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jueves, 22 de agosto de 2019

Postureo

Supongo que en generaciones pasadas las preocupaciones eran otras más urgentes. En tiempos de guerra, en tiempos de hambre, los valores habrían de ceder a las necesidades más acuciantes.

Nuestra generación lo tuvo fácil, o eso creo. Eran buenos tiempos para crecer, para vivir.

La generación de nuestros hijos, sin embargo, tiene preocupaciones nuevas a las que hacer frente. La mayor: El medio ambiente. Como dice mi hermanAura, 
Si no hay mundo, no hay nada 
Es inútil preocuparse de cualquier cosa si nos extinguimos y a veces parece que la única solución viable para el mundo pasa precisamente por nuestra extinción. Mientras escribo esto, arde el Amazonas.

Pero un mundo que agoniza aparte, lo que preocupa a UNA de la inmediatez del ambiente en el que se mueven los hijos es la inversión de los valores
No es que no tengan valores, es que los valores se han invertido.
UNA se siente vieja haciendo estas declaraciones: Los mayores despotricando de los menores es la historia de la vida. Pero las nuevas generaciones cuentan con un factor ausente en previas entregas: Las tecnologías (que ya no son nuevas pero están en continua renovación consumista) y, en concreto, las redes sociales. La inversión de valores a la que me refiero aquí, estoy segura, procede directamente de la incorporación de estas redes al escenario de la existencia mundana.


La popularidad es el valor por excelencia. 

Es complicado explicarle a un niño que lo que importa realmente es ser amable; valores como la constancia, la tolerancia o la generosidad parecen haberse quedado anticuados y perder brillo en comparación con la glamurosa popularidad.

Los pre-adolescentes y adolescentes cuelgan fotos en Instagram con un outfit pre-diseñado, fotos que ellos mismos denominan "de postureo", sin sonreír por supuesto, posando con los dedos haciendo la señal de victoria así o poniendo los cuernos asáy lo que de verdad importa es el número de likes (quién le ha dado a me gusta) y el número de followers (quién sigue mi cuenta). Eso es lo único que de verdad importa. Lo curioso es que todos saben que la foto no es auténtica, que es puro postureo. Pero por algún motivo que -confieso- se me escapa, da igual: lo que realmente importa es la popularidad. Cuántos más likes y cuántos más seguidores, más popularidad. Y eso es lo guay estos días, ser popular.


Popularidad = likes + followers


¿¡Hola!? 

¿¡Hay alguien ahí?! 

¿Qué tipo de adicción química o emocional o ambas han creado estas redes en nuestros adolescentes? En nuestros tiempos, se tenía pánico a la heroína y a la cocaína. La droga era la sombra negra que quitaba el sueño a nuestros padres, pero sólo se ahogaban en esas arenas movedizas los caballos descarriados. 
La adicción a las redes sociales, no obstante, alcanza a todos, no deja títere con cabeza. Por la alfombra roja de Instagram desfilan las generaciones adolescentes sin darse cuenta de que la vida es otra cosa de lo que retratan en sus (a veces patéticas, a veces absurdas) historias.

A las madres de estas generaciones nos ha tocado una tarea nada fácil. Primero, limitar el tiempo de pantalla. UNA es muy estricta en esto y envidia en parte a aquellas familias que han tomado la decisión de no limitarlo porque en serio que es una tarea nada placentera. Pero si UNA no limitara el tiempo de pantalla de los niños en casa, te aseguro que la adicción es tal que estarían 24/7 pegados a la tablet. Cuando pasa el ratito de usarla, primero hay que oír el 
- 5 minutos más, por favor, mamá, 
con esa voz melosa que se les pone cuando te piden algo. 
- Ya han pasado los 5 minutos. 
Y tus hijos que parecen rallados: 
- 5 minutos más, por favor, mamá, que tengo que acabar esta partida.
El botón de snooze del despertador eres tú y tus hijos venga a darle al botón, 
y venga a darle al botón, 
y venga a darle al botón. 
Cuando tú, despertadora, te plantas y dices que 
- ya está
que 
- ya no hay más tiempo de descuentos
entonces, la voz melosa se transforma en esa voz monstruosa que todos los días sin tregua tiene que recordarte que 
- a mis amigos les dejan la tablet todo el día
porque 
- estamos en verano

- son vacaciones

- no hay derecho

- eres tan injusta
Te dan unas ganas incontrolables de volverles a dar la tablet para que se callen otro ratito. Ganas incontrolables que te tienes que controlar.

