Bueno, ése es un poco mío, porque Dolfete cabreado puede ser como una muy-mala-jaqueca. 

No estoy diciendo que nos lavemos las manos ni que nos tapemos los oídos. Estoy abogando por no responsabilizarnos de problemas que no sean nuestros. Si tu hijo (o por extensión, cualquiera en tu entorno) tiene un problema, piensa en ti misma como una ayudante, una auxiliar, una asistente, una cooperadora, en lugar de como la-poseedora-de-todas-las-soluciones-y-respuestas. Esto resulta liberador, al tiempo que humilde, pues en efecto UNA no tiene todas las respuestas.

Escuchar, sí. 
Empatizar, sí.
Pero ¿solucionar? Solucionar no.
Ya venimos bastante cargadas. Muchas, la primera UNA, nos hemos sobrecargado ya con la culpa: cuando no somos capaces de "solucionar" a nuestros hijos, enseguida hacemos el cambio de sentido y un escrutinio para ver qué hemos hecho
mal nosotras para que las cosas, hijos incluidos, hayan salido así.

Salte de la torre, nena, que no se desmorona. Tómate un descanso y vuelve cuando tengas las pilas recargadas con un poquito de tu savia. Salte de la torre antes de mandarlos a todos a paseo. De hecho, vete a dar el paseo tú. Deja de sostener... que no se caen.

Imagen de Avogado6


Esto es un poquito más complicado de aplicar cuando los críos son más críos. UNA lo tiene fresco todavía. Pero escanea tu derredor que siempre habrá alguien que pueda sostener un rato mientras tú te vas a dar ese paseo. Claro que para irse a dar un paseo hay que aprender a soltar. ¿Sueles intentar resolver todos los problemas de tus hijos? Explora por qué. Aprender a mandar a tu parte controladora a tomar mucho viento fresco también. Muchas estamos en ese aprendizaje. UNA a punto de graduarse. Ja, ja, ja.


Entradas anteriores relacionadas
El mundo sobre tus hombros
Soltar, soltar, soltar... y minding the gap
Bajar al cuerpo
El placer de decir no


miércoles, 22 de abril de 2020

Levanta la mano: Reto superado

UNA duda mucho de que un señor en un despacho de Sevilla o de Madrid (virtual o no) tenga idea de qué estamos hablando aquí. UNA lo duda mucho.

UNA trabajaba en un aula. Con su pizarra verde, su tiza blanca, su borrador. También trabajaba con la otra, la pizarra blanca interactiva; la "pizarra mágica" la llaman en el cole de los niños, porque puedes levantarte y tocarla y las cosas se mueven cuando las tocas. 
UNA agrupaba a sus estudiantes en parejas, en tríos, en grupos. Los cambiaba de sitio. Los levantaba. UNA movía las mesas. Las sillas. El aula de idiomas es un aula dinámica.
UNA leía las caras de su alumnado y veía cuándo se aburrían: Es momento de cambiar de actividad. Cuándo no entendían: Hay que ir más despacio. Cuándo se agobiaban: Hora de parar, de recoger impresiones, de motivar. UNA notaba, sobre todo, la energía del aula- eso se lee también-; adaptaba sus estrategias docentes a lo que estaba pasando allí; y modificaba- cuando era necesario- la clase que llevaba preparada. El factor humano es potente retroalimentación.

De la noche a la mañana, a UNA la cambiaron de trabajo. ¿Te acuerdas el trabajo que hacías, para el que estudiaste durante tantos años, para el que te preparaste? Pues ya no. Ahora vas a hacer un trabajo nuevo, uno para el que no estabas preparada y para el que ciertamente no has estudiado. Apáñatelas como buenamente puedas.

UNA no protestó. El mundo tal como lo conocíamos hasta ahora se desmoronaba a nuestro alrededor. El caos lo inundaba todo en aquel fin de semana del 14 de marzo. No era momento de protestar. Era momento de ponerse las pilas, de remangarse, de buscar salidas. Eso fue lo que hizo UNA. Como muchos. Como casi todos.