Nos ha tocado también la tarea de estar presentes. Cuando Paul hijo1 se abrió una cuenta de Instagram, después de un forcejeo emocional curioso que nos mantuvo alerta varias semanas, UNA se hizo activa en Instagram también:
 HAY QUE ESTAR.

Ésa es mi premisa. 
Antes había que estar en los cumpleaños, en los cines, en la puerta del cole. Ahora hay que estar en las redes en las que ellos están. Respetando su postureo, sin participar demasiado, pero siendo su follower number one, siguiendo a todos los que le dan like a sus fotos, vigilantes, porque no se sabe. No se sabe lo que pasa en las redes: oyes cosas, te cuentan cosas, vas a la escuela de padres del colegio, escuchas una charla de un guardia civil de la brigada de delitos cibernéticos y sales acongojada (por evitar usar otro palabro que defina con mayor precisión la sensación). Y la conclusión a la que llegas es que no puedes prohibir, pero tienes que estar. 
Prohibirle algo a un adolescente es como darle una invitación para asistir al mismísimo evento al que le has prohibido ir. Si no te dejan comer Panteras Rosas, en cuanto puedas te pegas un atracón de pastelitos. La paradoja de la ley seca. Pues eso, no puedes prohibir, pero hay que estar.

UNA no es anti-tecnologías ni anti-redes sociales: Sería una incoherencia hacer otra afirmación diferente desde este contexto. Mi padre fue líder en el uso de nuevas tecnologías y nos inculcó el amor por todas las aplicaciones que pudiera tener cada descubrimiento. Tuvimos un ordenador Apple en casa antes que nadie en nuestro entorno. Recuerdo que en Secundaria siempre me tocaba a mí pasar a limpio los trabajos de mi grupo de literatura en el colegio porque yo era la única que podía hacerlo desde casa, la única con un PC y una impresora. De hecho, cuando más echo de menos a mi padre es cuando descubro una nueva app, un nuevo programa, un nuevo sitio web, que a él le hubieran indudablemente entusiasmado.

Fue él quien me explicó lo que era un blog y aquí está UNA. 

Esto es lo que quisiera transmitirles a mis hijos también (tarea difícil): Que las redes, que las tecnologías, pueden usarse con un valor mucho más valioso que el mero postureo, que es la creatividad. Veo chicos de la edad de los míos haciendo cosas ya grandes con su tiempo de pantalla: desde vídeos creativos hasta composiciones pasando por transmisión de información de otra manera desapercibida. Las posibilidades son infinitas una vez que se da rienda suelta a la creatividad. La adolescencia es de por sí una etapa esencialmente creativa. Mis chicos todavía no han encontrado su ventana pero trato de estar atenta para fomentar la tan preciada creatividad en el momento que asome su cabecita y reconducir el uso de la pantalla de un mero postureo a un ejercicio de creación en toda regla.


No quiero alargar demasiado el post aunque el tema da para rato, y cada vez lamentablemente para más rato. Sólo rogar que no quememos etapas antes de tiempo. Desde el sistema educativo ya les han robado a nuestros hijos dos años de su infancia, adelantando la Secundaria y acortando la Primaria. La transición adelantada ha acelerado los cambios. Pero no los aceleremos desde casa. El otro día en un foro una madre contaba agobiada que no sabía cómo afrontar una situación que tenía planteada: una niña había mandado a su hijo de nueve años una foto de su pecho desnudo. Las respuestas eran variadas. La madre estaba muy angustiada y no quise apabullarla más con juicios (una madre angustiada lo que menos necesita es juicios, por favor, recuerda), pero la respuesta que no podía evitar se formulara en mi mente era: 

- ¡Disculpa, ¿qué hace un niño de nueve años con móvil?!

El problema es que estamos estrenando un terreno por el que nadie ha pisado antes. No sabemos cuáles son las edades apropiadas para cada paso. Estamos desconcertadas educando a una generación que tiene a su disposición medios que ni nosotras tuvimos ni tampoco dominamos.

Sólo se me ocurre decir: 
¡Suerte!
E información.
Y paciencia. 
Mucha paciencia:
Otro de los valores que no profesan las nuevas generaciones.





lunes, 31 de agosto de 2020

Sin filtros

Cada año, al final del verano, actualizo mi foto de perfil y mi foto de portada en Facebook. Y cada año, al hacerlo, UNA, que es fotogénica nivel-cero, elije del verano la mejor foto para ponerla de perfil. El año pasado, por ejemplo, subí la de una boda a la que fuimos en la que estaba perfectamente maquillada y estrenando vestido. 

Sacamos nuestra mejor cara en redes sociales.

Recientemente Gusi hijo2 me hizo un comentario sobre una amiga suya que en Instagram "parece modelo", me dijo, y luego la ves y "puff, no tiene nada que ver en la realidad". Experta en filtros, provoca la decepción de la verdad. El comentario me dejó pensando. Lo hacen los chavales de 13 años, pensé, puro postureo. Pero es que nosotros, rozando los 50, también lo hacemos. ¿Por qué?

Así que decidí probar a no hacerlo este año. Decidí elegir una foto en la que no estoy maquillada, se aprecian mis manchas y mis arrugas, la falta de la firmeza que el tiempo y el estrés le robaron a mi piel, el peso que he ido sumando. Decidí no usar ni un solo filtro de esos que vienen por defecto en las aplicaciones y que te arreglan de golpe unos cuantos años y algún que otro disgusto. Todos aquellos amigos que llevo tanto tiempo sin ver, pensé, ahora sabrán cómo envejezco realmente. Al pulsar "publicar", confieso, sentí un poco de vértigo. La tentación de borrar la foto, de seguir escondiendo el tiempo.

Nos avergonzamos de envejecer. Es curioso, ¿no? Nos avergonzamos de engordar, de cambiar, de acumular manchas y arrugas. ¿Por qué? Me viene a la memoria que mi padre nunca asistía a las reuniones-aniversario, ésas en las que llevas 25 años sin ver a los asistentes a los que aún recuerdas jóvenes, porque decía que a ellas se asistía para comparar. No sé si hablaba de comparar el propio proceso de envejecimiento con el ajeno, o comparar la versión existente en nuestros recuerdos con la versión actualizada.

Lo cierto es que nos cuesta envejecer de cara al público. No hay halago más satisfactorio que el de "estás igual que siempre". Antes de una reunión-aniversario, nos ponemos a régimen o nos hacemos una limpieza de cutis como si perder dos kilos o un tratamiento de estética fueran a borrar de un plumazo 25 años de vida.

Lo que me llama poderosamente la atención, lo que despierta profundamente mi curiosidad, es por qué tapamos con filtros algo tan intrínsecamente natural como envejecer. Puedo entender que envejecer nos deprima porque es un proceso que nos acerca irremediablemente a la muerte, pero lo que se me escapa es por qué vivimos el proceso con vergüenza. Me parece un sentimiento tan infantil como la creencia que teníamos de pequeños de que el que nacía antes, se moría antes. ¿No deberíamos estar orgullosos de ir cumpliendo años? ¿No debería presumir UNA de que las arrugas de mi frente se fraguaron en las batallas que lidié educando a mis hijos? ¿No deberían ser las canas de UNA bandera de las preocupaciones que plagaron mis años-de-madre? ¿No debería existir belleza en las manchas que el sol de los veranos de UNA tatuaron en mi piel?

Debería. Pero lo cierto es que, sobre todo las mujeres (así de triste) usamos filtros contra el envejecimiento constantemente, no sólo en las redes sociales; usamos muchos filtros a diario que hemos normalizado: teñirse, maquillarse, las dietas, las cremas anti-edad, el relleno en el sujetador, depilarse. Nos disfrazamos para esconder lo inevitable, que el tiempo se lleva la juventud, y vivimos ese proceso con vergüenza, como si hubiéramos hecho algo terrible. 

Lo terrible, queridas, sería no envejecer. Todas conocemos a alguien que no envejeció, que siempre permanecerá joven en nuestra memoria. Estoy pensando en una amiga entrañable que murió muy pronto de diabetes, en mi primo que se lo llevó un cáncer antes de alcanzar los 40, en aquella compañera de cole que falleció súbitamente sin llegar a disfrutar de su hija. Todos guardamos alguna cara joven en el recuerdo. En honor a esos rostros, deberíamos mostrar nuestros casi 50 sin filtros.