¿Cómo se hace esto?, era la primera pregunta, la pregunta básica sobre la mesa. Esto que no hemos hecho nunca antes. Toca formarse. En casa. A través de internet. Busca cursos, busca videotutoriales, busca consejos para una cuarentena sobrevenida. Eso fue lo que hicimos. Mientras las ofertas de tiempo de ocio (series, películas, teatro, conciertos) inundaban nuestros grupos de whatsapp, nosotros los profesores andábamos como locos compartiendo recursos, medios, ideas, herramientas, cosas que encuentro para clase. En cuestión de horas, me invitaron a un grupo en redes sociales llamado SOS Digital Docente, un grupo de socorro, de docentes para docentes: "Es momento de ayudarnos unos a otros." En cuestión de un par de días, una compañera al otro lado del país me invitaba a un canal en YouTube de Charlas cooperativas para Escuelas Amigas: Te estoy hablando de profesores ayudando a otros profesores. Altruismo-del-no-contaminado. Te estoy hablando de 
yo sé esto que puedes hacer en tu nuevo trabajo y te lo cuento, 
y escucho eso que tú sabes que yo puedo hacer en mi nuevo trabajo y me lo cuentas
Te estoy hablando de compartir buenas prácticas a la velocidad de la luz. Te estoy hablando de formación transversal: no de arriba-abajo, sino de tú-a-tú. Te estoy hablando de profesores sacando la mejor versión de nosotros mismos en medio del fin del mundo. 

En medio de un remolino de emociones.
Porque no se nos olvide que, mientras hacíamos todo esto, estábamos lidiando simultáneamente con el torrente de emociones, dentro y fuera. Las nuestras propias y las de los-que-de-verdad-importan: Mientras UNA pegaba la cara a una pantalla de ordenador buscando respuesta para la pregunta ¿cómo-se hace-esto?, les sujetaba la mano a sus hijos como único recurso ante la incapacidad de explicarles lo que UNA misma no alcanzaba a entender. Les acompañaba en unas emociones que UNA misma no llegaba a procesar: Miedo ante la incertidumbre. Tristeza ante la desolación de un espectáculo de tintes dantescos. 
No sólo las emociones de los hijos propios. 
También las de los hijos ajenos. 
Me refiero al alumnado que al otro lado de la pantalla expresaba su ansiedad, contaba su nuevo lo-normal, planteaba preguntas para las que UNA no tenía respuesta. En el caso de UNA, el alumnado es adulto, pero aquí somos todos infancia en pañales. 
En la primera videoconferencia con mi clase al comenzar el confinamiento, UNA no pudo evitar emocionarse.