Aquí UNA

Aquí UNA disculpándose por envejecer





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miércoles, 24 de agosto de 2022

Leer es de maricas

La pintada me la topé caminando por el paseo marítimo: 
Leer es de maricas
Tuve que pararme a pensar qué es lo que me ofendía más:
que hubieran utilizado la palabra "marica",
que la hubieran utilizado a modo de insulto,
que insultaran la actividad de la lectura,
o que todo lo anterior grafitara una farola del paseo.
Esto es un síntoma, pensé.
O dos.
Síntoma de la homofobia que persiste latente a pesar de la aparente normalización de la homosexualidad.
Síntoma también del lugar al que ha quedado relegada la lectura en la jerarquía de valores de la sociedad actual.

Cuando UNA era adolescente, mucha gente leía, más que ahora. Ésta no es, no obstante, la mayor diferencia entre entonces y ahora. Por supuesto entonces también había mucha gente que no leía, como ahora. La mayor diferencia es que la gente que no leía no miraba con desprecio a la gente que leíamos. Ahora, lamentablemente, entre jóvenes y adolescentes, ya no es así. Leer se ha despopularizado. Para la gran mayoría de la masa que se nutre de redes sociales, leer es de pringaos.

Cuando eran chicos, UNA les leía todas las noches. Si no iba a poder estar, les grababa los cuentos en un CD para que su padre se los pusiera. Cuando los reyes empezaban a leer por sí solos, la casa se llenó de rincones en los que tumbarnos a leer juntos, uno de los mayores placeres que su infancia me ha regalado. A veces UNA les pedía que me leyeran ellos en voz alta. Ahora UNA ha vuelto a leer sola y los monstruos ya no leen. Apenas a ratos Dolfete hijo3 se asoma a algún libro, pero sé que ya lo estoy perdiendo entre páginas. 

Cada etapa de la vida, le ha ido robando a UNA a sus tres lectores. 

A Paul hijo1 le gustaban los libros antes de empezar a leer y, supongo que por su curiosidad innata que alimentaba su anhelo de descifrar el misterio de las palabras, empezó a leer muy pronto. Pero también la obsesión de leer se le pasó pronto, muy a pesar de UNA.

Había una librería preciosa en Córdoba que se llamaba Títere. UNA llevaba a Gusi hijo2 y a Dolfete hijo3 allí a escoger sus lecturas, como hacía mi padre con UNA en los sábados vallisoletanos de mi infancia. La dueña de Títere, Herme, cuando UNA se lamentaba de que Paul hijo1 ya no leía, siempre me decía: 

- Ya volverá. El lector siempre es lector. 
Pero no ha vuelto.
A estas alturas dudo mucho de que lo haga, pues además UNA ha observado con pesadumbre no sólo el devenir posterior del hábito lector de Gusi hijo2, sino también y sobre todo del estátus de la lectura en sus escalas de valores.

Gusi hijo2 devoraba tantos libros que UNA tuvo que dejar de comprar en librería y empezar a prestar en biblioteca.
Primero sucedió el móvil. La llegada del móvil a su vida supuso, por supuesto, un antes y un después de los libros. Pero si fuera sólo eso, no me preocuparía tanto, ya que al final tendrán que aprender a regular el uso del móvil y eso volvería a dejar cabida para la lectura. Es otra cosa lo que me preocupa, algo que la pintada de arriba resume. Leer es de pringaos, no está de moda, no es popular, no es admirable ni admirado, sino todo lo contrario.
Cada Navidad siempre me he asegurado de surtirles a mis hijos con un buen hatillo de libros. Ya en la última navidad, cuando Gusi hijo2 les relataba a sus amigos lo que le habían regalado, se aseguraba bien de no mencionar los libros. Regalar un libro por un cumpleaños adolescente en estos tiempos sería poco más o menos que impensable.

Me da mucha pena. Cuando UNA era pequeña, no entendía el afán que tenían los grandes por que los chicos leyéramos. UNA lo encontraba entretenido, pero para UNA no dejaba de ser como la televisión, un divertimento más, historias de otros para escapar de la historia propia, para pasar el tiempo sin pensar. Sin embargo, a medida que he ido cumpliendo libros, he ido venerando la lectura más y más. Primero, como medio para acercarme a la escritura. No voy a mencionar siquiera los efectos secundarios que la falta de lectura tiene en la ortografía, pues hasta los correctores de los móviles los contemplan ya. Pero, además y sobre todo, la lectura descubre mundos, crea realidades, multiplica vidas, desata pasiones, desnuda emociones y las viste de gala. Que mis hijos se vayan a ver privados de estos y otros placeres por la desvalorización que su entorno hace de la literatura me pone rabiosa.