UNA duda mucho de que un señor en un despacho tenga idea de qué estamos hablando aquí. Permíteme que lo dude. 
Pasarte horas preparando una clase que ha de durar una sola hora. Sentir el vértigo antes de empezarla. Estar lidiando con algo que no sólo no dominas tú sino que tampoco dominan ellos: El alumnado se ha matriculado de una cosa y está recibiendo otra, que no se nos olvide. Una clase online tiene además un factor-imprevisto importante: Depender de la conexión a un internet ya de por sí sobrecargado por las circunstancias. Sentir el vértigo, digo, y hacerlo de todos modos. Entrar en la clase y pasarte la mitad del tiempo comprobando que te oyen, que tú les oyes, que saben cómo levantar la mano virtual, que han hecho lo que tenían que hacer antes de la clase, que entienden lo que tienen que hacer después de la clase. Te cuentan las dificultades que están encontrando. Pilar levanta la mano: Tiene que irse ya porque su hija necesita el ordenador. Amelia levanta la mano: No localiza en la plataforma el feedback de la tarea que corregiste. Me interrumpe Gusi hijo2 porque no encuentra su tablet y tiene clase a las 10: Es su emergencia. Paco levanta la mano para leer un mensaje de whatsapp de Manuela que no quiere usar Zoom porque no se fía. Sentir el miedo. Tus conocimientos de las nuevas tecnologías no te habilitan para garantizar que la herramienta que utilizas sea segura. ¿Tú qué sabes? Sabes que no sabes nada, porque este trabajo es nuevo, ¿recuerdas? Te lo acaban de asignar. Dolfete hijo3 necesita el ordenador para sus tareas: Tendrás que esperar, Dolfete. Peter ha instalado su despacho en la cocina mientras UNA hace su videoconferencia en el salón, con la pared menos íntima de telón de fondo. Has dado al alumnado permiso para penetrar en tu casa, a través de la cámara de tu portátil o tu tablet o tu móvil, y de tu conexión a internet. Has prestado todos tus recursos al proceso de enseñanza y aprendizaje. Has regalado tu tiempo. La clase que iba a ser de una hora ha durado dos y no has hecho ni la mitad de la mitad de lo que pretendías hacer, porque el tiempo se te ha ido en los-cómos pero no en los-qué. La clase se ha acabado pero tú no has acabado. 
La marcha empieza ahora. Contesta sus correos, sus mensajes, los foros. Graba un videotutorial con el contenido que pretendías haber vertido en aquella clase que se te fue solucionando problemas técnicos y emocionales. Prepara un dossier con lo que tienen que hacer antes de la siguiente clase. Diseña un test online. Corrige los vídeos que te enviaron. Corrige las redacciones que te escribieron. Corrige, corrige, corrige. La plataforma no funciona correctamente así que lo tendrás que hacer offline y esta noche muy tarde o mañana muy temprano les subes las correcciones que a esa hora parece que va mejor. 

Y cuando te levantes de tu asiento a estirarte, porque tienes los hombros y el cuello anquilosados de tanto tiempo de pantalla, y el culo entumecido de tanto estar sentada, entonces aprovechas y haces la comida, que tus hijos parece que no perdonan y comen y cenan todos y cada uno de los días, y ayudas a Dolfete hijo3 con el mapa-puzzle en A3 de las comunidades autónomas y a Gusi hijo2 con el proyecto en 3D de plástica. ¿Y sabes qué? Que lo haces con respeto porque eres consciente de que al otro lado de ese mapa-puzzle y de ese proyecto-3D hay una maestra y una profesora que tuvieron que ponerse la pilas en 48 horas para poder seguir enseñando a tus hijos en medio del fin del mundo.

Desde aquí UNA se quita el sombrero. Desde aquí UNA rinde homenaje a la comunidad educativa. Con "comunidad educativa" no me refiero al señor del despacho, me refiero a todos esos maestros, profesores, alumnos, que hemos habilitado aulas en nuestras casas, con nuestros hijos, con nuestros perros, con nuestras cosas y los jirones de nuestra intimidad como decoración de clase. 
He visto estos días profesores a un par de años de la jubilación dando clases por Instagram. He visto seños aprendiendo a leer en pantalla la energía de su alumnado. He visto profes comprándose apresuradamente una pizarra por internet y lucirla como nueva adquisición de su salón. He visto al factor humano de esta comunidad educativa 
adaptándose sin directrices, 
exprimiendo sus capacidades al máximo sin instrucciones, 
tragando saliva antes de enfrentarse a un reto sin liderazgo. 
He visto gente tecnológicamente torpe haciendo birguerías digitales. He visto profes trabajar el triple de lo que trabajábamos en nuestro antiguo puesto. No queda tiempo para el ocio: Las propuestas que llegan por whatsapp nos pasan de refilón a no ser que nuestra creatividad en estado álgido diseñe cómo usarlas para clase.


¿Y sabes qué? 