No es sólo la cultura-de-la-inmediatez que ya mencionamos en Tiempos muertos y que descarta leer por requerir de la parada, de la espera, de hacer algo despacio, de ir más allá de la comodidad de la imagen en pantalla e interpretar el lenguaje usando la imaginación. Es además y sobre todo la inversión de los valores de la que hablábamos en Postureo: antes una persona con un libro nos resultaba atractiva, leyéramos o no. Ahora es un freaky, un payaso, un tonto, un perdedor, un inútil. 

¿Has visto alguna foto de esta gente en Instagram leyendo? Ni la verás.

¿Su pérdida? La nuestra también. La de todos. Una sociedad que no lee es un estado de barbarie.

Pilar Mayorgas


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Os dejo una entrada brillante de un blog que sigo para que gocéis con su lectura:

lunes, 29 de marzo de 2021

La montaña infinita

UNA acaba de subir a Strava las fotos primaverales de la ruta de hoy: 
"A Cerro Muriano con los niños"



¡Qué bonito, ¿verdad?!
Precioso

Desde que acabaron los confinamientos, UNA trata de salir todos los domingos por la mañana al campo. Como normalmente voy con amigos y echo unas cuantas horas, UNA no puede evitar sentirse un poco culpable por robarle esas horas de dedicación todos los fines de semana a Peter y a los niños, así que aprovechando estos días de vacaciones, UNA tuvo la brillante idea de proponer que fuéramos al campo en familia. 

Al-campo
En-familia
Idílico

Si eres madre y ves mis fotos en Strava, quizás no puedas evitar un poco de erosión envidiosa cuando nos veas en-el-campo en-familia mientras tú te desgañitas pidiéndole a tus hijos que suelten la play y ellos insisten en que esperes a que los maten.

El caso es que, una vez enviada la foto primaveral familiar al Strava, UNA ha decidido confesarse para evitarte esa erosión innecesaria. Este post es la confesión.
 
En cuanto hice la propuesta de ir al-campo en-familia, Paul hijo1 -15 años- inventó un super-mega-plan que le ocuparía todo el día y debido al cual le iba a resultar imposible ¡imposible! venir con nosotros. Así que finalmente fue la familia menguada la que se dispuso a hacer la ruta esta mañana después de conseguir a duras penas despertar a Gusi hijo2 y Dolfete hijo3. Gusi -13 años- por supuesto no tenía qué ponerse para ir al-campo. Ninguno de sus pares de zapatos deportivos le parecían apropiados y esto consecuentemente demoró la salida, pero finalmente accedió a vestir un par de mala gana y salimos ya de casa con el gesto torcido.

A medida que fuimos avanzando por la ruta, mi adolescente en ciernes se fue poniendo progresivamente de peor humor, retroalimentándose a sí mismo. 
- Pero ¿qué sentido tiene andar por andar? 
Porque en el fútbol, por lo menos te diviertes... 
Pero ¿andar por andar?
¿Ir al campo por ir al campo? 
Cada vez se quejaba más y más alto y con más ornamentación en forma de palabros. A mitad de ruta propuso decididamente que nos diéramos la vuelta. 
Peter, que tolera a diario en su trabajo a adolescentes, reserva pocas dosis de paciencia para los de casa, así que comenzó a enzarzarse dialécticamente con él, empeorando considerablemente la situación. La energía salpicada por los dardos que se prodigaban hijo-adolescente-que-se-queja y padre-que-no-soporta-que-el-hijo-se-queje terminó por contagiar a Dolfete hijo3 que hasta hacía un rato había caminado semi-feliz. Ahora, cansado e irritado, preguntaba cada medio minuto:
- ¿Cuántos kilómetros llevamos? 
¿Cuántos kilómetros quedan? 
¿Cuántas horas llevamos? 
¿Cuántas horas quedan? 
¡Esta montaña es infinita!

UNA, acostumbrada a sus domingos en el campo, hacía de testigo de esta reyerta familiar como si no fuera con UNA; de hecho, como si ésta no fuera la familia de UNA. Les miraba y pensaba, 
- Mira éstos la que están liando en el campo...
Pobre madre...

El tiempo pasaba espacio, los kilómetros parecían millas. UNA ya no sabía qué inventar para distraer a Dolfete, empeñándome en desviar su atención precisamente de la caminata por el-campo
- Dime la lista de tu clase completa, ¿te la sabes?

Cuéntame la película que viste ayer... 
Llegamos arriba una hora más tarde de lo previsto. UNA cruzaba los dedos para que hubiera sitio en la terraza en la que íbamos a comer, pues a esa hora, sinceramente, ya me caían todos mal y no sabía cuántas crisis más iba a poder testificar sin intervenir. Comenzaba a preguntarme por qué demonios se siente UNA culpable los domingos cuando me voy tan ricamente al campo sin ellos. 

Después de los 16 km de la subida, la bajada por supuesto no estaba sobre el tapete, así que el plan era coger el autobús de vuelta. Los nenes ya se frotaban las manos pensando en la play de vuelta en casa. Cuando llegamos a la parada y UNA escaneó el código QR para ver cuánto quedaba para el siguiente bus, apareció esto:



Se me desató la risa, no sé si de puro agotamiento o pura cobardía. Muuuuchos minutos más tarde, tras llegar a casa destrozada, subí las fotos a Strava: puro postureo, como puedes ver.


Si la memoria  de cualquiera depura los recuerdos, la de Peter los mete en lejía. Ya lo estoy escuchando dentro de un par de años, cuando ya sea del todo imposible arrastrar a los niños a nuestras excursiones, diciendo: 
- ¿Te acuerdas cuando llevábamos a los niños al campo? 
Luego suspirará:
- ¡Qué bien lo pasábamos!

Y UNA, por no despertarlo de su sopor melancólico y por no usar demasiadas subordinadas que le sacan de quicio, contestará:

-Estupendo. Estupendo. Estupendo.

Pero UNA sabe la verdad. Que UNA estuvo allí. 
Hoy os quedáis sin moraleja. Pero que sepáis que cuando veo vuestras fotos en-familia colgadas en Strava u otras redes sociales, y parecéis todos tan majos, desconfío.

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sábado, 24 de septiembre de 2022

Versiones

Con la llegada del móvil y de esta aplicación verde que nos roba tiempo y atención, la lectura del Reader's Digest en mis visitas al baño quedó definitivamente sustituida por incursiones en los estados de whatsapp de mis contactos. La práctica diaria de cotilleo da lugar a no pocas dosis de agravio comparativo. Estas tecnologías vienen a servirnos en bandeja motivos para la vergüenza. Hoy te traigo un ejemplo.

Hay en mi lista de contactos una madre que es como una versión joven de UNA. Tiene sus tres hijos aún pequeñitos. Nuestras conversaciones con frecuencia me devuelven al pasado y me provocan la nostalgia no sólo de cuando mis ahora-adolescentes eran aún polluelos agazapados bajo mis alas, sino y sobre todo de una UNA diez años más joven. 

El caso es que en su estado de whatsapp sube a menudo fotos de familia y en las estampas de este verano aparecían escenas de camping. El camping es una de mis espinitas clavadas, algo que siempre quise hacer con mis retoños y que de hecho haría probablemente varias veces en mi cabeza pero nunca se llegó a materializar en unas vacaciones. No sabría decirte por qué ya que nunca me pudo la pereza para el viaje. Supongo que hicimos otras cosas en su lugar pero UNA se quedó con ganas de camping y ahora el plan sería con toda seguridad inviable con el entusiasmo que mis adolescentes despliegan ante mis propuestas.

Este verano, cuando veía las fotos de mi amiga en el camping con sus hijos y después me sentaba a comer con los míos, comparaba las sonrisas de aquellos con las caras-de-pedo de mis muchachos a la mesa, y se ensombrecía un poco mi alma. Las batallas campales en casa, que estallan normalmente alrededor de la mesa porque es cuando nos juntamos todos en un par de metros cuadrados, con sus bufidos y su repertorio de insultos, la desgana vital en el ambiente, los ojos en blanco, la queja sostenida, se me pintaban sombrías y pesadas al lado de las fotos familiares de camping de esta versión joven de UNA.