RETO SUPERADO

La escuela, la que enseña, la que aprende, esa escuela no se ha confinado. 
Desde aquí UNA levanta una mano virtual para que conste en el acta de ese despacho.

domingo, 28 de junio de 2020

Ansiedad: Manual de Usuario Tomo 1

Deja que todo te pase 
La belleza y el terror 
Rilken

Éste no es un post cualquiera de Una_Vida_Mundana. No es un post para todos los públicos. Es un post para los que, LAS que, como UNA, padecen o han padecido de ansiedad (porque si la has padecido, la sombra de su reaparición permanece en ciernes sobre ti).
Absténganse de su lectura los-cuerdos.
Así que voy a hacer un salto de párrafo ahora mismo y todos aquellos que ni la padecen ni la han padecido, van a hacernos el favor de dejar de leer y se van a poner a otra cosa, mariposa.



A ti que sigues aquí conmigo te dedico este manual de usuario de la ansiedad porque, fíjate, UNA no es psicoterapeuta, pero se considera experta-en-ansiedad.
He echado a los demás de esta lectura, a los que desconocen el tema, porque lo último que necesitamos aquí son sus miradas de incomprensión, de perplejidad ante unos síntomas que les son ajenos, su gesto de a-mí-lo-que-me-parece-es-que-estás-loca...
He escrito arriba "LAS que padecen" no porque dude de que ellOs también la padezcan, sino porque en una cultura en la que a ellOs se les educa para ser machos-alfa, es raro que un hombre admita que sufre de una condición debilitante. He aquí la primera baza de la ansiedad: 

El secretismo

La ansiedad se ceba con el silencio. Si tienes ansiedad y no lo cuentas, te avergüenzas y te lo callas, es como un Gremlin al que metes en una piscina: Se transforma en un monstruo. UNA no está sugiriendo que lo vayas publicando (como UNA está haciendo aquí) a diestro y siniestro. Pero no te lo quedes dentro. Cuéntalo. Ahora eso sí: Elige bien a quién se lo cuentas. Recuerda por qué hemos echado del post a los que no conocen al gremlin.



Además, UNA, experta-en-ansiedad, ha llegado a concluir que nuestras amigas, las-p***as-hormonas-femeninas influyen mucho en los estados ansiosos y que por ello somos nosotrAs las que atravesamos estos estados más que ellOs.

Si la primera baza de la ansiedad es el secretismo, la segunda es el miedo. ¿Pero la ansiedad no es miedo? Efectivamente, la ansiedad es miedo, pero es miedo que se alimenta de miedo ¿Sabes cuál es el miedo que más la engorda? El miedo a la propia ansiedad. 

En este tomo vamos a hablar de los ataques de pánico; de los ataques de ansiedad. 

[Si nunca has tenido uno, no sabes lo que es, con lo cual mucho de lo que te voy a contar aquí te va a resultar ajeno. Un ataque de ansiedad no se entiende si nunca se ha tenido uno.]

Tienes un ataque de pánico en un ascensor. ¿Qué haces? No coger más ascensores porque asocias los ascensores con la sensación de ansiedad. Pues bien, ese miedo evitativo es como un jarabe de vitaminas para la ansiedad, que hace que después de los ascensores venga cualquier cubículo sin salida y finalmente los espacios cerrados en general acabarán produciéndote ansiedad: Una habitación sin ventanas, por ejemplo, y con la puerta cerrada.

El miedo al miedo es el peor de los miedos

UNA-experta-en-ansiedad sabe lo siguiente: Un ataque de ansiedad no mata. Es muy desagradable, es sumamente incómodo, pero a día de hoy he sobrevivido a unos cuantos y puedo asegurarte que no matan. Un ataque de ansiedad, al final, si lo reduces a lo básico, no son sino una serie de sensaciones físicas muy desagradables y sumamente incómodas, pero ya está: Son sensaciones físicas que aparecen porque sí y acaban siempre yéndose porque sí. Efectivamente, acaban siempre yéndose PERO acelerar o ralentizar el momento de la despedida depende precisamente de que les des vitaminas o no. Es decir, si ante las sensaciones físicas de la ansiedad reaccionamos con más miedo (el miedo a la ansiedad), entonces lo que realmente estamos haciendo es multiplicar las sensaciones, que siguen siendo sólo sensaciones, pero aún más incómodas y aún más desagradables. El antídoto, pues, empieza por no usar ningún antídoto, es decir, no tratar de librarnos de la ansiedad cuando aparezca. Cuando las sensaciones comienzan a inundar el cuerpo, UNA saluda como si de una vieja amiga se tratara: 
Bienvenida