En septiembre nos vimos. Le conté que envidié su verano. Ella vino a contarme que ya estaban de vuelta, otra vez las prisas, los hermanos peleándose, el grito, el desorden. ¡Pero ¿por qué?!, se frustraba.

Me sentí un poco bruja aliviada de que su verdad imperfecta me hiciera sentir un poco menos mal respecto a la familia de UNA. A ver si va a ser que somos todos iguales. O por lo menos parecidos.

La foto que cuelgas en el estado de whatsapp (o en instagram o en facebook- más de lo mismo) es tu-mejor-versión y la-mejor-versión-de-tu-familia-de-5. Pero UNA-espectadora compara esa tu-mejor-versión con la-peor-versión de UNA y la-peor-versión de su familia-de-5. En la comparación, nos apesadumbramos sin caer en la cuenta de que las versiones que comparamos no están ni siquiera en la misma liga. No son comparables. Mi-peor-versión siempre va a perder frente a tu-mejor-versión. Y viceversa. Se nos olvida a menudo el viceversa.

Hay que tener ojo con esto, ser muy consciente, pues si lo hacemos nosotras y nos produce algún que otro pensamiento de aquellos que desasosiegan (me arrepiento de no haber llevado a mis hijos de camping y ahora ya es imposible o ¿¡por qué nuestra familia-de-5 no puede ser normal!?), imagínate cuando son ellos, nuestros chicos, nuestros adolescentes, los que comparan su-peor-versión con la-mejor-versión publicada en redes de sus amigos. Las consecuencias para su autoestima pueden ser devastadoras si se ignora que el abanico de versiones y la selección de las que se publican no es exclusivo sino fondo común. El Reader's Digest nunca hizo tanto daño.

La foto obviamente es de un banco de fotos porque UNA no tiene una propia. Jajaja. Pero UNA sabe que es la-mejor-versión de la familia de la fotógrafa. Su-peor-versión no la habrá considerado digna de celuloide.

Photo by Tegan Mierle on Unsplash

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miércoles, 18 de diciembre de 2019

Hay que estar




UNA confiesa.
UNA un poquito harta sí que está.
De la presión.
De la responsabilidad.

UNA duda mucho que la generación anterior a la nuestra lo tuviera tan enredado.
El otro día lo comentaba con mi hermana.
Cuando éramos pequeñas, teníamos colegio por la mañana Y por la tarde.
Nos quedábamos a comer en el comedor.
Volvíamos a casa después de las seis como muy pronto en el autobús si es que no teníamos que ir al conservatorio.
Luego los deberes. Cada una los suyos.
No teníamos ni siquiera que ducharnos todos los días. En mi caso, los martes y los viernes (los viernes con pelo) y, ¡hala!, a cenar y a la cama.
Nada de tele entre semana, por supuesto; nada hasta el 1,2,3 del sábado por la noche o, con mucha suerte, Heidi o Mazinger Z el sábado a mediodía, después por supuesto de que mis padres vieran el telediario.

Las cosas han cambiado.
Ahora en el cole sólo te los mantienen vivos hasta las dos. No me estoy quejando, ¿eh? ¡Que conste! Ya me parece hazaña memorable meter a 25 de éstos en un aula y mantenerlos vivos. UNA tiene sólo 3 y lo consigue a duras penas.
Las madres, que antaño se quedaban en casa preparando croquetas para la cena, ahora tenemos que levantarnos al alba para dejar la comida hecha.
Salir corriendo al trabajo maquilladas para disimular una mala noche.
Descansar en el trabajo: “El trabajo es descanso” dice con toda la razón del mundo un amigo.
Volver corriendo del trabajo para recoger a las criaturas a las dos.
Lanzarles la comida a los perros hambrientos para que no muerdan.
Y bendita la tele de sobremesa porque si no, no sobreviviríamos.

Luego están las tardes.
Las tareas, supuestamente para niños, que en muchos casos sufrimos los padres.
Las extraescolares cuando las haya, al volante soltando y recogiendo niños.
Si es que no hay alguna tutoría, asamblea de clase, chocolatada escolar o alguna de estas delicias a las que acudimos porque hay que estar.

Hay que estar

Las duchas ahora diarias.
Las cenas que no simplificamos pues tenemos tanta información sobre en qué consiste una dieta saludable que, o se hace el esfuerzo, o no se hace pero se toma de postre sentimiento de culpa.

Tenemos otra batalla que tampoco tenían nuestras madres.
La batalla de la pantalla.
Los móviles cada vez más tempranos, el whatsapp, los grupos del whatsapp, el postureo del instagram. La charla del cole sobre los peligros de las nuevas tecnologías. El miedo que se te mete en el cuerpo, que te hace sospechar, que te hace vigilar, que hay que estar.

Hay que estar. 

Hay que controlar el tiempo de pantalla. Hay que limitarlo. Hay que vigilarlo. Es ésta una tarea ardua, aburrida, pesada. Cualquier madre que no deja a su adolescente meterse en la cama con el móvil, puede confesártelo. Sobre todo, se trata de aguas que nadie ha nadado nunca antes. Estamos improvisando. Adivinando consecuencias. Ensayo y error pues nuestra infancia, nuestra adolescencia, fue necesariamente diferente.

La inversión de tiempo y energía, creo, es mayor en esta generación. Pero sobre todo lo es la inversión emocional. En aquellos tiempos, ¿existían las escuelas de padres? Lo dudo mucho. No creo que fuera algo que necesitaran aprender porque no creo que fuera tan complicado como lo es ahora, ni hubiera tanto en riesgo como ahora. No creo que existieran manuales ni cursos ni programas de “educación con respeto” o “disciplina positiva”. No creo que existiera tanta preocupación. Tanto modelo de madre. Tanta teoría sobre la maternidad. 



Ahora hay un mercado entero destinado a llenar el hueco, un hueco que ha sido escarbado por nuestra propia ansiedad. 

Por la ansiedad de ser buenas madres para unos hijos con una realidad muy distinta a la nuestra de entonces. Una realidad que engloba realidades nuevas, desconocidas, para las que ninguna estábamos preparadas, como la realidad de una madre que ha de multiplicarse y dividirse entre la familia y la carrera, operaciones matemáticas que no se les ha planteado tradicionalmente a los padres, o la realidad de unos hijos que viven con el reflejo de las pantallas en sus ojos.

Mi pregunta es: 
¿Por qué necesitamos ser buenas madres? 
¿Quién ha publicado este nuevo modelo de madre-perfecta en el momento justo en el que decidimos incorporarnos al mercado laboral?
UNA no entiende pero no creo que sea casualidad que se aproveche el hecho de que vamos sobrepasadas para que la culpa y la ansiedad en la maternidad abran un nuevo mercado.
Me pregunto si nuestras madres y nuestras suegras se planteaban lo buenas madres que eran. O hacían lo que podían, lo que buenamente sabían, medianamente bien: Sabían vivir "a media mierda", como oí decir en una ocasión.


La inversión de tiempo, energía y el vuelco emocional que destilamos en las nuevas relaciones que se establecen en casa han acortado necesariamente las distancias y, donde antes había el respeto de una autoridad sin colegueo, ahora hay una relación mucho más cercana, mucho más enriquecedora para ambas partes, mucho más responsable, mucho más consciente. Pero, por todo ello, mucho más conflictiva. Los hijos se permiten lujos con nosotros que nosotros no nos permitíamos con nuestros padres pues tampoco jugábamos con nuestros padres como jugamos con nuestros hijos, tampoco hablábamos con nuestros padres como hablamos con nuestros hijos, tampoco pasábamos con ellos tanto tiempo ni energía ni emociones como se pasan ahora. Esto no deja de ser un arma de doble filo.

Nos hemos complicado la vida un rato. Y la mayor parte del rato esto está bien. La mayor parte del rato es lo que queríamos, ha sido una elección consciente. Pero a veces UNA un poquito harta sí que está. De la presión por ser una buena madre y una buena-todo (una buena hija, una buena esposa Y una buena profesional). De la responsabilidad. Del hay que estar.

A veces un martes cualquiera a UNA le apetecería no estar. Y en realidad UNA puede hacerlo, pero a UNA le gustaría hacerlo sin la sensación de estar haciendo algo mal.

¿Tú me entiendes?

Abrir Facebook y que no me aparezca un post sobre las consecuencias fatales que mi despreocupación, descuido o desgana del martes cualquiera, en el que he fallado como madre-perfecta, van a tener sobre la autoestima de mis tres monstruos.

Perdón. 

De mis tres reyes.