Para UNA, efectivamente la ansiedad es una vieja amiga, pues si bien me ha robado mucha vitalidad -la ansiedad es debilitante- también me ha puesto en contacto con otras facetas de UNA misma que he llegado a venerar: La creatividad, la sensibilidad y, desde luego, la humildad. Como conté en mi post, Un bote de pastillas, la ansiedad te pone de rodillas. Luego ya sólo queda levantarse.

Después de saludarla, el siguiente momento del antídoto consiste en salir de la cabeza y poner la atención en el cuerpo, y es que, amigas, la tercera baza de la ansiedad es la curiosidad insidiosa insatisfecha. De repente, en cuestión segundos, se te llena la cabeza de preguntas:
¿Pero por qué me pasa esto a mí? 
¿Pero qué he hecho yo para merecer esto? 
¿Pero por qué estoy yo así y los demás no?
 
NINGUNA -escucha- NINGUNA de estas preguntas tiene una respuesta correcta. Ni siquiera una incorrecta. No tienen respuesta. Así que no indagues. Si indagas, fertilizas el sentimiento de aislamiento, de ser un bicho raro, de estar sola en el mundo, y esto es como sal y pimienta para la ansiedad: ¡Le da sabor! Entonces, se desencadena una ristra de pensamientos negativos, la mayor parte de ellos irracionales, del tipo: "
Esto no se me va a pasar nunca
"A lo mejor me estoy volviendo loca
"Tengo que salir de aquí como sea"

¿Cuál es la alternativa pues? Poner la atención en el cuerpo. Después de darle la bienvenida a la ansiedad, con curiosidad, bájate al cuerpo: A ver cómo se manifiesta la ansiedad cuello abajo. ¿Tienes tensión en las piernas? Puede que eso sea la manifestación del impulso de huir que acompaña a un ataque de ansiedad. ¿Estás hiperventilando, es decir, una respiración agitada y entrecortada? ¿Te sudan las manos? ¿Se te seca la garganta? Hazte un inventario: ¿Dónde y cómo notas que estás ansiosa? Pon la atención en las sensaciones del cuerpo, mira cómo van cambiando, cómo se van apaciguando o ganando momento. Pueden ser algunas de las que he mencionado o completamente diferentes.

Si hay otra cosa que UNA ha aprendido, es que la ansiedad de CADA UNA es diferente. Cuando UNA empezó a tener ansiedad, no encontraba otra forma de describírselo a Peter que "se me está saliendo el alma por los oídos", y me los tapaba. El primer alivio para UNA fue ponerle nombre. Decidí contarlo y mi hermana me dijo: 
Eso es ansiedad 
Y el peso inmediatamente se aligeró. A mí me encanta cómo Rosa Montero describe su único ataque de ansiedad en La loca de la casa, porque no tiene nada que ver con la ansiedad de UNA pero tiene todo que ver con la ansiedad de UNA.

Vale. Ya tienes la atención en las sensaciones del cuerpo. ¿Y ahora qué?

Hay una postura en yoga que se llama el pez. En esa postura la cabeza está inclinada hacia atrás de modo que la parte superior de la cabeza descansa sobre el sue
lo. Cuando UNA empezó a hacer esta postura, UNA se agobiaba tela: Me daba la impresión de que me iba a romper por el cuello o por la garganta; me entraba sobre todo una sensación ansiosa de que no iba a poder deshacer la postura.
Poco a poco, UNA se ha ido trabajando la asana. Me ha costado mucho porque al principio ponía la intención en estar en la postura sin sensación ansiosa. No funcionaba. Cuánto más luchaba por no estar ansiosa, más ansiosa estaba. Entonces cambié el enfoque y decidí soltar la lucha, aceptar la ansiedad y preguntarme: 
¿Puedo estar con esto? 
¿Puedo quedarme con esta sensación ansiosa? 
[Esto es super-yogui. Y ahora que estamos viendo la serie El Pueblo imagino al lector de este post juzgándome al modo del retrato de Santi Millán, pero quédate conmigo.]

Ahora soy capaz de hacer el pez sin sensación ansiosa sólo porque aprendí a estar con la sensación ansiosa. Lo que trato es de hacerte llegar el mensaje de que no es tanto luchar contra la ansiedad sino de hacerla tu aliada: 
Mira, me caes mal, pero me quedo contigo aquí sentada un rato.

Vamos a hacer una prueba. Quiero que cierres los ojos.
[¿Cómo voy a seguir leyendo si cierro los ojos? No estoy segura... Organízate 😬]
Quiero que cierres los ojos e imagines que vives en un piso alto. Si vives en una segunda planta, por ejemplo, quiero que imagines que vives en un octavo. Ahora quiero que imagines que has recolocado los muebles de una habitación que da a la calle y que no has reparado en que has dejado demasiado cerca de la ventaba una cómoda. Ahora quiero que imagines que tu hijo (si no tienes hijos, uno de tus seres más queridos o incluso tu mascota) se sube en el mueble por hacer una gracia, o para limpiar, o para coger algo. ¿Lo ves? La ventana está abierta y en un momento de pérdida de equilibrio, tu hijo (o tu perro) se cae. Lo ves caer. Corres hacia la ventana. Te asomas. Ya no hay nada que hacer... Corres hacia la puerta. Bajas como loca las escaleras...
Vale, ahora quiero que pares y escanees tu cuerpo tras imaginar, realmente imaginar, esta situación: ¿Cómo está tu respiración? ¿Está agitada, acelerada, entrecortada? Si has hecho de forma auténtica el ejercicio, lo estará. Notarás igualmente tensión en algunas partes del cuerpo. Quizás la mandíbula. Quizás tengas los hombros encogidos.

¿Y ves? No ha pasado nada. TODO-ESTÁ-BIEN. Y, sin embargo, un pensamiento ha cambiado en cuestión de segundos el funcionamiento de tu cuerpo. Un pensamiento irracional, infundado. 
Eso es lo que pasa con la ansiedad. 
Exactamente eso. 
Son los pensamientos que, como estrellas fugaces, pueblan el cielo oscuro de tu mente, los que te provocan los síntomas. Por eso hay que no mirar al cielo, sino conectar bien los pies a la tierra para lidiar con la ansiedad. Eso básicamente significa centrar la atención en los síntomas corporales.


Así que, resumiendo este primer tomo de la ansiedad, en el que te he contado cuáles son sus bazas y cómo se ceba, el trabajo que hay que hacer por dentro cuando te azota en forma de ataque de pánico es:
  • Nombrarla: Esto es ansiedad.
  • Darle la bienvenida como a una vieja amiga: Hola, te veo, te reconozco, vieja amiga, bienvenida. Saber estar con la nube negra. Perder el miedo al miedo.
  • No darle cancha a los pensamientos: No escuches las preguntas ni las sentencias que a modo de fuegos artificiales estallan en tu cabeza.
  • Escanea tu cuerpo con curiosidad, poniendo la atención en las sensaciones.

El ataque de ansiedad pasa exactamente igual que llegó. Una vez que lo haga, no le otorgues el placer del secretismo: Elige a quién contarlo y cuéntalo. UNA puede asegurarte que la ansiedad es una pandemia mucho más extendida que el propio coronavirus. Cuando escribí Un bote de pastillas, muchas lectoras compartieron conmigo comentarios en gran parte de alivio por no sentirse solas.

Este post ha quedado largo. Por eso es un tomo. El tomo 1. Viene otro: El tomo 2. UNA lleva usando la ansiedad un rato y le cuesta resumir.


Deja que todo te pase 
La belleza y el terror 
Rilken

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